viernes, 2 de abril de 2010

EL ORIENTE DE LA LOGIA


Todo en Masonería, tiene un valor simbólico efectivo. La Logia se extiende de Occidente a oriente, de Norte a Sur y de Cenit a Nadir, reproduciendo el Universo, del que es imagen psíquica. Se "acota" el espacio psíquico en un tiempo también psíquico desde el momento en que se reúnen al menos tres masones, con intención ritual, en cualquier parte (logia simple). Cinco forman una logia "justa", y siete, una logia "perfecta". La logia simple o "triángulo" debe formarse con tres maestros masones, la logia justa con cinco y la perfecta se integra con cinco maestros, un compañero (segundo grado) y un aprendiz (primer grado).
El Oriente es el punto por donde se inicia el ascenso del astro rey, transmitiendo luz y vida a nuestro planeta.. El significado místico de la luz solar ha sido recogido por todas las culturas que se han sucedido en la Tierra y está en el origen del concepto "monoteísta", captando un aspecto fundamental de la realidad física puesto de relieve modernamente por la investigación científica: el fotón es la partícula elemental clave del universo.
Vamos hacia la luz desde Occidente, siguiendo el giro de nuestro planeta hacia el este. Por ello, al fondo de las logias, cuya bóveda representa el firmamento estrellado, se alza la cátedra del Venerable Maestro, simbolizando la espera, en su propio nombre y en el de sus Hermanos, de la Luz vitalizadora e inteligente de Osiris... Esa fuerza cósmica, que actúa en todo el universo generando y manteniendo cuanto existe, se halla especialmente concentrada, para el Hombre, en el Sol de nuestro sistema planetario.
En el Oriente, anunciando la espera, se sitúa el gran triángulo o "Delta" que simboliza la estructuración del pensamiento humano como resultado último del proceso vitalizador de la luz. Jenócrates y otros clásicos comparaban la "divinidad" a un triángulo equilátero, figurando el equilibrio de todas sus potencias. En el centro de ese triángulo se inscribe, a menudo, bien la forma de un ojo representando la conciencia cósmica, bien la expresión simbólica del nombre atribuible a la Gran Energía generadora del Universo, que, por sernos aún desconocida en su esencia última, aparece transcrita como sigla impronunciable en la versión que la tradición mosaica ha conservado en el Tetragrama. La religiones positivas, tratando de fijar esquemas alegóricos de los postulados que consideran inalterables, han atribuido a la Tríada o Trinidad valores muy semejantes, en última instancia. Las trinidades hindú, persa, egipcia y cristiana pueden ser ejemplo de ello.
El Maestro Boucher propone como interpretación masónica del Delta la síntesis de los principios activo y pasivo en el tiempo: la esencia de la materia es la luz, evolucionando activamente en el espacio pasivo a través de procesos integradores y desintegradores que constituyen lo que llamamos tiempo o "duración". Tal duración sería indistinguible de la "acción" de la materia, que se realiza en un espacio-tiempo. Así, la luz, que es la concreción más elemental de la materia, formaría, con el espacio, los dos lados oblicuos del triángulo, uniéndose ambos en la base del mismo, que expresa el tiempo.
Desde la educación euclidiana (tridimensional) que caracteriza aún a nuestra cultura, nos resulta muy difícil imaginar objetos en cuatro dimensiones, integrando el tiempo. Sólo en el mundo psíquico nos movemos realmente en el espacio-tiempo, pero eso sigue pareciendo "esotérico" a quienes todavía no han podido entrar en la galopante "exoterización" de este fenómeno que está propugnando la Física cuántica. La exposición geometrista que avanza Jules Boucher al proponer una interpretación masónica del Triángulo no puede ser desechada como "algo traído por los pelos". Veamos lo que dice el investigador Paul Davies en este sentido:
A resultas de los efectos cuánticos puede suceder que la estructura más probable del espacio-tiempo, bajo ciertas circunstancias, sea realmente un espacio de cuatro dimensiones. James Hartle y Stephen Hawking han argumentado que esas circunstancias prevalecieron justamente en los albores del universo. Es decir, si imaginamos que el tiempo vuelve hacia el Big Bang, al alcanzarse un tiempo del orden de Planck 10-48 segundos) desde lo que creemos fue la singularidad inicial (compresión máxima de la materia), algo peculiar empieza a suceder. El tiempo se va "convirtiendo" en espacio. Más que hablar del origen del espacio-tiempo, por tanto, hemos de contentarnos con espacio tetra-dimensional. Y aparece la cuestión de la forma de dicho espacio, o sea, su geometría. De hecho, la teoría permite infinidad de formas .

LA PUERTA DE LA LOGIA


Puesto que el acceso a la Iniciación exige, además de condiciones anímicas y psicológicas, una firme determinación de la voluntad y una dedicación disciplinada que entraña espíritu de sacrificio, la puerta de una logia ha de ser simbólicamente "estrecha". Dice el Maestro Plantagenet, en una de sus sustanciosas Charlas iniciáticas en Logia de Aprendiz, que "el profano sólo ha de poder entrar en el Templo pasando por una puerta estrecha y baja, que no pueda franquear sin agacharse. Ese gesto le recordará que, muerto a la vida profana, renace a una nueva vida a la que accede de manera semejante a la de un niño que viene al mundo". Naturalmente, el símil evoca, además, las dificultades materiales reales de las ceremonias de iniciación que se llevaban a cabo en la Antigüedad, tanto en Tebas como en Menfis o en Eleusis. La realidad actual es que sólo en el ritual de iniciación se simula una puerta de esas características.
La puerta del templo, que es, como se ha dicho, la puerta de Occidente, queda flanqueada por las columnas de Hiram. Sobre ella figura un frontispicio triangular, y sobre éste suele hallarse un compás con las puntas hacia arriba, evocando la aspiración masónica de reflexión en torno a cuanto penetra en el mundo de lo abstracto (lo que hay "arriba", simbólicamente).

LA LOGIA DEL APRENDIZ


La Logia de los masones de nuestro tiempo es también un "recinto sagrado" por ser en ella donde el iniciando (casi todos los masones perseguimos la Iniciación a lo largo de los diferentes grados, pero permanecemos como iniciandos) ha de ejercitarse especialmente en la disciplina que le permita acceder a un estado de conciencia superior. Por ello, la logia o "taller" se "consagra" mediante una ceremonia ritual.
Por encima del concepto material de "logia" situamos el espiritual. Allí donde tres o más masones se reúnen invocando la fuerza del Gran Arquitecto del Universo, surge la Logia. El templo interior, que en las enseñanzas iniciáticas se ubica en el centro del corazón, proyecta la voluntad armonizada de los Hermanos creando el espacio psíquico y atemporal en que consiste una verdadera Logia o Templo masónico.
Así pues, aunque existen en el mundo hermosos templos masónicos de los más diversos estilos arquitectónicos, en los que los rituales se desarrollan esplendorosamente, el auténtico fulgor de una logia es aquel que emana de los corazones unidos de los masones oficiantes en busca de la verdadera luz. Quisiera subrayar que en esta descripción utilizo términos que pudieran parecer, a algunos, meras figuras "poéticas". Lo cierto es que cada uno de ellos alude simbólicamente a conceptos muy concretos de la enseñanza iniciática que pueden ser desarrollados hoy día, en cierta medida, utilizando expresiones puestas "de moda" por la investigación científica profana, igualmente indescifrables para casi todo el mundo, pero que tienen la ventaja de ser benévolamente escuchadas o leídas.
La palabra "logia" es de origen sánscrito y, en diversas formas derivadas, común a casi todas las lenguas indoeuropeas.
El recinto de la logia masónica es rectangular y se ingresa en él por su lado Oeste, siguiendo el modelo de los tiempos clásicos y a diferencia del templo de Salomón, cuyo acceso se situaba al Este. La entrada "este", en recuerdo de la de aquel Templo, está representada en las logias por la abertura central de la balaustrada que decora el espacio llamado "Oriente", tras la que se encuentra el sitial del Venerable Maestro de Logia.
La orientación Este-Oeste de los templos, independientemente de dónde se emplace el acceso a los mismos, remonta su origen al culto solar. El Sol, nuestra fuente de vida, ha simbolizado siempre un aspecto de la inteligencia cósmica, acumulada en los fotones de su ingente masa. Su "divinización" por las civilizaciones clásicas de todo el planeta no tiene otra interpretación de fondo, por más que las teogonías religiosas, elaboradas sobre tan elocuente simbolismo, hayan podido sofisticar el tema.
La luz solar, entrando por el Este al amanecer, iluminaba el Santuario del templo salomónico, subrayando así el significado universal del mensaje contenido en el Arca de la Alianza, en intención de los inspiradores de aquella religión. El acceso por el Oeste simboliza, en los demás casos, la marcha "hacia la Luz" que penetraba por las aberturas o ventanales que solían practicarse en el muro Este de los Templos. Tal es el valor simbólico retenido por las Logias.
La Logia (lonja) es el "locus" latino que designaba un "lugar" del bosque, un espacio cubierto por ramajes, considerado sagrado y en el que igualmente se desarrollaban ceremonias rituales. Las logias masónicas dispuestas para el trabajo de los aprendices, compañeros y maestros masones solían tener sus muros pintados de color azul.. La Masonería Simbólica recibe por ello el nombre de "Masonería azul". Sin embargo, los rituales escocistas consideran el color rojo como el propio del simbolismo masónico.
Los aprendices ocupan sus puestos a lo largo del muro Norte de la logia, simbolizándose con ello su provisional distanciamiento del calor y luz solares, que concentran su mayor intensidad en el "Sur", donde se sitúan los compañeros y maestros (éstos opcionalmente). La "germinación" iniciática hará pasar al Aprendiz a los bancos del "Sur" tras su período preparatorio, ayudados por la energía que sobre ellos proyecten aquéllos.
Las logias "azules" son también llamadas "de San Juan" , en recuerdo de la solemnización ritual de la llegada de los solsticios de verano e invierno que acostumbraban a celebrar los masones operativos. Ambos solsticios coinciden, aproximadamente, con las festividades cristianas de San Juan Bautista y San Juan Evangelista (junio y diciembre) que las cofradías masónicas festejaban, dentro del ambiente social en que se hallaban insertas. De ello deriva también la costumbre de colocar sobre el altar de la logia una Biblia abierta en cada Tenida.
Los diferentes símbolos que decoran la Logia merecen un detenido estudio, pues cada uno de ellos encierra una gran riqueza de analogías potenciales.
El conjunto de lo que podría considerarse decoración de una Logia de San Juan o logia Simbólica, que es el Templo o Taller en el que se reúnen los masones de los tres grados, reproduce los símbolos utilizados por éstos para el desarrollo de sus temas de meditación. La meditación masónica no es tan sólo filosófica, ya que, si nos atenemos al significado etimológico de la palabra "filosofía", observaremos que es el de "tendencia o amor a la sabiduría". Ese talante no es sino una condición previa del masón, sin la que sería imposible su iniciación. La especulación en torno al "saber" no siempre tiene como consecuencia el alcance del Conocimiento, que es la meta iniciática. Por otra parte, el Conocimiento del Iniciado no es erudito, aunque la abundancia de datos suministrados a la razón, que es su primera herramienta de trabajo en el plano físico, pueda ser muy conveniente. La Iniciación efectiva consiste en una toma de contacto estable con lo que llamamos Inteligencia cósmica, difícil de definir en términos "científicos" profanos, aunque los avances de la Física nos estén facilitando abundantes atributos de esa esencia última en la medida en que seamos capaces de vincularlos con la enseñanza transmitida por la Gran Tradición. Las escuelas iniciáticas no confían a la "fe" tal vinculación, a diferencia de las religiones positivas, sino que consideran al Hombre ideal, capaz de "realizar" en sí mismo su "participación" a través de un estado de conciencia alcanzable a partir de determinadas premisas.
Los símbolos, como queda dicho, son "sistemas", en cuya traducción a niveles íntimos ejercita el iniciando su mente buscando las "resonancias" intuitivas que, en un momento dado y en condiciones psíquicas concretas, posibilitan un nuevo tipo de percepción.

LA SIMBOLOGÍA


Todos los pueblos de la tierra se han interrelacionado entre sí y se han conectado con el universo y la naturaleza, a través de símbolos que fueron revelados por los dioses para que el hombre pudiera mantener contacto con lo espiritual y lo divino, con lo sobrenatural y supracósmico. Los libros sagrados de las distintas culturas nos hablan en un lenguaje simbólico: a través de parábolas, metáforas y poesías, rituales y mitologías, nos transmiten ideas metafísicas que en sus aspectos esenciales son idénticas en todas las culturas, pues se refieren a la misma y única Verdad. Tanto las escrituras de los Vedas, El I Chin y el Tao Te King del extremo oriente, la Biblia, los Evangelios y el Corán en las tradiciones judía, cristiana y árabe, como las mitologías arcaicas, egipcias, griegas, romanas y escandinavas, y los códices de los indios americanos -para poner sólo los símbolos sagrados y penetrar sus regiones más interiores, ocultas y secretas: las dimensiones de lo metafísico que nos revela la identidad suprema de todas las culturas y de nosotros mismos.
Las tradiciones antiguas -la mayoría de las cuales aún conservan, aunque oculta, plena vigencia y autoridad, en virtud de haberse mantenido intactos sus conocimientos esenciales- consideran al símbolo como el vehículo más adecuado de expresión de las verdades de orden metafísico; de él se valen las ideas más elevadas para descender al mundo concreto, y a la vez él es el instrumento que utiliza el hombre para ascender desde su realidad material, hacia su ser verdadero y espiritual. Las enseñanzas de la Simbología -a pesar de las múltiples y sistemáticas persecuciones que ha sufrido a través de los siglos- dichosamente se han preservado hasta nuestros días gracias a las escuelas de iniciación que, de manera ritual, han transmitido sus secretos ininterrumpidamente, de generación en generación, permitiendo que, a pesar de lo convulsionado del mundo moderno, pueda el hombre ahora, en el siglo XXI, reencontrar sus orígenes sagrados y re-ligar, por intermedio de esos mismos símbolos, con las regiones ocultas y misteriosas del ser y con su propia esencia. Pues esta antigua ciencia sagrada ha logrado transmitir el significado profundo e interno que se conserva siempre intacto dentro de los signos misteriosos del universo, la naturaleza, y el hombre. Para la Simbología, todos los seres manifestados son la representación simbólica de una energía invisible y sutil que se aloja en su interior. El universo entero es un código simbólico que nos muestra, en cada una de sus partes y en la perfecta armonía en que éstas se relacionan entre sí, una inteligencia y una Sabiduría superiores que el hombre puede alcanzar si traspasa la apariencia de las formas y logra penetrar en la esencia invisible de las cosas. El espacio celeste; las estrellas y los planetas con sus movimientos; la tierra, los múltiples seres que la habitan, sus estaciones, elementos y reinos, se expresan en el idioma mágico y simbólico de la naturaleza, que proviene de un mundo sobrenatural, "más allá del firmamento", en el que habitan arcángeles y dioses, y al que el ser humano, con el auxilio de la gracia, accede. Pero no sólo las manifestaciones de la naturaleza son simbólicas; también lo son todas las expresiones culturales patrimonio de la humanidad: la historia y las mitologías; las letras, las palabras y los números; los rituales; la agricultura, el comercio; los oficios, el arte; la construcción, la guerra, y hasta los juegos, no son otra cosa que símbolos de esa realidad trascendente. Y agregaremos a esto que también el hombre, al que se considera como microcosmos, es un símbolo, pues él representa al macrocosmos, al universo entero, el cual al mismo tiempo es también símbolo de esa inteligencia y armonía que lo constituyen. De esta manera el ser humano, que en su estado ordinario se identifica únicamente con su realidad individual, al desplegar sus posibilidades universales puede alcanzar una conciencia cósmica, la cual es capaz de llevarlo, siempre por la vía simbólica de la iniciación, a una conciencia aun superior o supracósmica en la que hallará su esencia, su verdadero ser. Bien se ha dicho que el hombre es un pequeño universo y el universo un hombre grande; o, en palabras atribuidas a Hermes, que "como es arriba es abajo". Por lo tanto, podemos afirmar que si el hombre realiza esfuerzos por conocerse a sí mismo -lo cual es la meta de los trabajos de la Simbología- logrará simultáneamente conocer los secretos del universo; y, por otra parte, que si investiga en los misterios del cosmos, estará realizando una verdadera labor de autoconocimiento. El símbolo es una guía para el pensamiento y un soporte para la meditación, el recogimiento, la concentración y la oración. Sin embargo, debemos comprender a los símbolos únicamente como vehículos de expresión y no ver en ellos un fin, ya que es propio de la superstición y la idolatría, el confundir al objeto-símbolo con las ideas en él simbolizadas. La razón de ser de la Simbología es el conocimiento directo de esas ideas, o fuerzas, o energías, las cuales han de ser experimentadas en el interior de la conciencia. Incluso se dice que el símbolo no debería ser estrictamente necesario para el conocimiento, pues esas ideas y energías podrían experimentarse aun sin necesidad de su intermediación. Pero el símbolo resulta un vehículo particularmente útil y adecuado para conducir la mente, el pensamiento y la conciencia hacia ese mundo metafísico al que nos hemos estado refiriendo, ya que por una parte, las ideas superiores encuentran en él el recipiente ideal para concretarse y manifestarse en el mundo material, y, por la otra, el símbolo, como logra tocar los sentidos, hace posible que el hombre se eleve, a partir de su realidad sensible, hacia otras esferas cada vez más sutiles e invisibles -pero al mismo tiempo más reales- de su propio ser. En otras palabras: lo metafísico adquiere, gracias al símbolo, una realidad física; y el hombre, a partir de los sentidos que le muestran esa realidad concreta, y con el apoyo de las energías que han sido depositadas en el propio símbolo, puede experimentar por su intermedio la realidad de ese mundo abstracto, metafísico y espiritual.

LA BÓVEDA CELESTE

Se denomina bóveda celeste a todo aquello que podemos ver desde la tierra. Este término se usa en la biblia para definir el cielo: el mundo...