El
conflicto geopolítico entre Estados Unidos y Venezuela constituye una expresión
particularmente nítida de las tensiones estructurales que han atravesado
históricamente a América Latina: hegemonía y dependencia, soberanía y control
externo, discursos de libertad enfrentados a prácticas sistemáticas de
dominación. Se trata de un conflicto que no puede ser reducido a una disputa
ideológica ni a una confrontación moral entre “buenos” y “malos”, sino que debe
ser comprendido como una relación de fuerzas profundamente asimétrica, en la
cual convergen intereses económicos, energéticos, estratégicos y simbólicos. En
este escenario, interrogar el papel de la Masonería exige abandonar cualquier
tentación idealizante y asumir con rigor sus límites reales como institución
iniciática inserta en el mundo profano.
La
Masonería latinoamericana nació, en buena medida, vinculada a los procesos de
emancipación del siglo XIX. Sin embargo, aquella masonería insurgente operaba
en un contexto histórico específico, donde las logias funcionaban como espacios
de sociabilidad política clandestina y donde la frontera entre iniciación y
militancia era porosa. Pretender trasladar mecánicamente ese rol al siglo XXI
constituye un anacronismo. Como advierte Aníbal Quijano, “las formas del
poder cambian, pero la colonialidad permanece reorganizada bajo nuevos
lenguajes” (Quijano, 2000). El poder contemporáneo no se deja interpelar
por exhortaciones morales ni por fraternidades simbólicas; se reproduce
mediante dispositivos financieros, jurídicos, mediáticos y militares que
exceden por completo la capacidad de incidencia de cualquier orden iniciática.
Desde
esta constatación, resulta necesario afirmar con claridad que la Masonería no
es, ni puede ser, un principio ético regulador de la conducta de una
superpotencia como Estados Unidos, ni un contrapeso moral frente a regímenes
autoritarios que han convertido la retórica antiimperial en mecanismo de
legitimación interna. Franz Hinkelammert lo expresa con crudeza: “el poder
no se corrige éticamente a sí mismo; solo se administra en función de su propia
reproducción” (Hinkelammert, 1998). En consecuencia, cualquier expectativa
de que la Orden pueda “iluminar” o “corregir” el comportamiento
geopolítico de los Estados conduce inevitablemente a la frustración o al
autoengaño.
El
conflicto Estados Unidos–Venezuela se rige por lógicas cerradas al discurso
ético. Por un lado, la política exterior estadounidense responde a una
racionalidad imperial clásica, donde la democracia y los derechos humanos
operan con frecuencia como justificación simbólica de intereses estratégicos.
Por otro, el poder venezolano ha consolidado una forma de autoritarismo que
instrumentaliza el discurso de la soberanía y del antiimperialismo para blindar
estructuras internas de dominación. Ambos polos utilizan el lenguaje moral de
manera funcional. Como señala Eduardo Galeano, “en el mundo al revés, los
valores se proclaman mientras se hace exactamente lo contrario” (Galeano,
1998).
Desde
este punto de vista, la pregunta sobre lo que la Masonería “ha dejado de
hacer” debe ser reformulada. La Orden no ha dejado de intervenir
eficazmente en la geopolítica, porque nunca tuvo esa capacidad real. Lo que sí
ha dejado de hacer es un ejercicio honesto de autocomprensión crítica. Ha
sostenido, explícita o implícitamente, una autoimagen de superioridad ética que
no resiste el análisis histórico ni sociológico. La Masonería, como toda
institución humana, está atravesada por contradicciones, intereses, silencios
estratégicos y acomodamientos al poder. Pablo González Casanova advierte que “las
élites ilustradas suelen confundir su discurso crítico con una práctica
realmente emancipadora” (González Casanova, 2004). Esta advertencia
interpela directamente a la Orden.
Uno
de los principales déficits de la Masonería contemporánea es haber desplazado
la ética hacia el plano exclusivamente individual, desligándola de las
estructuras históricas que producen sufrimiento. Se ha insistido en el
perfeccionamiento moral del iniciado, pero se ha evitado examinar críticamente
los sistemas de poder en los que ese iniciado actúa como ciudadano, profesional
o dirigente. Ignacio Ellacuría recordaba que “la ética comienza cuando se
hace cargo de la realidad, no cuando se refugia en principios abstractos”
(Ellacuría, 1990). La desconexión entre trabajo simbólico y realidad histórica
ha vaciado de densidad crítica a muchas prácticas masónicas.
Asimismo,
la Masonería ha tendido a tratar los conflictos geopolíticos como asuntos
externos, ajenos al trabajo iniciático, cuando en realidad constituyen el
escenario concreto donde se ponen a prueba los valores proclamados. El
conflicto entre Estados Unidos y Venezuela no es solo un tema de política
internacional; es un laboratorio donde se evidencian los límites del discurso
sobre libertad, soberanía, democracia y dignidad humana. Rodolfo Kusch afirmaba
que “en América Latina no pensamos desde la pureza de las ideas, sino desde
la intemperie de la historia” (Kusch, 1976). Ignorar esa intemperie es
renunciar a toda pretensión de lucidez ética.
Ahora
bien, asumir una perspectiva desidealizada no implica condenar a la
irrelevancia a la Masonería. Implica, más bien, redefinir su campo de acción de
manera realista. La Orden no puede cambiar el curso de la geopolítica, pero sí
puede evitar convertirse en legitimadora simbólica del poder. Su primera
responsabilidad ética es negativa antes que positiva: no contribuir al mal, no
bendecir la dominación, no reproducir discursos justificatorios de sanciones
que castigan a los pueblos ni de autoritarismos que reprimen en nombre de la
soberanía. Como señala Boaventura de Sousa Santos, “callar frente a la injusticia
no es neutralidad, es una forma de alineamiento” (Santos, 2010).
La
contribución más viable de la Masonería reside en el ámbito formativo y
reflexivo. No se trata de producir militancia política, sino de formar
conciencia crítica capaz de desenmascarar el uso instrumental de la ética en
los conflictos contemporáneos. Paulo Freire insistía en que “la función de
la educación crítica no es adaptar al oprimido al mundo, sino ayudarle a
leerlo” (Freire, 1970). Una Masonería que no ayuda a leer críticamente la
realidad histórica de América Latina traiciona su vocación ilustrada.
En
este sentido, el silencio institucional puede ser, en determinados contextos,
una decisión ética consciente. No todo silencio es cobardía; existe un silencio
lúcido que se niega a ser cooptado por la propaganda de uno u otro bando. El
problema surge cuando ese silencio no está acompañado de un trabajo interno
serio, riguroso y crítico. El silencio vacío es complicidad; el silencio
reflexivo puede ser resistencia.
Finalmente,
la Masonería está llamada a abandonar una ética de la pureza para asumir una
ética de la responsabilidad. Max Weber distinguía entre ambas, y aunque no es
un autor latinoamericano, su planteamiento dialoga con la experiencia regional.
En América Latina, la ética no se ejerce desde la perfección, sino desde la
conciencia del límite. José Carlos Mariátegui lo expresó con claridad: “no
queremos calcos ni copias, sino creación heroica” (Mariátegui, 1928). Para
la Masonería, esa creación heroica comienza por reconocer que no es faro del
mundo, sino, en el mejor de los casos, un espacio de lucidez crítica en medio
de relaciones de poder brutalmente desiguales.
En
conclusión, frente al conflicto Estados Unidos–Venezuela, la Masonería no está
llamada a mediar, corregir o redimir. Está llamada a no mentirse a sí misma, a
no idealizar su papel y a no traicionar sus principios mediante el silencio
complaciente o la retórica vacía. Su valor no reside en su capacidad de
transformar la geopolítica, sino en su honestidad para habitar la contradicción
histórica sin maquillarla. En tiempos donde la ética es usada como arma
discursiva del poder, quizá el acto más radical de la Masonería sea preservar
un espacio de pensamiento crítico que se niegue a ser instrumentalizado.
Referencias
bibliográficas
Ellacuría,
I. (1990). Filosofía de la realidad histórica. Madrid: Trotta.
Fals
Borda, O. (1987). Conocimiento y poder popular. Bogotá: Siglo del Hombre.
Freire,
P. (1970). Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva.
Galeano,
E. (1998). Patas arriba: la escuela del mundo al revés. Montevideo: Catálogos.
González
Casanova, P. (2004). La sociología crítica latinoamericana. México: UNAM.
Hinkelammert,
F. (1998). El grito del sujeto. San José: DEI.
Kusch,
R. (1976). Geocultura del hombre americano. Buenos Aires: Fernando García
Cambeiro.
Mariátegui,
J. C. (1928). Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima:
Amauta.
Quijano,
A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Buenos
Aires: CLACSO.
Santos,
B. de Sousa (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Montevideo:
Trilce.




