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jueves, 12 de febrero de 2026

¿NECESITA LA MASONERÍA DEL SIGLO XXI UNA REINGENIERÍA DEL SÍMBOLO MASÓNICO?

 

Plantear esta pregunta no es un gesto de inconformidad generacional ni una concesión al lenguaje empresarial de la época; es asumir una tensión real que atraviesa hoy a la masonería en casi todos los contextos culturales: la distancia creciente entre un patrimonio simbólico de enorme profundidad y una práctica masónica que, con frecuencia, lo repite sin dejarse transformar por él. La cuestión no es si el símbolo sigue estando presente -lo está- sino si sigue siendo operante como mediación iniciática, espiritual y ética en la conciencia del masón contemporáneo. Allí donde el símbolo permanece intacto en la forma, pero ha perdido capacidad de interpelación, la pregunta por una reingeniería deja de ser provocación y se convierte en necesidad.

La masonería nació y se desarrolló como una escuela simbólica, no como un sistema doctrinal cerrado ni como una organización filantrópica sin horizonte trascendente, sino como un camino de transformación interior mediado por símbolos. El problema emerge cuando ese lenguaje simbólico, transmitido durante siglos, deja de ser trabajado y comienza a ser administrado. El símbolo, que debía abrir la conciencia, se convierte entonces en objeto de explicación rutinaria o en marcador identitario. Como advertía Oswald Wirth, “el símbolo no vive en los libros ni en los discursos, sino en la conciencia de quien lo medita”; cuando esa meditación se sustituye por repetición, el símbolo sobrevive, pero la iniciación se debilita.

Hablar de reingeniería del símbolo no significa modificar arbitrariamente los símbolos ni adaptarlos superficialmente a las modas culturales. El símbolo masónico no necesita ser reinventado; necesita ser re-habitado. La reingeniería a la que alude esta reflexión no es formal, sino espiritual y hermenéutica. Consiste en devolver al símbolo su función original: ser mediación entre el ser humano y un principio de orden que lo trasciende, confrontándolo consigo mismo y con su responsabilidad en el mundo. En este sentido, la reingeniería no se dirige al símbolo en sí, sino al modo en que la masonería se relaciona con él.

Uno de los signos más claros de la crisis simbólica contemporánea es la tendencia a reducir el símbolo a interpretación correcta o incorrecta. Esta lógica empobrece radicalmente la experiencia iniciática. El símbolo no se agota en una lectura autorizada; se despliega en la medida en que interpela la vida concreta del iniciado. Jules Boucher lo expresó con precisión al afirmar que el símbolo “no enseña lo que debemos pensar, sino lo que debemos trabajar en nosotros mismos”. Cuando esta dimensión se pierde, el símbolo se convierte en instrumento de poder simbólico: quien “sabe” impone, quien “no sabe” obedece. Allí ya no hay iniciación, sino jerarquía vaciada de espíritu.

La masonería del siglo XXI enfrenta además un desafío cultural ineludible: habita sociedades marcadas por la aceleración, la superficialidad informativa y la desconfianza hacia los lenguajes trascendentes. En este contexto, el símbolo corre el riesgo de ser percibido como arcaísmo o como folclor ritual. Sin embargo, la respuesta no puede ser su banalización ni su ocultamiento, sino una profundización consciente de su dimensión espiritual. W. L. Wilmshurst advertía que la masonería fracasa cuando se contenta con producir buenos ciudadanos respetables, olvidando que su vocación es formar seres humanos interiormente transformados. Esta advertencia resulta hoy particularmente actual.

La referencia al Gran Arquitecto del Universo, vivida simbólicamente y no como fórmula automática, constituye un punto neurálgico de esta reingeniería. No se trata de reforzar definiciones ni de imponer creencias, sino de recuperar su función como símbolo de orientación trascendental. Allí donde esta referencia se vacía de contenido espiritual, el símbolo pierde verticalidad y la masonería se repliega en un humanismo horizontal sin profundidad iniciática. René Guénon advirtió que una tradición que conserva sus formas, pero pierde su referencia a los principios termina convirtiéndose en una parodia de sí misma. Esta advertencia interpela directamente a la masonería contemporánea.

Desde América Latina, la pregunta por la reingeniería simbólica adquiere una resonancia ética particular. En sociedades atravesadas por la desigualdad, la violencia y la exclusión, el símbolo masónico no puede permanecer encerrado en el templo sin traicionarse. José Ingenieros recordaba que los ideales solo tienen valor cuando imponen una conducta; trasladado al plano masónico, esto significa que el símbolo que no transforma la praxis social del iniciado se reduce a retórica iniciática. Una reingeniería simbólica auténtica debe, por tanto, re-vincular espiritualidad y responsabilidad histórica.

La necesidad de esta reingeniería se manifiesta también en las patologías internas de la vida de logia: dogmatismos simbólicos, ritualismos estériles, conflictos de poder encubiertos por un lenguaje tradicional y formas de violencia simbólica que contradicen la fraternidad proclamada. Allí donde el símbolo se utiliza para excluir, intimidar o imponer, ha dejado de ser mediación del Misterio para convertirse en ídolo institucional. Reingenierizar el símbolo implica desmontar estos usos perversos y devolverle su función liberadora y crítica.

Responder a la pregunta inicial exige, por tanto, una afirmación clara: sí, la masonería del siglo XXI necesita una reingeniería del símbolo masónico, pero no en el sentido de modificar su herencia, sino de asumirla con mayor radicalidad. Esta reingeniería implica formar masones capaces de silencio interior, de trabajo simbólico honesto, de autocrítica y de coherencia ética. Implica logias que comprendan que custodiar símbolos no es conservar formas, sino sostener procesos de transformación espiritual.

La verdadera pregunta no es si el símbolo debe cambiar, sino si estamos dispuestos a cambiar nuestra relación con él. Si el símbolo vuelve a ser vivido como experiencia espiritual, como mediación con lo trascendente y como criterio de juicio ético, la masonería no solo seguirá siendo pertinente en el siglo XXI, sino necesaria. Si, por el contrario, se limita a administrar un lenguaje simbólico desvinculado de la vida, ninguna modernización externa podrá evitar su vaciamiento interior.

La reingeniería del símbolo masónico es, en última instancia, una reingeniería de la conciencia masónica. Y esa tarea, por su propia naturaleza, no admite atajos ni delegaciones: comienza y termina en la disposición del iniciado a dejarse transformar por aquello que dice venerar.

 Causas de la crisis simbólica contemporánea

Entre las causas principales que justifican la pregunta por una reingeniería del símbolo masónico se encuentra, en primer lugar, la ritualización sin interiorización. El rito se ejecuta correctamente, pero se ha debilitado su capacidad de provocar experiencia espiritual. El símbolo se pronuncia, se muestra y se explica, pero ya no se medita ni se encarna. Este fenómeno no es accidental: responde a una cultura marcada por la prisa, la superficialidad y la dificultad para sostener procesos largos de trabajo interior.

Una segunda causa es el dogmatismo simbólico. Allí donde ciertas interpretaciones se imponen como definitivas, el símbolo pierde su carácter iniciático y se convierte en objeto de poder. Jules Boucher advertía que el símbolo deja de educar cuando se lo clausura en una explicación única. En estos contextos, el símbolo ya no interpela; clasifica, jerarquiza y excluye.

Una tercera causa es la desvinculación entre símbolo y vida. El trabajo simbólico se limita al espacio ritual y no se proyecta en la ética cotidiana. La masonería corre entonces el riesgo de convertirse en un humanismo retórico, incapaz de incidir en la conducta personal, social y política de sus miembros. Desde América Latina, José Ingenieros recordaba que los ideales solo adquieren dignidad cuando se traducen en conducta; esta afirmación resulta especialmente pertinente para una orden que se proclama formativa.

Finalmente, debe señalarse la pérdida de la dimensión trascendental del símbolo. Cuando la referencia al principio superior -nombrado simbólicamente como Gran Arquitecto del Universo- se reduce a una fórmula protocolaria, el símbolo pierde verticalidad. René Guénon advirtió que toda tradición que conserva sus formas, pero olvida sus principios termina vaciándose de sentido. Esta advertencia interpela directamente a la masonería del siglo XXI.

 Consecuencias de no abordar la reingeniería simbólica

Las consecuencias de esta crisis simbólica no son menores. En el plano iniciático, se produce una banalización de la experiencia masónica: se multiplican los grados, pero no la profundidad; se incrementa la actividad, pero no la transformación interior. El masón corre el riesgo de convertirse en gestor de rituales y no en trabajador de sí mismo.

En el plano institucional, surgen conflictos de poder encubiertos, prácticas de exclusión y formas de violencia simbólica que contradicen la fraternidad proclamada. El símbolo, en lugar de liberar la conciencia, se utiliza para legitimarla dominación. En el plano social, la masonería pierde capacidad de incidencia ética: su discurso no logra traducirse en prácticas coherentes frente a la injusticia, la corrupción o la deshumanización.

En términos espirituales, la consecuencia más grave es la desconexión entre símbolo y trascendencia. Cuando el símbolo deja de abrir al Misterio, la masonería se repliega en un inmanentismo cómodo, incapaz de sostener una espiritualidad exigente. W. L. Wilmshurst advertía que una masonería que no transforma interiormente a sus miembros fracasa en su misión esencial, por más respetabilidad externa que conserve.

 Propuestas de desarrollo: hacia una reingeniería integral del símbolo

Responder a esta situación exige una reingeniería simbólica entendida no como modificación de los símbolos, sino como transformación de la relación con ellos. En primer lugar, es necesario recuperar el trabajo espiritual del símbolo, promoviendo el silencio, la meditación y la interiorización como prácticas centrales de la vida de logia. El símbolo debe ser vivido antes de ser explicado.

En segundo lugar, se impone una pedagogía iniciática renovada, que forme masones capaces de sostener la pregunta simbólica sin apresurarse a clausurarla. Esto implica abandonar la obsesión por la interpretación correcta y recuperar el símbolo como tarea existencial.

En tercer lugar, la referencia al Gran Arquitecto del Universo debe ser re-habitada como símbolo de orientación trascendental, no como frontera ideológica. Vivida con sobriedad, esta referencia recuerda al masón que su trabajo se inscribe en un orden que lo trasciende y lo juzga éticamente.

En cuarto lugar, la reingeniería simbólica exige vincular expresamente símbolo y ética. Cada trabajo masónico debería reforzar la pregunta por la coherencia entre el símbolo trabajado y la vida vivida. El símbolo que no se traduce en responsabilidad social se degrada en simulacro.

Finalmente, se requiere una revisión crítica de las prácticas institucionales que utilizan el símbolo como instrumento de poder. Reingenierizar el símbolo implica desmantelar usos dogmáticos, promover la fraternidad crítica y asumir que el símbolo juzga tanto a la institución como al individuo.

 Conclusión: una necesidad espiritual impostergable

La respuesta a la pregunta inicial es afirmativa, pero debe formularse con precisión: la masonería del siglo XXI necesita una reingeniería del símbolo masónico no para hacerlo más moderno, sino para hacerlo nuevamente operante como mediación espiritual, iniciática y ética. Esta reingeniería no se decreta ni se reglamenta; se vive. Comienza en la conciencia del masón que acepta dejarse interpelar por el símbolo y se prolonga en logias que comprenden que custodiar símbolos no es conservar formas, sino sostener procesos de transformación humana.

La verdadera crisis no es del símbolo, sino de la disposición a trabajarlo. Allí donde el símbolo vuelve a ser experiencia espiritual, la masonería recupera su sentido y su necesidad histórica. Allí donde se lo reduce a herencia administrada, ninguna reforma externa podrá evitar su vaciamiento interior.

 

Bibliografía

 

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Editorial Kier, Buenos Aires.

Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Editorial Paidós, Barcelona.

Ingenieros, José. El hombre mediocre. Editorial Losada, Buenos Aires.

Roso de Luna, Mario. El simbolismo de las religiones del mundo. Editorial Eyras, Madrid.

Wilmshurst, W. L. El significado de la masonería. Editorial Kier, Buenos Aires.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Editorial Humanitas, Buenos Aires

viernes, 6 de febrero de 2026

LA MÁSCARA Y EL MANDIL: Masonería y Carnaval como Arquitecturas Simbólicas de la Conciencia Colectiva

 

Hablar simultáneamente de masonería y carnaval implica aceptar, desde el inicio, una tensión fecunda entre el silencio y el estruendo, entre la introspección y la exteriorización, entre el orden ritual y la catarsis festiva. Sin embargo, esa aparente oposición se disuelve cuando se comprende que ambos fenómenos pertenecen a una misma raíz antropológica: la necesidad humana de crear espacios simbólicos donde la realidad pueda ser reinterpretada, depurada y resignificada. No se trata de comparar instituciones con celebraciones, ni de equiparar solemnidades con danzas, sino de reconocer que tanto la logia como la plaza pública funcionan como escenarios de transformación del sujeto y de la colectividad. En ambos casos, el ser humano abandona provisionalmente su identidad cotidiana para ingresar en un territorio de sentido ampliado donde los signos, los gestos y las metáforas adquieren una densidad formativa.

El carnaval, lejos de ser una simple licencia para el exceso, constituye una pedagogía cultural de inversión simbólica. En él, el orden social se flexibiliza sin desaparecer; se subvierte para ser examinado, no para ser aniquilado. La máscara no solo cubre el rostro, lo multiplica. El individuo se permite ser otro para descubrir algo más profundo de sí mismo. Este mecanismo posee una resonancia directa con la experiencia iniciática masónica, donde el aspirante atraviesa velos simbólicos para desprenderse de sus identificaciones superficiales. La desposesión de metales, la venda sobre los ojos y el tránsito por la oscuridad no buscan humillar, sino liberar. Del mismo modo, el carnaval no ridiculiza la identidad, la relativiza para revelar su carácter contingente. Mijaíl Bajtín advirtió que la risa carnavalesca no es frívola, sino profundamente filosófica: es la risa que desestructura la rigidez de los absolutos y recuerda que ninguna jerarquía es eterna. En términos iniciáticos, la risa puede ser tan reveladora como el silencio.

La masonería, por su parte, no se reduce a un sistema de grados ni a una herencia institucional; es, en su núcleo más exigente, una disciplina de autoconstrucción moral. Sus herramientas -la escuadra, el compás, el nivel- no son objetos materiales sino principios de orden interior. La escuadra invita a la rectitud de acción, el compás a la mesura de pensamiento, el nivel a la conciencia de igualdad esencial entre los seres humanos. Cuando estas herramientas se observan en diálogo con los elementos carnavalescos, se advierte una correspondencia simbólica inesperada: la máscara funciona como un compás social que permite trazar nuevas identidades; la danza actúa como nivelador colectivo donde las diferencias se suspenden; el tambor se convierte en escuadra rítmica que organiza la energía dispersa en un pulso común. No se trata de afirmar que el carnaval sea masónico, sino de reconocer que ambos operan en el mismo registro simbólico de la humanidad: la búsqueda de sentido mediante metáforas vivas.

En América Latina, esta convergencia adquiere una profundidad singular debido a la densidad histórica del mestizaje. El Carnaval de Barranquilla se erige como un caso paradigmático donde la memoria africana, indígena y europea no se yuxtaponen, sino que dialogan en una coreografía de símbolos que funcionan como archivo vivo de la identidad caribeña. Allí, cada comparsa es una narración colectiva, cada disfraz un tratado antropológico encarnado, cada tambor una invocación a la continuidad histórica. La Marimonda, con su gesto burlón y su estética deliberadamente irreverente, recuerda que la sátira es una forma de crítica social; el Garabato, con su danza de vida y muerte, revela la conciencia cíclica de la existencia; las danzas del Congo evocan la persistencia de la herencia africana como columna vertebral cultural. Estas expresiones no son meros espectáculos: son dispositivos simbólicos de resistencia y afirmación identitaria.

 

El Carnaval de Barranquilla, al igual que una logia abierta al cielo, convoca a la comunidad a reconocerse en su diversidad. La máscara barranquillera no es un ocultamiento vergonzante; es una afirmación de pluralidad. En ella, el sujeto se despoja de su rol cotidiano para integrarse a una narrativa mayor que lo trasciende. Esta dinámica posee una resonancia iniciática evidente: el iniciado masón también abandona temporalmente sus títulos profanos para ingresar en un espacio donde la igualdad simbólica es condición de aprendizaje. Ambos procesos, aunque distintos en forma, comparten la lógica del tránsito y de la renovación. No es casual que la UNESCO haya reconocido el Carnaval de Barranquilla como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad; su riqueza no radica únicamente en la estética, sino en su capacidad de transmitir valores, memorias y códigos éticos a través del lenguaje festivo.

Cuando se observan los carnavales del mundo -Venecia con su refinamiento estético, Río de Janeiro con su exuberancia corporal, Oruro con su misticismo andino, Cádiz con su sátira musical- se advierte una constante universal: la humanidad necesita momentos rituales donde el orden cotidiano se suspenda para que la conciencia se reconfigure. René Guénon sostenía que el símbolo auténtico es aquel que trasciende culturas sin perder su esencia. El carnaval, en su diversidad geográfica, confirma esta tesis: cambia la música, se transforma el vestuario, pero permanece la función antropológica de renovación colectiva. En paralelo, la masonería, al extenderse por continentes y épocas, demuestra que la aspiración a la autoperfección moral también posee un carácter universal. Ambos fenómenos revelan que la cultura no es ornamento superficial, sino arquitectura profunda del espíritu social.

Las relaciones simbólicas entre carnaval y masonería se intensifican cuando se comprende que ambos operan mediante lenguajes no literales. El símbolo no describe: convoca. No informa: transforma. Oswald Wirth advertía que el símbolo es un instrumento de pensamiento activo, no un adorno pasivo. Bajo esta perspectiva, la máscara carnavalesca y el mandil masónico cumplen funciones análogas: son superficies visibles que remiten a procesos invisibles. La máscara libera al individuo de la tiranía de la apariencia; el mandil recuerda la dignidad del trabajo interior. La danza colectiva y la cadena de unión no son gestos decorativos, sino afirmaciones de pertenencia y de responsabilidad compartida. Ambos espacios enseñan que la identidad no es un objeto fijo, sino una construcción dinámica que exige conciencia y coherencia.

La dimensión social de esta convergencia no puede ignorarse. José Martí afirmó que “ser culto es el único modo de ser libre”, y esa libertad no se limita al conocimiento académico, sino a la capacidad de interpretar los signos de la propia cultura. El carnaval educa emocionalmente al pueblo; la masonería educa éticamente al individuo. Paulo Freire recordaba que la educación verdadera no es transmisión de datos, sino despertar de conciencia. En esa intersección, la fiesta deja de ser evasión y se convierte en reflexión encarnada; la iniciación deja de ser ceremonia y se vuelve compromiso público. Ambos caminos, cuando se viven con profundidad, desembocan en una misma exigencia: la coherencia entre lo que se celebra y lo que se practica.

La risa del carnaval y el silencio del templo no son contrarios irreconciliables; son pulsaciones complementarias de la condición humana. Uno recuerda que la vida necesita alegría para no volverse opresiva; el otro recuerda que la vida necesita disciplina para no disolverse en el caos. En el Carnaval de Barranquilla, esta dialéctica alcanza una expresión particularmente luminosa: la música convoca, la máscara interpela, la danza une, la memoria enseña. Allí, la cultura se revela como un taller colectivo donde cada ciudadano es simultáneamente aprendiz y maestro. Del mismo modo, la masonería propone un taller interior donde cada símbolo es una herramienta para tallar la piedra bruta del carácter. Cuando ambos universos se contemplan sin prejuicios, emerge una verdad esencial: la humanidad necesita tanto el júbilo como la introspección, tanto la máscara que revela como el mandil que compromete. La cultura festiva y la cultura iniciática, lejos de excluirse, pueden nutrirse mutuamente en la construcción de una sociedad más consciente, más crítica y más solidaria.

 

Referencias Bibliográficas

 

Bajtín, Mijaíl. La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento.

Paz, Octavio. El laberinto de la soledad.

Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido.

Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar.

Martí, José. Obras completas.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico.

Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada.

Boucher, Jules. La simbólica masónica.

Eco, Umberto. Tratado de semiótica general.

UNESCO. Declaratoria del Carnaval de Barranquilla como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.


lunes, 2 de febrero de 2026

EL BULLYING MASÓNICO COMO EXPRESIÓN DEL DOGMATISMO AL INTERIOR DE LA ORDEN

 

Imagen generada con IA

“Allí donde se pretende imponer una única visión de la verdad, la masonería deja de ser un espacio de búsqueda para convertirse en una prisión del espíritu.”

W.L. Wilmshurst, El Significado Esotérico de la Masonería

La masonería se define, desde sus orígenes, como una escuela de libertad interior y fraternidad universal; cada uno de sus miembros jura trabajar por el perfeccionamiento del ser humano, edificando en sí mismo el templo del Gran Arquitecto Del Universo, sin embargo, como toda institución humana, la orden no está exenta de contradicciones; en su interior pueden surgir actitudes que, lejos de reflejar la luz iniciática, reproducen las sombras del mundo profano que se pretende trascender.

Entre esas sombras contemporáneas emerge un fenómeno que podríamos denominar “bullying masónico”: una serie de comportamientos de acoso, exclusión o menosprecio entre hermanos, muchas veces disfrazados de corrección ritual, defensa de la tradición o autoridad moral. Este fenómeno, aunque sutil, tiene consecuencias devastadoras para la vida espiritual del taller y la salud del egregor colectivo.

Más que una simple falta de fraternidad, el bullying masónico es síntoma de algo más profundo: el dogmatismo interno, la rigidez mental y espiritual que paraliza la evolución iniciática y convierte los símbolos en dogmas, los grados en jerarquías de poder, y la fraternidad en un mero discurso formal.

Este post propone una lectura crítica y holística del fenómeno, integrando perspectivas filosóficas, psicológicas, éticas, espirituales y sociológicas, para comprender cómo y por qué la masonería, al cerrarse sobre sí misma, puede incubar las mismas formas de opresión que juró erradicar.

El dogmatismo es, en esencia, la negación del principio iniciático; la iniciación masónica implica apertura, búsqueda, autoconocimiento y diálogo interior; el dogmatismo, por el contrario, implica cierre, certeza absoluta, imposición y obediencia ciega.

René Guénon advertía que cuando la tradición pierde su sentido metafísico y se convierte en una doctrina rígida, la iniciación se degrada en “mera ceremonia vacía, privada de su virtud interior” (Apercepciones sobre la Iniciación, 1996). En ese proceso de degradación, algunos masones comienzan a confundir el símbolo con la verdad, la jerarquía con la sabiduría, la experiencia ritual con la autoridad espiritual.

Así, el dogmatismo genera una cultura interna donde el pensamiento crítico es percibido como amenaza, la diferencia como herejía y la humildad como debilidad. En tal contexto, el bullying masónico aparece como un mecanismo de defensa del statu quo, mediante el cual los portadores del poder simbólico neutralizan toda voz que cuestiona, innova o piensa distinto.

El bullying masónico no suele ser explícito. No se manifiesta en golpes o gritos, sino en formas refinadas de violencia simbólica (Bourdieu, 1999). Puede expresarse en la burla velada hacia un Querido Hermano, en el silencio impuesto como castigo, en la manipulación emocional, en la negación del mérito ajeno, o en el uso del ritual para humillar y no para edificar.

Algunas de sus manifestaciones más frecuentes son:

·        El menosprecio intelectual: ridiculizar las interpretaciones o planchas de un hermano por no coincidir con las “lecturas oficiales” del símbolo.

·        El autoritarismo ritual: utilizar el rango o grado para imponer opiniones, acallar el debate o deslegitimar aportes de los menos avanzados.

·        La exclusión silenciosa: marginar al hermano por motivos ideológicos, espirituales, sociales o incluso personales, sin reconocerle el derecho a la diferencia.

·        La manipulación jerárquica: convertir la autoridad en un instrumento de dominio y no de guía, generando climas de miedo o sumisión.

Estas actitudes erosionan el tejido fraternal y corrompen el sentido mismo del trabajo en logia. Un taller donde un hermano teme hablar, proponer o disentir, deja de ser un templo de libertad y se transforma en un espacio profano revestido de liturgia.

El juramento masónico no se reduce a fórmulas rituales: es un compromiso ontológico con la dignidad del otro. Cada vez que un masón humilla, ironiza o excluye a su hermano, profana el mismo altar en el que prometió honrarlo.

Oswald Wirth advertía que “la fraternidad no consiste en la uniformidad de pensamiento, sino en la armonía entre espíritus libres que vibran en una misma aspiración” (El Libro del Aprendiz, 2008). El bullying masónico, en cambio, nace de la incapacidad de tolerar la diferencia, de la falta de madurez espiritual para convivir con la pluralidad de perspectivas.

Desde una ética iniciática, el respeto fraternal es el primer pilar del templo. Sin ese cimiento, ningún rito, palabra sagrada o signo de reconocimiento conserva su poder. Lo que queda es pura forma vacía.

La verdadera iniciación no se mide por el conocimiento de símbolos, sino por la coherencia entre el discurso y la conducta, por la capacidad de vivir la fraternidad en lo cotidiano, especialmente con aquel hermano que piensa distinto.

El bullying masónico tiene una raíz psicológica profunda: el ego no trascendido. Erich Fromm, en El miedo a la libertad (2005), señala que el ser humano, incapaz de soportar la incertidumbre, busca refugio en sistemas autoritarios que le den seguridad. En la masonería, ese impulso puede adoptar la forma de adhesión incondicional a la autoridad ritual, de vanidad por el grado, o de necesidad de dominar al otro para no confrontar la propia inseguridad.

Cuando el ego se adueña del templo, el trabajo iniciático se interrumpe, la búsqueda de la luz se convierte en una competencia por quién brilla más. El dogmatismo, entonces, no es sino una patología del ego, una defensa contra el dolor de reconocer la propia ignorancia.

El bullying masónico es, desde esta perspectiva, un síntoma de inmadurez emocional: una forma de proyectar en el otro lo que no se puede aceptar en uno mismo.

En el plano ritual, cada ofensa a un Querido Hermano es una profanación simbólica. El templo masónico es un espacio consagrado al equilibrio de las fuerzas, y todo acto de desprecio o imposición rompe esa armonía vibratoria.

En el rito escocés antiguo y aceptado, el maestro está llamado a gobernar sus pasiones y dominar su orgullo. No hacerlo equivale a reproducir, en el microcosmos de la logia, las mismas luchas de poder del mundo exterior.

Cada gesto de burla, cada mirada de superioridad, cada palabra mordaz pronunciada bajo el mandil es un golpe al corazón del egregor. Porque el ritual no tiene eficacia mágica si no hay coherencia interior: no basta con trazar signos, hay que vivir su significado.

Una logia que proclama libertad, igualdad y fraternidad, pero tolera el acoso interno o la imposición dogmática, pierde autoridad moral ante la sociedad. Se convierte en una luz encerrada, incapaz de iluminar más allá de sus muros.

Jules Boucher recordaba que “la masonería no se mide por los grados que distribuye, sino por los hombres que transforma” (La simbólica masónica, 1992). Cuando un taller se convierte en un espacio de vanidades o exclusiones, deja de transformar y comienza a deformar. La masonería debe ser ejemplo de diálogo, pluralidad y ética humanista. Su función social se disuelve cuando reproduce las mismas dinámicas de poder, clasismo o discriminación que imperan en el mundo profano.

Superar el bullying masónico no requiere nuevos reglamentos, sino una revolución interior: pasar del poder sobre el otro al poder con el otro; recordemos que el verdadero maestro no humilla, inspira; no impone, acompaña; no se erige en juez, sino en espejo donde cualquier Querido Hermano pueda descubrir su propia luz.

Es preciso recuperar el sentido pedagógico del silencio: no como castigo, sino como pausa sagrada que enseña a escuchar como el recordar que el aprendizaje no es monopolio del grado, sino patrimonio de todo buscador sincero.

Carl Rogers afirmaba que “el verdadero educador es aquel que confía en la tendencia humana hacia la autorrealización” (El camino del ser, 1986). En el contexto masónico, esto implica creer que todo hermano, por imperfecto que sea, porta una chispa del Gran Arquitecto que merece respeto y cultivo.

El bullying masónico es una sombra que sólo puede disiparse con la luz de la autocrítica, reconocer su existencia no implica debilitar a la orden, sino fortalecer su autenticidad.

Cada hermano está llamado a ser guardián del respeto y no del dogma. Cada logia debe preguntarse si sus columnas sostienen la libertad o la opresión. Y cada Maestro debe recordar que el poder sólo es legítimo cuando se ejerce con amor y servicio. “La masonería no necesita guardianes del dogma, sino sembradores de libertad interior.” Frater Anónimo del Oriente Eterno

El templo de la humanidad se reconstruye cada vez que un hermano decide escuchar en lugar de juzgar, dialogar en lugar de imponer, y amar en lugar de temer. Sólo entonces la masonería podrá volver a ser lo que siempre prometió ser: una escuela de luz para el alma humana. Por eso, el respeto al querido hermano que piensa diferente, especialmente cuando su pensamiento se sustenta en una sólida formación filosófica, teológica o simbólica, no es una cortesía: es un deber iniciático. Negar ese respeto equivale a profanar el altar donde juramos.

 AUTOR: Villar Peñalver, Andy.  “EL BULLYING MASÓNICO COMO EXPRESIÓN DEL DOGMATISMO AL INTERIOR DE LA ORDEN" en https://andyvillar.blogspot.com/2026/02/el-bullying-masonico-como-expresion-del.html  Blog: "SER APRENDIZ MASÓN" Año: 2026.

 

Referencias Bibliográficas
Bourdieu, Pierre. La dominación masculina. Madrid: Anagrama, 1999.
Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Humanitas, 1992.
Fromm, Erich. El miedo a la libertad. México: Fondo de Cultura Económica, 2005.
Guénon, René. Apercepciones sobre la Iniciación. Madrid: Paidós, 1996.
Rogers, Carl. El camino del ser. Buenos Aires: Paidós, 1986.
Wilmshurst, W.L. El Significado Esotérico de la Masonería. Buenos Aires: Kier, 2004. 
Wirth, Oswald. El Libro del Aprendiz. Barcelona: Ediciones Obelisco, 2008.

domingo, 25 de enero de 2026

EDUCACIÓN EN RUINAS Y SILENCIO MASÓNICO Hacia la recuperación de la vocación pedagógica de la Orden en América Latina

 

Imagen generada con IA

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Escribo este trabajo desde una subjetividad consciente y deliberada, que no pretende ocultarse tras una falsa neutralidad académica. Hablo como educador de trayectoria prolongada en el campo de las ciencias de la educación, la pedagogía, el currículo, la evaluación y la gestión directiva; y hablo también como masón, formado en la lógica iniciática, en la disciplina simbólica y en la responsabilidad institucional. Esta doble pertenencia no es circunstancial: constituye el lugar epistemológico desde el cual pienso, interpreto y juzgo la realidad educativa latinoamericana y el rol histórico -hoy debilitado- de la Masonería. No se trata de una reflexión externa, sino de una autointerpelación ética.

La crisis educativa que atraviesa América Latina no puede comprenderse como un fenómeno aislado, ni como un simple déficit de políticas públicas, es expresión localizada de una crisis global del sentido de la educación. A escala planetaria, los sistemas educativos han sido progresivamente capturados por una racionalidad instrumental que reduce la educación a entrenamiento para la productividad, la gestión de competencias y el control de resultados. Paulo Freire lo advirtió con lucidez: “la educación nunca es neutra: o es práctica de la libertad o es práctica de la dominación”. Hoy, en demasiados contextos, se educa para la adaptación pasiva y no para la transformación crítica.

Esta racionalidad global se impone con particular violencia simbólica en América Latina, región marcada por profundas desigualdades históricas, coloniales y estructurales. Las reformas educativas importadas, los modelos de estandarización internacional y la obsesión por indicadores cuantitativos han vaciado a la pedagogía de su sentido humanista. La escuela, en muchos casos, ha dejado de ser espacio de formación integral para convertirse en dispositivo de contención social. Martha Nussbaum lo expresa con crudeza: “una educación que margina las humanidades produce sociedades técnicamente competentes, pero moralmente frágiles. En nuestros países, esta fragilidad se traduce en exclusión, violencia y despolitización de la ciudadanía.

Desde mi experiencia en desarrollo curricular y evaluación educativa, constato que la pregunta fundamental ha sido desplazada: ya no se discute qué tipo de ser humano queremos formar, sino qué tipo de trabajador requiere el mercado; esta omisión no es inocente. Enrique Dussel ha señalado que “la dominación más eficaz es aquella que logra que los dominados no se piensen como tales”. La ignorancia contemporánea no es ausencia de información, sino incapacidad inducida para pensar críticamente la realidad histórica, para leer las estructuras de poder y para asumirse como sujeto transformador.

En este escenario, la educación se convierte en un campo de disputa ética y política. Edgar Morin lo resume con contundencia: “educar es enseñar a vivir”. Pero ¿Qué significa enseñar a vivir en sociedades atravesadas por la desigualdad, la precariedad y la pérdida de sentido? Significa formar conciencia, no solo transmitir contenidos; significa articular razón, ética y responsabilidad social. Toda educación que renuncia a esta tarea se convierte, aunque no lo declare, en pedagogía de la resignación.

Es precisamente aquí donde la Masonería queda interpelada de manera directa y profunda. Históricamente, la Orden comprendió la educación como proceso iniciático colectivo. En América Latina, los masones no fueron meros observadores del devenir educativo: fueron constructores de sistemas escolares, defensores de la educación pública y laica, promotores de la formación ciudadana y republicana. Para ellos, educar era iluminar la conciencia social. “Sin educación no hay ciudadanía, y sin ciudadanía no hay república”. Esta convicción no era retórica simbólica, sino praxis histórica.

Hoy, sin embargo, emerge una pregunta incómoda que no puede seguir siendo postergada: ¿Dónde está ese impulso masónico? ¿En qué momento la Orden pasó de ser sujeto educativo activo a espectadora prudente -cuando no silenciosa- de la degradación pedagógica? Resulta profundamente contradictorio proclamar la búsqueda de la luz mientras se acepta la mercantilización del conocimiento y la banalización del saber. Iván Illich advertía que “la escuela puede convertirse en un ritual que legitima la desigualdad”. Guardar silencio frente a esta realidad no es neutralidad: es renuncia ética.

Desde una comprensión iniciática profunda, la luz no es un ornamento ritual ni un capital simbólico acumulable, es responsabilidad histórica. “La luz que no se proyecta en la historia se apaga en el ritual”. La Masonería, si desea ser fiel a su vocación humanista, debe asumir nuevamente su dimensión pedagógica. La iniciación no es un fin en sí mismo, sino un proceso formativo que compromete al iniciado con la transformación personal y social. Como masón y educador afirmo: no hay coherencia iniciática sin compromiso educativo.

Recuperar el liderazgo educativo exige pasar del diagnóstico a la acción. En primer lugar, la Masonería debe reconocer la educación como eje estratégico de su acción social en América Latina; las logias pueden y deben convertirse en espacios vivos de formación ciudadana, pensamiento crítico y diálogo interdisciplinar abiertos a la comunidad. Círculos de lectura, escuelas populares de formación ética, espacios de reflexión política y pedagógica son acciones coherentes con la tradición masónica. Freire lo recordaba: “nadie educa a nadie, nadie se educa solo; nos educamos en comunión”. La fraternidad masónica ofrece un terreno fértil para esta praxis.

En segundo lugar, la formación docente debe ser una prioridad, no hay transformación educativa sin educadores críticos, conscientes de su papel histórico. Desde la Masonería -que cuenta con docentes, investigadores y directivos- pueden impulsarse procesos de formación de formadores basados en pedagogías liberadoras, investigación-acción educativa y ética profesional. Philippe Meirieu ha insistido en que “enseñar es siempre un acto ético antes que técnico. Olvidar esta premisa ha conducido a la deshumanización del oficio docente.

En tercer lugar, es imprescindible repensar el currículo como proyecto político-pedagógico. Desde mi experiencia en planeamiento y desarrollo curricular, sostengo que el currículo nunca es neutro: expresa una visión de sociedad y de ser humano. Recuperar la educación como proceso liberador implica diseñar currículos que formen pensamiento crítico, conciencia histórica, sensibilidad ética y compromiso social. Edgar Morin advierte que “la fragmentación del saber impide comprender la complejidad del mundo”. La Masonería, con su tradición simbólica integradora, puede aportar a una pedagogía de la complejidad y del sentido.

En cuarto lugar, la Orden debe recuperar su voz pública en el debate educativo, el silencio institucional frente a políticas educativas deshumanizantes no es prudencia estratégica: es complicidad pasiva. Desde una masonería liberal y progresista, es posible y necesario intervenir críticamente en defensa de la educación pública, inclusiva y emancipadora. Freire fue categórico: “lavarse las manos frente al conflicto entre el poderoso y el oprimido es ponerse del lado del poderoso”. Esta afirmación interpela directamente a nuestras prácticas institucionales.

Finalmente, la educación debe ser asumida como proceso iniciático de la sociedad en su conjunto. Así como el masón recorre un camino progresivo de perfeccionamiento, las sociedades latinoamericanas necesitan procesos educativos que acompañen su desarrollo histórico, fortalezcan su identidad y promuevan justicia social. La iniciación, leída en clave pedagógica, no es privilegio de élites ilustradas, sino derecho de los pueblos a acceder a la luz del conocimiento crítico y de la conciencia ética.

Concluyo reafirmando una convicción que integra de manera inseparable mi perfil académico y mi perfil masónico: la crisis educativa global, vivida con especial crudeza en América Latina, constituye una prueba histórica para la Masonería. O la Orden recupera su vocación pedagógica y su compromiso con la educación como proceso liberador e iniciático, o corre el riesgo de convertirse en una institución simbólicamente respetable pero históricamente irrelevante.La ignorancia no se combate con discursos, sino con educación crítica”, insistía Freire. Educar, hoy, vuelve a ser un acto subversivo, ético e iniciático. Asumirlo es, quizás, una de las formas más auténticas de vivir la Masonería en nuestro tiempo.

 

Referencias bibliográficas

Dussel, E. (1998). Ética de la liberación en la edad de la globalización y la exclusión. Madrid: Trotta.

Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía. México: Siglo XXI.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Buenos Aires: Siglo XXI.

Illich, I. (1971). La sociedad desescolarizada. México: Joaquín Mortiz.

Meirieu, P. (2001). Aprender, sí. Pero ¿cómo? Barcelona: Octaedro.

Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. París: UNESCO.

Nussbaum, M. (2010). Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Buenos Aires: Katz.

Wirth, O. (1995). El simbolismo masónico. Barcelona: Edicomunicación.

Wilmshurst, W. L. (2009). El significado de la masonería. Barcelona: Obelisco.

Villar Peñalver, A. Escritos sobre desarrollo curricular, investigación-acción educativa, formación de formadores, gestión directiva y pedagogía crítica. Publicaciones académicas y digitales.


jueves, 22 de enero de 2026

SAN FRANCISCO DE ASÍS Y EL MASÓN: REGULA FRATERNITATIS

Imagen generada con I. A. 

En la historia espiritual de la humanidad, hay hombres que, sin haber sido iniciados en logias visibles, vivieron la plenitud del espíritu masónico. Entre ellos se alza, con humildad resplandeciente, la figura de San Francisco de Asís, el “hermano universal”; su vida, reflejada en la regla de los hermanos menores, revela un itinerario interior que guarda profundas correspondencias con el sendero del masón que busca elevar su templo interior bajo la guía del Gran Arquitecto del Universo.

Francisco renuncia al oro, a los bienes y a las vanidades del mundo, no por desprecio a la materia, sino para liberarla de la esclavitud del ego; ese gesto inicial, que abre su regla con la invitación a “vivir según la forma del santo evangelio”, es el eco espiritual del despojarse de los metales que realiza el aprendiz masón antes de ingresar al templo. Ambos ritos marcan el comienzo del mismo viaje: abandonar lo profano para penetrar en el misterio del ser, donde el alma desnuda se encuentra consigo misma y con Dios.

La fraternidad que Francisco instituye no se funda en jerarquías ni riquezas, sino en la igualdad esencial de todos los hermanos; en su regla se lee: “Y ninguno se llame prior, sino todos se llamen hermanos menores, y laven los pies unos a otros”. El masón, al dirigirse a su hermano sin distinción de grado o fortuna, revive esa misma verdad: que toda superioridad es ilusoria si no está fundada en la humildad y el servicio. La logia, como la fraternidad franciscana, es una escuela de igualdad, donde los hombres aprenden a ser pequeños para que el espíritu se haga grande.

Francisco llama hermano al lobo, al sol y hermana a la luna; ve en cada elemento de la creación el reflejo del Creador. En esa visión cósmica resplandece el mismo principio que la Masonería enseña al reconocer el Gran Arquitecto del Universo como fuente de orden, armonía y belleza. El masón, al contemplar el simbolismo del templo y sus proporciones sagradas, aprende que toda la naturaleza es una logia abierta, donde cada piedra, cada estrella y cada vida expresan la geometría divina del amor.

La regla franciscana no impone doctrinas, sino caminos; invita a vivir “en obediencia, sin propio y en castidad”, lo que espiritualmente significa vivir en armonía con la voluntad divina, desapegado del yo y fiel al espíritu de pureza interior. Así mismo, el masón que trabaja sobre su piedra bruta busca dominar sus pasiones, purificar su mente y elevar su conciencia, hasta que la luz interior se refleje sin sombras. En ambos casos, la disciplina no es servidumbre, sino libertad.

En su testamento espiritual, Francisco pide a sus hermanos que “amen y observen la santa pobreza”, no como negación de la vida, sino como comunión con la verdad del ser. Ese desprendimiento radical simboliza la piedra cúbica del alma purificada, el equilibrio perfecto entre el cielo y la tierra. En el mismo sentido, la masonería enseña que la verdadera riqueza del hombre está en la virtud, y que todo oro del mundo es polvo frente a la luz del espíritu que habita en el corazón del iniciado.

La vida de Francisco culmina con los estigmas, signo visible de su unión con el Cristo interior. Esa herida sagrada, lejos de ser un dolor físico solamente, representa el sello del amor absoluto que ha trascendido toda dualidad. En el camino masónico, el maestro que alcanza la plenitud del conocimiento experimenta algo similar: una marca invisible en el alma, testimonio de su unión con el Principio Creador. Ambas sendas desembocan en la misma cima del Monte Tabor, donde la materia y el espíritu se reconcilian.

Si la regla franciscana enseña a los hermanos menores a ser “alegres en la tribulación y humildes en la prosperidad”, la masonería exhorta a sus adeptos a mantener el equilibrio, la serenidad y la fe en medio de las tempestades de la existencia. El masón y el hermano menor saben que el verdadero trabajo no es externo, sino interior: construir el Reino de Dios o el templo del Gran Arquitecto en el corazón de los hombres.

San Francisco no conoció los signos, toques ni palabras secretas; pero conoció el lenguaje universal de la fraternidad. No asistió a logias, pero su vida entera fue un rito de iniciación perpetua. Su pobreza fue su mandil; su oración, su compás; su fraternidad, su logia viva. Como el masón verdadero, fue constructor de sí mismo y servidor de todos.

Por eso, cuando el masón entra en silencio al templo y alza su mirada hacia la luz, bien puede escuchar el eco del poverello de Asís que susurra: “Comencemos, hermanos, a servir al Gran Arquitecto, porque hasta ahora hemos hecho poco o nada”. Esa frase resume toda la esencia del trabajo masónico: la humildad de quien, aun sabiendo mucho, reconoce que la obra nunca termina y que el verdadero templo se levanta día a día, piedra sobre piedra, virtud sobre virtud.

Así, San Francisco de Asís y el masón convergen en un mismo ideal: el del hombre nuevo, constructor de armonía y sembrador de paz, capaz de ver en cada ser humano un reflejo del principio creador. La regla de los hermanos menores y la regla del masón operativo del espíritu son, en esencia, una sola: vivir en fraternidad, servir con alegría y construir con amor el reino de la luz.

 

Referencias bibliográficas

Francisco de Asís. Regla de los Hermanos Menores. Edición crítica de José Antonio Merino. Madrid: BAC, 2013.

Wirth, Oswald. El libro del aprendiz. Buenos Aires: Kier, 1992.

Wilmshurst, W. L. El significado de la Masonería. Madrid: Obelisco, 2005.

Boucher, Jules. La simbología masónica. México: Editorial Porrúa, 2002.

Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Buenos Aires: Eudeba, 2006.

Celano, Tomás de. Vida primera de San Francisco de Asís. Madrid: BAC, 2007.


¿NECESITA LA MASONERÍA DEL SIGLO XXI UNA REINGENIERÍA DEL SÍMBOLO MASÓNICO?

  Plantear esta pregunta no es un gesto de inconformidad generacional ni una concesión al lenguaje empresarial de la época; es asumir una te...