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domingo, 18 de enero de 2026

MASONERÍA, PODER Y CONFLICTO GEOPOLÍTICO EN AMÉRICA LATINA EL CASO ESTADOS UNIDOS–VENEZUELA Y LOS LÍMITES ÉTICOS DE LA ORDEN

 


El conflicto geopolítico entre Estados Unidos y Venezuela constituye una expresión particularmente nítida de las tensiones estructurales que han atravesado históricamente a América Latina: hegemonía y dependencia, soberanía y control externo, discursos de libertad enfrentados a prácticas sistemáticas de dominación. Se trata de un conflicto que no puede ser reducido a una disputa ideológica ni a una confrontación moral entre “buenos” y “malos”, sino que debe ser comprendido como una relación de fuerzas profundamente asimétrica, en la cual convergen intereses económicos, energéticos, estratégicos y simbólicos. En este escenario, interrogar el papel de la Masonería exige abandonar cualquier tentación idealizante y asumir con rigor sus límites reales como institución iniciática inserta en el mundo profano.

La Masonería latinoamericana nació, en buena medida, vinculada a los procesos de emancipación del siglo XIX. Sin embargo, aquella masonería insurgente operaba en un contexto histórico específico, donde las logias funcionaban como espacios de sociabilidad política clandestina y donde la frontera entre iniciación y militancia era porosa. Pretender trasladar mecánicamente ese rol al siglo XXI constituye un anacronismo. Como advierte Aníbal Quijano, “las formas del poder cambian, pero la colonialidad permanece reorganizada bajo nuevos lenguajes” (Quijano, 2000). El poder contemporáneo no se deja interpelar por exhortaciones morales ni por fraternidades simbólicas; se reproduce mediante dispositivos financieros, jurídicos, mediáticos y militares que exceden por completo la capacidad de incidencia de cualquier orden iniciática.

Desde esta constatación, resulta necesario afirmar con claridad que la Masonería no es, ni puede ser, un principio ético regulador de la conducta de una superpotencia como Estados Unidos, ni un contrapeso moral frente a regímenes autoritarios que han convertido la retórica antiimperial en mecanismo de legitimación interna. Franz Hinkelammert lo expresa con crudeza: “el poder no se corrige éticamente a sí mismo; solo se administra en función de su propia reproducción” (Hinkelammert, 1998). En consecuencia, cualquier expectativa de que la Orden pueda “iluminar” o “corregir” el comportamiento geopolítico de los Estados conduce inevitablemente a la frustración o al autoengaño.

El conflicto Estados Unidos–Venezuela se rige por lógicas cerradas al discurso ético. Por un lado, la política exterior estadounidense responde a una racionalidad imperial clásica, donde la democracia y los derechos humanos operan con frecuencia como justificación simbólica de intereses estratégicos. Por otro, el poder venezolano ha consolidado una forma de autoritarismo que instrumentaliza el discurso de la soberanía y del antiimperialismo para blindar estructuras internas de dominación. Ambos polos utilizan el lenguaje moral de manera funcional. Como señala Eduardo Galeano, “en el mundo al revés, los valores se proclaman mientras se hace exactamente lo contrario” (Galeano, 1998).

Desde este punto de vista, la pregunta sobre lo que la Masonería “ha dejado de hacer” debe ser reformulada. La Orden no ha dejado de intervenir eficazmente en la geopolítica, porque nunca tuvo esa capacidad real. Lo que sí ha dejado de hacer es un ejercicio honesto de autocomprensión crítica. Ha sostenido, explícita o implícitamente, una autoimagen de superioridad ética que no resiste el análisis histórico ni sociológico. La Masonería, como toda institución humana, está atravesada por contradicciones, intereses, silencios estratégicos y acomodamientos al poder. Pablo González Casanova advierte que “las élites ilustradas suelen confundir su discurso crítico con una práctica realmente emancipadora” (González Casanova, 2004). Esta advertencia interpela directamente a la Orden.

Uno de los principales déficits de la Masonería contemporánea es haber desplazado la ética hacia el plano exclusivamente individual, desligándola de las estructuras históricas que producen sufrimiento. Se ha insistido en el perfeccionamiento moral del iniciado, pero se ha evitado examinar críticamente los sistemas de poder en los que ese iniciado actúa como ciudadano, profesional o dirigente. Ignacio Ellacuría recordaba que “la ética comienza cuando se hace cargo de la realidad, no cuando se refugia en principios abstractos” (Ellacuría, 1990). La desconexión entre trabajo simbólico y realidad histórica ha vaciado de densidad crítica a muchas prácticas masónicas.

Asimismo, la Masonería ha tendido a tratar los conflictos geopolíticos como asuntos externos, ajenos al trabajo iniciático, cuando en realidad constituyen el escenario concreto donde se ponen a prueba los valores proclamados. El conflicto entre Estados Unidos y Venezuela no es solo un tema de política internacional; es un laboratorio donde se evidencian los límites del discurso sobre libertad, soberanía, democracia y dignidad humana. Rodolfo Kusch afirmaba que “en América Latina no pensamos desde la pureza de las ideas, sino desde la intemperie de la historia” (Kusch, 1976). Ignorar esa intemperie es renunciar a toda pretensión de lucidez ética.

Ahora bien, asumir una perspectiva desidealizada no implica condenar a la irrelevancia a la Masonería. Implica, más bien, redefinir su campo de acción de manera realista. La Orden no puede cambiar el curso de la geopolítica, pero sí puede evitar convertirse en legitimadora simbólica del poder. Su primera responsabilidad ética es negativa antes que positiva: no contribuir al mal, no bendecir la dominación, no reproducir discursos justificatorios de sanciones que castigan a los pueblos ni de autoritarismos que reprimen en nombre de la soberanía. Como señala Boaventura de Sousa Santos, “callar frente a la injusticia no es neutralidad, es una forma de alineamiento” (Santos, 2010).

La contribución más viable de la Masonería reside en el ámbito formativo y reflexivo. No se trata de producir militancia política, sino de formar conciencia crítica capaz de desenmascarar el uso instrumental de la ética en los conflictos contemporáneos. Paulo Freire insistía en que “la función de la educación crítica no es adaptar al oprimido al mundo, sino ayudarle a leerlo” (Freire, 1970). Una Masonería que no ayuda a leer críticamente la realidad histórica de América Latina traiciona su vocación ilustrada.

En este sentido, el silencio institucional puede ser, en determinados contextos, una decisión ética consciente. No todo silencio es cobardía; existe un silencio lúcido que se niega a ser cooptado por la propaganda de uno u otro bando. El problema surge cuando ese silencio no está acompañado de un trabajo interno serio, riguroso y crítico. El silencio vacío es complicidad; el silencio reflexivo puede ser resistencia.

Finalmente, la Masonería está llamada a abandonar una ética de la pureza para asumir una ética de la responsabilidad. Max Weber distinguía entre ambas, y aunque no es un autor latinoamericano, su planteamiento dialoga con la experiencia regional. En América Latina, la ética no se ejerce desde la perfección, sino desde la conciencia del límite. José Carlos Mariátegui lo expresó con claridad: “no queremos calcos ni copias, sino creación heroica” (Mariátegui, 1928). Para la Masonería, esa creación heroica comienza por reconocer que no es faro del mundo, sino, en el mejor de los casos, un espacio de lucidez crítica en medio de relaciones de poder brutalmente desiguales.

En conclusión, frente al conflicto Estados Unidos–Venezuela, la Masonería no está llamada a mediar, corregir o redimir. Está llamada a no mentirse a sí misma, a no idealizar su papel y a no traicionar sus principios mediante el silencio complaciente o la retórica vacía. Su valor no reside en su capacidad de transformar la geopolítica, sino en su honestidad para habitar la contradicción histórica sin maquillarla. En tiempos donde la ética es usada como arma discursiva del poder, quizá el acto más radical de la Masonería sea preservar un espacio de pensamiento crítico que se niegue a ser instrumentalizado.

Referencias bibliográficas

Ellacuría, I. (1990). Filosofía de la realidad histórica. Madrid: Trotta.

Fals Borda, O. (1987). Conocimiento y poder popular. Bogotá: Siglo del Hombre.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva.

Galeano, E. (1998). Patas arriba: la escuela del mundo al revés. Montevideo: Catálogos.

González Casanova, P. (2004). La sociología crítica latinoamericana. México: UNAM.

Hinkelammert, F. (1998). El grito del sujeto. San José: DEI.

Kusch, R. (1976). Geocultura del hombre americano. Buenos Aires: Fernando García Cambeiro.

Mariátegui, J. C. (1928). Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima: Amauta.

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Buenos Aires: CLACSO.

Santos, B. de Sousa (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Montevideo: Trilce.


jueves, 15 de enero de 2026

¿POR QUÉ VOY A LA LOGIA?



Voy a Logia porque hay lugares donde el alma respira, y el templo es uno de ellos. En un mundo dominado por la velocidad, la utilidad inmediata y la fragmentación del sentido, el espacio masónico se ofrece como una ruptura consciente con la lógica profana. Cruzar el umbral del templo no es un gesto social ni una costumbre heredada: es un acto ontológico; es el retorno al centro del ser, aquello que la tradición denomina axis mundi, el punto donde el hombre vuelve a reconocerse como totalidad.

En la logia, el tiempo deja de ser cronológico para convertirse en tiempo cualitativo, no es el tiempo que se consume, sino el tiempo que se habita; como señala Martin Heidegger, el ser humano no es simplemente un ente entre otros, sino el lugar donde el ser acontece. En el rito masónico esta intuición se hace experiencia: el hombre no domina el sentido, lo custodia; la Logia es, así, un espacio de resguardo del sentido frente a la banalización de la existencia.

La fraternidad vivida en el templo no es una idea moral abstracta, sino una experiencia concreta de alteridad. En un mundo atravesado por el individualismo y la competencia, la logia propone una pedagogía del encuentro, como escribió Martin Buber: “El Yo se constituye en el Tú”. El hermano no es instrumento ni espejo complaciente; es límite, llamado y revelación, por eso la fraternidad masónica no es horizontalidad ingenua, sino comunión exigente.

Voy a logia porque el trabajo simbólico me trabaja. Tallar la piedra bruta no es un gesto retórico, sino una disciplina interior. Cada imperfección reconocida es una verdad conquistada. Como afirma W. L. Wilmshurst: “La Masonería no se ocupa de edificios de piedra, sino de la reconstrucción del hombre interior”. El símbolo no informa, transforma; no explica, despierta. Por eso la Logia no es una escuela de doctrinas, sino un laboratorio del ser.

El símbolo, como enseñó René Guénon, es un puente entre lo visible y lo invisible; en la logia ese puente no se contempla desde fuera: se transita. El mallete, la escuadra, el compás no son objetos decorativos, sino mediaciones pedagógicas que reordenan la conciencia. El rito, así entendido, es una verdadera ascesis laica, una disciplina del alma que orienta pensamiento, palabra y acci0ón.

Pensar en el templo es distinto a pensar fuera de él, aquí la razón no se absolutiza, se armoniza; el intelecto no se impone, se ilumina. Cada plancha es un ejercicio de humildad cognitiva, como afirmaba Aristóteles en su Metafísica: “La filosofía comienza con el asombro”. El rito preserva ese asombro originario, recordándole al masón que pensar no es dominar la verdad, sino disponerse a ella.

La logia también reconfigura la vivencia de la libertad. En el mundo profano, la libertad suele experimentarse como carga o condena; en el taller, la libertad se redime en el compromiso, como señaló Jean-Paul Sartre, “el hombre está condenado a ser libre”; pero el masón aprende que esa libertad sólo se humaniza cuando se orienta hacia el bien común. La logia no niega la angustia existencial: la acompaña y la transforma en responsabilidad compartida.

Hay en el templo una espiritualidad sin dogmatismo y una fe sin imposición. El Gran Arquitecto del Universo no se define, se intuye, no se impone como concepto, se revela como Presencia. En el silencio ritual se experimenta lo que Leonardo Boff expresa con claridad: “Dios no es soledad, es comunión”. La Tenida se convierte así en una experiencia de comunión ética y espiritual, donde lo divino se manifiesta en la fraternidad vivida.

Los escritores masones han sido insistentes en este punto. Oswald Wirth afirmaba que “el símbolo no se explica: se vive”, mientras que Jules Boucher advertía que “una Masonería sin trabajo interior degenera en simple sociabilidad”. Estos testimonios confirman que la logia no es refugio identitario, sino exigencia permanente de coherencia.

La memoria simbólica que se activa en cada ceremonia no es nostalgia del pasado, sino actualización de una vocación ancestral: construirse para servir. Ser masón no es portar un título ni ocupar un rango, sino asumir una actitud vital; es vivir de modo tal que la vida profana se convierta en extensión del rito.

Cuando salgo del templo, el mundo ya no es el mismo: las calles se prolongan como atrio, los hombres se revelan como espejos del mismo misterio y la vida cotidiana se comprende como espacio de trabajo iniciático. El templo exterior se reconoce entonces como reflejo del templo interior, aquel que se edifica lentamente con pensamientos justos, palabras verdaderas y obras buenas.

Por eso voy a Logia: porque allí aprendo que el verdadero trabajo no es levantar muros, sino abrir conciencias; no es pulir la piedra exterior, sino el corazón; no es huir del mundo, sino volver a él transformado.

Comprendo, finalmente, que estar vivo no basta, hay que estar despierto y es en la logia donde el alma despierta.

 

Referencias Bibliográficas

 Aristóteles. Metafísica. Madrid: Gredos, 1998.

Boff, Leonardo. El Padre Nuestro: la oración de la liberación integral. Madrid: Trotta, 2003.

Buber, Martin. Yo y Tú. Buenos Aires: Nueva Visión, 2006.

Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Buenos Aires: Kier, 1962.

Heidegger, Martin. Ser y tiempo. Madrid: Trotta, 2009.

Sartre, Jean-Paul. El ser y la nada. Buenos Aires: Losada, 2003.

Wilmshurst, W. L. el Significado de La Masonería. Londres: Rider, 1922.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Barcelona: Obelisco, 1995.

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier, 1967.

 

 

 


 

 

 



miércoles, 7 de enero de 2026

¿QUÉ SON LOS MASONES? - Visión desde fuera de la logia y desde el interior del templo-

 


   Cuando se pronuncia la palabra masón, la imaginación colectiva parece encenderse con una fuerza que pocas instituciones generan; desde fuera de la logia, el masón es un personaje envuelto en un halo de misterio, reservado, tal vez influyente, quizá poderoso, acaso peligroso según ciertos discursos, pero, ¿qué son, realmente, los masones? ¿Qué se proyecta hacia afuera y qué se vive hacia adentro? Hoy pretendo explorar esa doble mirada, entrelazando la percepción externa con la realidad iniciática, para comprender cómo dos mundos se superponen sin coincidir plenamente.

La visión desde fuera de la logia ha sido moldeada por siglos de silencios prudentes, persecuciones históricas, especulaciones políticas, relatos religiosos y una fascinación cultural por lo oculto. En esa mirada externa, los masones se convierten en símbolos de lo incomprensible. Oswald Wirth advertía que “todo lo que se ve sin comprenderse, se carga de sospechas, y cuanto más noble es un símbolo, más peligrosas son sus interpretaciones profanas” (Wirth, El Libro del Aprendiz). La masonería, al trabajar con símbolos de alto contenido espiritual, no ha escapado a ese destino: la falta de comprensión externa se ha llenado con fantasías internas de la sociedad.

Así, desde la calle hacia el templo, la figura del masón aparece revestida de atributos imaginarios: conspirador, erudito, líder de élites, custodio de secretos milenarios. En algunos contextos, incluso se le atribuye la capacidad de orientar el devenir político o económico del mundo, como si la Orden fuera una sinfonía silenciosa tocada desde las sombras. Jules Boucher señala que “la imaginación profana proyecta en el masón aquello que teme o aquello que anhela” (Boucher, La simbólica masónica). Lo cierto es que esta proyección dice más del imaginario social que de la esencia iniciática.

Pero ¿qué encontramos cuando cruzamos la puerta del templo? ¿Qué revela la mirada desde dentro?

La vida masónica, observada sin mitos ni velos externos, es un camino profundamente humano, espiritual y ético. René Guénon insistía en que la masonería “no es un poder mundano, sino una disciplina interior que orienta al hombre hacia la percepción de lo esencial” (Guénon, Apercepciones sobre la Masonería). La realidad masónica está muy lejos de las conspiraciones y mucho más cerca de la meditación, del silencio, de la fraternidad y del trabajo íntimo sobre la propia alma.

Los masones no somos –ni pretendemos ser– dueños de verdades absolutas; somos buscadores, somos peregrinos en un sendero simbólico que nos confronta, nos pule y nos renueva. En la práctica, esto significa aceptar que el mito exterior del poder se disuelve frente a la humildad interior del trabajo con la piedra bruta. Como recuerda Wilmshurst, “la masonería es un método para que cada hombre se descubra a sí mismo como un templo en construcción” (Wilmshurst, El significado de la masonería). Esa verdad, tan sencilla y a la vez tan profunda, es desconocida por quienes solo observan desde fuera.

Desde afuera se mira al masón como miembro de una organización con influencias ocultas; desde adentro, el masón descubre que la única influencia que realmente importa es la que ejerce sobre su propio corazón. Desde afuera se sospecha de secretos inconfesables; desde adentro, se aprende que el secreto masónico es simplemente la experiencia personal de transformación, imposible de describir, pero evidente en la vida del iniciado. Desde afuera se juzga la hermeticidad; desde adentro, se comprende que el silencio es un pedagogo que nos enseña a escuchar al mundo y a escucharnos a nosotros mismos.

Aquí surge una cuestión esencial: la imagen pública del masón es, paradójicamente, una responsabilidad ética del propio masón. Si la sociedad nos imagina hombres de rectitud, debemos demostrarlo; si nos cree defensores de la justicia, debemos encarnarla; si nos ve como símbolos de sabiduría, debemos buscarla con honestidad. Wirth lo expresó con una claridad contundente al afirmar que “la dignidad del mandil se honra con obras, no con apariencias” (Wirth, El Libro del Compañero).

Este desafío ético invita a que el masón viva de tal modo que, aun sin revelar los misterios iniciáticos, revele la esencia de la Orden mediante su conducta, porque, la sociedad puede no entender los símbolos, pero sí comprende la bondad, la coherencia, la templanza y la fraternidad. Así, la verdadera respuesta a la pregunta “¿qué son los masones?” no se da en discursos públicos ni en debates filosóficos, sino en el testimonio vivo del comportamiento de cada hermano.

Sin embargo, conviene reconocer que el mundo contemporáneo -hiperconectado, ansioso por explicaciones rápidas y sediento de transparencia total- se encuentra especialmente predispuesto a desconfiar de aquello que no puede ver del todo. Esta cultura del escrutinio constante alimenta aún más los imaginarios que rodean al masón. Pero quizá justamente por ello, la existencia de hombres comprometidos con la reflexión, la sobriedad, la ética y el cultivo del espíritu se vuelve más necesaria que nunca. En un mundo saturado de ruido, el silencio iniciático del masón es un acto de resistencia espiritual; en una sociedad que teme lo simbólico, el masón recuerda que la verdad más profunda rara vez se expresa en palabras directas; en una época dominada por la superficialidad, la masonería ofrece un espacio donde aún es posible trabajar sobre el ser.

Así se entrelaza la visión de fuera con la verdad de dentro: el mundo observa al masón con curiosidad, sospecha o admiración; el masón trabaja para convertirse en una luz humilde, constante y discreta, y, esa dialéctica entre rumor y realidad, entre mito y método, entre apariencia y profundidad, constituye una de las riquezas más singulares de la Orden.

¿Y qué son, entonces, los masones? Desde fuera, una incógnita, desde dentro, una esperanza; desde fuera, un conjunto de símbolos imposibles de descifrar, desde dentro, un camino para descifrarse a sí mismo; desde fuera, una tradición envuelta en sombras. Desde dentro, una fraternidad que busca la luz.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Boucher, Jules. La simbólica masónica. París: Dervy, 1948.

Guénon, René. Apercepciones sobre la masonería y el compañerismo. París: Éditions Traditionnelles, 1946.

Wirth, Oswald. El libro del Aprendiz. Buenos Aires: Kier, 2004.

Wirth, Oswald. El libro del Compañero. Buenos Aires: Kier, 2005.

Wilmshurst, W. L. El significado de la masonería. Barcelona: Obelisco, 1990.


domingo, 4 de enero de 2026

INFILTRACIÓN DE INTERESES PERSONALES, ECONÓMICOS O IDEOLÓGICOS EN LA FRATERNIDAD MASÓNICA

 


La Masonería, desde sus orígenes operativos y su posterior configuración especulativa, se ha concebido a sí misma como una escuela iniciática de perfeccionamiento moral, intelectual y espiritual del ser humano. Este horizonte fundacional no puede comprenderse al margen de su vocación universalista, ni de su pretensión de formar conciencias libres, críticas y éticamente responsables, capaces de resistir las múltiples formas de alienación propias de cada época histórica. En tal sentido, la Masonería no surge como una estructura de poder alternativo ni como un proyecto ideológico encubierto, sino como un método simbólico de formación del ser humano integral, donde la transformación interior precede y fundamenta cualquier incidencia exterior en la vida social y política.

En América Latina, esta vocación iniciática se vio tempranamente tensionada por contextos de colonización, luchas de independencia, construcción de los Estados Nacionales y persistentes desigualdades estructurales. Numerosos masones latinoamericanos -desde próceres independentistas hasta pensadores contemporáneos- comprendieron la Orden como un espacio de resistencia ética frente al dogmatismo, el autoritarismo y la injusticia. Sin embargo, estos mismos contextos históricos abrieron la puerta a una ambigüedad permanente: la posibilidad de que la Masonería fuese leída no como escuela del espíritu, sino como instrumento de promoción personal, plataforma política o red de influencia económica. Este riesgo, lejos de ser anecdótico, constituye uno de los desafíos más serios para la autenticidad masónica en el presente. Su finalidad esencial no ha sido nunca el poder, la riqueza ni la conquista de hegemonías ideológicas, sino la edificación del hombre interior y, por irradiación ética, la mejora progresiva de la sociedad. Sin embargo, como toda institución humana que se desarrolla en contextos históricos concretos y está conformada por sujetos atravesados por tensiones sociales, políticas y económicas, la Masonería no ha sido inmune al riesgo de desviación de sus fines. Uno de los fenómenos más delicados y persistentes en su historia es la infiltración de intereses personales, económicos o ideológicos que, de manera explícita o encubierta, erosionan el sentido profundo de la fraternidad masónica.

Desde una perspectiva iniciática, la logia no es un espacio neutro ni un simple lugar de sociabilidad. Para el masón latinoamericano, esta afirmación adquiere un peso particular, pues la logia ha sido históricamente uno de los pocos ámbitos donde fue posible ejercer la libertad de conciencia en contextos marcados por autoritarismos políticos, clericalismos y exclusiones sociales. El chileno Luis Alberto Sánchez, masón y humanista, afirmaba que “la Logia es escuela de libertad interior antes que tribuna de reivindicación exterior” (Sánchez, Humanismo y Masonería). Cuando esta conciencia se debilita, el espacio iniciático se vuelve vulnerable a la instrumentalización personal o ideológica. Es un templo simbólico donde el trabajo ritual tiene por objeto la transformación del sujeto. Como recuerda Oswald Wirth, “la Masonería no promete ventajas exteriores; su obra es interior y su recompensa es de orden espiritual” (Wirth, El libro del Aprendiz). Cuando la pertenencia a la Orden es instrumentalizada como plataforma de ascenso social, red de favores, espacio de negocios o trinchera ideológica, se produce una inversión de medios y fines: el templo deja de ser taller de perfeccionamiento para convertirse en escenario de intereses profanos.

La infiltración de intereses personales suele manifestarse en la búsqueda de reconocimiento, prestigio o poder simbólico dentro de la estructura masónica. En América Latina, donde el capital simbólico suele suplir la falta de capital institucional, esta tentación se intensifica. El masón mexicano José María Mateos advertía ya en el siglo XIX que “la vanidad es el primer enemigo del iniciado, porque lo convence de que ha llegado cuando apenas ha comenzado” (Mateos, Discursos masónicos). El deseo legítimo de progresar iniciáticamente se transforma, en estos casos, en ambición de cargos, títulos y honores. René Guénon advertía con severidad que “toda organización tradicional degenera cuando el interés individual suplanta al principio espiritual que le da sentido” (Guénon, Apreciaciones sobre la Masonería y el Compañerismo). Esta degeneración no siempre es ruidosa; a menudo se presenta bajo formas sutiles: ritualismos vacíos, disputas administrativas, clericalización de la jerarquía masónica o sacralización del cargo antes que del trabajo interior.

En el plano económico, la infiltración se expresa cuando la fraternidad es utilizada como red de contactos para negocios, contratos o beneficios materiales. El pensador y masón brasileño José Castellani subrayó que “toda confusión entre fraternidad y utilitarismo destruye la ética iniciática y convierte al hermano en socio” (Castellani, Masonería: ética y sociedad). Si bien la Masonería no exige la negación del mundo ni la pobreza voluntaria, sí reclama una ética rigurosa que impida la confusión entre el vínculo iniciático y el intercambio utilitarista. Jules Boucher fue explícito al afirmar que “la Logia no es una bolsa de comercio ni una sociedad de ayuda mutua; quien entra buscando ventajas materiales no ha comprendido nada del Arte Real” (Boucher, La simbología masónica). Cuando el interés económico se normaliza, la confianza fraterna se degrada y el silencio iniciático es sustituido por la sospecha.

Más compleja aún es la infiltración ideológica, especialmente en contextos de alta polarización política, cultural o religiosa, fenómeno recurrente en la historia latinoamericana. El masón argentino Emilio Corbière señalaba que “la Masonería no puede ser neutral frente a la injusticia, pero tampoco puede convertirse en aparato doctrinario” (Corbière, Masonería y política en América Latina). Históricamente, la Masonería ha defendido principios como la libertad de conciencia, la tolerancia y la laicidad del método iniciático, sin que ello implique adhesión obligatoria a una ideología determinada. No obstante, estos principios no equivalen a la imposición de una ideología determinada. W.L. Wilmshurst advertía que “la Masonería no existe para propagar doctrinas políticas ni programas sociales, sino para formar hombres capaces de pensar y obrar con rectitud” (Wilmshurst, El significado de la Masonería). Cuando la logia se convierte en caja de resonancia de agendas partidistas o doctrinas cerradas, se rompe el equilibrio simbólico del taller y se traiciona la universalidad de la Orden.

Desde una lectura sociopolítica, la infiltración de intereses responde también a las transformaciones del mundo contemporáneo. La lógica neoliberal, la cultura del éxito rápido y la instrumentalización de las instituciones atraviesan incluso los espacios iniciáticos. En América Latina, este fenómeno se ve agravado por contextos de desigualdad estructural, fragilidad institucional y crisis de sentido. Autores latinoamericanos han señalado que la Masonería corre el riesgo de reproducir las mismas prácticas clientelares y caudillistas que dice combatir si no desarrolla una autocrítica profunda y constante (cf. Ferrer Benimeli, Masonería, Iglesia y política).

En el plano espiritual, la infiltración de intereses constituye una forma de profanación del símbolo. El rito, despojado de su densidad transformadora, se reduce a una formalidad; la palabra sagrada se banaliza; el silencio iniciático pierde su función pedagógica. Guénon hablaba, en este sentido, de la “pérdida del espíritu tradicional, fenómeno que se manifiesta cuando los símbolos dejan de ser vividos y se convierten en ornamentos culturales. La Masonería, entonces, corre el riesgo de convertirse en una asociación filantrópica más, respetable, pero espiritualmente inofensiva.

No obstante, reconocer este problema no implica negar la validez ni la vigencia de la Masonería. Por el contrario, la denuncia de la infiltración de intereses es un acto de fidelidad a la tradición iniciática. La Orden posee en su propio método los antídotos necesarios: el trabajo ritual constante, la educación simbólica, la selección rigurosa de los candidatos, la práctica de la humildad y la centralidad del silencio. Como señalaba Oswald Wirth, “la reforma de la Masonería comienza siempre por la reforma del masón” (Wirth, El libro del Compañero).

En conclusión, la infiltración de intereses personales, económicos o ideológicos en la fraternidad masónica no es un fenómeno accidental ni externo, sino una posibilidad permanente inherente a toda institución humana que actúa en el mundo histórico. En el caso de la Masonería, esta posibilidad adquiere una gravedad particular, pues afecta directamente su núcleo iniciático y desfigura su razón de ser. Allí donde el interés sustituye al trabajo interior, la ambición reemplaza a la humildad y la ideología suplanta al símbolo, la Logia corre el riesgo de convertirse en una estructura vacía de espíritu, aunque conserve intactas sus formas externas.

Autores masones latinoamericanos han advertido reiteradamente sobre este peligro. El chileno Juan José Oyarzún sostuvo que “la Masonería deja de ser iniciática cuando el masón olvida que su primera responsabilidad no es con la sociedad profana, sino con su propia transformación moral” (Oyarzún, Masonería y conciencia crítica). En una línea similar, el colombiano Fabio Gómez Quintero subrayó que “la corrupción del ideal masónico comienza cuando se normaliza el uso de la Logia como trampolín de prestigio o poder” (Gómez Quintero, Ética y Masonería). Estas advertencias no buscan deslegitimar la presencia social del masón, sino recordar que toda proyección exterior carece de sentido si no brota de una auténtica obra interior.

Desde una perspectiva regional, la Masonería latinoamericana enfrenta el desafío adicional de no reproducir las lógicas de clientelismo, caudillismo y polarización ideológica que han marcado históricamente a nuestras sociedades. El masón venezolano y latinoamericanista Manuel Caballero insistía en que la Orden debía ser “conciencia crítica de la nación y no reflejo acrítico de sus vicios estructurales” (Caballero, Masonería y modernidad en América Latina). Cuando la Logia se alinea acríticamente con proyectos de poder, pierde su capacidad de ser espacio de síntesis, diálogo y trascendencia.

Frente a este escenario, la respuesta masónica no puede ser la negación ingenua del problema ni el repliegue defensivo, sino una profundización consciente de su método tradicional. Ello implica recuperar la centralidad del símbolo, la seriedad del trabajo ritual, la exigencia ética en la selección y formación de los miembros, y una pedagogía iniciática que privilegie el silencio, la escucha y la autocrítica. Como afirmaba el masón argentino Ángel Jorge Clavero, “la Masonería se salva a sí misma cada vez que un masón elige ser discípulo del símbolo y no administrador del poder” (Clavero, Iniciación y compromiso masónico).

Solo desde esta fidelidad al espíritu iniciático la Masonería podrá resistir la infiltración de intereses y seguir siendo, en el contexto latinoamericano y global, una escuela de libertad interior, un taller de humanización y un espacio de construcción ética al servicio del ser humano y no de sus ambiciones. La vigilancia constante no es, pues, un acto de sospecha permanente hacia el otro, sino una disciplina interior que recuerda al masón que el enemigo más peligroso de la Orden no suele venir de fuera, sino que se gesta cuando el ego profano se sienta, sin ser invitado, en las columnas del templo. Su gravedad radica en que atenta directamente contra la esencia iniciática de la Orden. Frente a este riesgo, la Masonería está llamada a ejercer una vigilancia ética y espiritual permanente, recordando que su verdadera obra no se mide en influencia social ni en poder externo, sino en la calidad moral y espiritual de los hombres y mujeres que trabajan en el templo. Solo una Masonería fiel a su vocación interior podrá seguir siendo, en palabras de Wilmshurst, “un camino de regeneración del ser y no un instrumento más del mundo profano” (Wilmshurst, El significado de la Masonería).

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier, 2004.

Caballero, Manuel. Masonería y modernidad en América Latina. Caracas: Alfa, 1992.

Castellani, José. Masonería: ética y sociedad. São Paulo: Madras, 2008.

Clavero, Ángel Jorge. Iniciación y compromiso masónico. Buenos Aires: Editorial Masónica Argentina, 2010.

Corbière, Emilio J. Masonería y política en América Latina. Buenos Aires: Sudamericana, 2004.

Ferrer Benimeli, José Antonio. Masonería, Iglesia y política. Madrid: Fundación Universitaria Española, 1998.

Gómez Quintero, Fabio. Ética y Masonería. Bogotá: Ediciones Masónicas Colombianas, 2012.

Guénon, René. Apreciaciones sobre la Masonería y el Compañerazgo. Barcelona: Obelisco, 2001.

Mateos, José María. Discursos masónicos. Ciudad de México: Gran Logia Valle de México, 1985.

Oyarzún, Juan José. Masonería y conciencia crítica. Santiago de Chile: Ediciones del Taller, 2006.

Sánchez, Luis Alberto. Humanismo y Masonería. Lima: Fondo Editorial Universitario, 1974.

Wilmshurst, Walter Leslie. El significado de la Masonería. Barcelona: Obelisco, 2005.

Wirth, Oswald. El libro del Aprendiz. Buenos Aires: Kier, 2004.

Wirth, Oswald. El libro del Compañero. Buenos Aires: Kier, 2005.

viernes, 2 de enero de 2026

FRATERNIDAD PROCLAMADA Y FRATERNIDAD TRAICIONADA: EXAMEN CRÍTICO DE LA CONCIENCIA MASÓNICA CONTEMPORÁNEA

 


La fraternidad ocupa un lugar axial en el manifiesto moral de la Masonería, No es un valor secundario ni un mero enunciado retórico del discurso ritual, sino un principio constitutivo del proyecto iniciático: sin fraternidad no hay logia, sin fraternidad el símbolo se vacía, sin fraternidad la iniciación degenera en formalismo. Bajo la invocación del Gran Arquitecto Del Universo, la Masonería proclama la igualdad esencial de los hombres y mujeres como vocación universal de la humanidad reconciliada; sin embargo, esta proclamación, reiterada con solemnidad en los rituales, se ve frecuentemente desmentida por la práctica cotidiana de los talleres, allí emerge una fractura inquietante entre el ideal afirmado y la realidad vivida.

La fraternidad ideal pertenece al orden del símbolo normativo. René Guénon recordaba que el símbolo no describe lo que es, sino lo que debe ser: “el símbolo es una invitación permanente a la rectificación del ser” (Guénon, 2004, p. 112). Desde esta perspectiva, la fraternidad no puede reducirse a un sentimiento de camaradería ni a una cortesía institucional, sino que constituye una exigencia ontológica: el reconocimiento del otro como igual en dignidad y como compañero de destino iniciático. Oswald Wirth lo formuló sin ambigüedad cuando afirmó que “la Masonería no une a los hombres por intereses ni por opiniones, sino por su común aspiración hacia lo eterno” (Wirth, 1993, p. 56). Toda fraternidad que se funda en afinidades ideológicas, conveniencias administrativas o alianzas circunstanciales traiciona este principio.

No obstante, la realidad de muchas logias revela una fraternidad condicionada, selectiva y frágil. La igualdad proclamada bajo la bóveda celeste se diluye cuando intervienen el grado, el cargo, la antigüedad o la cercanía al poder simbólico. La fraternidad se invoca, pero no siempre se ejerce; se declama, pero no se encarna. Jules Boucher advertía que la fraternidad es una categoría espiritual y no una emoción pasajera (Boucher, 1988, p. 214), y precisamente por ello resulta incómoda: exige coherencia, renuncia al ego y una ética del cuidado que no todos están dispuestos a asumir.

Desde una perspectiva filosófica clásica, la fraternidad masónica se vincula con la philia aristotélica en su forma más elevada: la amistad por virtud, una forma de buscar el bien de los demás, promoviendo la cooperación y la buena convivencia. Aristóteles distinguía con claridad entre las relaciones fundadas en el placer, la utilidad y el bien moral (Aristóteles, 2007, p. 142). La fraternidad iniciática solo puede sostenerse en esta última, pues no busca lo que el otro me ofrece, sino lo que el otro es. Sin embargo, cuando la fraternidad se instrumentaliza -para ascender, para influir, para excluir- se degrada al nivel de la utilidad y pierde su carácter iniciático. En ese punto, la logia deja de ser taller de perfeccionamiento para convertirse en escenario de disputas profanas.

W. L. Wilmshurst fue particularmente severo al afirmar que la logia es un espejo del alma (Wilmshurst, 1993, p. 92). Allí no solo se revelan las virtudes, sino también las sombras. El conflicto fraterno no es un accidente externo, sino la manifestación de una lucha interior no resuelta. La fraternidad se quiebra cuando el trabajo simbólico no se traduce en transformación ética, cuando la piedra bruta permanece intacta bajo un barniz ritual; en este sentido, la crisis de la fraternidad no es institucional, sino espiritual.

Erich Fromm sostuvo que el amor fraternal es la forma más madura del amor humano porque no busca poseer ni dominar, sino unir en libertad (Fromm, 1994, p. 42). Esta afirmación interpela directamente a la Masonería contemporánea: ¿Qué tipo de vínculos estamos construyendo en nombre de la fraternidad? ¿Relaciones de libertad responsable o de control sutil? ¿Espacios de crecimiento mutuo o estructuras de poder encubierto? Cuando la fraternidad se subordina al ego, deja de ser camino de liberación y se convierte en una ficción ritual.

La incomodidad del otro es parte constitutiva de la experiencia fraterna. Jean-Paul Sartre lo expresó con crudeza al afirmar que “el infierno son los otros” (Sartre, 1996, p. 311). Leída superficialmente, esta frase parece negar la fraternidad; leída en profundidad, la sitúa en su verdadero terreno: el de la dificultad. El hermano, en su diferencia, me confronta, me desinstala, me obliga a trabajar mis límites. Allí donde se huye del conflicto en nombre de una falsa armonía, la fraternidad se vacía de contenido; sin fricción no hay pulido y sin alteridad no hay iniciación.

Paul Ricoeur comprendió el mito como una narración que abre posibilidades de sentido y acción (Ricoeur, 2001, p. 74). La fraternidad ideal es ese mito orientador que juzga permanentemente la práctica. No está para ser contemplado, sino para ser contrastado con la realidad. Cuando la distancia entre ambos se normaliza, la logia entra en un proceso de erosión ética. La fraternidad proclamada sin autocrítica se convierte en ideología; la fraternidad vivida sin ideal se reduce a rutina administrativa.

Leonardo Boff introduce una dimensión ineludible al afirmar que la fraternidad no es solo emoción, sino compromiso histórico: “ser hermanos significa comprometernos con el pan de cada día de todos” (Boff, 2000, p. 65). Este llamado confronta a una Masonería que, en ocasiones, se refugia en el simbolismo interno y olvida su responsabilidad social. No hay fraternidad auténtica mientras se tolere la exclusión, la indiferencia o la injusticia, dentro o fuera de la logia. El manifiesto moral masónico pierde credibilidad cuando la fraternidad no se traduce en prácticas concretas de solidaridad y justicia.

La confrontación entre la fraternidad ideal y la fraternidad real no es un problema a resolver, sino una tensión a habitar conscientemente. Allí se define la autenticidad del masón. El ideal sin práctica es una ilusión retórica; la práctica sin ideal es una administración sin alma. Solo quien se deja interpelar por esta contradicción comienza verdaderamente el trabajo iniciático. La fraternidad no se hereda con el grado ni se garantiza con el ritual: se construye cada día, en el silencio, en la renuncia al ego, en la fidelidad al otro.

A manera de conclusión podemos decir que la fraternidad masónica es una exigencia radical, no una consigna cómoda. Es el criterio último que juzga la verdad del camino iniciático, ya que la fraternidad ideal nos acusa y la fraternidad real nos desnuda; entre ambas se juega la honestidad del masón y la credibilidad de la logia. Allí donde la fraternidad se vive con coherencia, el símbolo se vuelve carne y la Masonería cumple su vocación humanizadora. Allí donde se la traiciona, el templo permanece en pie, pero el espíritu se ausenta.

La pregunta no es si proclamamos la fraternidad, sino si estamos dispuestos a pagar el precio de vivirla.

 

Referencias bibliográficas

Aristóteles. (2007). Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos.

Boff, L. (2000). El Padre Nuestro. La oración de la liberación integral. Santander: Sal Terrae.

Boucher, J. (1988). La simbólica masónica. Barcelona: Obelisco.

Fromm, E. (1994). El arte de amar. Barcelona: Paidós.

Guénon, R. (2004). Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Barcelona: Paidós.

Ricoeur, P. (2001). Finitud y culpabilidad. Madrid: Trotta.

Sartre, J.-P. (1996). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.

Wilmshurst, W. L. (1993). El significado de la Masonería. Buenos Aires: Kier.

Wirth, O. (1993). El libro del aprendiz. Buenos Aires: Kier.


sábado, 27 de diciembre de 2025

SAN JUAN EVANGELISTA, HORIZONTE DEL CAMINO MASÓNICO

 

San Juan Evangelista ha sido reconocido por la tradición masónica como patrono no por razones devocionales ni por una continuidad confesional acrítica, sino por la profunda afinidad simbólica, epistemológica e iniciática que su pensamiento representa respecto a los principios estructurales de la Masonería; Su figura es asumida como arquetipo del conocimiento interior, de la conciencia iluminada y de la fidelidad a la verdad más allá de las apariencias. En este sentido, la Masonería no se vincula a San Juan Evangelista como a un santo, sino como a un símbolo vivo de un modo de comprender el mundo, al ser humano y su proceso de perfeccionamiento.

Desde los primeros versículos de su evangelio se establece una clave que resulta central para la comprensión masónica de la realidad: “En el principio era el logos, y el logos estaba con Dios, y el logos era Dios” (Jn 1,1). Esta afirmación no debe ser leída exclusivamente en clave teológica confesional, sino como expresión de un principio universal de orden, sentido y racionalidad. El logos joánico coincide plenamente con la noción masónica del Gran Arquitecto Del Universo entendido como principio ordenador del cosmos, fundamento de la armonía, la proporción y la inteligibilidad del mundo. Para la Masonería, como para San Juan Evangelista, la realidad no es absurda ni caótica: es una obra estructurada que puede ser leída, interpretada y construida conscientemente.

El Evangelio de San Juan no narra simplemente hechos históricos; propone una arquitectura del sentido. Cuando afirma que “todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” (Jn 1,3), introduce una visión constructiva del universo que resuena profundamente con la simbología masónica del trabajo, la edificación y la responsabilidad humana. El masón, como obrero simbólico, participa de esta lógica del logos al trabajar sobre la piedra bruta de su propia naturaleza, ordenando el caos interior para contribuir a la armonía del templo universal.

La categoría de la luz constituye otro eje de convergencia fundamental. San Juan Evangelista afirma con claridad: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5). En clave masónica, esta luz no es información ni acumulación de saberes, sino despertar de la conciencia, clarificación del ser y transformación interior. El masón no recibe la luz como un objeto externo, sino que la reconoce progresivamente en la medida en que se dispone interiormente para ella. De ahí que San Juan Evangelista afirme también: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12), expresión que, leída simbólicamente, remite al seguimiento de un principio de vida consciente y no a la adhesión a una figura histórica concreta.

La afinidad entre San Juan Evangelista y la Masonería se hace aún más evidente en la comprensión joánica del conocimiento. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32) no es una consigna moral, sino una afirmación iniciática: el conocimiento auténtico libera porque transforma al sujeto. La Masonería comparte esta convicción al proponer un proceso de formación que no busca producir obediencia, sino libertad responsable. El masón trabaja para conocerse, y al conocerse se libera de la ignorancia, del fanatismo y de la servidumbre interior.

En el plano ético y antropológico, San Juan Evangelista aporta una comprensión del amor que trasciende toda moral superficial. “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios” (1 Jn 4,16). Este amor no es emoción pasajera ni norma impuesta, sino principio constitutivo del ser. La Masonería, al proclamar la fraternidad universal, encuentra en esta visión joánica un fundamento profundo: la fraternidad no se decreta, se vive como reconocimiento del otro como piedra viva del mismo templo, por ello, cuando San Juan afirma: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros” (Jn 13,35), puede leerse masónicamente como un llamado a una ética de la coherencia, donde la calidad del vínculo humano revela el grado de trabajo interior realizado.

San Juan Evangelista encarna también el arquetipo del iniciado maduro, del discípulo que permanece fiel incluso en el silencio y la oscuridad. Es el único que, según la tradición, permanece al pie de la cruz, no por heroísmo exterior, sino por comprensión profunda del sentido del proceso. Esta fidelidad silenciosa resuena con la ética masónica del trabajo constante y discreto, alejado de la ostentación. El masón joánico comprende que la verdadera obra no siempre es visible y que la transformación más profunda ocurre en el ámbito de la conciencia.

Incluso el lenguaje simbólico del apocalipsis, tradicionalmente atribuido a San Juan, adquiere una resonancia masónica cuando se lee en clave iniciática. “Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, preparada como una esposa” (Ap 21,2). No se trata del anuncio de una catástrofe, sino de la revelación de una humanidad transfigurada, de una ciudad interior construida con medida, proporción y justicia. Las constantes referencias a la medida, al templo y a la piedra refuerzan la afinidad con una institución que concibe la evolución humana como una obra de construcción progresiva y consciente.

Reconocer a San Juan Evangelista como patrono de la Masonería implica, por tanto, asumir criterios concretos de vida masónica. En primer lugar, la búsqueda permanente de la verdad como proceso interior, recordando que “el que practica la verdad viene a la luz” (Jn 3,21). En segundo lugar, la primacía de la conciencia sobre la norma, actuando desde la coherencia interior y no desde el temor o la conveniencia. En tercer lugar, la vivencia de la fraternidad como experiencia ontológica, sabiendo que “el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20), afirmación que, leída simbólicamente, interpela directamente a la autenticidad del compromiso masónico.

A ello se suma la centralidad del trabajo interior sobre la visibilidad externa, asumiendo que la luz no se exhibe, sino que se irradia naturalmente cuando ha sido verdaderamente integrada. Asimismo, la comprensión simbólica de la realidad se convierte en un criterio esencial, pues permite leer la propia vida como un texto iniciático en permanente revelación. Finalmente, el compromiso con la humanidad se impone como consecuencia ética de la luz recibida, ya que “vosotros sois la luz del mundo” (Jn 8,12), leído en clave simbólica universal, no implica privilegio, sino responsabilidad.

San Juan Evangelista, como patrono de la Masonería, no señala un objeto de veneración, sino un horizonte de sentido. Su legado invita al masón a convertirse en constructor consciente del templo interior y social, guardián de una Luz que no impone ni divide, sino que ilumina, libera y humaniza. En tiempos marcados por la superficialidad y la fragmentación, la voz joánica recuerda a la Masonería su vocación más profunda: ser escuela de conciencia, fraternidad y verdad vivida.

AUTOR: Villar Peñalver, Andy.  SAN JUAN EVANGELISTA, HORIZONTE DEL CAMINO MASÓNICO" en https://andyvillar.blogspot.com/2025/12/san-juan-evangelista-horizonte-del.html Blog: "SER APRENDIZ MASÓN" Año: 2025


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