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domingo, 5 de julio de 2026

CUANDO EL TEMPLO SE VUELVE REFUGIO EMOCIONAL

 

Infidelidad, deseo y desorden afectivo en logias mixtas

 

Existen temas que rara vez se pronuncian en voz alta dentro de los espacios iniciáticos, no porque carezcan de importancia, sino precisamente porque tocan zonas sensibles donde convergen la fragilidad humana, la ética institucional y la verdad interior de cada miembro. Entre ellos se encuentra la manera como las carencias afectivas no resueltas penetran silenciosamente la vida masónica y transforman el sentido del templo. Allí donde debería edificarse la conciencia, en ocasiones se busca consuelo; donde debería cultivarse la disciplina del espíritu, se persigue validación emocional; donde debería elevarse la fraternidad, a veces se instala el deseo desordenado. Esta plancha no pretende moralizar la intimidad de nadie ni reducir la complejidad de los afectos humanos a juicios simplistas. Busca, más bien, interpelar una realidad que suele negarse: cuando hombres y mujeres ingresan a una logia mixta sin trabajo interior suficiente, el espacio simbólico puede convertirse en escenario de dependencias, triangulaciones afectivas, infidelidades y tensiones eróticas que lesionan la armonía ritual y desvían la finalidad iniciática. El problema no reside en la mixticidad, ni en la presencia legítima de la diferencia sexual, sino en la ausencia de madurez emocional. Allí donde no se gobierna el yo profano, el templo termina siendo ocupado por sus sombras.

La idea central que se sostiene en esta reflexión es que toda institución iniciática corre riesgo de degradarse cuando algunos de sus miembros la utilizan como refugio emocional para compensar vacíos personales. En ese desplazamiento, la fraternidad deja de ser virtud operativa y se convierte en recurso afectivo; el reconocimiento simbólico se transforma en seducción narcisista; la cercanía ritual se confunde con intimidad posesiva; y la búsqueda espiritual cede terreno al drama sentimental. Esta tesis exige ser desarrollada con rigor, porque no se trata de un fenómeno anecdótico, sino estructural en toda comunidad humana donde coinciden poder, admiración, secreto compartido y necesidad de pertenencia.

La condición humana está atravesada por la necesidad de vínculo. Aristóteles afirmó que el ser humano es un animal político, es decir, relacional por naturaleza (Política, I, 1253a). Sin embargo, una cosa es necesitar comunidad y otra muy distinta depender psicológicamente de ella para sostener la propia identidad. Cuando una persona no ha aprendido a estar sola, busca en los otros no comunión sino suplemento. Fromm advertía que muchos confunden amor con escape de la soledad y que terminan adhiriéndose mutuamente para evitar el vacío interior (El arte de amar, 1956). Esta observación resulta especialmente pertinente para la vida masónica. El templo ofrece reconocimiento, estructura simbólica, escucha, pertenencia, lenguaje elevado y la experiencia de una comunidad ordenada. Para un sujeto emocionalmente descentrado, todo ello puede convertirse en sustituto terapéutico no declarado. No entra para trabajar la piedra bruta, sino para ser sostenido por la mirada ajena.

Cuando ese ingreso está motivado por carencias no reconocidas, aparecen mecanismos compensatorios. La admiración hacia un hermano o una hermana se erotiza; la solidaridad se interpreta como interés íntimo; el acompañamiento se vuelve dependencia; la cortesía ritual se lee como insinuación; la afinidad intelectual se convierte en fantasía romántica. Jung explicaba que el ser humano proyecta contenidos inconscientes sobre quienes encarnan imágenes internas no integradas (Psicología y alquimia, 1944). En una logia mixta, donde existe convivencia respetuosa entre hombres y mujeres, dichas proyecciones pueden intensificarse si no median autoconocimiento y límites claros. No se ama a la persona real, sino a lo que ella simboliza para la carencia interior de quien proyecta.

La infidelidad, en este contexto, no debe analizarse únicamente como falta moral conyugal, aunque también pueda serlo, sino como síntoma de una estructura psíquica incapaz de habitar la responsabilidad afectiva. Quien necesita permanentemente nuevas confirmaciones de deseabilidad suele vivir en déficit de autoestima. Busca ser elegido una y otra vez porque no logra elegirse a sí mismo. Bauman señaló que la modernidad líquida produce vínculos frágiles, de consumo rápido, donde el otro es valorado mientras satisface necesidades inmediatas (Amor líquido, 2003). Si esa lógica penetra el espacio masónico, la fraternidad misma puede instrumentalizarse. Se participa en tenidas no por convicción iniciática, sino para mantener circuitos emocionales paralelos, alimentar coqueteos, sostener dobles vidas o experimentar emociones prohibidas bajo la cobertura del respeto institucional.

Debe afirmarse con claridad que la logia mixta no genera por sí misma el desorden afectivo. Sería intelectualmente pobre y éticamente injusto atribuir a la presencia conjunta de hombres y mujeres aquello que nace de inmadureces previas. El problema tampoco es la sexualidad, dimensión constitutiva de la persona humana. El problema es la sexualidad no integrada, es decir, aquella desconectada de responsabilidad, verdad y prudencia. Freud mostró que la represión ciega no resuelve el deseo; apenas lo desplaza (El malestar en la cultura, 1930). Pero también es cierto que la mera permisividad no lo ordena. La tradición iniciática enseña otra vía: sublimación, conciencia, medida y servicio. La energía del eros puede elevarse hacia creatividad, estudio, fraternidad genuina y trabajo social. Cuando no ocurre así, degenera en intriga, favoritismo, competencia y resentimiento.

En muchas obediencias contemporáneas se evita abordar estas tensiones por temor a parecer conservadores, moralistas o conflictivos. Sin embargo, callar no resuelve. La omisión administrativa suele dejar el campo libre a dinámicas informales más destructivas. Cuando surgen relaciones ocultas entre miembros, especialmente si implican jerarquías, antiguos compromisos externos o triangulaciones internas, la gobernabilidad de la logia se resiente. Decisiones aparentemente rituales comienzan a leerse en clave sentimental; ascensos se sospechan favorecidos; discrepancias doctrinales se contaminan de celos; ausencias se interpretan como rupturas; grupos internos se forman alrededor de lealtades afectivas. Lo que era taller de perfeccionamiento deviene escenario de psicodrama colectivo. Hegel enseñó que toda comunidad requiere reconocimiento mediado por normas universales, no por caprichos particulares (Fenomenología del espíritu, 1807). Cuando prevalece lo particularista, la eticidad común se fractura.

Desde la perspectiva estrictamente masónica, la cuestión remite al dominio de sí. La piedra bruta no es una metáfora ornamental: designa la labor permanente sobre impulsos, sombras, vanidades y compulsiones. Wilmshurst recordaba que la masonería auténtica se ocupa de la reconstrucción interior del hombre, no de ceremonias vacías (The Meaning of Masonry, 1922). Si el iniciado utiliza la Orden para satisfacer apetitos que no gobierna, invierte completamente el sentido de la obra. En lugar de servirse de los símbolos para transformarse, se sirve de la institución para perpetuarse. El compás, emblema de medida, queda neutralizado por la pasión sin regla; la escuadra, símbolo de rectitud, cede ante la doblez; la plomada, signo de verticalidad, se inclina bajo conveniencias emocionales.

La mixticidad, bien comprendida, ofrece inmensas posibilidades iniciáticas. Permite aprender respeto real entre diferencias, desmontar prejuicios históricos, enriquecer perspectivas simbólicas y humanizar estilos de liderazgo frecuentemente endurecidos por monoculturas de género. También exige mayores competencias emocionales y éticas. No basta proclamar igualdad; se requiere madurez relacional. Rogers insistía en que los vínculos sanos reposan sobre autenticidad, empatía y consideración positiva responsable (El proceso de convertirse en persona, 1961). Traducido al ámbito masónico: claridad de intenciones, trato digno, comunicación adulta, límites explícitos y cuidado del clima colectivo.

La incapacidad de estar solo merece atención especial porque constituye una de las raíces invisibles del problema. Quien teme el silencio interior necesita ruido vincular constante. Cambia de pareja, multiplica insinuaciones, dramatiza rechazos mínimos, se aferra a cualquier atención disponible. Pero la iniciación comienza precisamente cuando el sujeto puede habitarse sin huir de sí. El gabinete de reflexión simboliza esa confrontación radical: entrar a la oscuridad propia sin entretenimiento externo. Una persona que no tolera la soledad difícilmente sostendrá la fraternidad, porque convertirá al otro en medicamento. Y nadie debería ser utilizado como medicina de la neurosis ajena.

Conviene entonces proponer criterios operativos para las logias mixtas y para toda comunidad iniciática contemporánea. Primero, incorporar formación explícita en ética relacional, manejo de límites, conflictos de interés y responsabilidad afectiva. Segundo, establecer protocolos claros cuando existan relaciones entre miembros que puedan comprometer imparcialidad administrativa. Tercero, fortalecer procesos de mentoría donde los nuevos integrantes comprendan que la pertenencia no sustituye procesos terapéuticos o personales pendientes. Cuarto, cultivar una cultura de transparencia y discreción madura: no voyeurismo sobre la vida privada, pero tampoco tolerancia ingenua a conductas que dañan lo colectivo. Quinto, recentrar constantemente la experiencia en estudio, servicio y trabajo interior, de modo que el templo no quede disponible como simple escenario social.

La conclusión general es contundente: ninguna reforma estatutaria reemplaza la reforma del carácter. El riesgo mayor para las logias mixtas no es la diversidad de sexos, sino la homogeneidad de inmadureces no trabajadas. Donde hombres y mujeres llegan a construir conciencia, la mixticidad puede ser escuela superior de civilidad. Donde llegan a buscar refugio narcisista, cualquier estructura colapsa lentamente. La infidelidad, el coqueteo instrumental y el desorden afectivo no son escándalos privados sin consecuencias; son indicadores de déficit iniciático cuando contaminan la vida del taller. El templo no fue erigido para esconder carencias, sino para iluminarlas y transformarlas. Si cada hermano y hermana asumiera seriamente esta exigencia, la fraternidad dejaría de ser consuelo emocional y volvería a ser camino de elevación moral. Allí empieza, quizá, la masonería que aún estamos debiendo vivir.

 

Referencias bibliográficas

Aristóteles. (2007). Política. Madrid: Gredos.

Bauman, Zygmunt. (2005). Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Freud, Sigmund. (2010). El malestar en la cultura. Madrid: Alianza Editorial.

Fromm, Erich. (2006). El arte de amar. Barcelona: Paidós.

Hegel, G. W. F. (2010). Fenomenología del espíritu. Madrid: Abada Editores.

Jung, Carl Gustav. (2005). Psicología y alquimia. Madrid: Trotta.

Rogers, Carl. (1981). El proceso de convertirse en persona. Buenos Aires: Paidós.

Wilmshurst, Walter Leslie. (2012). El significado de la masonería. Madrid: Editorial Masónica.


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