Existen épocas en las que
los pueblos no son conquistados por ejércitos extranjeros ni sometidos por
tiranías visibles. Son conquistados desde adentro. Son dominados en el
territorio más sagrado y vulnerable de todos: la conciencia. La tragedia de
nuestro tiempo no consiste únicamente en la existencia de discursos
polarizantes, de liderazgos mesiánicos o de maquinarias ideológicas cada vez
más sofisticadas. La verdadera tragedia consiste en que millones de hombres y
mujeres entregan voluntariamente las llaves de su pensamiento a quienes les
prometen certezas, identidades y enemigos. En medio de esta realidad, el masón
está obligado a formularse una pregunta incómoda y radical: ¿Quién gobierna
realmente mi pensamiento? No quién gobierna mi país, mi partido o mi entorno
social, sino quién gobierna mi capacidad de discernir, de cuestionar y de
buscar la verdad.
La iniciación masónica comienza
precisamente cuando el hombre acepta que no es tan libre como cree. La Cámara
de Reflexión no fue concebida para alimentar la vanidad intelectual del
iniciado, sino para confrontarlo con sus esclavitudes invisibles. Allí mueren
simbólicamente las falsas seguridades y comienza el arduo trabajo de liberar la
conciencia de prejuicios, fanatismos y condicionamientos. Sin embargo, muchos
hermanos que han atravesado ritualmente esa puerta terminan reconstruyendo las
mismas cadenas que juraron destruir. Cambian el dogma religioso por el dogma
ideológico, sustituyen la obediencia ciega a una autoridad por la obediencia
ciega a un líder político y reemplazan la búsqueda de la verdad por la defensa
incondicional de una narrativa. Lo que parecía liberación termina
convirtiéndose en una nueva forma de servidumbre.
La polarización política
constituye uno de los mayores desafíos iniciáticos de nuestro tiempo porque se
alimenta precisamente de aquello que la Masonería busca transformar: las
pasiones desordenadas. El miedo, el resentimiento, la ira, la frustración y la
necesidad de pertenencia son utilizados como combustibles emocionales para
movilizar voluntades colectivas. El ciudadano deja de pensar y comienza a
reaccionar. El adversario deja de ser un interlocutor y se convierte en un
enemigo. La complejidad desaparece bajo el peso de consignas simplificadoras.
Entonces surge un fenómeno particularmente peligroso: la conciencia ya no busca
comprender la realidad, sino confirmar aquello que previamente decidió creer.
Cuando esto ocurre, el hombre deja de ser constructor de sí mismo para
convertirse en producto de la manipulación.
Resulta alarmante observar
cómo individuos que se consideran libres repiten exactamente los mismos
argumentos, utilizan idénticas expresiones y reaccionan de manera predecible
ante cualquier acontecimiento político. Creen estar defendiendo convicciones
personales cuando, en realidad, están reproduciendo discursos cuidadosamente
diseñados por centros de poder, aparatos ideológicos o estrategias de
comunicación masiva. Gustave Le Bon (1895) advirtió que la multitud posee una
psicología distinta a la del individuo. Dentro de ella disminuye la capacidad
crítica y aumenta la susceptibilidad emocional. El problema contemporáneo es
que las multitudes ya no necesitan reunirse físicamente en una plaza. Hoy
pueden formarse instantáneamente a través de las redes digitales, donde
millones de personas son arrastradas por corrientes emocionales que confunden
intensidad afectiva con verdad.
El masón debería ser
especialmente consciente de este peligro. La tradición iniciática le ha
enseñado que la verdad jamás se revela completamente a quien se aferra a una
sola perspectiva. Las Constituciones de Anderson fueron revolucionarias porque
afirmaron la posibilidad de construir fraternidad entre hombres que pensaban
diferente. Aquella decisión no fue un simple acuerdo administrativo; fue una
afirmación filosófica de enorme profundidad. Reconocía que ningún ser humano,
ninguna organización y ninguna corriente ideológica posee la totalidad de la
verdad. Por ello resulta profundamente contradictorio que un iniciado adopte
posiciones absolutistas que nieguen la legitimidad de toda visión distinta de
la propia.
Wilmshurst (1922) sostuvo
que el verdadero templo masónico se construye en la conciencia humana. Si esta
afirmación es correcta, entonces debemos reconocer una realidad inquietante:
hoy existen muchos templos interiores invadidos. Son conciencias ocupadas por
prejuicios políticos, colonizadas por narrativas partidistas y gobernadas por
emociones que han dejado de ser examinadas críticamente. El problema no radica
en tener posiciones políticas definidas. La Masonería nunca ha exigido
neutralidad intelectual. El problema surge cuando las convicciones dejan de ser
el resultado de la reflexión y se convierten en productos del adoctrinamiento
emocional. En ese momento el hombre deja de gobernarse a sí mismo.
La enseñanza del silencio
del Aprendiz adquiere aquí una importancia extraordinaria. Vivimos en una
civilización que premia la reacción inmediata y castiga la reflexión pausada.
Se opina antes de comprender, se condena antes de investigar y se comparte
antes de verificar. Frente a esta epidemia de impulsividad, el silencio
iniciático aparece como un acto de resistencia espiritual. No es pasividad. Es
disciplina de la conciencia. Es la capacidad de detenerse antes de ser
arrastrado por la corriente emocional dominante. Es el coraje de pensar cuando
todos exigen obediencia y de preguntar cuando todos celebran respuestas
prefabricadas.
La gran amenaza de la
polarización no consiste simplemente en dividir sociedades. Su peligro más
profundo radica en degradar la capacidad humana de discernir. Allí donde
desaparece el discernimiento florece el fanatismo. Y allí donde florece el
fanatismo, la libertad interior comienza a morir lentamente. Ningún iniciado
debería sentirse inmune a esta realidad. Cuanto más convencido esté un hombre
de que no puede ser manipulado, mayor es el riesgo de que ya lo haya sido. La
vigilancia sobre la propia conciencia constituye una tarea permanente, porque
las cadenas más peligrosas son precisamente aquellas que no percibimos.
La pregunta que da título
a esta reflexión no admite respuestas cómodas. ¿Quién gobierna tu pensamiento?
Si la respuesta es un partido, una ideología, un líder, una emoción colectiva o
una narrativa que jamás te atreves a cuestionar, entonces la obra iniciática
permanece inconclusa. La verdadera libertad masónica comienza cuando el hombre
recupera la soberanía de su conciencia y decide someter todas sus certezas al
tribunal de la razón, de la experiencia y de los principios. Solo entonces
puede afirmarse que la escuadra y el compás no son simples adornos simbólicos,
sino instrumentos vivos de transformación interior.
Referencias bibliográficas
Anderson, J. (1723/2001). Las Constituciones de
los Francmasones. Madrid: Editorial Masónica.
Guénon, R. (2006). Perspectivas sobre la
iniciación. Madrid: Sophia Perennis.
Jung, C. G. (1964). El hombre y sus símbolos.
Barcelona: Paidós.
Le Bon, G. (2018). Psicología de las masas.
Madrid: Morata.
Wilmshurst, W. L. (2013). El significado de la Masonería.
Barcelona: Kier.
Wirth, O. (2001). El Aprendiz Masón. Barcelona:
Obelisco.
