Buscar este blog

domingo, 25 de enero de 2026

EDUCACIÓN EN RUINAS Y SILENCIO MASÓNICO Hacia la recuperación de la vocación pedagógica de la Orden en América Latina

 

Imagen generada con IA

.

Escribo este trabajo desde una subjetividad consciente y deliberada, que no pretende ocultarse tras una falsa neutralidad académica. Hablo como educador de trayectoria prolongada en el campo de las ciencias de la educación, la pedagogía, el currículo, la evaluación y la gestión directiva; y hablo también como masón, formado en la lógica iniciática, en la disciplina simbólica y en la responsabilidad institucional. Esta doble pertenencia no es circunstancial: constituye el lugar epistemológico desde el cual pienso, interpreto y juzgo la realidad educativa latinoamericana y el rol histórico -hoy debilitado- de la Masonería. No se trata de una reflexión externa, sino de una autointerpelación ética.

La crisis educativa que atraviesa América Latina no puede comprenderse como un fenómeno aislado, ni como un simple déficit de políticas públicas, es expresión localizada de una crisis global del sentido de la educación. A escala planetaria, los sistemas educativos han sido progresivamente capturados por una racionalidad instrumental que reduce la educación a entrenamiento para la productividad, la gestión de competencias y el control de resultados. Paulo Freire lo advirtió con lucidez: “la educación nunca es neutra: o es práctica de la libertad o es práctica de la dominación”. Hoy, en demasiados contextos, se educa para la adaptación pasiva y no para la transformación crítica.

Esta racionalidad global se impone con particular violencia simbólica en América Latina, región marcada por profundas desigualdades históricas, coloniales y estructurales. Las reformas educativas importadas, los modelos de estandarización internacional y la obsesión por indicadores cuantitativos han vaciado a la pedagogía de su sentido humanista. La escuela, en muchos casos, ha dejado de ser espacio de formación integral para convertirse en dispositivo de contención social. Martha Nussbaum lo expresa con crudeza: “una educación que margina las humanidades produce sociedades técnicamente competentes, pero moralmente frágiles. En nuestros países, esta fragilidad se traduce en exclusión, violencia y despolitización de la ciudadanía.

Desde mi experiencia en desarrollo curricular y evaluación educativa, constato que la pregunta fundamental ha sido desplazada: ya no se discute qué tipo de ser humano queremos formar, sino qué tipo de trabajador requiere el mercado; esta omisión no es inocente. Enrique Dussel ha señalado que “la dominación más eficaz es aquella que logra que los dominados no se piensen como tales”. La ignorancia contemporánea no es ausencia de información, sino incapacidad inducida para pensar críticamente la realidad histórica, para leer las estructuras de poder y para asumirse como sujeto transformador.

En este escenario, la educación se convierte en un campo de disputa ética y política. Edgar Morin lo resume con contundencia: “educar es enseñar a vivir”. Pero ¿Qué significa enseñar a vivir en sociedades atravesadas por la desigualdad, la precariedad y la pérdida de sentido? Significa formar conciencia, no solo transmitir contenidos; significa articular razón, ética y responsabilidad social. Toda educación que renuncia a esta tarea se convierte, aunque no lo declare, en pedagogía de la resignación.

Es precisamente aquí donde la Masonería queda interpelada de manera directa y profunda. Históricamente, la Orden comprendió la educación como proceso iniciático colectivo. En América Latina, los masones no fueron meros observadores del devenir educativo: fueron constructores de sistemas escolares, defensores de la educación pública y laica, promotores de la formación ciudadana y republicana. Para ellos, educar era iluminar la conciencia social. “Sin educación no hay ciudadanía, y sin ciudadanía no hay república”. Esta convicción no era retórica simbólica, sino praxis histórica.

Hoy, sin embargo, emerge una pregunta incómoda que no puede seguir siendo postergada: ¿Dónde está ese impulso masónico? ¿En qué momento la Orden pasó de ser sujeto educativo activo a espectadora prudente -cuando no silenciosa- de la degradación pedagógica? Resulta profundamente contradictorio proclamar la búsqueda de la luz mientras se acepta la mercantilización del conocimiento y la banalización del saber. Iván Illich advertía que “la escuela puede convertirse en un ritual que legitima la desigualdad”. Guardar silencio frente a esta realidad no es neutralidad: es renuncia ética.

Desde una comprensión iniciática profunda, la luz no es un ornamento ritual ni un capital simbólico acumulable, es responsabilidad histórica. “La luz que no se proyecta en la historia se apaga en el ritual”. La Masonería, si desea ser fiel a su vocación humanista, debe asumir nuevamente su dimensión pedagógica. La iniciación no es un fin en sí mismo, sino un proceso formativo que compromete al iniciado con la transformación personal y social. Como masón y educador afirmo: no hay coherencia iniciática sin compromiso educativo.

Recuperar el liderazgo educativo exige pasar del diagnóstico a la acción. En primer lugar, la Masonería debe reconocer la educación como eje estratégico de su acción social en América Latina; las logias pueden y deben convertirse en espacios vivos de formación ciudadana, pensamiento crítico y diálogo interdisciplinar abiertos a la comunidad. Círculos de lectura, escuelas populares de formación ética, espacios de reflexión política y pedagógica son acciones coherentes con la tradición masónica. Freire lo recordaba: “nadie educa a nadie, nadie se educa solo; nos educamos en comunión”. La fraternidad masónica ofrece un terreno fértil para esta praxis.

En segundo lugar, la formación docente debe ser una prioridad, no hay transformación educativa sin educadores críticos, conscientes de su papel histórico. Desde la Masonería -que cuenta con docentes, investigadores y directivos- pueden impulsarse procesos de formación de formadores basados en pedagogías liberadoras, investigación-acción educativa y ética profesional. Philippe Meirieu ha insistido en que “enseñar es siempre un acto ético antes que técnico. Olvidar esta premisa ha conducido a la deshumanización del oficio docente.

En tercer lugar, es imprescindible repensar el currículo como proyecto político-pedagógico. Desde mi experiencia en planeamiento y desarrollo curricular, sostengo que el currículo nunca es neutro: expresa una visión de sociedad y de ser humano. Recuperar la educación como proceso liberador implica diseñar currículos que formen pensamiento crítico, conciencia histórica, sensibilidad ética y compromiso social. Edgar Morin advierte que “la fragmentación del saber impide comprender la complejidad del mundo”. La Masonería, con su tradición simbólica integradora, puede aportar a una pedagogía de la complejidad y del sentido.

En cuarto lugar, la Orden debe recuperar su voz pública en el debate educativo, el silencio institucional frente a políticas educativas deshumanizantes no es prudencia estratégica: es complicidad pasiva. Desde una masonería liberal y progresista, es posible y necesario intervenir críticamente en defensa de la educación pública, inclusiva y emancipadora. Freire fue categórico: “lavarse las manos frente al conflicto entre el poderoso y el oprimido es ponerse del lado del poderoso”. Esta afirmación interpela directamente a nuestras prácticas institucionales.

Finalmente, la educación debe ser asumida como proceso iniciático de la sociedad en su conjunto. Así como el masón recorre un camino progresivo de perfeccionamiento, las sociedades latinoamericanas necesitan procesos educativos que acompañen su desarrollo histórico, fortalezcan su identidad y promuevan justicia social. La iniciación, leída en clave pedagógica, no es privilegio de élites ilustradas, sino derecho de los pueblos a acceder a la luz del conocimiento crítico y de la conciencia ética.

Concluyo reafirmando una convicción que integra de manera inseparable mi perfil académico y mi perfil masónico: la crisis educativa global, vivida con especial crudeza en América Latina, constituye una prueba histórica para la Masonería. O la Orden recupera su vocación pedagógica y su compromiso con la educación como proceso liberador e iniciático, o corre el riesgo de convertirse en una institución simbólicamente respetable pero históricamente irrelevante.La ignorancia no se combate con discursos, sino con educación crítica”, insistía Freire. Educar, hoy, vuelve a ser un acto subversivo, ético e iniciático. Asumirlo es, quizás, una de las formas más auténticas de vivir la Masonería en nuestro tiempo.

 

Referencias bibliográficas

Dussel, E. (1998). Ética de la liberación en la edad de la globalización y la exclusión. Madrid: Trotta.

Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía. México: Siglo XXI.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Buenos Aires: Siglo XXI.

Illich, I. (1971). La sociedad desescolarizada. México: Joaquín Mortiz.

Meirieu, P. (2001). Aprender, sí. Pero ¿cómo? Barcelona: Octaedro.

Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. París: UNESCO.

Nussbaum, M. (2010). Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Buenos Aires: Katz.

Wirth, O. (1995). El simbolismo masónico. Barcelona: Edicomunicación.

Wilmshurst, W. L. (2009). El significado de la masonería. Barcelona: Obelisco.

Villar Peñalver, A. Escritos sobre desarrollo curricular, investigación-acción educativa, formación de formadores, gestión directiva y pedagogía crítica. Publicaciones académicas y digitales.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tus comentarios son importantes para mi, ¡ánimo lo estoy esperando!

EDUCACIÓN EN RUINAS Y SILENCIO MASÓNICO Hacia la recuperación de la vocación pedagógica de la Orden en América Latina

  Imagen generada con IA . Escribo este trabajo desde una subjetividad consciente y deliberada, que no pretende ocultarse tras una falsa n...