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lunes, 22 de junio de 2026

¿QUÉ ES LA PROCRASTINACIÓN MASÓNICA?

 

                                                    Por Q.·. H.·. Andy D Villar Peñalver https://andyvillar.blogspot.com/

 

Existen conceptos que pertenecen originalmente al lenguaje de la psicología, de la administración o de las ciencias del comportamiento humano, pero que, cuando son observados desde la perspectiva iniciática, adquieren una profundidad inesperada. Tal es el caso de la procrastinación. Habitualmente se la define como el hábito de postergar tareas importantes, sustituyéndolas por actividades menos exigentes o más agradables. Sin embargo, cuando este fenómeno es examinado a la luz de la experiencia masónica, la cuestión deja de ser un simple problema de organización personal para convertirse en una interrogante de naturaleza espiritual, ética y existencial.

La masonería se presenta a sí misma como una escuela de transformación permanente. Su propósito no consiste únicamente en transmitir conocimientos, preservar tradiciones o ejecutar rituales, sino en provocar una reconstrucción progresiva del ser humano. Desde esta perspectiva surge una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando un iniciado retrasa sistemáticamente ese trabajo de transformación? ¿Qué sucede cuando el hombre que ha sido llamado a construir su templo interior decide aplazar indefinidamente esa construcción? ¿Qué nombre recibe la distancia creciente entre aquello que un masón sabe que debe hacer y aquello que realmente hace?

Responder estas preguntas exige explorar una realidad poco discutida dentro de las logias, pero profundamente presente en muchas de ellas. Una realidad que no siempre produce conflictos visibles, que rara vez genera escándalos institucionales y que suele pasar inadvertida precisamente porque se reviste de normalidad. Esa realidad es la procrastinación masónica.

La procrastinación masónica puede definirse como el aplazamiento consciente o inconsciente del trabajo iniciático que un hombre sabe que debe realizar sobre sí mismo, sobre su conciencia y sobre su compromiso con la construcción del Templo de la Humanidad. No se trata simplemente de dejar para mañana la lectura de un libro, la elaboración de una plancha o la asistencia a una actividad de la logia. Tales manifestaciones son apenas síntomas superficiales. En su sentido más profundo, la procrastinación masónica consiste en posponer la transformación interior que constituye la razón de ser de la iniciación.

Desde el punto de vista psicológico, procrastinar implica sustituir una acción necesaria por otra emocionalmente más cómoda. Timothy Pychyl (2013) sostiene que la procrastinación no es esencialmente un problema de tiempo, sino un problema de gestión emocional. El individuo evita aquello que lo confronta consigo mismo. Esta observación adquiere una importancia extraordinaria dentro del universo masónico. El trabajo iniciático exige precisamente aquello que el ego suele evitar: reconocer errores, aceptar limitaciones, desmontar ilusiones personales, cuestionar creencias arraigadas y asumir responsabilidades que nadie puede delegar. Por ello, la procrastinación masónica no debe entenderse como simple pereza. Constituye más bien una forma sofisticada de resistencia interior frente al cambio.

En términos simbólicos, la procrastinación masónica representa la suspensión indefinida del trabajo sobre la piedra bruta. La iniciación entrega herramientas, pero no realiza el trabajo. El mallete y el cincel son símbolos de una responsabilidad que corresponde exclusivamente al iniciado. Ninguna ceremonia, ningún grado y ninguna investidura pueden sustituir ese esfuerzo personal. Como señala Oswald Wirth (2008), los símbolos poseen una función operativa orientada a despertar facultades latentes. Cuando el símbolo deja de provocar transformación y se convierte únicamente en objeto de contemplación intelectual, comienza el proceso de estancamiento iniciático. La procrastinación aparece precisamente cuando el masón admira las herramientas sin utilizarlas, interpreta los símbolos sin encarnarlos y estudia los principios sin convertirlos en hábitos.

Desde la perspectiva filosófica, la procrastinación masónica constituye una fractura entre conocimiento y existencia. Sócrates afirmaba que una vida sin examen no merece ser vivida. La masonería retoma esta exigencia mediante una pedagogía orientada al autoconocimiento permanente. Sin embargo, conocer no significa necesariamente transformarse. Muchas veces el iniciado acumula información simbólica, ritual o doctrinal sin permitir que dicho conocimiento altere significativamente su manera de vivir. Surge entonces una paradoja profundamente inquietante: el hombre sabe cada vez más sobre la masonería, pero la masonería transforma cada vez menos al hombre. La procrastinación masónica nace precisamente en esa brecha entre saber y ser.

Desde una dimensión ética, la procrastinación masónica implica una dilación de la responsabilidad. El juramento iniciático compromete al individuo con una determinada forma de vida. No se trata únicamente de asistir a reuniones o respetar reglamentos institucionales. Se trata de asumir un compromiso permanente con la verdad, la justicia, la fraternidad y el perfeccionamiento moral. Cuando ese compromiso es diferido sistemáticamente, el iniciado corre el riesgo de transformar la masonería en un discurso desprovisto de consecuencias prácticas. Albert Pike (2010) advertía que la verdadera iniciación exige coherencia entre los principios proclamados y la conducta observada. Allí donde esa coherencia se aplaza indefinidamente, la procrastinación comienza a erosionar la autenticidad de la experiencia masónica.

La procrastinación masónica posee además una dimensión pedagógica. Muchas logias han desarrollado mecanismos eficaces para transmitir información, pero no siempre para generar transformación. Se enseña historia, simbolismo, ritualidad y doctrina; sin embargo, con frecuencia resulta más difícil evaluar el crecimiento interior, la maduración ética o la evolución espiritual de los hermanos. Edgar Morin (2020) recuerda que el conocimiento adquiere sentido únicamente cuando transforma la relación del sujeto consigo mismo, con los demás y con el mundo. Desde esta perspectiva, la procrastinación masónica aparece cuando la formación deja de ser un camino de transformación y se convierte en una simple acumulación de contenidos.

La dimensión institucional tampoco puede ignorarse. Las logias, al igual que las personas, pueden procrastinar. Lo hacen cuando identifican problemas estructurales y posponen indefinidamente su solución. Lo hacen cuando reconocen debilidades formativas, conflictos fraternos o vacíos doctrinales, pero prefieren conservar la comodidad de lo conocido. Lo hacen cuando hablan de renovación sin renovar nada, cuando proclaman la importancia de la investigación sin producir conocimiento o cuando exaltan la fraternidad sin resolver las fracturas internas que la amenazan. La procrastinación institucional es la expresión colectiva de una resistencia al cambio que termina debilitando la vitalidad de la Orden.

Existe también una dimensión espiritual aún más profunda. La procrastinación masónica es, en esencia, una forma de olvido del tiempo iniciático. El iniciado actúa como si siempre existiera una oportunidad futura para comenzar el trabajo pendiente. Sin embargo, toda tradición sapiencial recuerda que la transformación únicamente puede ocurrir en el presente. René Guénon (2006) sostenía que la iniciación es una posibilidad que requiere actualización permanente. Ningún avance logrado en el pasado garantiza la evolución futura. Cada día representa una nueva oportunidad para construir o para postergar. En consecuencia, la procrastinación masónica constituye una forma silenciosa de alejamiento del instante presente, único espacio donde puede producirse la verdadera transmutación interior.

La cultura contemporánea favorece enormemente este fenómeno. Vivimos en sociedades caracterizadas por la dispersión permanente de la atención, el consumo acelerado de información, la búsqueda constante de gratificaciones inmediatas y la dificultad creciente para sostener procesos profundos de reflexión. Como advierte Zygmunt Bauman (2017), la modernidad líquida debilita los compromisos duraderos y privilegia lo inmediato sobre lo trascendente. La masonería no está aislada de esta realidad. Los mismos factores culturales que afectan a la sociedad penetran inevitablemente en las logias. Por ello, la procrastinación masónica no debe entenderse únicamente como una debilidad individual; constituye también un desafío cultural que exige respuestas pedagógicas e institucionales conscientes.

Comprendida en toda su amplitud, la procrastinación masónica no es simplemente el acto de aplazar tareas. Es la postergación del propio proceso iniciático. Es el diferimiento de la construcción de sí mismo. Es la distancia creciente entre el ideal masónico y la realidad existencial del iniciado. Es el hábito de esperar un futuro mejor para realizar un trabajo que únicamente puede hacerse hoy.

Las conclusiones que emergen de esta reflexión poseen implicaciones técnico-operativas para toda logia y para todo masón comprometido con la autenticidad de su camino. En primer lugar, resulta necesario sustituir la cultura de la permanencia por una cultura del crecimiento verificable. No basta con permanecer en la Orden; es indispensable avanzar en ella. En segundo lugar, los procesos formativos deben incorporar mecanismos de autoevaluación que permitan identificar áreas de estancamiento personal e institucional. En tercer lugar, el simbolismo debe ser permanentemente vinculado con la vida cotidiana para evitar que se convierta en una erudición estéril. En cuarto lugar, las logias deben promover espacios de investigación, reflexión y producción intelectual que mantengan viva la tensión transformadora de la iniciación. Finalmente, cada hermano debe preguntarse periódicamente no cuánto sabe sobre masonería, sino cuánto de su vida ha sido efectivamente transformado por ella.

La procrastinación masónica comienza cuando el iniciado posterga la tarea de convertirse en aquello que juró ser. Su superación comienza cuando comprende que el tiempo de la transformación nunca es mañana. El tiempo de la iniciación siempre es ahora.

 

Referencias bibliográficas

Bauman, Zygmunt. (2013). La cultura en el mundo de la modernidad líquida. México: Fondo de Cultura Económica.

Boucher, Jules. (2007). La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier.

 Covey, Stephen R. (2014). Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva. Barcelona: Paidós.

Frankl, Viktor E. (2015). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.

Fromm, Erich. (2014). Tener o ser. México: Fondo de Cultura Económica.

Guénon, René. (2006). Perspectivas sobre la iniciación. Barcelona: Obelisco.

Marina, José Antonio. (2012). La inteligencia ejecutiva. Barcelona: Ariel.

Morin, Edgar. (2020). Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación. Barcelona: Paidós.

Pike, Albert. (2010). Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Charleston: Supreme Council, Southern Jurisdiction.

Savater, Fernando. (2010). Ética para Amador. Barcelona: Ariel.

Wilmshurst, Walter Leslie. (2018). El significado de la masonería. Madrid: Editorial Masónica.

Wirth, Oswald. (2008). El simbolismo masónico. Madrid: Kier.


1 comentario:

  1. JORGE CARDENAS GUERRA22 de junio de 2026 a las 11:52

    Jorge E.: Procrastinar = Distractor/(Focalizar * Actuar)

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