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domingo, 18 de enero de 2026

MASONERÍA, PODER Y CONFLICTO GEOPOLÍTICO EN AMÉRICA LATINA EL CASO ESTADOS UNIDOS–VENEZUELA Y LOS LÍMITES ÉTICOS DE LA ORDEN

 


El conflicto geopolítico entre Estados Unidos y Venezuela constituye una expresión particularmente nítida de las tensiones estructurales que han atravesado históricamente a América Latina: hegemonía y dependencia, soberanía y control externo, discursos de libertad enfrentados a prácticas sistemáticas de dominación. Se trata de un conflicto que no puede ser reducido a una disputa ideológica ni a una confrontación moral entre “buenos” y “malos”, sino que debe ser comprendido como una relación de fuerzas profundamente asimétrica, en la cual convergen intereses económicos, energéticos, estratégicos y simbólicos. En este escenario, interrogar el papel de la Masonería exige abandonar cualquier tentación idealizante y asumir con rigor sus límites reales como institución iniciática inserta en el mundo profano.

La Masonería latinoamericana nació, en buena medida, vinculada a los procesos de emancipación del siglo XIX. Sin embargo, aquella masonería insurgente operaba en un contexto histórico específico, donde las logias funcionaban como espacios de sociabilidad política clandestina y donde la frontera entre iniciación y militancia era porosa. Pretender trasladar mecánicamente ese rol al siglo XXI constituye un anacronismo. Como advierte Aníbal Quijano, “las formas del poder cambian, pero la colonialidad permanece reorganizada bajo nuevos lenguajes” (Quijano, 2000). El poder contemporáneo no se deja interpelar por exhortaciones morales ni por fraternidades simbólicas; se reproduce mediante dispositivos financieros, jurídicos, mediáticos y militares que exceden por completo la capacidad de incidencia de cualquier orden iniciática.

Desde esta constatación, resulta necesario afirmar con claridad que la Masonería no es, ni puede ser, un principio ético regulador de la conducta de una superpotencia como Estados Unidos, ni un contrapeso moral frente a regímenes autoritarios que han convertido la retórica antiimperial en mecanismo de legitimación interna. Franz Hinkelammert lo expresa con crudeza: “el poder no se corrige éticamente a sí mismo; solo se administra en función de su propia reproducción” (Hinkelammert, 1998). En consecuencia, cualquier expectativa de que la Orden pueda “iluminar” o “corregir” el comportamiento geopolítico de los Estados conduce inevitablemente a la frustración o al autoengaño.

El conflicto Estados Unidos–Venezuela se rige por lógicas cerradas al discurso ético. Por un lado, la política exterior estadounidense responde a una racionalidad imperial clásica, donde la democracia y los derechos humanos operan con frecuencia como justificación simbólica de intereses estratégicos. Por otro, el poder venezolano ha consolidado una forma de autoritarismo que instrumentaliza el discurso de la soberanía y del antiimperialismo para blindar estructuras internas de dominación. Ambos polos utilizan el lenguaje moral de manera funcional. Como señala Eduardo Galeano, “en el mundo al revés, los valores se proclaman mientras se hace exactamente lo contrario” (Galeano, 1998).

Desde este punto de vista, la pregunta sobre lo que la Masonería “ha dejado de hacer” debe ser reformulada. La Orden no ha dejado de intervenir eficazmente en la geopolítica, porque nunca tuvo esa capacidad real. Lo que sí ha dejado de hacer es un ejercicio honesto de autocomprensión crítica. Ha sostenido, explícita o implícitamente, una autoimagen de superioridad ética que no resiste el análisis histórico ni sociológico. La Masonería, como toda institución humana, está atravesada por contradicciones, intereses, silencios estratégicos y acomodamientos al poder. Pablo González Casanova advierte que “las élites ilustradas suelen confundir su discurso crítico con una práctica realmente emancipadora” (González Casanova, 2004). Esta advertencia interpela directamente a la Orden.

Uno de los principales déficits de la Masonería contemporánea es haber desplazado la ética hacia el plano exclusivamente individual, desligándola de las estructuras históricas que producen sufrimiento. Se ha insistido en el perfeccionamiento moral del iniciado, pero se ha evitado examinar críticamente los sistemas de poder en los que ese iniciado actúa como ciudadano, profesional o dirigente. Ignacio Ellacuría recordaba que “la ética comienza cuando se hace cargo de la realidad, no cuando se refugia en principios abstractos” (Ellacuría, 1990). La desconexión entre trabajo simbólico y realidad histórica ha vaciado de densidad crítica a muchas prácticas masónicas.

Asimismo, la Masonería ha tendido a tratar los conflictos geopolíticos como asuntos externos, ajenos al trabajo iniciático, cuando en realidad constituyen el escenario concreto donde se ponen a prueba los valores proclamados. El conflicto entre Estados Unidos y Venezuela no es solo un tema de política internacional; es un laboratorio donde se evidencian los límites del discurso sobre libertad, soberanía, democracia y dignidad humana. Rodolfo Kusch afirmaba que “en América Latina no pensamos desde la pureza de las ideas, sino desde la intemperie de la historia” (Kusch, 1976). Ignorar esa intemperie es renunciar a toda pretensión de lucidez ética.

Ahora bien, asumir una perspectiva desidealizada no implica condenar a la irrelevancia a la Masonería. Implica, más bien, redefinir su campo de acción de manera realista. La Orden no puede cambiar el curso de la geopolítica, pero sí puede evitar convertirse en legitimadora simbólica del poder. Su primera responsabilidad ética es negativa antes que positiva: no contribuir al mal, no bendecir la dominación, no reproducir discursos justificatorios de sanciones que castigan a los pueblos ni de autoritarismos que reprimen en nombre de la soberanía. Como señala Boaventura de Sousa Santos, “callar frente a la injusticia no es neutralidad, es una forma de alineamiento” (Santos, 2010).

La contribución más viable de la Masonería reside en el ámbito formativo y reflexivo. No se trata de producir militancia política, sino de formar conciencia crítica capaz de desenmascarar el uso instrumental de la ética en los conflictos contemporáneos. Paulo Freire insistía en que “la función de la educación crítica no es adaptar al oprimido al mundo, sino ayudarle a leerlo” (Freire, 1970). Una Masonería que no ayuda a leer críticamente la realidad histórica de América Latina traiciona su vocación ilustrada.

En este sentido, el silencio institucional puede ser, en determinados contextos, una decisión ética consciente. No todo silencio es cobardía; existe un silencio lúcido que se niega a ser cooptado por la propaganda de uno u otro bando. El problema surge cuando ese silencio no está acompañado de un trabajo interno serio, riguroso y crítico. El silencio vacío es complicidad; el silencio reflexivo puede ser resistencia.

Finalmente, la Masonería está llamada a abandonar una ética de la pureza para asumir una ética de la responsabilidad. Max Weber distinguía entre ambas, y aunque no es un autor latinoamericano, su planteamiento dialoga con la experiencia regional. En América Latina, la ética no se ejerce desde la perfección, sino desde la conciencia del límite. José Carlos Mariátegui lo expresó con claridad: “no queremos calcos ni copias, sino creación heroica” (Mariátegui, 1928). Para la Masonería, esa creación heroica comienza por reconocer que no es faro del mundo, sino, en el mejor de los casos, un espacio de lucidez crítica en medio de relaciones de poder brutalmente desiguales.

En conclusión, frente al conflicto Estados Unidos–Venezuela, la Masonería no está llamada a mediar, corregir o redimir. Está llamada a no mentirse a sí misma, a no idealizar su papel y a no traicionar sus principios mediante el silencio complaciente o la retórica vacía. Su valor no reside en su capacidad de transformar la geopolítica, sino en su honestidad para habitar la contradicción histórica sin maquillarla. En tiempos donde la ética es usada como arma discursiva del poder, quizá el acto más radical de la Masonería sea preservar un espacio de pensamiento crítico que se niegue a ser instrumentalizado.

Referencias bibliográficas

Ellacuría, I. (1990). Filosofía de la realidad histórica. Madrid: Trotta.

Fals Borda, O. (1987). Conocimiento y poder popular. Bogotá: Siglo del Hombre.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva.

Galeano, E. (1998). Patas arriba: la escuela del mundo al revés. Montevideo: Catálogos.

González Casanova, P. (2004). La sociología crítica latinoamericana. México: UNAM.

Hinkelammert, F. (1998). El grito del sujeto. San José: DEI.

Kusch, R. (1976). Geocultura del hombre americano. Buenos Aires: Fernando García Cambeiro.

Mariátegui, J. C. (1928). Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima: Amauta.

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Buenos Aires: CLACSO.

Santos, B. de Sousa (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Montevideo: Trilce.


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