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miércoles, 18 de febrero de 2026

EL ESCOCISMO Y LA MISIÓN ONTOLÓGICA DEL GRADO 33° EN LA SOCIEDAD DEL SIGLO XXI

 


¿Qué significa ser Grado 33° hoy? Ser Grado 33° hoy no puede entenderse como la posesión de un título ni como la culminación de una carrera simbólica. En la actualidad, dicha investidura sólo adquiere legitimidad cuando se asume como función ética, conciencia crítica y servicio permanente. El siglo XXI ha modificado radicalmente los escenarios donde la masonería se desenvuelve: globalización cultural, aceleración tecnológica, crisis de confianza institucional, polarización política y fracturas sociales profundas. En este contexto, el Grado 33° deja de ser un signo de jerarquía para convertirse en un indicador de responsabilidad ampliada.

Ser 33° hoy implica comprender que el simbolismo no es un patrimonio privado sino un lenguaje de transformación personal con consecuencias públicas. Significa aceptar que la autoridad iniciática no otorga privilegios, sino que impone deberes de coherencia, lucidez y acompañamiento formativo. No es la cima del reconocimiento, sino el inicio de una vigilancia interior más exigente. La pregunta no es qué poder posee el Grado 33°, sino qué nivel de conciencia exige y qué tipo de impacto social produce. La ontología del 33° contemporáneo se define, por tanto, como una pedagogía vivida: custodiar la tradición sin convertirla en museo, interpretar el símbolo sin vaciarlo de fuerza y actuar en la sociedad sin instrumentalizar la institución.

Hablar del escocismo en el siglo XXI implica superar la tentación de comprenderlo como una simple arquitectura de grados o como un sistema honorífico que culmina en una dignidad simbólica. El Rito Escocés Antiguo y Aceptado no es, en su raíz, una escalera de ascensos ni una estructura de poder ritual; es, ante todo, un itinerario de conciencia. El problema contemporáneo no reside en la existencia de los grados, sino en la posible pérdida de su significado ontológico. Cuando el grado se convierte en fin y no en medio, la masonería corre el riesgo de transformarse en una institución de reconocimientos sin transformación. Por ello, el Grado 33°, lejos de representar la coronación de una carrera simbólica, debe entenderse como la asunción de una responsabilidad moral que desborda el recinto de la logia y se proyecta hacia la vida pública.

La ontología del Ilustre y Poderoso Soberano Gran Inspector General no se define por su investidura, sino por su capacidad de encarnar los principios que custodia. No se trata de poseer un saber oculto, sino de vivir una coherencia visible. La verdadera culminación del proceso iniciático no es la acumulación de grados, sino la integración del símbolo en la conducta. W. L. Wilmshurst lo expresa con una lucidez que permanece vigente cuando afirma: “La masonería posee un lado externo y visible, pero también un lado interno y espiritual que sólo puede comprender aquel que ha aprendido a utilizar su imaginación espiritual.” Esta afirmación no es una invitación al misticismo evasivo, sino un llamado a comprender que la estructura ritual sólo adquiere sentido cuando se traduce en una disciplina interior capaz de orientar la acción. De lo contrario, la masonería se convierte en un teatro de solemnidades sin impacto ético.

El símbolo, núcleo del escocismo, no es un objeto decorativo ni un ejercicio intelectual estéril. Es un dispositivo de transformación. Oswald Wirth lo sintetiza con precisión: “El símbolo no se explica: se vive. Sólo quien lo encarna puede transmitir su verdadera enseñanza.” Allí se revela la esencia del Grado 33° como función y no como título. Su misión ontológica consiste en custodiar el sentido y garantizar la continuidad viva de la tradición, no como repetición de formas antiguas, sino como actualización consciente de principios universales. Esta actualización exige autocrítica permanente, porque la tradición que no se examina degenera en costumbre vacía.

La crítica al escocismo contemporáneo no busca deslegitimarlo, sino purificarlo. Existen desviaciones que amenazan su autenticidad: el ritualismo sin conversión interior, el honorificismo desligado de la praxis social y la desvinculación del contexto histórico en el que opera. Jules Boucher advertía con claridad: “El símbolo no es un adorno intelectual; es un instrumento de transformación interior.” Cuando esta transformación no ocurre, el símbolo se convierte en ornamento y la jerarquía en simple distinción. René Guénon, por su parte, alertaba sobre el peligro de las pseudo-iniciaciones al señalar: “La iniciación verdadera exige una transmisión real y una realización efectiva; todo lo demás es simulacro.” Estas advertencias no son acusaciones externas, sino espejos internos que obligan al escocismo a preguntarse por su fidelidad a sí mismo.

El siglo XXI presenta un escenario particularmente desafiante para América Latina, donde las fracturas sociales, la desigualdad estructural y la crisis de confianza institucional exigen una ética pública renovada. En este contexto, la masonería escocista no puede limitarse a la introspección simbólica; debe asumir una función pedagógica y cultural. La ciudad de Barranquilla -el espacio histórico en el que vivencio mi experiencia masónica- con su dinamismo económico, su diversidad cultural y sus tensiones sociales, constituye un laboratorio concreto donde el escocismo puede demostrar que la tradición iniciática no es un residuo del pasado, sino una herramienta para la construcción del presente. Allí, el Grado 33° puede traducir su autoridad simbólica en acciones formativas, mentorías juveniles, promoción cultural y fortalecimiento de la conciencia cívica, no como intervención partidista, sino como mediación ética.

La misión ontológica del 33° se articula entonces en tres dimensiones inseparables: memoria, conciencia y proyección. Memoria para custodiar la herencia simbólica sin fosilizarla; conciencia para ejercer autocrítica y evitar la degeneración ritual; proyección para convertir el conocimiento interior en servicio social. No es el grado más alto en términos jerárquicos, sino el más exigente en términos morales. Su legitimidad no proviene del reconocimiento institucional, sino de la coherencia entre lo que representa y lo que vive. La autoridad simbólica sólo se justifica cuando se transforma en autoridad ética.

En consecuencia, el escocismo no encuentra su justificación en la antigüedad de sus ritos ni en la solemnidad de sus ceremonias, sino en su capacidad de despertar conciencia, formar carácter y contribuir al bien común. El Grado 33° no marca el final del camino iniciático; señala el inicio de una responsabilidad permanente. Allí donde el símbolo se convierte en acción y la tradición en servicio, la masonería recupera su sentido original: no como refugio de privilegios, sino como escuela de humanidad consciente.

Por todo lo anterior concluyo, de una manera técnico – operativa, que es incuestionable la necesidad de maximización del compromiso del Grado 33°, a través de las siguientes acciones de mejoramiento:

  • Institucionalizar la formación continua: Crear programas periódicos de actualización filosófica, ética y pedagógica para los 33°, evitando la idea de culminación definitiva. El grado debe implicar estudio permanente y no clausura intelectual.
  • Vincular simbolismo con proyectos verificables: Cada cuerpo escocista debería traducir sus reflexiones simbólicas en al menos un proyecto social concreto anual: educación cívica, mentorías juveniles, apoyo cultural o mediación comunitaria. El símbolo debe producir impacto medible.
  • Implementar mecanismos de autoevaluación ética: Establecer instancias internas de revisión moral y coherencia institucional que analicen prácticas, discursos y decisiones. El 33° debe ser ejemplo de transparencia interior y no sólo de solemnidad exterior.
  • Separar autoridad moral de injerencia partidista: La influencia del 33° debe ejercerse como orientación ética y cultural, nunca como militancia política orgánica. La legitimidad se preserva manteniendo independencia ideológica y vocación de bien común.
  • Desarrollar liderazgo pedagógico visible: Fomentar la presencia de los 33° en espacios académicos, culturales y educativos como conferencistas, orientadores y mediadores de diálogo. El liderazgo iniciático debe ser reconocido por su aporte formativo, no por su rango.
  • Articular redes interinstitucionales: Establecer cooperación con universidades, centros culturales y organizaciones civiles para ampliar el alcance de las iniciativas masónicas. La tradición se fortalece cuando dialoga con otras instancias del saber.
  • Promover la cultura de mentoría interna: Todo 33° debería acompañar formativamente a grados inferiores, no como tutor jerárquico sino como referente de coherencia. La transmisión iniciática se sostiene en el ejemplo más que en la instrucción.

Maximizar el compromiso del Grado 33° no significa incrementar su visibilidad simbólica, sino profundizar su eficacia ética. El grado alcanza su plenitud cuando deja de ser signo de distinción y se convierte en fuente de orientación, equilibrio y servicio consciente dentro y fuera de la logia. Allí donde el 33° vive lo que representa, el escocismo deja de ser estructura y se transforma en presencia moral activa en la sociedad contemporánea.

 

Referencias bibliográficas

Wilmshurst, W. L. El significado de la masonería. Editorial Kier, Buenos Aires, 2008.

Wirth, Oswald. El libro del aprendiz. Editorial Humanitas, Barcelona, 1998.

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Editorial Dervy-Libros, Madrid, 2001.

Guénon, René. Perspectivas sobre la iniciación. Editorial Obelisco, Barcelona, 2003.

Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Editorial Paidós, Barcelona, 1997.

Mackey, Albert G. Enciclopedia de la francmasonería. Editorial Edicomunicación, Barcelona, 1991.

Pike, Albert. Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Editorial Masónica Española, Madrid, 2004.

lunes, 16 de febrero de 2026

LA INICIACIÓN COMO HERIDA NECESARIA: PEDAGOGÍA DEL SÍMBOLO Y RESPONSABILIDAD ÉTICA DEL MASÓN


Toda iniciación auténtica comienza con una herida; no se trata de una metáfora retórica ni de una exageración dramática, sino de una realidad estructural del proceso iniciático. Iniciar es desinstalar, es provocar una ruptura interior que quiebra la autosuficiencia del sujeto y lo enfrenta con su propia incompletud. Por ello, la iniciación no añade certezas: las desarma. W. L. Wilmshurst lo expresa con claridad cuando afirma que “la iniciación no confirma al hombre en lo que cree ser, sino que lo confronta con lo que todavía no ha llegado a ser”.

Esta herida no es un daño, sino una apertura; allí donde el sujeto no es herido en sus seguridades, no hay tránsito, solo adhesión formal. La pedagogía iniciática no opera por acumulación de conocimientos, sino por transformación de la conciencia. El símbolo, lejos de explicar, interpela; lejos de tranquilizar, inquieta. Oswald Wirth advierte que “el símbolo no instruye al intelecto: despierta la conciencia”. Cuando el símbolo deja de inquietar, deja también de formar.

Desde esta perspectiva, la iniciación puede comprenderse como una pedagogía del descentramiento. El iniciado es conducido a reconocer el límite de su saber, de su voluntad y de su ego. René Guénon afirmaba que “toda iniciación verdadera comienza por el reconocimiento efectivo de la ignorancia”. No se trata de ignorancia intelectual, sino ontológica: la conciencia de no ser el centro del sentido. La herida iniciática abre precisamente ese espacio de humildad sin el cual no hay aprendizaje profundo ni responsabilidad ética.

¿Cómo actúa esta pedagogía del símbolo? Actúa a través del tiempo, del silencio y del trabajo reiterado. El rito no transforma por sí mismo; transforma en la medida en que es asimilado existencialmente. Jules Boucher lo formula con precisión: “el símbolo no se posee, se vive”. Vivir el símbolo implica dejar que este cuestione las prácticas cotidianas, las relaciones de poder, el uso de la palabra y la coherencia entre discurso y vida. Sin esta asimilación, el rito se reduce a representación y la iniciación a formalidad.

La herida iniciática se manifiesta, existencialmente, como inquietud permanente. El iniciado auténtico no se siente acabado, sino responsable. Jean-Paul Sartre advertía que la mala fe consiste en refugiarse en una identidad para evadir la angustia de la libertad. La iniciación, cuando es auténtica, impide ese refugio: expone al sujeto a la tarea inacabable de construirse. El símbolo de la piedra bruta no promete perfección, sino trabajo constante; su herida permanece abierta para evitar la cristalización del ego.

¿Dónde se verifica esta herida? No en el discurso ritual ni en la proclamación de valores, sino en la vida concreta. Manuel A. Calvo afirma que “una iniciación que no se traduce en conducta es solo una ficción ceremonial”. La responsabilidad ética del masón no consiste en repetir principios, sino en encarnarlos en decisiones, relaciones y compromisos sociales. Allí donde la iniciación no modifica la forma de habitar el mundo, se ha reducido a identidad simbólica sin correlato ético.

Desde una dimensión espiritual, la herida iniciática abre al sujeto a una trascendencia que no se apropia ni se instrumentaliza. El símbolo del Gran Arquitecto del Universo no legitima al iniciado; lo relativiza. Leonardo Boff advierte que “toda espiritualidad auténtica descentra al sujeto y lo orienta hacia el cuidado del otro”. Cuando la iniciación produce soberbia espiritual o autoexaltación identitaria, ha sido invertido su sentido más profundo.

Históricamente, las tradiciones iniciáticas han entendido siempre la crisis como condición de formación. No hay paso sin ruptura, no hay aprendizaje sin pérdida. Eugenio María de Hostos concebía la formación moral como un proceso de autoconstrucción exigente, incompatible con la complacencia. Trasladado al campo masónico, esto implica que la iniciación no puede reducirse a pertenencia ni a reconocimiento simbólico; es, ante todo, una tarea de transformación personal sostenida en el tiempo.

¿Para qué insistir, entonces, en la iniciación como herida necesaria? Para restituir el sentido profundo de la pedagogía simbólica frente a la tentación de la comodidad y la superficialidad. La herida iniciática protege a la Masonería de convertirse en un espacio de confirmación narcisista. Mantiene abierta la pregunta por la coherencia, por el sentido y por la responsabilidad. Paulo Freire afirmaba que “no hay educación verdadera sin riesgo”; del mismo modo, no hay iniciación sin la pérdida de la ilusión de estar ya completo.

La responsabilidad ética del masón nace precisamente de esta herida. No es una ética impuesta desde fuera, sino asumida desde dentro. El iniciado herido simbólicamente no busca privilegios ni validaciones; busca coherencia. Comprende que el trabajo iniciático no culmina en el templo, sino que se prolonga en la vida social, cultural y política. La iniciación no lo separa del mundo: lo compromete con él de manera más lúcida y crítica.

En conclusión, la iniciación como herida necesaria no es una imagen poética, sino una clave hermenéutica fundamental. Allí donde la iniciación no hiere, no forma; allí donde no forma, no transforma. La pedagogía del símbolo exige coraje para dejarse interpelar y honestidad para asumir las consecuencias éticas de esa interpelación. La Masonería solo conserva su sentido cuando acepta que su tarea no es consolar conciencias, sino despertarlas. La herida, lejos de ser una falla del proceso, es su mayor garantía de autenticidad.

Referencias bibliográficas

Boff, Leonardo. (2002). Espiritualidad: un camino de transformación. Santander: Sal Terrae.

Boucher, Jules. (1998). La simbólica masónica. Barcelona: Obelisco.

Calvo, Manuel A. (2009). Masonería y conciencia crítica. Buenos Aires: Editorial Masónica Argentina.

Freire, Paulo. (1970). Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva.

Guénon, René. (2001). Apercepciones sobre la iniciación. Palma de Mallorca: José J. de Olañeta.

Hostos, Eugenio María de. (2003). Obras completas. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Sartre, Jean-Paul. (2005). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.

Wilmshurst, W. L. (2004). El significado de la Masonería. Barcelona: Obelisco.

Wirth, Oswald. (2007). El simbolismo masónico. Barcelona: Ediciones 29.




jueves, 12 de febrero de 2026

¿NECESITA LA MASONERÍA DEL SIGLO XXI UNA REINGENIERÍA DEL SÍMBOLO MASÓNICO?

 

Plantear esta pregunta no es un gesto de inconformidad generacional ni una concesión al lenguaje empresarial de la época; es asumir una tensión real que atraviesa hoy a la masonería en casi todos los contextos culturales: la distancia creciente entre un patrimonio simbólico de enorme profundidad y una práctica masónica que, con frecuencia, lo repite sin dejarse transformar por él. La cuestión no es si el símbolo sigue estando presente -lo está- sino si sigue siendo operante como mediación iniciática, espiritual y ética en la conciencia del masón contemporáneo. Allí donde el símbolo permanece intacto en la forma, pero ha perdido capacidad de interpelación, la pregunta por una reingeniería deja de ser provocación y se convierte en necesidad.

La masonería nació y se desarrolló como una escuela simbólica, no como un sistema doctrinal cerrado ni como una organización filantrópica sin horizonte trascendente, sino como un camino de transformación interior mediado por símbolos. El problema emerge cuando ese lenguaje simbólico, transmitido durante siglos, deja de ser trabajado y comienza a ser administrado. El símbolo, que debía abrir la conciencia, se convierte entonces en objeto de explicación rutinaria o en marcador identitario. Como advertía Oswald Wirth, “el símbolo no vive en los libros ni en los discursos, sino en la conciencia de quien lo medita”; cuando esa meditación se sustituye por repetición, el símbolo sobrevive, pero la iniciación se debilita.

Hablar de reingeniería del símbolo no significa modificar arbitrariamente los símbolos ni adaptarlos superficialmente a las modas culturales. El símbolo masónico no necesita ser reinventado; necesita ser re-habitado. La reingeniería a la que alude esta reflexión no es formal, sino espiritual y hermenéutica. Consiste en devolver al símbolo su función original: ser mediación entre el ser humano y un principio de orden que lo trasciende, confrontándolo consigo mismo y con su responsabilidad en el mundo. En este sentido, la reingeniería no se dirige al símbolo en sí, sino al modo en que la masonería se relaciona con él.

Uno de los signos más claros de la crisis simbólica contemporánea es la tendencia a reducir el símbolo a interpretación correcta o incorrecta. Esta lógica empobrece radicalmente la experiencia iniciática. El símbolo no se agota en una lectura autorizada; se despliega en la medida en que interpela la vida concreta del iniciado. Jules Boucher lo expresó con precisión al afirmar que el símbolo “no enseña lo que debemos pensar, sino lo que debemos trabajar en nosotros mismos”. Cuando esta dimensión se pierde, el símbolo se convierte en instrumento de poder simbólico: quien “sabe” impone, quien “no sabe” obedece. Allí ya no hay iniciación, sino jerarquía vaciada de espíritu.

La masonería del siglo XXI enfrenta además un desafío cultural ineludible: habita sociedades marcadas por la aceleración, la superficialidad informativa y la desconfianza hacia los lenguajes trascendentes. En este contexto, el símbolo corre el riesgo de ser percibido como arcaísmo o como folclor ritual. Sin embargo, la respuesta no puede ser su banalización ni su ocultamiento, sino una profundización consciente de su dimensión espiritual. W. L. Wilmshurst advertía que la masonería fracasa cuando se contenta con producir buenos ciudadanos respetables, olvidando que su vocación es formar seres humanos interiormente transformados. Esta advertencia resulta hoy particularmente actual.

La referencia al Gran Arquitecto del Universo, vivida simbólicamente y no como fórmula automática, constituye un punto neurálgico de esta reingeniería. No se trata de reforzar definiciones ni de imponer creencias, sino de recuperar su función como símbolo de orientación trascendental. Allí donde esta referencia se vacía de contenido espiritual, el símbolo pierde verticalidad y la masonería se repliega en un humanismo horizontal sin profundidad iniciática. René Guénon advirtió que una tradición que conserva sus formas, pero pierde su referencia a los principios termina convirtiéndose en una parodia de sí misma. Esta advertencia interpela directamente a la masonería contemporánea.

Desde América Latina, la pregunta por la reingeniería simbólica adquiere una resonancia ética particular. En sociedades atravesadas por la desigualdad, la violencia y la exclusión, el símbolo masónico no puede permanecer encerrado en el templo sin traicionarse. José Ingenieros recordaba que los ideales solo tienen valor cuando imponen una conducta; trasladado al plano masónico, esto significa que el símbolo que no transforma la praxis social del iniciado se reduce a retórica iniciática. Una reingeniería simbólica auténtica debe, por tanto, re-vincular espiritualidad y responsabilidad histórica.

La necesidad de esta reingeniería se manifiesta también en las patologías internas de la vida de logia: dogmatismos simbólicos, ritualismos estériles, conflictos de poder encubiertos por un lenguaje tradicional y formas de violencia simbólica que contradicen la fraternidad proclamada. Allí donde el símbolo se utiliza para excluir, intimidar o imponer, ha dejado de ser mediación del Misterio para convertirse en ídolo institucional. Reingenierizar el símbolo implica desmontar estos usos perversos y devolverle su función liberadora y crítica.

Responder a la pregunta inicial exige, por tanto, una afirmación clara: sí, la masonería del siglo XXI necesita una reingeniería del símbolo masónico, pero no en el sentido de modificar su herencia, sino de asumirla con mayor radicalidad. Esta reingeniería implica formar masones capaces de silencio interior, de trabajo simbólico honesto, de autocrítica y de coherencia ética. Implica logias que comprendan que custodiar símbolos no es conservar formas, sino sostener procesos de transformación espiritual.

La verdadera pregunta no es si el símbolo debe cambiar, sino si estamos dispuestos a cambiar nuestra relación con él. Si el símbolo vuelve a ser vivido como experiencia espiritual, como mediación con lo trascendente y como criterio de juicio ético, la masonería no solo seguirá siendo pertinente en el siglo XXI, sino necesaria. Si, por el contrario, se limita a administrar un lenguaje simbólico desvinculado de la vida, ninguna modernización externa podrá evitar su vaciamiento interior.

La reingeniería del símbolo masónico es, en última instancia, una reingeniería de la conciencia masónica. Y esa tarea, por su propia naturaleza, no admite atajos ni delegaciones: comienza y termina en la disposición del iniciado a dejarse transformar por aquello que dice venerar.

 Causas de la crisis simbólica contemporánea

Entre las causas principales que justifican la pregunta por una reingeniería del símbolo masónico se encuentra, en primer lugar, la ritualización sin interiorización. El rito se ejecuta correctamente, pero se ha debilitado su capacidad de provocar experiencia espiritual. El símbolo se pronuncia, se muestra y se explica, pero ya no se medita ni se encarna. Este fenómeno no es accidental: responde a una cultura marcada por la prisa, la superficialidad y la dificultad para sostener procesos largos de trabajo interior.

Una segunda causa es el dogmatismo simbólico. Allí donde ciertas interpretaciones se imponen como definitivas, el símbolo pierde su carácter iniciático y se convierte en objeto de poder. Jules Boucher advertía que el símbolo deja de educar cuando se lo clausura en una explicación única. En estos contextos, el símbolo ya no interpela; clasifica, jerarquiza y excluye.

Una tercera causa es la desvinculación entre símbolo y vida. El trabajo simbólico se limita al espacio ritual y no se proyecta en la ética cotidiana. La masonería corre entonces el riesgo de convertirse en un humanismo retórico, incapaz de incidir en la conducta personal, social y política de sus miembros. Desde América Latina, José Ingenieros recordaba que los ideales solo adquieren dignidad cuando se traducen en conducta; esta afirmación resulta especialmente pertinente para una orden que se proclama formativa.

Finalmente, debe señalarse la pérdida de la dimensión trascendental del símbolo. Cuando la referencia al principio superior -nombrado simbólicamente como Gran Arquitecto del Universo- se reduce a una fórmula protocolaria, el símbolo pierde verticalidad. René Guénon advirtió que toda tradición que conserva sus formas, pero olvida sus principios termina vaciándose de sentido. Esta advertencia interpela directamente a la masonería del siglo XXI.

 Consecuencias de no abordar la reingeniería simbólica

Las consecuencias de esta crisis simbólica no son menores. En el plano iniciático, se produce una banalización de la experiencia masónica: se multiplican los grados, pero no la profundidad; se incrementa la actividad, pero no la transformación interior. El masón corre el riesgo de convertirse en gestor de rituales y no en trabajador de sí mismo.

En el plano institucional, surgen conflictos de poder encubiertos, prácticas de exclusión y formas de violencia simbólica que contradicen la fraternidad proclamada. El símbolo, en lugar de liberar la conciencia, se utiliza para legitimarla dominación. En el plano social, la masonería pierde capacidad de incidencia ética: su discurso no logra traducirse en prácticas coherentes frente a la injusticia, la corrupción o la deshumanización.

En términos espirituales, la consecuencia más grave es la desconexión entre símbolo y trascendencia. Cuando el símbolo deja de abrir al Misterio, la masonería se repliega en un inmanentismo cómodo, incapaz de sostener una espiritualidad exigente. W. L. Wilmshurst advertía que una masonería que no transforma interiormente a sus miembros fracasa en su misión esencial, por más respetabilidad externa que conserve.

 Propuestas de desarrollo: hacia una reingeniería integral del símbolo

Responder a esta situación exige una reingeniería simbólica entendida no como modificación de los símbolos, sino como transformación de la relación con ellos. En primer lugar, es necesario recuperar el trabajo espiritual del símbolo, promoviendo el silencio, la meditación y la interiorización como prácticas centrales de la vida de logia. El símbolo debe ser vivido antes de ser explicado.

En segundo lugar, se impone una pedagogía iniciática renovada, que forme masones capaces de sostener la pregunta simbólica sin apresurarse a clausurarla. Esto implica abandonar la obsesión por la interpretación correcta y recuperar el símbolo como tarea existencial.

En tercer lugar, la referencia al Gran Arquitecto del Universo debe ser re-habitada como símbolo de orientación trascendental, no como frontera ideológica. Vivida con sobriedad, esta referencia recuerda al masón que su trabajo se inscribe en un orden que lo trasciende y lo juzga éticamente.

En cuarto lugar, la reingeniería simbólica exige vincular expresamente símbolo y ética. Cada trabajo masónico debería reforzar la pregunta por la coherencia entre el símbolo trabajado y la vida vivida. El símbolo que no se traduce en responsabilidad social se degrada en simulacro.

Finalmente, se requiere una revisión crítica de las prácticas institucionales que utilizan el símbolo como instrumento de poder. Reingenierizar el símbolo implica desmantelar usos dogmáticos, promover la fraternidad crítica y asumir que el símbolo juzga tanto a la institución como al individuo.

 Conclusión: una necesidad espiritual impostergable

La respuesta a la pregunta inicial es afirmativa, pero debe formularse con precisión: la masonería del siglo XXI necesita una reingeniería del símbolo masónico no para hacerlo más moderno, sino para hacerlo nuevamente operante como mediación espiritual, iniciática y ética. Esta reingeniería no se decreta ni se reglamenta; se vive. Comienza en la conciencia del masón que acepta dejarse interpelar por el símbolo y se prolonga en logias que comprenden que custodiar símbolos no es conservar formas, sino sostener procesos de transformación humana.

La verdadera crisis no es del símbolo, sino de la disposición a trabajarlo. Allí donde el símbolo vuelve a ser experiencia espiritual, la masonería recupera su sentido y su necesidad histórica. Allí donde se lo reduce a herencia administrada, ninguna reforma externa podrá evitar su vaciamiento interior.

 

Bibliografía

 

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Editorial Kier, Buenos Aires.

Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Editorial Paidós, Barcelona.

Ingenieros, José. El hombre mediocre. Editorial Losada, Buenos Aires.

Roso de Luna, Mario. El simbolismo de las religiones del mundo. Editorial Eyras, Madrid.

Wilmshurst, W. L. El significado de la masonería. Editorial Kier, Buenos Aires.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Editorial Humanitas, Buenos Aires

viernes, 6 de febrero de 2026

LA MÁSCARA Y EL MANDIL: Masonería y Carnaval como Arquitecturas Simbólicas de la Conciencia Colectiva

 

Hablar simultáneamente de masonería y carnaval implica aceptar, desde el inicio, una tensión fecunda entre el silencio y el estruendo, entre la introspección y la exteriorización, entre el orden ritual y la catarsis festiva. Sin embargo, esa aparente oposición se disuelve cuando se comprende que ambos fenómenos pertenecen a una misma raíz antropológica: la necesidad humana de crear espacios simbólicos donde la realidad pueda ser reinterpretada, depurada y resignificada. No se trata de comparar instituciones con celebraciones, ni de equiparar solemnidades con danzas, sino de reconocer que tanto la logia como la plaza pública funcionan como escenarios de transformación del sujeto y de la colectividad. En ambos casos, el ser humano abandona provisionalmente su identidad cotidiana para ingresar en un territorio de sentido ampliado donde los signos, los gestos y las metáforas adquieren una densidad formativa.

El carnaval, lejos de ser una simple licencia para el exceso, constituye una pedagogía cultural de inversión simbólica. En él, el orden social se flexibiliza sin desaparecer; se subvierte para ser examinado, no para ser aniquilado. La máscara no solo cubre el rostro, lo multiplica. El individuo se permite ser otro para descubrir algo más profundo de sí mismo. Este mecanismo posee una resonancia directa con la experiencia iniciática masónica, donde el aspirante atraviesa velos simbólicos para desprenderse de sus identificaciones superficiales. La desposesión de metales, la venda sobre los ojos y el tránsito por la oscuridad no buscan humillar, sino liberar. Del mismo modo, el carnaval no ridiculiza la identidad, la relativiza para revelar su carácter contingente. Mijaíl Bajtín advirtió que la risa carnavalesca no es frívola, sino profundamente filosófica: es la risa que desestructura la rigidez de los absolutos y recuerda que ninguna jerarquía es eterna. En términos iniciáticos, la risa puede ser tan reveladora como el silencio.

La masonería, por su parte, no se reduce a un sistema de grados ni a una herencia institucional; es, en su núcleo más exigente, una disciplina de autoconstrucción moral. Sus herramientas -la escuadra, el compás, el nivel- no son objetos materiales sino principios de orden interior. La escuadra invita a la rectitud de acción, el compás a la mesura de pensamiento, el nivel a la conciencia de igualdad esencial entre los seres humanos. Cuando estas herramientas se observan en diálogo con los elementos carnavalescos, se advierte una correspondencia simbólica inesperada: la máscara funciona como un compás social que permite trazar nuevas identidades; la danza actúa como nivelador colectivo donde las diferencias se suspenden; el tambor se convierte en escuadra rítmica que organiza la energía dispersa en un pulso común. No se trata de afirmar que el carnaval sea masónico, sino de reconocer que ambos operan en el mismo registro simbólico de la humanidad: la búsqueda de sentido mediante metáforas vivas.

En América Latina, esta convergencia adquiere una profundidad singular debido a la densidad histórica del mestizaje. El Carnaval de Barranquilla se erige como un caso paradigmático donde la memoria africana, indígena y europea no se yuxtaponen, sino que dialogan en una coreografía de símbolos que funcionan como archivo vivo de la identidad caribeña. Allí, cada comparsa es una narración colectiva, cada disfraz un tratado antropológico encarnado, cada tambor una invocación a la continuidad histórica. La Marimonda, con su gesto burlón y su estética deliberadamente irreverente, recuerda que la sátira es una forma de crítica social; el Garabato, con su danza de vida y muerte, revela la conciencia cíclica de la existencia; las danzas del Congo evocan la persistencia de la herencia africana como columna vertebral cultural. Estas expresiones no son meros espectáculos: son dispositivos simbólicos de resistencia y afirmación identitaria.

 

El Carnaval de Barranquilla, al igual que una logia abierta al cielo, convoca a la comunidad a reconocerse en su diversidad. La máscara barranquillera no es un ocultamiento vergonzante; es una afirmación de pluralidad. En ella, el sujeto se despoja de su rol cotidiano para integrarse a una narrativa mayor que lo trasciende. Esta dinámica posee una resonancia iniciática evidente: el iniciado masón también abandona temporalmente sus títulos profanos para ingresar en un espacio donde la igualdad simbólica es condición de aprendizaje. Ambos procesos, aunque distintos en forma, comparten la lógica del tránsito y de la renovación. No es casual que la UNESCO haya reconocido el Carnaval de Barranquilla como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad; su riqueza no radica únicamente en la estética, sino en su capacidad de transmitir valores, memorias y códigos éticos a través del lenguaje festivo.

Cuando se observan los carnavales del mundo -Venecia con su refinamiento estético, Río de Janeiro con su exuberancia corporal, Oruro con su misticismo andino, Cádiz con su sátira musical- se advierte una constante universal: la humanidad necesita momentos rituales donde el orden cotidiano se suspenda para que la conciencia se reconfigure. René Guénon sostenía que el símbolo auténtico es aquel que trasciende culturas sin perder su esencia. El carnaval, en su diversidad geográfica, confirma esta tesis: cambia la música, se transforma el vestuario, pero permanece la función antropológica de renovación colectiva. En paralelo, la masonería, al extenderse por continentes y épocas, demuestra que la aspiración a la autoperfección moral también posee un carácter universal. Ambos fenómenos revelan que la cultura no es ornamento superficial, sino arquitectura profunda del espíritu social.

Las relaciones simbólicas entre carnaval y masonería se intensifican cuando se comprende que ambos operan mediante lenguajes no literales. El símbolo no describe: convoca. No informa: transforma. Oswald Wirth advertía que el símbolo es un instrumento de pensamiento activo, no un adorno pasivo. Bajo esta perspectiva, la máscara carnavalesca y el mandil masónico cumplen funciones análogas: son superficies visibles que remiten a procesos invisibles. La máscara libera al individuo de la tiranía de la apariencia; el mandil recuerda la dignidad del trabajo interior. La danza colectiva y la cadena de unión no son gestos decorativos, sino afirmaciones de pertenencia y de responsabilidad compartida. Ambos espacios enseñan que la identidad no es un objeto fijo, sino una construcción dinámica que exige conciencia y coherencia.

La dimensión social de esta convergencia no puede ignorarse. José Martí afirmó que “ser culto es el único modo de ser libre”, y esa libertad no se limita al conocimiento académico, sino a la capacidad de interpretar los signos de la propia cultura. El carnaval educa emocionalmente al pueblo; la masonería educa éticamente al individuo. Paulo Freire recordaba que la educación verdadera no es transmisión de datos, sino despertar de conciencia. En esa intersección, la fiesta deja de ser evasión y se convierte en reflexión encarnada; la iniciación deja de ser ceremonia y se vuelve compromiso público. Ambos caminos, cuando se viven con profundidad, desembocan en una misma exigencia: la coherencia entre lo que se celebra y lo que se practica.

La risa del carnaval y el silencio del templo no son contrarios irreconciliables; son pulsaciones complementarias de la condición humana. Uno recuerda que la vida necesita alegría para no volverse opresiva; el otro recuerda que la vida necesita disciplina para no disolverse en el caos. En el Carnaval de Barranquilla, esta dialéctica alcanza una expresión particularmente luminosa: la música convoca, la máscara interpela, la danza une, la memoria enseña. Allí, la cultura se revela como un taller colectivo donde cada ciudadano es simultáneamente aprendiz y maestro. Del mismo modo, la masonería propone un taller interior donde cada símbolo es una herramienta para tallar la piedra bruta del carácter. Cuando ambos universos se contemplan sin prejuicios, emerge una verdad esencial: la humanidad necesita tanto el júbilo como la introspección, tanto la máscara que revela como el mandil que compromete. La cultura festiva y la cultura iniciática, lejos de excluirse, pueden nutrirse mutuamente en la construcción de una sociedad más consciente, más crítica y más solidaria.

 

Referencias Bibliográficas

 

Bajtín, Mijaíl. La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento.

Paz, Octavio. El laberinto de la soledad.

Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido.

Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar.

Martí, José. Obras completas.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico.

Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada.

Boucher, Jules. La simbólica masónica.

Eco, Umberto. Tratado de semiótica general.

UNESCO. Declaratoria del Carnaval de Barranquilla como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.


lunes, 2 de febrero de 2026

EL BULLYING MASÓNICO COMO EXPRESIÓN DEL DOGMATISMO AL INTERIOR DE LA ORDEN

 

Imagen generada con IA

“Allí donde se pretende imponer una única visión de la verdad, la masonería deja de ser un espacio de búsqueda para convertirse en una prisión del espíritu.”

W.L. Wilmshurst, El Significado Esotérico de la Masonería

La masonería se define, desde sus orígenes, como una escuela de libertad interior y fraternidad universal; cada uno de sus miembros jura trabajar por el perfeccionamiento del ser humano, edificando en sí mismo el templo del Gran Arquitecto Del Universo, sin embargo, como toda institución humana, la orden no está exenta de contradicciones; en su interior pueden surgir actitudes que, lejos de reflejar la luz iniciática, reproducen las sombras del mundo profano que se pretende trascender.

Entre esas sombras contemporáneas emerge un fenómeno que podríamos denominar “bullying masónico”: una serie de comportamientos de acoso, exclusión o menosprecio entre hermanos, muchas veces disfrazados de corrección ritual, defensa de la tradición o autoridad moral. Este fenómeno, aunque sutil, tiene consecuencias devastadoras para la vida espiritual del taller y la salud del egregor colectivo.

Más que una simple falta de fraternidad, el bullying masónico es síntoma de algo más profundo: el dogmatismo interno, la rigidez mental y espiritual que paraliza la evolución iniciática y convierte los símbolos en dogmas, los grados en jerarquías de poder, y la fraternidad en un mero discurso formal.

Este post propone una lectura crítica y holística del fenómeno, integrando perspectivas filosóficas, psicológicas, éticas, espirituales y sociológicas, para comprender cómo y por qué la masonería, al cerrarse sobre sí misma, puede incubar las mismas formas de opresión que juró erradicar.

El dogmatismo es, en esencia, la negación del principio iniciático; la iniciación masónica implica apertura, búsqueda, autoconocimiento y diálogo interior; el dogmatismo, por el contrario, implica cierre, certeza absoluta, imposición y obediencia ciega.

René Guénon advertía que cuando la tradición pierde su sentido metafísico y se convierte en una doctrina rígida, la iniciación se degrada en “mera ceremonia vacía, privada de su virtud interior” (Apercepciones sobre la Iniciación, 1996). En ese proceso de degradación, algunos masones comienzan a confundir el símbolo con la verdad, la jerarquía con la sabiduría, la experiencia ritual con la autoridad espiritual.

Así, el dogmatismo genera una cultura interna donde el pensamiento crítico es percibido como amenaza, la diferencia como herejía y la humildad como debilidad. En tal contexto, el bullying masónico aparece como un mecanismo de defensa del statu quo, mediante el cual los portadores del poder simbólico neutralizan toda voz que cuestiona, innova o piensa distinto.

El bullying masónico no suele ser explícito. No se manifiesta en golpes o gritos, sino en formas refinadas de violencia simbólica (Bourdieu, 1999). Puede expresarse en la burla velada hacia un Querido Hermano, en el silencio impuesto como castigo, en la manipulación emocional, en la negación del mérito ajeno, o en el uso del ritual para humillar y no para edificar.

Algunas de sus manifestaciones más frecuentes son:

·        El menosprecio intelectual: ridiculizar las interpretaciones o planchas de un hermano por no coincidir con las “lecturas oficiales” del símbolo.

·        El autoritarismo ritual: utilizar el rango o grado para imponer opiniones, acallar el debate o deslegitimar aportes de los menos avanzados.

·        La exclusión silenciosa: marginar al hermano por motivos ideológicos, espirituales, sociales o incluso personales, sin reconocerle el derecho a la diferencia.

·        La manipulación jerárquica: convertir la autoridad en un instrumento de dominio y no de guía, generando climas de miedo o sumisión.

Estas actitudes erosionan el tejido fraternal y corrompen el sentido mismo del trabajo en logia. Un taller donde un hermano teme hablar, proponer o disentir, deja de ser un templo de libertad y se transforma en un espacio profano revestido de liturgia.

El juramento masónico no se reduce a fórmulas rituales: es un compromiso ontológico con la dignidad del otro. Cada vez que un masón humilla, ironiza o excluye a su hermano, profana el mismo altar en el que prometió honrarlo.

Oswald Wirth advertía que “la fraternidad no consiste en la uniformidad de pensamiento, sino en la armonía entre espíritus libres que vibran en una misma aspiración” (El Libro del Aprendiz, 2008). El bullying masónico, en cambio, nace de la incapacidad de tolerar la diferencia, de la falta de madurez espiritual para convivir con la pluralidad de perspectivas.

Desde una ética iniciática, el respeto fraternal es el primer pilar del templo. Sin ese cimiento, ningún rito, palabra sagrada o signo de reconocimiento conserva su poder. Lo que queda es pura forma vacía.

La verdadera iniciación no se mide por el conocimiento de símbolos, sino por la coherencia entre el discurso y la conducta, por la capacidad de vivir la fraternidad en lo cotidiano, especialmente con aquel hermano que piensa distinto.

El bullying masónico tiene una raíz psicológica profunda: el ego no trascendido. Erich Fromm, en El miedo a la libertad (2005), señala que el ser humano, incapaz de soportar la incertidumbre, busca refugio en sistemas autoritarios que le den seguridad. En la masonería, ese impulso puede adoptar la forma de adhesión incondicional a la autoridad ritual, de vanidad por el grado, o de necesidad de dominar al otro para no confrontar la propia inseguridad.

Cuando el ego se adueña del templo, el trabajo iniciático se interrumpe, la búsqueda de la luz se convierte en una competencia por quién brilla más. El dogmatismo, entonces, no es sino una patología del ego, una defensa contra el dolor de reconocer la propia ignorancia.

El bullying masónico es, desde esta perspectiva, un síntoma de inmadurez emocional: una forma de proyectar en el otro lo que no se puede aceptar en uno mismo.

En el plano ritual, cada ofensa a un Querido Hermano es una profanación simbólica. El templo masónico es un espacio consagrado al equilibrio de las fuerzas, y todo acto de desprecio o imposición rompe esa armonía vibratoria.

En el rito escocés antiguo y aceptado, el maestro está llamado a gobernar sus pasiones y dominar su orgullo. No hacerlo equivale a reproducir, en el microcosmos de la logia, las mismas luchas de poder del mundo exterior.

Cada gesto de burla, cada mirada de superioridad, cada palabra mordaz pronunciada bajo el mandil es un golpe al corazón del egregor. Porque el ritual no tiene eficacia mágica si no hay coherencia interior: no basta con trazar signos, hay que vivir su significado.

Una logia que proclama libertad, igualdad y fraternidad, pero tolera el acoso interno o la imposición dogmática, pierde autoridad moral ante la sociedad. Se convierte en una luz encerrada, incapaz de iluminar más allá de sus muros.

Jules Boucher recordaba que “la masonería no se mide por los grados que distribuye, sino por los hombres que transforma” (La simbólica masónica, 1992). Cuando un taller se convierte en un espacio de vanidades o exclusiones, deja de transformar y comienza a deformar. La masonería debe ser ejemplo de diálogo, pluralidad y ética humanista. Su función social se disuelve cuando reproduce las mismas dinámicas de poder, clasismo o discriminación que imperan en el mundo profano.

Superar el bullying masónico no requiere nuevos reglamentos, sino una revolución interior: pasar del poder sobre el otro al poder con el otro; recordemos que el verdadero maestro no humilla, inspira; no impone, acompaña; no se erige en juez, sino en espejo donde cualquier Querido Hermano pueda descubrir su propia luz.

Es preciso recuperar el sentido pedagógico del silencio: no como castigo, sino como pausa sagrada que enseña a escuchar como el recordar que el aprendizaje no es monopolio del grado, sino patrimonio de todo buscador sincero.

Carl Rogers afirmaba que “el verdadero educador es aquel que confía en la tendencia humana hacia la autorrealización” (El camino del ser, 1986). En el contexto masónico, esto implica creer que todo hermano, por imperfecto que sea, porta una chispa del Gran Arquitecto que merece respeto y cultivo.

El bullying masónico es una sombra que sólo puede disiparse con la luz de la autocrítica, reconocer su existencia no implica debilitar a la orden, sino fortalecer su autenticidad.

Cada hermano está llamado a ser guardián del respeto y no del dogma. Cada logia debe preguntarse si sus columnas sostienen la libertad o la opresión. Y cada Maestro debe recordar que el poder sólo es legítimo cuando se ejerce con amor y servicio. “La masonería no necesita guardianes del dogma, sino sembradores de libertad interior.” Frater Anónimo del Oriente Eterno

El templo de la humanidad se reconstruye cada vez que un hermano decide escuchar en lugar de juzgar, dialogar en lugar de imponer, y amar en lugar de temer. Sólo entonces la masonería podrá volver a ser lo que siempre prometió ser: una escuela de luz para el alma humana. Por eso, el respeto al querido hermano que piensa diferente, especialmente cuando su pensamiento se sustenta en una sólida formación filosófica, teológica o simbólica, no es una cortesía: es un deber iniciático. Negar ese respeto equivale a profanar el altar donde juramos.

 AUTOR: Villar Peñalver, Andy.  “EL BULLYING MASÓNICO COMO EXPRESIÓN DEL DOGMATISMO AL INTERIOR DE LA ORDEN" en https://andyvillar.blogspot.com/2026/02/el-bullying-masonico-como-expresion-del.html  Blog: "SER APRENDIZ MASÓN" Año: 2026.

 

Referencias Bibliográficas
Bourdieu, Pierre. La dominación masculina. Madrid: Anagrama, 1999.
Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Humanitas, 1992.
Fromm, Erich. El miedo a la libertad. México: Fondo de Cultura Económica, 2005.
Guénon, René. Apercepciones sobre la Iniciación. Madrid: Paidós, 1996.
Rogers, Carl. El camino del ser. Buenos Aires: Paidós, 1986.
Wilmshurst, W.L. El Significado Esotérico de la Masonería. Buenos Aires: Kier, 2004. 
Wirth, Oswald. El Libro del Aprendiz. Barcelona: Ediciones Obelisco, 2008.

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