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jueves, 15 de enero de 2026

¿POR QUÉ VOY A LA LOGIA?

 


Voy a Logia porque hay lugares donde el alma respira, y el templo es uno de ellos. En un mundo dominado por la velocidad, la utilidad inmediata y la fragmentación del sentido, el espacio masónico se ofrece como una ruptura consciente con la lógica profana. Cruzar el umbral del templo no es un gesto social ni una costumbre heredada: es un acto ontológico; es el retorno al centro del ser, aquello que la tradición denomina axis mundi, el punto donde el hombre vuelve a reconocerse como totalidad.

En la logia, el tiempo deja de ser cronológico para convertirse en tiempo cualitativo, no es el tiempo que se consume, sino el tiempo que se habita; como señala Martin Heidegger, el ser humano no es simplemente un ente entre otros, sino el lugar donde el ser acontece. En el rito masónico esta intuición se hace experiencia: el hombre no domina el sentido, lo custodia; la Logia es, así, un espacio de resguardo del sentido frente a la banalización de la existencia.

La fraternidad vivida en el templo no es una idea moral abstracta, sino una experiencia concreta de alteridad. En un mundo atravesado por el individualismo y la competencia, la logia propone una pedagogía del encuentro, como escribió Martin Buber: “El Yo se constituye en el Tú”. El hermano no es instrumento ni espejo complaciente; es límite, llamado y revelación, por eso la fraternidad masónica no es horizontalidad ingenua, sino comunión exigente.

Voy a logia porque el trabajo simbólico me trabaja. Tallar la piedra bruta no es un gesto retórico, sino una disciplina interior. Cada imperfección reconocida es una verdad conquistada. Como afirma W. L. Wilmshurst: “La Masonería no se ocupa de edificios de piedra, sino de la reconstrucción del hombre interior”. El símbolo no informa, transforma; no explica, despierta. Por eso la Logia no es una escuela de doctrinas, sino un laboratorio del ser.

El símbolo, como enseñó René Guénon, es un puente entre lo visible y lo invisible; en la logia ese puente no se contempla desde fuera: se transita. El mallete, la escuadra, el compás no son objetos decorativos, sino mediaciones pedagógicas que reordenan la conciencia. El rito, así entendido, es una verdadera ascesis laica, una disciplina del alma que orienta pensamiento, palabra y acci0ón.

Pensar en el templo es distinto a pensar fuera de él, aquí la razón no se absolutiza, se armoniza; el intelecto no se impone, se ilumina. Cada plancha es un ejercicio de humildad cognitiva, como afirmaba Aristóteles en su Metafísica: “La filosofía comienza con el asombro”. El rito preserva ese asombro originario, recordándole al masón que pensar no es dominar la verdad, sino disponerse a ella.

La logia también reconfigura la vivencia de la libertad. En el mundo profano, la libertad suele experimentarse como carga o condena; en el taller, la libertad se redime en el compromiso, como señaló Jean-Paul Sartre, “el hombre está condenado a ser libre”; pero el masón aprende que esa libertad sólo se humaniza cuando se orienta hacia el bien común. La logia no niega la angustia existencial: la acompaña y la transforma en responsabilidad compartida.

Hay en el templo una espiritualidad sin dogmatismo y una fe sin imposición. El Gran Arquitecto del Universo no se define, se intuye, no se impone como concepto, se revela como Presencia. En el silencio ritual se experimenta lo que Leonardo Boff expresa con claridad: “Dios no es soledad, es comunión”. La Tenida se convierte así en una experiencia de comunión ética y espiritual, donde lo divino se manifiesta en la fraternidad vivida.

Los escritores masones han sido insistentes en este punto. Oswald Wirth afirmaba que “el símbolo no se explica: se vive”, mientras que Jules Boucher advertía que “una Masonería sin trabajo interior degenera en simple sociabilidad”. Estos testimonios confirman que la logia no es refugio identitario, sino exigencia permanente de coherencia.

La memoria simbólica que se activa en cada ceremonia no es nostalgia del pasado, sino actualización de una vocación ancestral: construirse para servir. Ser masón no es portar un título ni ocupar un rango, sino asumir una actitud vital; es vivir de modo tal que la vida profana se convierta en extensión del rito.

Cuando salgo del templo, el mundo ya no es el mismo: las calles se prolongan como atrio, los hombres se revelan como espejos del mismo misterio y la vida cotidiana se comprende como espacio de trabajo iniciático. El templo exterior se reconoce entonces como reflejo del templo interior, aquel que se edifica lentamente con pensamientos justos, palabras verdaderas y obras buenas.

Por eso voy a Logia: porque allí aprendo que el verdadero trabajo no es levantar muros, sino abrir conciencias; no es pulir la piedra exterior, sino el corazón; no es huir del mundo, sino volver a él transformado.

Comprendo, finalmente, que estar vivo no basta, hay que estar despierto y es en la logia donde el alma despierta.

 

Referencias Bibliográficas

 Aristóteles. Metafísica. Madrid: Gredos, 1998.

Boff, Leonardo. El Padre Nuestro: la oración de la liberación integral. Madrid: Trotta, 2003.

Buber, Martin. Yo y Tú. Buenos Aires: Nueva Visión, 2006.

Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Buenos Aires: Kier, 1962.

Heidegger, Martin. Ser y tiempo. Madrid: Trotta, 2009.

Sartre, Jean-Paul. El ser y la nada. Buenos Aires: Losada, 2003.

Wilmshurst, W. L. el Significado de La Masonería. Londres: Rider, 1922.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Barcelona: Obelisco, 1995.

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier, 1967.

 

 

 

 

 

 

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