¿Qué significa ser Grado 33° hoy? Ser Grado 33°
hoy no puede entenderse como la posesión de un título ni como la culminación de
una carrera simbólica. En la actualidad, dicha investidura sólo adquiere
legitimidad cuando se asume como función ética, conciencia crítica y servicio
permanente. El siglo XXI ha modificado radicalmente los escenarios donde la
masonería se desenvuelve: globalización cultural, aceleración tecnológica,
crisis de confianza institucional, polarización política y fracturas sociales
profundas. En este contexto, el Grado 33° deja de ser un signo de jerarquía
para convertirse en un indicador de responsabilidad ampliada.
Ser 33° hoy implica comprender que el simbolismo
no es un patrimonio privado sino un lenguaje de transformación personal con
consecuencias públicas. Significa aceptar que la autoridad iniciática no otorga
privilegios, sino que impone deberes de coherencia, lucidez y acompañamiento
formativo. No es la cima del reconocimiento, sino el inicio de una vigilancia
interior más exigente. La pregunta no es qué poder posee el Grado 33°, sino qué
nivel de conciencia exige y qué tipo de impacto social produce. La ontología
del 33° contemporáneo se define, por tanto, como una pedagogía vivida:
custodiar la tradición sin convertirla en museo, interpretar el símbolo sin vaciarlo
de fuerza y actuar en la sociedad sin instrumentalizar la institución.
Hablar del escocismo en el siglo XXI implica
superar la tentación de comprenderlo como una simple arquitectura de grados o
como un sistema honorífico que culmina en una dignidad simbólica. El Rito
Escocés Antiguo y Aceptado no es, en su raíz, una escalera de ascensos ni una
estructura de poder ritual; es, ante todo, un itinerario de conciencia. El
problema contemporáneo no reside en la existencia de los grados, sino en la
posible pérdida de su significado ontológico. Cuando el grado se convierte en
fin y no en medio, la masonería corre el riesgo de transformarse en una
institución de reconocimientos sin transformación. Por ello, el Grado 33°,
lejos de representar la coronación de una carrera simbólica, debe entenderse
como la asunción de una responsabilidad moral que desborda el recinto de la
logia y se proyecta hacia la vida pública.
La ontología del Ilustre y Poderoso Soberano Gran
Inspector General no se define por su investidura, sino por su capacidad de
encarnar los principios que custodia. No se trata de poseer un saber oculto,
sino de vivir una coherencia visible. La verdadera culminación del proceso
iniciático no es la acumulación de grados, sino la integración del símbolo en
la conducta. W. L. Wilmshurst lo expresa con una lucidez que permanece vigente
cuando afirma: “La masonería posee un lado externo y visible, pero también
un lado interno y espiritual que sólo puede comprender aquel que ha aprendido a
utilizar su imaginación espiritual.” Esta afirmación no es una invitación
al misticismo evasivo, sino un llamado a comprender que la estructura ritual
sólo adquiere sentido cuando se traduce en una disciplina interior capaz de
orientar la acción. De lo contrario, la masonería se convierte en un teatro de
solemnidades sin impacto ético.
El símbolo, núcleo del escocismo, no es un objeto
decorativo ni un ejercicio intelectual estéril. Es un dispositivo de
transformación. Oswald Wirth lo sintetiza con precisión: “El símbolo no se
explica: se vive. Sólo quien lo encarna puede transmitir su verdadera
enseñanza.” Allí se revela la esencia del Grado 33° como función y no como
título. Su misión ontológica consiste en custodiar el sentido y garantizar la
continuidad viva de la tradición, no como repetición de formas antiguas, sino
como actualización consciente de principios universales. Esta actualización
exige autocrítica permanente, porque la tradición que no se examina degenera en
costumbre vacía.
La crítica al escocismo contemporáneo no busca
deslegitimarlo, sino purificarlo. Existen desviaciones que amenazan su
autenticidad: el ritualismo sin conversión interior, el honorificismo desligado
de la praxis social y la desvinculación del contexto histórico en el que opera.
Jules Boucher advertía con claridad: “El símbolo no es un adorno
intelectual; es un instrumento de transformación interior.” Cuando esta
transformación no ocurre, el símbolo se convierte en ornamento y la jerarquía
en simple distinción. René Guénon, por su parte, alertaba sobre el peligro de
las pseudo-iniciaciones al señalar: “La iniciación verdadera exige una
transmisión real y una realización efectiva; todo lo demás es simulacro.”
Estas advertencias no son acusaciones externas, sino espejos internos que
obligan al escocismo a preguntarse por su fidelidad a sí mismo.
El siglo XXI presenta un escenario particularmente
desafiante para América Latina, donde las fracturas sociales, la desigualdad
estructural y la crisis de confianza institucional exigen una ética pública renovada.
En este contexto, la masonería escocista no puede limitarse a la introspección
simbólica; debe asumir una función pedagógica y cultural. La ciudad de
Barranquilla -el espacio histórico en el que vivencio mi experiencia masónica- con
su dinamismo económico, su diversidad cultural y sus tensiones sociales, constituye
un laboratorio concreto donde el escocismo puede demostrar que la tradición
iniciática no es un residuo del pasado, sino una herramienta para la
construcción del presente. Allí, el Grado 33° puede traducir su autoridad
simbólica en acciones formativas, mentorías juveniles, promoción cultural y
fortalecimiento de la conciencia cívica, no como intervención partidista, sino
como mediación ética.
La misión ontológica del 33° se articula entonces
en tres dimensiones inseparables: memoria, conciencia y proyección. Memoria para
custodiar la herencia simbólica sin fosilizarla; conciencia para ejercer
autocrítica y evitar la degeneración ritual; proyección para convertir el
conocimiento interior en servicio social. No es el grado más alto en términos
jerárquicos, sino el más exigente en términos morales. Su legitimidad no
proviene del reconocimiento institucional, sino de la coherencia entre lo que
representa y lo que vive. La autoridad simbólica sólo se justifica cuando se
transforma en autoridad ética.
En consecuencia, el escocismo no encuentra
su justificación en la antigüedad de sus ritos ni en la solemnidad de sus
ceremonias, sino en su capacidad de despertar conciencia, formar carácter y
contribuir al bien común. El Grado 33° no marca el final del camino iniciático;
señala el inicio de una responsabilidad permanente. Allí donde el símbolo se
convierte en acción y la tradición en servicio, la masonería recupera su
sentido original: no como refugio de privilegios, sino como escuela de
humanidad consciente.
Por todo lo anterior concluyo, de una manera técnico – operativa, que es incuestionable la necesidad de maximización del compromiso del Grado 33°, a través de las siguientes acciones de mejoramiento:
- Institucionalizar la formación continua: Crear programas periódicos de actualización filosófica, ética y pedagógica para los 33°, evitando la idea de culminación definitiva. El grado debe implicar estudio permanente y no clausura intelectual.
- Vincular simbolismo con proyectos verificables: Cada cuerpo escocista debería traducir sus reflexiones simbólicas en al menos un proyecto social concreto anual: educación cívica, mentorías juveniles, apoyo cultural o mediación comunitaria. El símbolo debe producir impacto medible.
- Implementar mecanismos de autoevaluación ética: Establecer instancias internas de revisión moral y coherencia institucional que analicen prácticas, discursos y decisiones. El 33° debe ser ejemplo de transparencia interior y no sólo de solemnidad exterior.
- Separar autoridad moral de injerencia partidista: La influencia del 33° debe ejercerse como orientación ética y cultural, nunca como militancia política orgánica. La legitimidad se preserva manteniendo independencia ideológica y vocación de bien común.
- Desarrollar liderazgo pedagógico visible: Fomentar la presencia de los 33° en espacios académicos, culturales y educativos como conferencistas, orientadores y mediadores de diálogo. El liderazgo iniciático debe ser reconocido por su aporte formativo, no por su rango.
- Articular redes interinstitucionales: Establecer cooperación con universidades, centros culturales y organizaciones civiles para ampliar el alcance de las iniciativas masónicas. La tradición se fortalece cuando dialoga con otras instancias del saber.
- Promover la cultura de mentoría interna: Todo 33° debería acompañar formativamente a grados inferiores, no como tutor jerárquico sino como referente de coherencia. La transmisión iniciática se sostiene en el ejemplo más que en la instrucción.
Maximizar el compromiso del Grado 33° no significa incrementar su visibilidad simbólica, sino profundizar su eficacia ética. El grado alcanza su plenitud cuando deja de ser signo de distinción y se convierte en fuente de orientación, equilibrio y servicio consciente dentro y fuera de la logia. Allí donde el 33° vive lo que representa, el escocismo deja de ser estructura y se transforma en presencia moral activa en la sociedad contemporánea.
Referencias
bibliográficas
Wilmshurst,
W. L. El significado de la masonería. Editorial Kier, Buenos Aires, 2008.
Wirth,
Oswald. El libro del aprendiz. Editorial Humanitas, Barcelona, 1998.
Boucher,
Jules. La simbólica masónica. Editorial Dervy-Libros, Madrid, 2001.
Guénon,
René. Perspectivas sobre la iniciación. Editorial Obelisco, Barcelona, 2003.
Guénon,
René. La crisis del mundo moderno. Editorial Paidós, Barcelona, 1997.
Mackey,
Albert G. Enciclopedia de la francmasonería. Editorial Edicomunicación,
Barcelona, 1991.
Pike,
Albert. Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Editorial Masónica
Española, Madrid, 2004.



