Por Q.·. H.·. Andy D Villar Peñalver https://andyvillar.blogspot.com/
Hay momentos en la vida en los que las palabras
parecen insuficientes. Momentos en los que una noticia deja de ser una noticia
porque detrás de ella aparecen rostros, familias, hogares destruidos,
incertidumbres, miedo y seres humanos intentando comprender cómo continuar
después de que, en pocos minutos, aquello que parecía firme dejó de serlo. El
terremoto que estremeció recientemente a Colombia no solamente hizo temblar la
tierra; también nos coloca frente a una pregunta que ningún masón puede
esquivar: ¿Qué significa realmente ser hermano cuando el hermano sufre?
Esta pregunta no nace de la razón fría ni de una reflexión institucional. Nace
del corazón. Nace cuando pensamos en nuestros hermanos y hermanas masones, en
sus familias y, más allá de ellos, en tantos colombianos que hoy enfrentan el
dolor y las consecuencias de una tragedia que nadie escogió vivir.
Pienso particularmente en aquel hermano que quizás
en este momento mira su casa y ya no reconoce el lugar que durante años llamó
hogar; en quien busca entre los escombros un objeto que para otros puede
parecer insignificante, pero que para él contiene la memoria de una vida; en la
familia que abraza a sus hijos tratando de transmitir tranquilidad mientras por
dentro experimenta miedo; en quien quizá esta noche no tendrá certeza de dónde
dormir ni cómo comenzar nuevamente. Y entonces comprendo que la fraternidad
masónica adquiere su verdadero significado cuando el destino coloca al otro
delante de nosotros no como una abstracción, sino como alguien que necesita
nuestra mano. Hemos aprendido que el templo se construye piedra sobre piedra;
pero una tragedia nos recuerda que también el ser humano puede quebrarse, y que
nuestra tarea fraternal consiste en ayudarle a encontrar fuerzas para
levantarse.
Por eso creo que la actitud de la Masonería
Colombiana frente a esta tragedia debe superar la solidaridad declarativa,
aunque necesariamente debe comenzar por ella. Debemos sentir. Debemos
conmovernos. Debemos permitir que el dolor del otro nos afecte. Una fraternidad
que no sabe conmoverse termina convirtiéndose en una estructura fría,
administrativa y distante. Pero conmovernos tampoco es suficiente. El corazón
masónico que se conmueve debe convertirse en voluntad; la compasión debe transformarse
en responsabilidad, y la responsabilidad debe convertirse en acción. De poco
serviría multiplicar mensajes de solidaridad si no somos capaces de
preguntarnos qué necesita realmente el hermano, quién puede ayudarlo, qué
recursos tenemos, cómo podemos movilizarlos y cómo garantizar que lleguen a
quienes verdaderamente los necesitan. La fraternidad auténtica no consiste
solamente en decir «cuenta conmigo»; consiste en hacer posible que el hermano
efectivamente pueda contar con nosotros.
Y debemos comprender algo fundamental: el hermano
damnificado no es objeto de nuestra caridad. Es nuestro igual, nuestro
semejante, aquel con quien compartimos una dignidad que ninguna catástrofe
puede destruir. Ayudarlo no significa colocarnos por encima de él, sino colocarnos
a su lado. No ayudamos para sentirnos buenos; ayudamos porque reconocemos
que la vulnerabilidad humana nos pertenece a todos. Hoy puede ser un
hermano afectado por un terremoto; mañana podemos ser nosotros quienes
necesitemos una mano. La fraternidad verdadera elimina la distancia entre quien
ayuda y quien recibe, porque ambos comprenden que la vida es una construcción
común y que ninguno posee garantías absolutas frente a la fragilidad de la
existencia.
La Masonería Colombiana posee una fuerza extraordinaria:
su tejido humano. Tenemos Logias, cuerpos masónicos, autoridades y hermanos con
conocimientos, profesiones, recursos, relaciones y capacidades diferentes. Todo
ello puede convertirse en una verdadera red de solidaridad. No deberíamos permitir
que cada Logia actúe de manera aislada ni que la respuesta dependa únicamente
de iniciativas individuales. Una tragedia de esta magnitud nos invita a pensar
como institución, articulando esfuerzos y respetando las competencias de las
autoridades civiles y de los organismos especializados. La Masonería no
necesita improvisar aquello para lo cual no está preparada; necesita hacer
aquello que sí puede hacer extraordinariamente bien: organizarse para servir.
Y servir significa comprender que las necesidades
de una persona damnificada no terminan en el alimento, el agua, la ropa o un
lugar donde pasar la noche. Una tragedia también deja miedo, duelo,
incertidumbre, desarraigo y profundas heridas emocionales. Hay quienes pierden
una vivienda, pero también documentos, recuerdos, fotografías, herramientas de
trabajo, proyectos y la sensación elemental de seguridad. Por eso nuestra
fraternidad debe mirar al ser humano integralmente. Puede ofrecer ayuda
material, pero también acompañamiento, orientación profesional, colaboración
para recuperar documentos y medios de subsistencia y, sobre todo, presencia. A
veces el auxilio más profundo consiste sencillamente en que alguien llegue y
diga: «No estás solo; aquí estamos tus hermanos».
Hay también una dimensión espiritual que no
podemos olvidar. Cuando la tierra tiembla, el ser humano descubre crudamente
que no controla todas las variables de su existencia. Nuestra referencia
al Gran Arquitecto del Universo adquiere entonces una profundidad especial, no
como explicación fácil del sufrimiento, sino como principio de orden, sentido y
responsabilidad. No podemos impedir todos los terremotos, pero sí podemos
decidir qué clase de seres humanos seremos después de ellos. No podemos
devolver inmediatamente una casa destruida, pero podemos ayudar a reconstruir
una vida. No podemos borrar el dolor de quien perdió a un ser querido, pero
podemos acompañarlo para que no atraviese su duelo en soledad. Quizá allí se
encuentre una de las expresiones más profundas de nuestra espiritualidad:
convertir la conciencia de nuestra propia fragilidad en compromiso con la
dignidad del otro.
Por eso esta respuesta no debería agotarse en los
primeros días. La emergencia pasa, pero la necesidad permanece. Después del
rescate viene la reconstrucción; después de la reconstrucción, la recuperación;
y después de la recuperación, la reconstrucción de los proyectos de vida. La
fraternidad masónica debe ser capaz de acompañar esos tiempos largos. Una ayuda
inmediata puede aliviar una jornada; una acción sostenida puede contribuir a
reconstruir una existencia.
Sería necesario, entonces, que la Masonería
Colombiana establezca mecanismos transparentes para identificar a los hermanos
y sus familias afectados, diagnosticar necesidades reales, coordinar esfuerzos
entre las diferentes estructuras masónicas, canalizar recursos, articularse con
instituciones humanitarias y mantener seguimiento durante la recuperación. Los
aportes deben administrarse con transparencia y llegar a quienes realmente los
necesitan. Los profesionales pueden aportar conocimientos; quienes tienen
recursos pueden aportar recursos; quienes tienen tiempo pueden entregar su
tiempo; quienes poseen capacidad logística pueden ponerla al servicio de los
demás. No todos podemos dar lo mismo, pero todos podemos dar algo.
Y aquí aparece la pregunta verdaderamente
iniciática: ¿seremos capaces de convertir nuestros principios en conducta
cuando la realidad nos exige actuar? Es fácil hablar de fraternidad dentro del
Templo, rodeados de símbolos y palabras solemnes. Mucho más difícil es
practicarla cuando el hermano necesita nuestra ayuda concreta, cuando debemos
sacrificar comodidad, tiempo o recursos, cuando tenemos que superar diferencias
internas para comprender que frente al dolor humano ninguna disputa
institucional puede tener prioridad.
La piedra bruta que trabajamos representa también
nuestra propia condición humana. Pero una piedra trabajada no tiene sentido si
no contribuye a la construcción. La luz recibida debe iluminar. El mandil debe
recordarnos el trabajo. La escuadra debe preguntarnos por nuestra rectitud; el
compás, por los límites de nuestro egoísmo; y el Templo, por aquello que
estamos construyendo juntos para los demás. La iniciación no puede reducirse a
aquello que experimentamos dentro del recinto masónico. Tiene que manifestarse
cuando salimos de él y encontramos a un ser humano que necesita nuestra mano.
Por eso, frente a esta tragedia, la Masonería
Colombiana debe responder con una fraternidad simultáneamente afectiva y
organizada, espiritual y concreta, compasiva y eficaz: identificar a los
hermanos afectados, articular una red de apoyo, movilizar recursos con
transparencia, convocar capacidades profesionales, acompañar a las familias y
mantener la solidaridad más allá de la emergencia inmediata.
Hoy la tierra nos ha recordado que nada material es
absolutamente permanente. Pero también nos ha recordado algo mucho más
poderoso: cuando las estructuras caen, puede levantarse la humanidad. Cuando
una casa se derrumba, podemos ayudar a reconstruirla; cuando una familia pierde
su seguridad, podemos ofrecerle compañía; cuando un hermano siente que todo
está perdido, podemos recordarle que todavía tiene hermanos.
Tal vez ese sea uno de los sentidos más profundos
de nuestra iniciación: aprender que la verdadera luz no consiste únicamente en
contemplarla, sino en llevarla allí donde alguien permanece en la oscuridad.
Que la Masonería Colombiana no llegue tarde al
dolor de sus hermanos. Que no se limite a lamentarlo. Que no convierta la
solidaridad en ceremonia. Que sea presencia, auxilio, organización y
esperanza. Y que cuando algún día miremos hacia atrás y recordemos esta
tragedia, podamos decir con serenidad, sin necesidad de grandes discursos, que
cuando la tierra tembló bajo nuestros pies, la fraternidad permaneció de pie.






