Voy a Logia porque hay lugares donde el alma respira, y el templo es uno de ellos. En un mundo dominado por la velocidad, la utilidad inmediata y la fragmentación del sentido, el espacio masónico se ofrece como una ruptura consciente con la lógica profana. Cruzar el umbral del templo no es un gesto social ni una costumbre heredada: es un acto ontológico; es el retorno al centro del ser, aquello que la tradición denomina axis mundi, el punto donde el hombre vuelve a reconocerse como totalidad.
En
la logia, el tiempo deja de ser cronológico para convertirse en tiempo
cualitativo, no es el tiempo que se consume, sino el tiempo que se habita; como señala Martin
Heidegger, el ser humano no es simplemente un ente entre otros, sino el lugar
donde el ser acontece. En el rito masónico esta intuición se hace experiencia:
el hombre no domina el sentido, lo custodia; la Logia es, así, un espacio de
resguardo del sentido frente a la banalización de la existencia.
La
fraternidad vivida en el templo no es una idea moral abstracta, sino una
experiencia concreta de alteridad. En un mundo atravesado por el individualismo y
la competencia, la logia propone una pedagogía del encuentro, como escribió
Martin Buber: “El Yo se constituye en el Tú”. El hermano no es instrumento
ni espejo complaciente; es límite, llamado y revelación, por eso la fraternidad
masónica no es horizontalidad ingenua, sino comunión exigente.
Voy
a logia porque el trabajo simbólico me trabaja. Tallar la piedra bruta no es un
gesto retórico, sino una disciplina interior. Cada imperfección reconocida
es una verdad conquistada. Como afirma W. L. Wilmshurst: “La Masonería
no se ocupa de edificios de piedra, sino de la reconstrucción del hombre
interior”. El símbolo no informa, transforma; no explica, despierta. Por
eso la Logia no es una escuela de doctrinas, sino un laboratorio del ser.
El
símbolo, como enseñó René Guénon, es un puente entre lo visible y lo invisible;
en la logia ese puente no se contempla desde fuera: se transita. El mallete,
la escuadra, el compás no son objetos decorativos, sino mediaciones pedagógicas
que reordenan la conciencia. El rito, así entendido, es una verdadera
ascesis laica, una disciplina del alma que orienta pensamiento, palabra y acci0ón.
Pensar
en el templo es distinto a pensar fuera de él, aquí la razón no se absolutiza,
se armoniza; el intelecto no se impone, se ilumina. Cada plancha es un
ejercicio de humildad cognitiva, como afirmaba Aristóteles en su Metafísica: “La
filosofía comienza con el asombro”. El rito preserva ese asombro
originario, recordándole al masón que pensar no es dominar la verdad, sino
disponerse a ella.
La
logia también reconfigura la vivencia de la libertad. En el mundo profano, la
libertad suele experimentarse como carga o condena; en el taller, la libertad
se redime en el compromiso, como señaló Jean-Paul Sartre, “el hombre está
condenado a ser libre”; pero el masón aprende que esa libertad sólo se
humaniza cuando se orienta hacia el bien común. La logia no niega la angustia
existencial: la acompaña y la transforma en responsabilidad compartida.
Hay
en el templo una espiritualidad sin dogmatismo y una fe sin imposición. El Gran
Arquitecto del Universo no se define, se intuye, no se impone como concepto, se
revela como Presencia. En el silencio ritual se experimenta lo que Leonardo
Boff expresa con claridad: “Dios no es soledad, es comunión”. La Tenida
se convierte así en una experiencia de comunión ética y espiritual, donde lo
divino se manifiesta en la fraternidad vivida.
Los
escritores masones han sido insistentes en este punto. Oswald Wirth afirmaba
que “el símbolo no se explica: se vive”, mientras que Jules Boucher
advertía que “una Masonería sin trabajo interior degenera en simple
sociabilidad”. Estos testimonios confirman que la logia no es refugio
identitario, sino exigencia permanente de coherencia.
La
memoria simbólica que se activa en cada ceremonia no es nostalgia del pasado,
sino actualización de una vocación ancestral: construirse para servir. Ser
masón no es portar un título ni ocupar un rango, sino asumir una actitud vital;
es vivir de modo tal que la vida profana se convierta en extensión del rito.
Cuando
salgo del templo, el mundo ya no es el mismo: las calles se prolongan como
atrio, los hombres se revelan como espejos del mismo misterio y la vida
cotidiana se comprende como espacio de trabajo iniciático. El templo exterior
se reconoce entonces como reflejo del templo interior, aquel que se edifica
lentamente con pensamientos justos, palabras verdaderas y obras buenas.
Por
eso voy a Logia: porque allí aprendo que el verdadero trabajo no es levantar
muros, sino abrir conciencias; no es pulir la piedra exterior, sino el corazón;
no es huir del mundo, sino volver a él transformado.
Comprendo,
finalmente, que estar vivo no basta, hay que estar despierto y es en la logia
donde el alma despierta.
Referencias
Bibliográficas
Aristóteles. Metafísica. Madrid: Gredos, 1998.
Boff,
Leonardo. El Padre Nuestro: la oración de la liberación integral. Madrid:
Trotta, 2003.
Buber,
Martin. Yo y Tú. Buenos Aires: Nueva Visión, 2006.
Guénon,
René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Buenos Aires: Kier, 1962.
Heidegger,
Martin. Ser y tiempo. Madrid: Trotta, 2009.
Sartre,
Jean-Paul. El ser y la nada. Buenos Aires: Losada, 2003.
Wilmshurst,
W. L. el Significado de La Masonería. Londres: Rider, 1922.
Wirth,
Oswald. El simbolismo masónico. Barcelona: Obelisco, 1995.
Boucher,
Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier, 1967.

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