Por Q.·. H.·. Andy D Villar Peñalver https://andyvillar.blogspot.com/
La muerte de un pensador
no clausura su obra; por el contrario, suele inaugurar una nueva etapa de
interrogación sobre aquello que deja sembrado en la conciencia colectiva.
Existen autores cuya desaparición física constituye apenas un acontecimiento
biográfico. Existen otros cuya partida obliga a revisar críticamente los
fundamentos de nuestra comprensión del mundo. Edgar Morin pertenece a esta
segunda categoría. Su tránsito hacia la eternidad no representa únicamente la
pérdida de uno de los intelectuales más influyentes de los siglos XX y XXI,
sino también una invitación a reconsiderar la forma como pensamos la realidad,
el conocimiento, la educación, la política, la cultura y la condición humana.
Para la masonería
contemporánea, este acontecimiento posee una significación particular. En una
época caracterizada por la fragmentación de los saberes, la polarización
ideológica, el debilitamiento del pensamiento crítico y la crisis de sentido
que atraviesa múltiples instituciones, la propuesta moriniana del pensamiento
complejo emerge como una herramienta hermenéutica capaz de enriquecer
profundamente la reflexión iniciática. No porque Morin haya sido masón, sino
porque su obra dialoga con numerosos principios que la tradición masónica ha
cultivado durante siglos: la búsqueda permanente de la verdad, la integración
de los contrarios, la superación de los reduccionismos, la construcción
progresiva de la conciencia y la comprensión de la realidad como una totalidad
dinámica e interdependiente.
Reflexionar sobre el
pensamiento complejo desde la masonería implica preguntarnos si nuestras logias
continúan siendo escuelas de pensamiento o si han terminado convirtiéndose en
espacios de administración ritual. Significa interrogarnos sobre la capacidad
de nuestros símbolos para iluminar los problemas contemporáneos y sobre la
pertinencia de una pedagogía iniciática que aspire realmente a formar hombres
libres, lúcidos y responsables ante los desafíos planetarios del presente.
La tesis central de esta
plancha sostiene que la teoría del pensamiento complejo desarrollada por Edgar
Morin constituye una de las formulaciones contemporáneas más cercanas al
espíritu profundo de la iniciación masónica, pues ambas tradiciones convergen
en la necesidad de superar las visiones fragmentadas de la realidad para
avanzar hacia una comprensión integradora de la existencia humana, orientada
por la responsabilidad ética, la conciencia planetaria y la transformación
permanente del ser.
Cuando Morin afirma que
“la inteligencia parcelada, compartimentada, mecanicista, disyuntiva y
reduccionista rompe lo complejo del mundo en fragmentos separados” (Morin,
1999), está denunciando precisamente una de las enfermedades espirituales más
profundas de la modernidad. El paradigma dominante ha acostumbrado a los seres
humanos a dividir la realidad en compartimentos estancos: ciencia sin ética,
economía sin humanidad, política sin espiritualidad, educación sin sentido
trascendente y religión sin pensamiento crítico. El resultado ha sido una
civilización técnicamente poderosa pero existencialmente desorientada.
La masonería auténtica
nació precisamente para combatir esta fragmentación. El símbolo del templo no
representa una suma de piedras aisladas, sino una estructura orgánica donde
cada elemento adquiere significado en relación con el conjunto. El aprendiz
aprende a trabajar la piedra bruta no como un objeto independiente, sino como
parte de una obra mayor. El compañero descubre las relaciones entre las
ciencias, las artes y las virtudes. El maestro comprende progresivamente que la
totalidad del edificio simbólico apunta hacia la unidad fundamental de la
existencia.
Desde esta perspectiva, la
construcción del templo interior puede entenderse como un proceso de
complejización de la conciencia. La iniciación no consiste en acumular
conocimientos dispersos ni en memorizar rituales, sino en desarrollar la
capacidad de establecer relaciones cada vez más profundas entre fenómenos
aparentemente desconectados. Lo que Morin denomina pensamiento complejo guarda
una sorprendente afinidad con lo que la tradición iniciática ha denominado
sabiduría.
La complejidad moriniana
rechaza la lógica simplificadora que pretende resolver los problemas humanos
mediante explicaciones únicas. Para Morin, la realidad está constituida por
sistemas abiertos donde orden y desorden, estabilidad y cambio, unidad y
diversidad coexisten en permanente interacción (Morin, 2001). Esta concepción
encuentra resonancias profundas en la simbología masónica. La escuadra y el
compás no representan principios excluyentes, sino complementarios. La luz sólo
adquiere sentido frente a la oscuridad. La muerte ritual precede al
renacimiento iniciático. La búsqueda de la verdad implica reconocer la
presencia simultánea de múltiples dimensiones de la realidad.
En este sentido, la
masonería podría beneficiarse enormemente de una lectura compleja de sus
propios símbolos. Con demasiada frecuencia las interpretaciones rituales han
caído en simplificaciones dogmáticas que contradicen el carácter abierto del
simbolismo iniciático. Un símbolo auténtico nunca se agota en una sola
explicación. Su riqueza radica precisamente en la multiplicidad de sentidos que
puede suscitar. Como señala Morin, “el conocimiento pertinente es aquel que es
capaz de situar toda información en su contexto” (Morin, 2000). Del mismo modo,
el símbolo masónico sólo revela su profundidad cuando es contextualizado dentro
de la totalidad del proceso iniciático.
Otro aspecto fundamental
del pensamiento moriniano que interpela directamente a la masonería es su
concepción de la incertidumbre. La modernidad prometió certezas absolutas. Sin
embargo, los avances científicos contemporáneos han mostrado que la
incertidumbre forma parte constitutiva de la realidad. Morin insiste en que
educar para el futuro implica enseñar a navegar en océanos de incertidumbre
mediante archipiélagos de certeza (Morin, 1999).
La masonería comparte esta
intuición. El iniciado no recibe verdades terminadas. Recibe herramientas para
buscar. La iniciación auténtica no elimina las preguntas; las profundiza. Cada
grado abre nuevas interrogantes. Cada símbolo revela nuevas complejidades. Cada
experiencia ritual conduce a niveles superiores de reflexión. La sabiduría
masónica no consiste en poseer respuestas definitivas, sino en desarrollar la
capacidad de convivir creativamente con el misterio.
Esta dimensión resulta
particularmente relevante en una época donde proliferan los fanatismos
ideológicos, religiosos y políticos. La complejidad enseña humildad
epistemológica. Nos recuerda que ninguna perspectiva agota completamente la
realidad. De manera análoga, la tolerancia masónica no surge de la
indiferencia, sino del reconocimiento de que toda verdad humana permanece
necesariamente limitada frente a la infinitud del Gran Arquitecto del Universo.
Uno de los aportes más
significativos de Morin es su propuesta de una conciencia planetaria. Frente a
los nacionalismos excluyentes y las visiones fragmentarias de la humanidad,
propone comprender que todos los seres humanos comparten un destino común
dentro de la comunidad terrestre. “La humanidad es una y múltiple” (Morin,
2001), afirma, destacando simultáneamente la unidad y la diversidad de la
especie.
sta perspectiva coincide
notablemente con el ideal masónico de fraternidad universal. La masonería
auténtica nunca ha sido un proyecto tribal. Su horizonte siempre ha trascendido
fronteras geográficas, culturales y religiosas. La cadena de unión simboliza
precisamente esta interdependencia fundamental entre todos los seres humanos.
Cada hermano forma parte de una comunidad más amplia cuya extensión última
coincide con la totalidad de la humanidad.
Sin embargo, el
pensamiento complejo invita a profundizar críticamente este ideal. La
fraternidad no puede reducirse a una declaración ritual. Debe traducirse en
prácticas concretas de solidaridad, justicia social, diálogo intercultural y
compromiso con los problemas reales de la humanidad. La conciencia planetaria
exige asumir responsabilidades frente a la pobreza, la exclusión, la violencia,
la destrucción ambiental y las múltiples formas de degradación humana que
afectan a nuestro tiempo.
Desde esta óptica, la
referencia masónica al Gran Arquitecto del Universo adquiere una significación
renovada. No se trata simplemente de una fórmula ritual destinada a preservar
consensos institucionales. Constituye un principio organizador que remite a la
unidad profunda de la realidad en medio de su diversidad aparente. El pensamiento
complejo nos ayuda a comprender que dicha unidad no implica uniformidad. La
armonía universal emerge precisamente de la interacción dinámica entre
diferencias, tensiones y complementariedades.
La muerte de Edgar Morin
plantea también una reflexión sobre la función social de los intelectuales y de
los iniciados. Durante décadas, Morin ejerció una forma de pensamiento
comprometido que se negó a refugiarse en la especialización académica o en la
comodidad ideológica. Su obra constituye un esfuerzo permanente por vincular
conocimiento y responsabilidad. De manera semejante, la iniciación masónica
pierde legitimidad cuando se encierra en la autoreferencialidad institucional.
La formación iniciática tiene consecuencias públicas. Toda transformación interior
auténtica debe proyectarse hacia la transformación de la sociedad.
La pregunta decisiva para
la masonería contemporánea no es cuántos miembros posee ni cuántos grados
administra. La pregunta fundamental es si está formando hombres capaces de
pensar complejamente los problemas de nuestro tiempo. Si está ayudando a
construir ciudadanos críticos, éticos y comprometidos. Si sus símbolos
continúan iluminando la realidad contemporánea o si se han convertido en piezas
arqueológicas desprovistas de capacidad transformadora.
La obra de Edgar Morin
constituye un llamado permanente a resistir las simplificaciones. La masonería,
en su esencia más profunda, comparte esta misma vocación. Ambas tradiciones nos
recuerdan que el ser humano es simultáneamente biológico, psicológico, social,
cultural y espiritual. Que la verdad emerge del diálogo entre perspectivas
diversas. Que la incertidumbre forma parte del camino del conocimiento. Que la
conciencia debe expandirse progresivamente hacia dimensiones cada vez más amplias
de responsabilidad.
Conclusiones
técnico-operativas
La primera conclusión
consiste en reconocer que la pedagogía masónica contemporánea requiere
incorporar explícitamente enfoques complejos que permitan superar los
reduccionismos doctrinales, ritualistas e institucionales presentes en
numerosos espacios de formación iniciática.
La segunda conclusión
señala la necesidad de reinterpretar los símbolos masónicos desde perspectivas
interdisciplinarias capaces de integrar filosofía, ciencia, espiritualidad,
ética y compromiso social, evitando lecturas simplificadoras o exclusivamente
tradicionales.
La tercera conclusión
establece que la formación iniciática debe orientarse al desarrollo de
competencias para el pensamiento crítico, la gestión de la incertidumbre, el
discernimiento ético y la comprensión sistémica de los problemas humanos.
La cuarta conclusión
indica que la fraternidad universal sólo conserva legitimidad cuando se traduce
en prácticas concretas de responsabilidad social, solidaridad humana y
compromiso con los desafíos planetarios contemporáneos.
La quinta conclusión
propone que las logias se conviertan nuevamente en laboratorios de pensamiento
donde el estudio, la reflexión y el diálogo ocupen un lugar tan importante como
la práctica ritual.
Finalmente, la muerte de
Edgar Morin nos recuerda una verdad profundamente iniciática: los hombres
desaparecen, pero las ideas continúan trabajando silenciosamente en la
conciencia de la humanidad. El mejor homenaje que la masonería puede rendir a
su legado no consiste en admirarlo desde la distancia, sino en asumir la
exigencia de pensar más profundamente, vivir más coherentemente y servir más
responsablemente a la construcción de una humanidad capaz de reconocerse a sí
misma como una sola familia habitando una misma casa común bajo la mirada del
Gran Arquitecto del Universo.
Referencias bibliográficas
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para la educación del futuro. París: UNESCO.
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