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viernes, 2 de enero de 2026

FRATERNIDAD PROCLAMADA Y FRATERNIDAD TRAICIONADA: EXAMEN CRÍTICO DE LA CONCIENCIA MASÓNICA CONTEMPORÁNEA

 


 

La fraternidad ocupa un lugar axial en el manifiesto moral de la Masonería, No es un valor secundario ni un mero enunciado retórico del discurso ritual, sino un principio constitutivo del proyecto iniciático: sin fraternidad no hay logia, sin fraternidad el símbolo se vacía, sin fraternidad la iniciación degenera en formalismo. Bajo la invocación del Gran Arquitecto Del Universo, la Masonería proclama la igualdad esencial de los hombres y mujeres como vocación universal de la humanidad reconciliada; sin embargo, esta proclamación, reiterada con solemnidad en los rituales, se ve frecuentemente desmentida por la práctica cotidiana de los talleres, allí emerge una fractura inquietante entre el ideal afirmado y la realidad vivida.

La fraternidad ideal pertenece al orden del símbolo normativo. René Guénon recordaba que el símbolo no describe lo que es, sino lo que debe ser: “el símbolo es una invitación permanente a la rectificación del ser” (Guénon, 2004, p. 112). Desde esta perspectiva, la fraternidad no puede reducirse a un sentimiento de camaradería ni a una cortesía institucional, sino que constituye una exigencia ontológica: el reconocimiento del otro como igual en dignidad y como compañero de destino iniciático. Oswald Wirth lo formuló sin ambigüedad cuando afirmó que “la Masonería no une a los hombres por intereses ni por opiniones, sino por su común aspiración hacia lo eterno” (Wirth, 1993, p. 56). Toda fraternidad que se funda en afinidades ideológicas, conveniencias administrativas o alianzas circunstanciales traiciona este principio.

No obstante, la realidad de muchas logias revela una fraternidad condicionada, selectiva y frágil. La igualdad proclamada bajo la bóveda celeste se diluye cuando intervienen el grado, el cargo, la antigüedad o la cercanía al poder simbólico. La fraternidad se invoca, pero no siempre se ejerce; se declama, pero no se encarna. Jules Boucher advertía que la fraternidad es una categoría espiritual y no una emoción pasajera (Boucher, 1988, p. 214), y precisamente por ello resulta incómoda: exige coherencia, renuncia al ego y una ética del cuidado que no todos están dispuestos a asumir.

Desde una perspectiva filosófica clásica, la fraternidad masónica se vincula con la philia aristotélica en su forma más elevada: la amistad por virtud, una forma de buscar el bien de los demás, promoviendo la cooperación y la buena convivencia. Aristóteles distinguía con claridad entre las relaciones fundadas en el placer, la utilidad y el bien moral (Aristóteles, 2007, p. 142). La fraternidad iniciática solo puede sostenerse en esta última, pues no busca lo que el otro me ofrece, sino lo que el otro es. Sin embargo, cuando la fraternidad se instrumentaliza -para ascender, para influir, para excluir- se degrada al nivel de la utilidad y pierde su carácter iniciático. En ese punto, la logia deja de ser taller de perfeccionamiento para convertirse en escenario de disputas profanas.

W. L. Wilmshurst fue particularmente severo al afirmar que la logia es un espejo del alma (Wilmshurst, 1993, p. 92). Allí no solo se revelan las virtudes, sino también las sombras. El conflicto fraterno no es un accidente externo, sino la manifestación de una lucha interior no resuelta. La fraternidad se quiebra cuando el trabajo simbólico no se traduce en transformación ética, cuando la piedra bruta permanece intacta bajo un barniz ritual; en este sentido, la crisis de la fraternidad no es institucional, sino espiritual.

Erich Fromm sostuvo que el amor fraternal es la forma más madura del amor humano porque no busca poseer ni dominar, sino unir en libertad (Fromm, 1994, p. 42). Esta afirmación interpela directamente a la Masonería contemporánea: ¿Qué tipo de vínculos estamos construyendo en nombre de la fraternidad? ¿Relaciones de libertad responsable o de control sutil? ¿Espacios de crecimiento mutuo o estructuras de poder encubierto? Cuando la fraternidad se subordina al ego, deja de ser camino de liberación y se convierte en una ficción ritual.

La incomodidad del otro es parte constitutiva de la experiencia fraterna. Jean-Paul Sartre lo expresó con crudeza al afirmar que “el infierno son los otros” (Sartre, 1996, p. 311). Leída superficialmente, esta frase parece negar la fraternidad; leída en profundidad, la sitúa en su verdadero terreno: el de la dificultad. El hermano, en su diferencia, me confronta, me desinstala, me obliga a trabajar mis límites. Allí donde se huye del conflicto en nombre de una falsa armonía, la fraternidad se vacía de contenido; sin fricción no hay pulido y sin alteridad no hay iniciación.

Paul Ricoeur comprendió el mito como una narración que abre posibilidades de sentido y acción (Ricoeur, 2001, p. 74). La fraternidad ideal es ese mito orientador que juzga permanentemente la práctica. No está para ser contemplado, sino para ser contrastado con la realidad. Cuando la distancia entre ambos se normaliza, la logia entra en un proceso de erosión ética. La fraternidad proclamada sin autocrítica se convierte en ideología; la fraternidad vivida sin ideal se reduce a rutina administrativa.

Leonardo Boff introduce una dimensión ineludible al afirmar que la fraternidad no es solo emoción, sino compromiso histórico: “ser hermanos significa comprometernos con el pan de cada día de todos” (Boff, 2000, p. 65). Este llamado confronta a una Masonería que, en ocasiones, se refugia en el simbolismo interno y olvida su responsabilidad social. No hay fraternidad auténtica mientras se tolere la exclusión, la indiferencia o la injusticia, dentro o fuera de la logia. El manifiesto moral masónico pierde credibilidad cuando la fraternidad no se traduce en prácticas concretas de solidaridad y justicia.

La confrontación entre la fraternidad ideal y la fraternidad real no es un problema a resolver, sino una tensión a habitar conscientemente. Allí se define la autenticidad del masón. El ideal sin práctica es una ilusión retórica; la práctica sin ideal es una administración sin alma. Solo quien se deja interpelar por esta contradicción comienza verdaderamente el trabajo iniciático. La fraternidad no se hereda con el grado ni se garantiza con el ritual: se construye cada día, en el silencio, en la renuncia al ego, en la fidelidad al otro.

A manera de conclusión podemos decir que la fraternidad masónica es una exigencia radical, no una consigna cómoda. Es el criterio último que juzga la verdad del camino iniciático, ya que la fraternidad ideal nos acusa y la fraternidad real nos desnuda; entre ambas se juega la honestidad del masón y la credibilidad de la logia. Allí donde la fraternidad se vive con coherencia, el símbolo se vuelve carne y la Masonería cumple su vocación humanizadora. Allí donde se la traiciona, el templo permanece en pie, pero el espíritu se ausenta.

La pregunta no es si proclamamos la fraternidad, sino si estamos dispuestos a pagar el precio de vivirla.

 

Referencias bibliográficas

Aristóteles. (2007). Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos.

Boff, L. (2000). El Padre Nuestro. La oración de la liberación integral. Santander: Sal Terrae.

Boucher, J. (1988). La simbólica masónica. Barcelona: Obelisco.

Fromm, E. (1994). El arte de amar. Barcelona: Paidós.

Guénon, R. (2004). Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Barcelona: Paidós.

Ricoeur, P. (2001). Finitud y culpabilidad. Madrid: Trotta.

Sartre, J.-P. (1996). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.

Wilmshurst, W. L. (1993). El significado de la Masonería. Buenos Aires: Kier.

Wirth, O. (1993). El libro del aprendiz. Buenos Aires: Kier.


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