Dificultades y Perspectivas de Desarrollo en la Posmodernidad
Reflexionar sobre la relación entre fraternidad masónica y comunidad LGTBIQ+ no es un ejercicio circunstancial ni una concesión cultural dictada por la presión de los tiempos. Es, en sentido estricto, una prueba de coherencia iniciática. La masonería se define a sí misma como escuela de libertad, igualdad y fraternidad; pero estos principios dejan de ser virtudes simbólicas cuando no se someten a la prueba de la realidad histórica. Toda proclamación ética se convierte en juicio cuando debe confrontarse con sujetos concretos, con cuerpos que han sido marginados, con biografías atravesadas por silencios impuestos y con estructuras culturales que aún producen exclusión. La fraternidad, si no atraviesa la carne de la historia, se convierte en retórica ritual.
La
posmodernidad ha fracturado los grandes relatos que legitimaban identidades
únicas y estables. Jean-François Lyotard describió este momento como una “incredulidad
hacia los metarrelatos” (Lyotard, 1979/1987, p. 7), señalando que las
narrativas totalizantes ya no logran organizar la experiencia colectiva con la
misma autoridad de épocas anteriores. En ese escenario emergen con mayor
visibilidad aquellas identidades que habían sido subsumidas bajo categorías
homogéneas. La comunidad LGTBIQ+ no surge como moda cultural, sino como
expresión histórica de una búsqueda de reconocimiento y legitimidad
existencial.
Judith
Butler advierte que “el género es una repetición estilizada de actos”
(Butler, 1990/2007, p. 45), mostrando que las identidades no son esencias
inmutables sino construcciones históricas reguladas por normas sociales. Más
aún, sostiene que “la norma produce y regula aquello que nombra”
(Butler, 2004, p. 41). Esta afirmación obliga a examinar críticamente cómo las
instituciones -incluidas las simbólicas- participan en la reproducción de
marcos normativos que pueden incluir o excluir. Michel Foucault, por su parte,
afirma que “la sexualidad es un punto de paso particularmente denso para las
relaciones de poder” (Foucault, 1976/2005, p. 126). No estamos, por tanto,
ante un asunto meramente privado, sino ante una dimensión estructural de la
experiencia humana atravesada por historia y poder.
Si
la masonería se concibe como tradición viva y no como refugio museístico, debe
preguntarse si su comprensión de la fraternidad está preparada para dialogar
con esta complejidad sin traicionar su esencia. La respuesta no puede
formularse desde la reacción emocional ni desde el temor a la politización.
Debe elaborarse desde la fidelidad al método iniciático.
Las
Constituciones de 1723 afirman que la masonería es “el centro de unión y el
medio de conciliar verdadera amistad entre personas que hubieran permanecido
perpetuamente distantes” (Anderson, 1723/2001, p. 50). Esta declaración es
radical en su alcance: la fraternidad está llamada a unir lo que la historia ha
separado. Si determinados colectivos han sido convertidos en “perpetuamente
distantes”, la coherencia masónica exige preguntarse si el taller está
cumpliendo su vocación reconciliadora o si reproduce, aunque sea involuntariamente,
las distancias del mundo profano.
Autores
masónicos contemporáneos han subrayado esta dimensión dinámica de la tradición.
José Antonio Ferrer Benimeli señala que la masonería ha sido “laboratorio de
modernidad y espacio anticipador de nuevas formas de convivencia” (Ferrer
Benimeli, 2006, p. 118). Alain Bauer sostiene que “una tradición muere
cuando confunde fidelidad con inmovilidad” (Bauer, 2010, p. 92). Estas
afirmaciones obligan a reconocer que la vitalidad de la masonería no reside en
su resistencia al cambio histórico, sino en su capacidad de reinterpretar
simbólicamente las transformaciones sociales sin perder su núcleo iniciático.
La
fraternidad masónica no es simpatía sociológica; es categoría ontológica.
Supone reconocer en el otro la misma dignidad espiritual, independientemente de
su condición social, cultural o identitaria. W.L. Wilmshurst afirma que “la
logia simboliza la humanidad en proceso de perfeccionamiento” (Wilmshurst,
1922/1993, p. 41). Si la logia es humanidad idealizada, no puede reducir esa
humanidad a un modelo identitario exclusivo. La iniciación no uniformiza;
universaliza. El despojo de metales indica que ninguna condición profana
constituye fundamento del valor espiritual.
En
este punto emerge la cuestión decisiva: la participación ordinaria de
hermanos pertenecientes a la comunidad LGTBIQ+ en las logias no es una
concesión estratégica, sino una prueba estructural del universalismo masónico.
No se trata de admitirlos como excepción, sino de integrarlos como parte
constitutiva de la pluralidad humana que el taller representa. La fraternidad
no se verifica cuando se habla del “otro” en abstracto, sino cuando ese otro
ocupa columnas, asume responsabilidades, ejerce dignidades, enseña, corrige,
escucha y es escuchado.
Desde
la teoría del reconocimiento, Axel Honneth afirma que “el desprecio social
no solo hiere, sino que lesiona la relación práctica del individuo consigo
mismo” (Honneth, 1992/1997, p. 131). Si la logia pretende ser espacio de
elevación moral, no puede permitir que ningún hermano experimente invisibilidad
o sospecha permanente respecto de su identidad. La integración plena no
fortalece solo al individuo; fortalece a la institución, porque la obliga a
purificar su comprensión de la fraternidad.
Las
resistencias existen y deben ser reconocidas con honestidad. Algunas se
originan en inercias culturales profundamente arraigadas; otras en lecturas
literalistas del simbolismo. René Guénon advirtió que “cuando el símbolo se
interpreta de manera puramente externa, pierde su carácter iniciático”
(Guénon, 1946/2001, p. 62). Polaridades como sol y luna, activo y pasivo,
masculino y femenino, no son esquemas sociológicos cerrados, sino expresiones
metafísicas de principios universales. Reducirlas a categorías biológicas es
empobrecer el simbolismo y, en ocasiones, instrumentalizarlo.
La
presencia ordinaria de hermanos LGTBIQ+ en los talleres tiene un efecto
pedagógico silencioso pero profundo. El prejuicio abstracto se disuelve ante la
experiencia concreta del trabajo común. La fraternidad deja de ser discurso
para convertirse en práctica cotidiana. Hannah Arendt recordaba que “la
pluralidad es la ley de la tierra” (Arendt, 1958/1998, p. 7). La logia,
como microcosmos simbólico, no debe temer esa pluralidad; debe ordenarla bajo
el principio superior de la unidad espiritual.
Además,
la convivencia con la diferencia intensifica el trabajo interior. El iniciado
que descubre resistencias, incomodidades o temores frente a identidades
diversas encuentra allí materia auténtica para pulir su piedra bruta. La
fraternidad vivida con hermanos LGTBIQ+ no debilita el proceso iniciático; lo
radicaliza. Obliga a distinguir entre tradición esencial y prejuicio cultural,
entre símbolo universal y lectura circunstancial.
Las
experiencias contemporáneas en diversos orientes muestran que la integración
plena no conduce a la disolución de la identidad masónica. Por el contrario,
cuando la presencia de hermanos LGTBIQ+ se normaliza, la logia retorna a su
centro iniciático: el trabajo moral compartido. La unidad no se rompe; se
profundiza. La tradición no se diluye; se verifica.
En
consecuencia, la pregunta no es si la masonería puede permitirse integrar
plenamente a hermanos LGTBIQ+. La pregunta es si puede proclamarse universal
sin hacerlo. La fraternidad iniciática no consiste en pensar igual, sino en
trabajar juntos bajo la misma luz. Allí donde un hermano puede ser plenamente
quien es sin ser reducido a etiqueta ni obligado a la ocultación, el templo
comienza verdaderamente a levantarse.
La integración plena y ordinaria de hermanos pertenecientes a la comunidad LGTBIQ+ en las logias no debe concebirse como una concesión contextual ni como respuesta reactiva a presiones sociales, sino como exigencia intrínseca de la coherencia iniciática. Si la masonería se proclama espacio de libertad, igualdad y fraternidad, está llamada a demostrar que esos principios operan más allá de la homogeneidad cultural. La universalidad no puede ser retórica; debe traducirse en prácticas institucionales concretas que reconozcan la dignidad de cada hermano sin reservas implícitas.
Esta
integración requiere madurez espiritual y valentía institucional. Exige
distinguir entre esencia simbólica y costumbre cultural, entre fidelidad a los
principios y apego a inercias históricas. La fraternidad auténtica no elimina
diferencias; las ordena bajo un horizonte superior de sentido. Cuando los
talleres logran vivir esa ordenación sin exclusiones, la tradición no se
debilita, sino que se fortalece, porque demuestra su capacidad de encarnar el
ideal que proclama.
Finalmente,
la vivencia fraterna de la integración no es solo un asunto administrativo o
reglamentario; es un proceso espiritual continuo. Implica escuchar,
acompañar, revisar prejuicios, profundizar en el simbolismo y asumir que toda
iniciación tiene consecuencias públicas. Allí donde un hermano LGTBIQ+ puede
participar plenamente en la vida ritual y administrativa sin ocultamiento ni
sospecha, la masonería confirma que su vocación no es conservar estructuras
cerradas, sino construir humanidad reconciliada. Y en ese acto de
reconocimiento mutuo, el templo deja de ser metáfora para convertirse en
realidad ética.
Referencias
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(Obra original publicada en 1922).




