En la historia espiritual de la humanidad, hay hombres que, sin haber sido iniciados en logias visibles, vivieron la plenitud del espíritu masónico. Entre ellos se alza, con humildad resplandeciente, la figura de San Francisco de Asís, el “hermano universal”; su vida, reflejada en la regla de los hermanos menores, revela un itinerario interior que guarda profundas correspondencias con el sendero del masón que busca elevar su templo interior bajo la guía del Gran Arquitecto del Universo.
Francisco
renuncia al oro, a los bienes y a las vanidades del mundo, no por desprecio a
la materia, sino para liberarla de la esclavitud del ego; ese gesto inicial,
que abre su regla con la invitación a “vivir según la forma del santo
evangelio”, es el eco espiritual del despojarse de los metales que realiza
el aprendiz masón antes de ingresar al templo. Ambos ritos marcan el comienzo
del mismo viaje: abandonar lo profano para penetrar en el misterio del ser,
donde el alma desnuda se encuentra consigo misma y con Dios.
La
fraternidad que Francisco instituye no se funda en jerarquías ni riquezas, sino
en la igualdad esencial de todos los hermanos; en su regla se lee: “Y
ninguno se llame prior, sino todos se llamen hermanos menores, y laven los pies
unos a otros”. El masón, al dirigirse a su hermano sin distinción de grado
o fortuna, revive esa misma verdad: que toda superioridad es ilusoria si no
está fundada en la humildad y el servicio. La logia, como la fraternidad
franciscana, es una escuela de igualdad, donde los hombres aprenden a ser
pequeños para que el espíritu se haga grande.
Francisco
llama hermano al lobo, al sol y hermana a la luna; ve en cada elemento de la
creación el reflejo del Creador. En esa visión cósmica resplandece el mismo
principio que la Masonería enseña al reconocer el Gran Arquitecto del Universo
como fuente de orden, armonía y belleza. El masón, al contemplar el simbolismo
del templo y sus proporciones sagradas, aprende que toda la naturaleza es una logia
abierta, donde cada piedra, cada estrella y cada vida expresan la geometría
divina del amor.
La
regla franciscana no impone doctrinas, sino caminos; invita a vivir “en
obediencia, sin propio y en castidad”, lo que espiritualmente significa
vivir en armonía con la voluntad divina, desapegado del yo y fiel al espíritu
de pureza interior. Así mismo, el masón que trabaja sobre su piedra bruta busca
dominar sus pasiones, purificar su mente y elevar su conciencia, hasta que la
luz interior se refleje sin sombras. En ambos casos, la disciplina no es
servidumbre, sino libertad.
En
su testamento espiritual, Francisco pide a sus hermanos que “amen y observen
la santa pobreza”, no como negación de la vida, sino como comunión con la
verdad del ser. Ese desprendimiento radical simboliza la piedra cúbica del alma
purificada, el equilibrio perfecto entre el cielo y la tierra. En el mismo
sentido, la masonería enseña que la verdadera riqueza del hombre está en la
virtud, y que todo oro del mundo es polvo frente a la luz del espíritu que
habita en el corazón del iniciado.
La
vida de Francisco culmina con los estigmas, signo visible de su unión con el
Cristo interior. Esa herida sagrada, lejos de ser un dolor físico solamente,
representa el sello del amor absoluto que ha trascendido toda dualidad. En el
camino masónico, el maestro que alcanza la plenitud del conocimiento
experimenta algo similar: una marca invisible en el alma, testimonio de su
unión con el Principio Creador. Ambas sendas desembocan en la misma cima del
Monte Tabor, donde la materia y el espíritu se reconcilian.
Si
la regla franciscana enseña a los hermanos menores a ser “alegres en la
tribulación y humildes en la prosperidad”, la masonería exhorta a sus
adeptos a mantener el equilibrio, la serenidad y la fe en medio de las
tempestades de la existencia. El masón y el hermano menor saben que el
verdadero trabajo no es externo, sino interior: construir el Reino de Dios o el
templo del Gran Arquitecto en el corazón de los hombres.
San
Francisco no conoció los signos, toques ni palabras secretas; pero conoció el
lenguaje universal de la fraternidad. No asistió a logias, pero su vida entera
fue un rito de iniciación perpetua. Su pobreza fue su mandil; su oración, su
compás; su fraternidad, su logia viva. Como el masón verdadero, fue constructor
de sí mismo y servidor de todos.
Por
eso, cuando el masón entra en silencio al templo y alza su mirada hacia la luz,
bien puede escuchar el eco del poverello de Asís que susurra: “Comencemos,
hermanos, a servir al Gran Arquitecto, porque hasta ahora hemos hecho poco o
nada”. Esa frase resume toda la esencia del trabajo masónico: la humildad
de quien, aun sabiendo mucho, reconoce que la obra nunca termina y que el
verdadero templo se levanta día a día, piedra sobre piedra, virtud sobre
virtud.
Así,
San Francisco de Asís y el masón convergen en un mismo ideal: el del hombre
nuevo, constructor de armonía y sembrador de paz, capaz de ver en cada ser
humano un reflejo del principio creador. La regla de los hermanos menores y la
regla del masón operativo del espíritu son, en esencia, una sola: vivir en
fraternidad, servir con alegría y construir con amor el reino de la luz.
Referencias
bibliográficas
Francisco
de Asís. Regla de los Hermanos Menores. Edición crítica de José Antonio Merino.
Madrid: BAC, 2013.
Wirth,
Oswald. El libro del aprendiz. Buenos Aires: Kier, 1992.
Wilmshurst,
W. L. El significado de la Masonería. Madrid: Obelisco, 2005.
Boucher,
Jules. La simbología masónica. México: Editorial Porrúa, 2002.
Guénon,
René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Buenos Aires: Eudeba, 2006.
Celano,
Tomás de. Vida primera de San Francisco de Asís. Madrid: BAC, 2007.

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