Infidelidad, deseo y desorden afectivo en logias mixtas
Existen temas que rara vez
se pronuncian en voz alta dentro de los espacios iniciáticos, no porque
carezcan de importancia, sino precisamente porque tocan zonas sensibles donde
convergen la fragilidad humana, la ética institucional y la verdad interior de
cada miembro. Entre ellos se encuentra la manera como las carencias afectivas
no resueltas penetran silenciosamente la vida masónica y transforman el sentido
del templo. Allí donde debería edificarse la conciencia, en ocasiones se busca
consuelo; donde debería cultivarse la disciplina del espíritu, se persigue
validación emocional; donde debería elevarse la fraternidad, a veces se instala
el deseo desordenado. Esta plancha no pretende moralizar la intimidad de nadie
ni reducir la complejidad de los afectos humanos a juicios simplistas. Busca,
más bien, interpelar una realidad que suele negarse: cuando hombres y mujeres
ingresan a una logia mixta sin trabajo interior suficiente, el espacio
simbólico puede convertirse en escenario de dependencias, triangulaciones
afectivas, infidelidades y tensiones eróticas que lesionan la armonía ritual y
desvían la finalidad iniciática. El problema no reside en la mixticidad, ni en
la presencia legítima de la diferencia sexual, sino en la ausencia de madurez
emocional. Allí donde no se gobierna el yo profano, el templo termina siendo
ocupado por sus sombras.
La idea central que se
sostiene en esta reflexión es que toda institución iniciática corre riesgo de
degradarse cuando algunos de sus miembros la utilizan como refugio emocional
para compensar vacíos personales. En ese desplazamiento, la fraternidad deja de
ser virtud operativa y se convierte en recurso afectivo; el reconocimiento
simbólico se transforma en seducción narcisista; la cercanía ritual se confunde
con intimidad posesiva; y la búsqueda espiritual cede terreno al drama
sentimental. Esta tesis exige ser desarrollada con rigor, porque no se trata de
un fenómeno anecdótico, sino estructural en toda comunidad humana donde
coinciden poder, admiración, secreto compartido y necesidad de pertenencia.
La condición humana está
atravesada por la necesidad de vínculo. Aristóteles afirmó que el ser humano es
un animal político, es decir, relacional por naturaleza (Política, I, 1253a).
Sin embargo, una cosa es necesitar comunidad y otra muy distinta depender
psicológicamente de ella para sostener la propia identidad. Cuando una persona
no ha aprendido a estar sola, busca en los otros no comunión sino suplemento.
Fromm advertía que muchos confunden amor con escape de la soledad y que
terminan adhiriéndose mutuamente para evitar el vacío interior (El arte de
amar, 1956). Esta observación resulta especialmente pertinente para la vida
masónica. El templo ofrece reconocimiento, estructura simbólica, escucha,
pertenencia, lenguaje elevado y la experiencia de una comunidad ordenada. Para
un sujeto emocionalmente descentrado, todo ello puede convertirse en sustituto
terapéutico no declarado. No entra para trabajar la piedra bruta, sino para ser
sostenido por la mirada ajena.
Cuando ese ingreso está
motivado por carencias no reconocidas, aparecen mecanismos compensatorios. La
admiración hacia un hermano o una hermana se erotiza; la solidaridad se
interpreta como interés íntimo; el acompañamiento se vuelve dependencia; la
cortesía ritual se lee como insinuación; la afinidad intelectual se convierte
en fantasía romántica. Jung explicaba que el ser humano proyecta contenidos
inconscientes sobre quienes encarnan imágenes internas no integradas
(Psicología y alquimia, 1944). En una logia mixta, donde existe convivencia
respetuosa entre hombres y mujeres, dichas proyecciones pueden intensificarse
si no median autoconocimiento y límites claros. No se ama a la persona real,
sino a lo que ella simboliza para la carencia interior de quien proyecta.
La infidelidad, en este
contexto, no debe analizarse únicamente como falta moral conyugal, aunque
también pueda serlo, sino como síntoma de una estructura psíquica incapaz de
habitar la responsabilidad afectiva. Quien necesita permanentemente nuevas
confirmaciones de deseabilidad suele vivir en déficit de autoestima. Busca ser
elegido una y otra vez porque no logra elegirse a sí mismo. Bauman señaló que
la modernidad líquida produce vínculos frágiles, de consumo rápido, donde el
otro es valorado mientras satisface necesidades inmediatas (Amor líquido, 2003).
Si esa lógica penetra el espacio masónico, la fraternidad misma puede
instrumentalizarse. Se participa en tenidas no por convicción iniciática, sino
para mantener circuitos emocionales paralelos, alimentar coqueteos, sostener
dobles vidas o experimentar emociones prohibidas bajo la cobertura del respeto
institucional.
Debe afirmarse con
claridad que la logia mixta no genera por sí misma el desorden afectivo. Sería
intelectualmente pobre y éticamente injusto atribuir a la presencia conjunta de
hombres y mujeres aquello que nace de inmadureces previas. El problema tampoco
es la sexualidad, dimensión constitutiva de la persona humana. El problema es
la sexualidad no integrada, es decir, aquella desconectada de responsabilidad,
verdad y prudencia. Freud mostró que la represión ciega no resuelve el deseo;
apenas lo desplaza (El malestar en la cultura, 1930). Pero también es cierto
que la mera permisividad no lo ordena. La tradición iniciática enseña otra vía:
sublimación, conciencia, medida y servicio. La energía del eros puede elevarse
hacia creatividad, estudio, fraternidad genuina y trabajo social. Cuando no
ocurre así, degenera en intriga, favoritismo, competencia y resentimiento.
En muchas obediencias
contemporáneas se evita abordar estas tensiones por temor a parecer
conservadores, moralistas o conflictivos. Sin embargo, callar no resuelve. La
omisión administrativa suele dejar el campo libre a dinámicas informales más
destructivas. Cuando surgen relaciones ocultas entre miembros, especialmente si
implican jerarquías, antiguos compromisos externos o triangulaciones internas,
la gobernabilidad de la logia se resiente. Decisiones aparentemente rituales
comienzan a leerse en clave sentimental; ascensos se sospechan favorecidos;
discrepancias doctrinales se contaminan de celos; ausencias se interpretan como
rupturas; grupos internos se forman alrededor de lealtades afectivas. Lo que
era taller de perfeccionamiento deviene escenario de psicodrama colectivo.
Hegel enseñó que toda comunidad requiere reconocimiento mediado por normas
universales, no por caprichos particulares (Fenomenología del espíritu, 1807).
Cuando prevalece lo particularista, la eticidad común se fractura.
Desde la perspectiva
estrictamente masónica, la cuestión remite al dominio de sí. La piedra bruta no
es una metáfora ornamental: designa la labor permanente sobre impulsos,
sombras, vanidades y compulsiones. Wilmshurst recordaba que la masonería
auténtica se ocupa de la reconstrucción interior del hombre, no de ceremonias
vacías (The Meaning of Masonry, 1922). Si el iniciado utiliza la Orden para
satisfacer apetitos que no gobierna, invierte completamente el sentido de la
obra. En lugar de servirse de los símbolos para transformarse, se sirve de la
institución para perpetuarse. El compás, emblema de medida, queda neutralizado
por la pasión sin regla; la escuadra, símbolo de rectitud, cede ante la doblez;
la plomada, signo de verticalidad, se inclina bajo conveniencias emocionales.
La mixticidad, bien
comprendida, ofrece inmensas posibilidades iniciáticas. Permite aprender
respeto real entre diferencias, desmontar prejuicios históricos, enriquecer
perspectivas simbólicas y humanizar estilos de liderazgo frecuentemente
endurecidos por monoculturas de género. También exige mayores competencias emocionales
y éticas. No basta proclamar igualdad; se requiere madurez relacional. Rogers
insistía en que los vínculos sanos reposan sobre autenticidad, empatía y
consideración positiva responsable (El proceso de convertirse en persona,
1961). Traducido al ámbito masónico: claridad de intenciones, trato digno,
comunicación adulta, límites explícitos y cuidado del clima colectivo.
La incapacidad de estar
solo merece atención especial porque constituye una de las raíces invisibles
del problema. Quien teme el silencio interior necesita ruido vincular
constante. Cambia de pareja, multiplica insinuaciones, dramatiza rechazos
mínimos, se aferra a cualquier atención disponible. Pero la iniciación comienza
precisamente cuando el sujeto puede habitarse sin huir de sí. El gabinete de
reflexión simboliza esa confrontación radical: entrar a la oscuridad propia sin
entretenimiento externo. Una persona que no tolera la soledad difícilmente
sostendrá la fraternidad, porque convertirá al otro en medicamento. Y nadie
debería ser utilizado como medicina de la neurosis ajena.
Conviene entonces proponer
criterios operativos para las logias mixtas y para toda comunidad iniciática
contemporánea. Primero, incorporar formación explícita en ética relacional,
manejo de límites, conflictos de interés y responsabilidad afectiva. Segundo,
establecer protocolos claros cuando existan relaciones entre miembros que
puedan comprometer imparcialidad administrativa. Tercero, fortalecer procesos
de mentoría donde los nuevos integrantes comprendan que la pertenencia no
sustituye procesos terapéuticos o personales pendientes. Cuarto, cultivar una
cultura de transparencia y discreción madura: no voyeurismo sobre la vida
privada, pero tampoco tolerancia ingenua a conductas que dañan lo colectivo.
Quinto, recentrar constantemente la experiencia en estudio, servicio y trabajo
interior, de modo que el templo no quede disponible como simple escenario
social.
La conclusión general es
contundente: ninguna reforma estatutaria reemplaza la reforma del carácter. El
riesgo mayor para las logias mixtas no es la diversidad de sexos, sino la
homogeneidad de inmadureces no trabajadas. Donde hombres y mujeres llegan a
construir conciencia, la mixticidad puede ser escuela superior de civilidad.
Donde llegan a buscar refugio narcisista, cualquier estructura colapsa
lentamente. La infidelidad, el coqueteo instrumental y el desorden afectivo no
son escándalos privados sin consecuencias; son indicadores de déficit
iniciático cuando contaminan la vida del taller. El templo no fue erigido para
esconder carencias, sino para iluminarlas y transformarlas. Si cada hermano y
hermana asumiera seriamente esta exigencia, la fraternidad dejaría de ser
consuelo emocional y volvería a ser camino de elevación moral. Allí empieza,
quizá, la masonería que aún estamos debiendo vivir.
Referencias bibliográficas
Aristóteles. (2007). Política. Madrid: Gredos.
Bauman, Zygmunt. (2005). Amor líquido: acerca de
la fragilidad de los vínculos humanos. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Freud, Sigmund. (2010). El malestar en la cultura.
Madrid: Alianza Editorial.
Fromm, Erich. (2006). El arte de amar. Barcelona:
Paidós.
Hegel, G. W. F. (2010). Fenomenología del
espíritu. Madrid: Abada Editores.
Jung, Carl Gustav. (2005). Psicología y alquimia.
Madrid: Trotta.
Rogers, Carl. (1981). El proceso de convertirse en
persona. Buenos Aires: Paidós.
Wilmshurst, Walter Leslie. (2012). El significado
de la masonería. Madrid: Editorial Masónica.






