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viernes, 22 de mayo de 2026

ERES UN BUEN HERMANO

Características axiológicas de un masón


 Decirle a un iniciado “eres un buen Hermano” no es una fórmula de cortesía ni un gesto de diplomacia ritual; es, o debería ser, un juicio axiológico que compromete la totalidad del ser. Sin embargo, la repetición acrítica de esta expresión ha vaciado su contenido hasta convertirla en un significante complaciente, incapaz de interpelar la conciencia. La pregunta que emerge no es quién recibe tal reconocimiento, sino desde qué horizonte de valores se emite y bajo qué coherencia vital se sostiene. En este sentido, la bondad fraterna no puede reducirse a la cordialidad externa ni a la asistencia regular a los trabajos de logia; se trata, más bien, de una categoría ética que exige la integración de la verdad interior con la acción exterior. Como advierte William L. Wilmshurst, “la masonería no trata de hacer hombres respetables, sino hombres reales” (El significado de la Masonería, 1922), lo que implica una transformación ontológica que desborda toda apariencia de virtud. Decirle a otro que es un buen Hermano, sin haber atravesado uno mismo el desierto de la incoherencia, es un acto de ligereza moral que hiere silenciosamente el sentido de la Orden.

El buen hermano no es aquel que se ajusta dócilmente a las formas institucionales, sino quien encarna una tensión permanente entre lo que es y lo que está llamado a ser. Esta tensión no es cómoda: es una herida abierta que no cicatriza porque recuerda constantemente la distancia entre la palabra y la vida. Desde esta perspectiva, la axiología masónica no se limita a un catálogo de virtudes abstractas -prudencia, justicia, fortaleza, templanza- sino que se configura como una arquitectura viva del carácter, donde cada valor se verifica en la praxis concreta. La fraternidad, por ejemplo, no puede ser entendida como mera solidaridad afectiva; es una exigencia radical de reconocimiento del otro como espejo y límite de la propia conciencia. En palabras de Oswald Wirth, “el verdadero iniciado no busca dominar, sino comprender; no imponer, sino servir” (El simbolismo masónico, 1927). Pero comprender implica también sufrir con el otro, dejarse afectar por su proceso, no instrumentalizar su presencia para afirmar la propia identidad masónica. El buen hermano no se limita a tolerar: se expone, se deja interpelar, se arriesga a amar en un contexto donde muchas veces se prefiere la neutralidad cómoda.

En este punto se hace necesario desarticular una de las idolatrías más sutiles que atraviesan la vida masónica contemporánea: la idolatría del reconocimiento. Ser considerado “buen hermano” se convierte, en muchos casos, en un capital simbólico que se acumula mediante gestos visibles, discursos elocuentes o lealtades estratégicas. Esta lógica pervierte el sentido iniciático, pues desplaza el centro de gravedad desde la conciencia hacia la aprobación externa. René Guénon advertía que “cuando el símbolo se separa de su principio, se convierte en un simulacro” (La crisis del mundo moderno, 1927). En la experiencia concreta, esto se traduce en logias donde se elogia al que no incomoda, se premia al que no cuestiona y se invisibiliza al que, desde su honestidad, introduce tensión. El buen hermano, en este contexto, se convierte en una figura incómoda: no porque busque conflicto, sino porque su sola coherencia revela la inconsistencia de los demás. Y esa revelación, profundamente afectiva, genera resistencias, silencios, incluso exclusiones.

Esta fidelidad a los principios no es fría ni abstracta; está cargada de afectividad, de una emocionalidad profunda que no se reduce al sentimentalismo. El buen hermano siente, pero no se deja gobernar por sus emociones; ama, pero no negocia la verdad; acompaña, pero no encubre. Su palabra no es suave por debilidad, sino firme por convicción. Y cuando calla, su silencio no es evasión, sino respeto por el proceso del otro. En este sentido, la referencia al Gran Arquitecto del Universo deja de ser una invocación ritual para convertirse en una presencia exigente que ordena la vida desde dentro. Como señala Jules Boucher, “el símbolo no enseña nada a quien no está dispuesto a transformarse” (La simbólica masónica, 1948). El buen hermano se deja herir por el símbolo, permite que lo desestabilice, que lo confronte, que lo obligue a renunciar a sus máscaras. No hay verdadera fraternidad sin esta desnudez interior.

Pero esta desnudez no ocurre en el vacío. Se da en medio de relaciones concretas, de historias compartidas, de afectos que se entrelazan y, a veces, se fracturan. El buen hermano no es inmune al conflicto; lo atraviesa con dolor, con dudas, con miedo incluso. Y, sin embargo, decide no traicionar su conciencia. Esta decisión tiene un costo emocional alto: implica renunciar a la aceptación fácil, soportar la incomprensión, sostener la soledad que muchas veces acompaña la coherencia. Pero es precisamente en ese lugar donde se verifica la autenticidad iniciática. El templo interior se edifica con estas renuncias silenciosas, con estas fidelidades que nadie aplaude, con estas decisiones que no se ven pero que sostienen la dignidad del ser.

Ahora bien, esta interioridad no puede ser concebida como un refugio intimista. Toda formación iniciática tiene consecuencias públicas. El buen hermano no se limita a ser coherente en el espacio protegido de la logia; su vida profana es el verdadero campo de verificación de su axiología. La justicia, la equidad, la dignidad humana no son conceptos que se declaman en los trabajos, sino principios que deben encarnarse en la acción social y política. En contextos marcados por la desigualdad, la corrupción o la violencia estructural, la fraternidad masónica no puede permanecer neutral sin traicionarse a sí misma. El buen hermano se siente afectado por el sufrimiento del mundo; no lo observa desde la distancia, sino que lo asume como parte de su responsabilidad ética. Su compromiso no es ideológico, sino profundamente humano.

Sin embargo, esta proyección corre el riesgo de vaciarse si no está sostenida por una vida interior auténtica. La acción sin contemplación se convierte en activismo, y la contemplación sin acción en evasión. El buen hermano habita esa tensión sin resolverla definitivamente, porque entiende que la iniciación es proceso, no estado. Cada día vuelve a empezar, cada día se confronta, cada día se reconstruye. No hay un punto de llegada donde pueda decir con certeza: “soy un buen hermano”. Esa afirmación, si es honesta, siempre será provisional.

Desde esta comprensión, las conclusiones no pueden ser meramente declarativas; deben asumir un carácter técnico-operativo que permita traducir la exigencia axiológica en prácticas verificables. En primer lugar, se impone la necesidad de instaurar dispositivos de autoevaluación iniciática al interior de la logia, no como mecanismos de control, sino como espacios de verdad. Esto implica generar momentos ritualizados donde cada hermano confronte su coherencia entre discurso y vida, incorporando indicadores cualitativos como la capacidad de escucha, la gestión del conflicto, la fidelidad a la palabra dada y la responsabilidad en la vida profana. En segundo lugar, es imprescindible redefinir los criterios de reconocimiento fraternal, desplazando el énfasis de la visibilidad a la consistencia ética. El elogio “buen hermano” debería ser excepcional, argumentado y situado, evitando su uso indiscriminado como recurso de integración simbólica.

En tercer lugar, se hace necesario fortalecer una pedagogía del conflicto al interior de la logia. La fraternidad no puede sostenerse sobre la negación de las tensiones, sino sobre su tramitación consciente. Esto implica formar a los hermanos en habilidades de diálogo crítico, discernimiento ético y gestión emocional, de modo que el conflicto no derive en ruptura, sino en profundización del vínculo. En cuarto lugar, la logia debe articular de manera explícita su trabajo simbólico con proyectos de incidencia social concretos, donde los valores trabajados en el templo se traduzcan en acciones verificables en la comunidad. Esta articulación no debe ser asistencialista, sino transformadora, orientada a la justicia y la dignidad humana.

Finalmente, se impone una ética de la vigilancia interior permanente. El buen hermano no es una categoría alcanzada, sino una exigencia que se renueva en cada acto. Por ello, toda estructura masónica que pretenda ser fiel a su sentido iniciático debe evitar la cristalización de identidades y promover, en cambio, procesos continuos de desidentificación y reconstrucción. Decir “eres un buen hermano” solo tendrá sentido en la medida en que quien lo pronuncia esté dispuesto a someterse al mismo juicio, con la misma radicalidad. De lo contrario, la palabra se vacía, y con ella, la posibilidad misma de una fraternidad verdadera.

 

Referencias bibliográficas

 

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier, 1948.

Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Madrid: Alianza, 2001 (ed. original 1927).

Wilmshurst, William L. El significado de la Masonería. Londres: Rider & Co., 1922.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Barcelona: Luis Cárcamo, 1991 (ed. original 1927).


lunes, 18 de mayo de 2026

¿USTED NO SABE QUIÉN SOY YO?: La Altivez en un Masón

 

 

Hay expresiones que, pronunciadas en segundos, revelan años de trabajo interior frustrado. Una de ellas es la conocida frase de la soberbia social: “Usted no sabe quién soy yo”. En el mundo profano suele utilizarse para intimidar, exigir privilegios o escapar a los límites comunes. Sin embargo, cuando esa lógica penetra el templo masónico, el problema deja de ser una simple descortesía y se convierte en una grave contradicción iniciática. Porque si algún espacio debería estar protegido contra el culto al ego, es precisamente aquel donde hombres y mujeres ingresan para aprender a dominarse a sí mismos, rectificar su conducta y pulir la piedra bruta de su carácter. Esta plancha no se dirige contra personas concretas, sino contra una deformación del espíritu fraternal que a veces se encarna en queridos hermanos y queridas hermanas que, sintiéndose “hermanos perfectos”, se colocan por encima de la norma, del método y hasta de la autoridad legítima del Venerable Maestro. Allí donde el yo hipertrofiado exige reconocimiento, la masonería está siendo reemplazada por una parodia de sí misma.

La idea central que debe afirmarse con claridad es esta: la altivez en un masón no es un defecto accesorio, sino una negación del sentido mismo de la iniciación. La masonería no fue concebida para fabricar personajes importantes, sino seres humanos conscientes. El iniciado entra al templo no para inflar su nombre, sino para disminuir sus cadenas interiores. Cada ceremonia auténtica recuerda que el hombre ordinario debe morir simbólicamente para que nazca una conciencia más justa, más libre y más fraterna. Cuando alguien recurre a su antigüedad, a sus cargos, a sus relaciones o a su supuesto prestigio para imponerse sobre los demás, está regresando al punto de partida. El ego, que debía ser trabajado, vuelve a sentarse en el trono. Como señaló Oswald Wirth, el verdadero progreso iniciático no se mide por honores externos, sino por la transformación íntima del carácter (Wirth, 2008).

La frase “usted no sabe quién soy yo” posee, además, una estructura psicológica reveladora. Quien realmente sabe quién es, no necesita anunciarlo. Solo exige reconocimiento quien depende de él para sostener una identidad frágil. Erich Fromm explicó que muchas conductas autoritarias no nacen de la fortaleza, sino del miedo interior, de la inseguridad compensada mediante dominio externo (Fromm, 2012). Tras algunos gestos altivos suele esconderse una persona incapaz de ser valorada por su serenidad, su conocimiento o su ejemplo, y que por ello necesita imponer presencia a través del temor, la presión o la teatralidad. En el contexto masónico esto es particularmente grave, porque el taller debería ser un espacio de maduración espiritual, no de compensación narcisista.

Cuando esa actitud se presenta en logia, adopta formas diversas. A veces se manifiesta en interrupciones permanentes, en descalificaciones veladas, en la tendencia a monopolizar la palabra o en el desprecio por las intervenciones de Aprendices y Compañeros. Otras veces aparece en la irritación cuando el Venerable Maestro toma decisiones dentro del ritual que no comparte. Entonces emerge el personaje ofendido que cree que toda decisión debe acomodarse a su voluntad. No soporta ser uno entre iguales, necesita ser excepción. Allí se evidencia una confusión fundamental: la masonería reconoce dignidades funcionales, pero no castas espirituales. Nadie es más hermano que otro; nadie está por encima del método común. La autoridad ritual existe para preservar armonía, no para halagar susceptibilidades individuales.

Desde el punto de vista simbólico, la altivez contradice el lenguaje entero del taller. La escuadra enseña rectitud, no arrogancia. El compás enseña límite, no expansión del ego. La plomada exige verticalidad moral, no altivez social. La regla recuerda medida y proporción, no exceso temperamental. El mallete invita al trabajo paciente sobre la piedra interior, no al golpe verbal sobre los demás. Cuando un masón usa su membresía para humillar, para exigir trato preferente o para desconocer la conducción legítima del Venerable Maestro, transforma herramientas vivas en adornos vacíos. René Guénon advertía que toda tradición puede degenerar cuando conserva formas externas mientras pierde contenido interior (Guénon, 2003). Una logia con abundante ritual y escasa humildad corre precisamente ese riesgo.

No es menor la dimensión institucional del problema. El hermano o hermana prepotente altera el clima del taller. Los más jóvenes callan por temor, los oficiales ceden para evitar conflicto, el debate se empobrece y la fraternidad se vuelve diplomacia fingida. La logia deja de ser escuela de libertad responsable para convertirse en escenario dominado por egos sensibles. El daño no siempre se percibe de inmediato, pero es profundo: se normaliza la idea de que el más fuerte emocionalmente impone condiciones, de que el reglamento es flexible para algunos y rígido para otros, de que la autoridad depende del carácter de quien presiona y no del mandato que representa. Ninguna institución educativa, ética o iniciática puede crecer bajo ese patrón.

También conviene revisar la noción distorsionada de “hermano perfecto”. En sentido iniciático, perfección no significa impecabilidad ni superioridad; significa orientación permanente hacia el perfeccionamiento. El perfecto no es quien ya terminó su obra, sino quien sigue trabajándola con conciencia. Cuando alguien se siente concluido, deja de aprender. Cuando cree que su experiencia pasada lo exonera de escuchar, se estanca. Jules Boucher recordaba que toda vía simbólica es dinámica y progresiva: detenerse equivale a retroceder (Boucher, 1998). El hermano que presume perfección suele exhibir, en realidad, inmovilidad interior.

La altivez tampoco distingue género, edad o trayectoria. Puede manifestarse en queridos hermanos y queridas hermanas por igual. No pertenece a una obediencia específica ni a un rito determinado. Es una posibilidad humana permanente. Por eso la masonería no debe presumirse inmune a los vicios que critica en la sociedad profana. Llevar mandil no elimina el orgullo; portar joya no extingue la vanidad; ocupar Oriente no garantiza sabiduría. La iniciación ofrece herramientas, pero cada quien decide si las utiliza para construir o para decorar su personaje.

Desde una perspectiva espiritual, quien invoca al Gran Arquitecto del Universo debería comprender mejor la pequeñez de toda autoidolatría. Ante el orden inmenso de la creación, ninguna biografía personal justifica soberbia desmedida. La auténtica conciencia religiosa o metafísica no aplasta la dignidad humana, pero sí relativiza sus delirios. El iniciado maduro no pregunta “¿saben quién soy yo?”, sino “¿estoy siendo digno de aquello que profeso?”. Esa es la verdadera inversión de la mirada: pasar del prestigio al propósito, del nombre a la obra, del rango a la responsabilidad.

Pedagógicamente, el masón altivo enseña, aunque no lo advierta. Enseña que ascender significa dominar, que antigüedad equivale a privilegio, que disentir con agresividad es legítimo, que la autoridad se desafía no con razones sino con presión emocional. En cambio, el masón humilde enseña otra cosa: escucha sin debilidad, corrige sin humillar, discrepa sin destruir, ejerce firmeza sin teatralidad. Carl Rogers mostró que los ambientes de crecimiento humano requieren respeto, autenticidad y aceptación responsable (Rogers, 2011). Una logia intimidada no forma conciencia libre; produce simulación y silencio.

¿Qué hacer frente a esta desviación? Primero, no romantizarla llamándola “temperamento fuerte” o “carácter antiguo”. Segundo, fortalecer la formación de Maestros en liderazgo ético, manejo de conflictos y simbolismo aplicado. Tercero, respaldar al Venerable Maestro en el ejercicio sereno de sus atribuciones reglamentarias, incluida la administración del uso de la palabra. Cuarto, establecer culturas de retroalimentación fraterna donde la corrección sea normal y no agravio personal. Quinto, promover rotación de responsabilidades para evitar feudos emocionales. Sexto, recordar en cada tenida que el silencio oportuno también es virtud masónica. Séptimo, distinguir claramente entre respeto a la trayectoria y tolerancia al abuso conductual.

El verdadero masón no necesita anunciarse. Se reconoce por la paz que deja tras intervenir, por la justicia con que trata a los menores en grado, por la dignidad con que acepta límites y por la humildad con que corrige sus excesos. El que grita “usted no sabe quién soy yo” quizá ignora todavía la pregunta esencial: “¿quién estoy llamado a ser?”. La logia no necesita personajes inflados; necesita conciencias trabajadas. No necesita intocables; necesita servidores. No necesita hermanos perfectos; necesita hermanos perfectibles.

 

Referencias bibliográficas

Boucher, J. (1998). La simbólica masónica. Barcelona: Obelisco.

Fromm, E. (2012). El miedo a la libertad. Barcelona: Paidós.

Guénon, R. (2003). Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Barcelona: Paidós.

Rogers, C. (2011). El proceso de convertirse en persona. Barcelona: Paidós.

Wirth, O. (2008). La masonería explicada a sus iniciados. Madrid: Kier.




lunes, 11 de mayo de 2026

SER MASÓN NO ES UNA MODA

 


La vigencia de una vocación iniciática en tiempos de apariencia

 

Hay épocas en las que las instituciones deben preguntarse no sólo qué enseñan, sino también cómo están siendo interpretadas por la cultura que las rodea. Nuestro tiempo, marcado por la aceleración digital, la estética del impacto inmediato, la búsqueda de validación pública y la mercantilización de casi toda experiencia humana, impone una pregunta severa a la masonería contemporánea: ¿sigue siendo comprendida como escuela de transformación interior o está siendo consumida como signo de distinción simbólica? No es una cuestión menor. Cuando una tradición iniciática deja de ser vivida desde su centro y comienza a ser leída desde la periferia de la apariencia, corre el riesgo de conservar formas vacías mientras pierde sustancia viva. Se mantienen los rituales, pero se debilita el trabajo interior; se conservan títulos, pero se erosiona el mérito; se lucen insignias, pero se olvida la piedra bruta.

Por ello afirmar que ser masón no es una moda no constituye una consigna defensiva ni una nostalgia del pasado. Es una declaración doctrinal y una exigencia ética. Significa recordar que la masonería no fue fundada para adornar identidades frágiles, ni para suministrar prestigio social, ni para ofrecer experiencias esotéricas de consumo rápido. Fue concebida como camino de formación del carácter, disciplina del discernimiento, pedagogía simbólica del espíritu y fraternidad orientada al perfeccionamiento humano. Allí reside su vigencia. En una época que multiplica máscaras, la iniciación conserva valor porque exige rostro; en un tiempo que premia exhibición, la tradición conserva sentido porque exige profundidad; en una cultura de instantaneidad, la masonería sigue siendo necesaria porque educa paciencia, método y responsabilidad.

Ser masón no es una moda porque la lógica de la moda y la lógica de la iniciación pertenecen a órdenes antropológicos distintos. La moda vive de la novedad cambiante; la iniciación vive de la verdad permanente. La moda necesita visibilidad; la iniciación requiere interioridad. La moda se alimenta de comparación social; la iniciación se sostiene en confrontación consigo mismo. Georg Simmel explicó que la moda funciona como mecanismo simultáneo de imitación y diferenciación: se adopta algo para pertenecer y a la vez para distinguirse (Simmel, 1904). Esa dinámica ayuda a comprender por qué muchos sujetos contemporáneos buscan signos de pertenencia selectiva que les permitan proyectar singularidad. Desde esa perspectiva, ciertas aproximaciones superficiales a la masonería no buscan sabiduría, sino aura; no desean disciplina, sino narrativa; no anhelan transformación, sino capital simbólico.

Sin embargo, quien entra seriamente en la experiencia masónica descubre pronto una verdad incómoda para el narcisismo moderno: aquí no se viene a parecer, sino a trabajar. El templo no está diseñado para confirmar vanidades, sino para ordenarlas. El silencio ritual no halaga el ego, lo expone. La ceremonia no constituye espectáculo externo, sino pedagogía interior. W. L. Wilmshurst sostuvo que la masonería es una ciencia práctica de regeneración humana expresada mediante símbolos y alegorías (Wilmshurst, 1922). Esto significa que el símbolo no es decoración ceremonial, sino herramienta de reconstrucción psíquica y moral. La escuadra no adorna al hermano: lo mide. El compás no embellece su imagen: limita sus excesos. El mallete no legitima rango alguno: convoca al trabajo constante sobre defectos endurecidos.

Ser masón no es una moda porque la iniciación no es un episodio social, sino una vocación permanente. El lenguaje contemporáneo suele reducir la identidad a una declaración y la pertenencia a un acto administrativo. Se “es” algo por inscripción, membresía o autorrepresentación. La tradición iniciática contradice esa simplificación. En masonería no basta haber ingresado; hay que seguir naciendo interiormente. No basta haber recibido la luz ceremonial; hay que merecerla existencialmente. No basta portar un grado; hay que encarnarlo. Todo grado que no produce elevación ética se convierte en numeración vacía.

René Guénon advirtió que uno de los signos de la crisis moderna consiste en sustituir la cualidad por la cantidad, el principio por la función, la esencia por la apariencia (Guénon, 1927). Cuando esa patología penetra la vida masónica, se manifiesta en la obsesión por jerarquías externas, en la inflación de dignidades, en el fetichismo de títulos y en la reducción de la carrera iniciática a escalafón honorífico. Entonces el hermano pregunta más por cuándo asciende que por cuánto ha madurado; más por qué joya portará que por qué vicio ha vencido; más por el reconocimiento recibido que por la verdad vivida. Tal desviación no destruye necesariamente la institución de inmediato, pero sí la vacía lentamente desde dentro.

Ser masón no es una moda porque comporta una exigencia ética que trasciende el recinto ritual. Toda tenida auténtica debería prolongarse en la conducta profana. De poco sirve invocar fraternidad entre columnas si fuera de ellas se practica desprecio, oportunismo o abuso. De poco vale hablar de justicia simbólica si en la vida pública se tolera corrupción, arbitrariedad o clientelismo. De poco sirve proclamar libertad de conciencia si se permanece sometido a prejuicios, fanatismos o servidumbres emocionales. La verdadera prueba del iniciado no acontece sólo en la cámara de reflexión, sino en el mercado, en la oficina, en la familia, en el voto, en el conflicto y en la administración del poder cotidiano.

Oswald Wirth insistía en que los símbolos tienen misión operativa: despertar energías dormidas del espíritu y ordenar facultades dispersas (Wirth, 1927). Desde esa óptica, el nivel enseña igualdad ontológica y dignidad humana; la plomada convoca rectitud interior; la regla recuerda medida y método; la llana invita a unir sin uniformar. Si estos instrumentos permanecen confinados a la ceremonia y no se traducen en hábitos verificables, el rito se vuelve representación sin eficacia. La pregunta decisiva no es cuántos símbolos conoce un hermano, sino cuántos lo gobiernan realmente.

Ser masón no es una moda porque la fraternidad iniciática no equivale a sociabilidad complaciente. Nuestro tiempo confunde comunidad con agregación emocional, amistad con utilidad recíproca y consenso con ausencia de conflicto. La fraternidad masónica es más exigente. Implica reconocerse compañeros de obra, no consumidores de compañía. Significa sostener al hermano en su crecimiento, incluso mediante la crítica honesta cuando sea necesaria. Un taller donde todos se halagan se estanca; un taller donde todos se humillan se destruye; un taller donde se conjugan respeto, verdad y propósito común madura. La cadena de unión no simboliza sentimentalismo ingenuo, sino interdependencia responsable.

Jules Boucher señaló que las tradiciones mueren no siempre cuando son perseguidas, sino cuando son banalizadas (Boucher, 1948). La banalización actual adopta nuevas formas: ritualismo mecánico, turismo masónico, exhibición digital indiscreta, folclorización de símbolos, reducción de la historia a anécdota heroica y consumo de espiritualidades fragmentarias sin disciplina alguna. En ese contexto, la defensa de la masonería no consiste en reaccionar con secretismo temeroso, sino en recuperar densidad formativa. Una Orden intelectualmente pobre y moralmente liviana puede tener muchos miembros y poca gravitación real.

Ser masón no es una moda porque exige estudio serio y pensamiento crítico. Ninguna institución simbólica sobrevive con solvencia si renuncia a interpretar el mundo en que vive. El hermano que desconoce historia, filosofía, pedagogía, ética pública y problemática social difícilmente podrá articular la tradición con los desafíos presentes. La plancha, por ello, no debe ser trámite protocolario ni simple ornamento literario. Debe ser laboratorio hermenéutico del taller. En ella el símbolo dialoga con la realidad, la memoria con la crisis actual, la doctrina con la experiencia vivida. Una logia que piensa conserva juventud espiritual incluso entre ancianos; una logia que sólo repite envejece incluso entre jóvenes.

Ser masón no es una moda porque la referencia al Gran Arquitecto del Universo no es fórmula heredada, sino principio de orientación metafísica y moral. Nombra la convicción de que el universo no es mero caos, de que la razón humana puede buscar orden, de que la libertad necesita medida y de que la conciencia responde ante algo mayor que sus impulsos inmediatos. Quien vive bajo ese horizonte no absolutiza el yo ni idolatra el éxito. Comprende que toda construcción humana debe guardar proporción, justicia y sentido. En tiempos donde muchos absolutizan deseo, ideología o imagen, esa referencia conserva potencia correctiva.

Ser masón no es una moda porque tiene consecuencias públicas inevitables. Toda formación interior que no irradia exteriormente queda incompleta. La masonería histórica incidió en procesos de libertad civil, educación laica, ciudadanía republicana y promoción del pensamiento crítico. No se trata de repetir glorias pasadas ni de mitificar genealogías. Se trata de preguntar qué servicio ofrece hoy un masón a su sociedad concreta. En contextos como América Latina, atravesados por desigualdad, corrupción sistémica, polarización y precariedad institucional, la respuesta no puede ser decorativa. El hermano debe ser constructor de confianza, promotor de diálogo racional, defensor de mérito, agente de integridad y educador cívico donde se encuentre.

Ser masón no es una moda porque finalmente interpela el modo de existir. La cultura contemporánea ofrece identidades listas para usar; la iniciación exige una identidad trabajada. El mercado vende experiencias rápidas; la masonería propone procesos largos. El algoritmo premia reacción instantánea; el símbolo educa contemplación. La apariencia busca espectadores; la vocación iniciática busca conciencia. Por eso la masonería sigue siendo vigente no a pesar de la época, sino precisamente por causa de ella. Cuanto más superficial se vuelve el entorno, más necesaria se vuelve una escuela de profundidad. Cuanto más ruidoso el mundo, más valioso el silencio fecundo. Cuanto más líquidas las pertenencias, más importante una fraternidad fundada en deber y verdad.

 

Conclusiones técnico-operativas generalizadas

Las obediencias y logias que deseen preservar autenticidad deberían revisar sus procesos de admisión, priorizando madurez ética, capacidad de estudio y disposición al trabajo interior por encima del prestigio social del aspirante. Conviene establecer itinerarios formativos verificables para cada grado, con metas simbólicas, intelectuales y conductuales claras. Resulta estratégico profesionalizar la cultura de la plancha mediante lectura previa, debate argumentado, metodología de investigación y archivo doctrinal institucional. Es recomendable implementar evaluaciones periódicas de coherencia entre discurso y práctica: transparencia administrativa, meritocracia interna, trato fraterno real y gestión madura de conflictos. Debe promoverse alfabetización digital masónica que distinga divulgación legítima de banalización exhibicionista. También urge conectar trabajo iniciático con servicio público concreto en educación, ética profesional, mediación social y ciudadanía democrática. Finalmente, cada hermano haría bien en sostener un plan personal de perfeccionamiento compuesto por estudio sistemático, examen de conciencia, disciplina emocional, servicio desinteresado y mentoría fraterna. Si la moda pregunta qué se ve bien, la masonería pregunta qué hace bien al alma y a la polis. Esa diferencia define su permanencia.

 

Referencias bibliográficas

Boucher, Jules. (1998). La simbólica masónica. Barcelona: Ediciones Obelisco.

Guénon, René. (2001). La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós.

Simmel, Georg. (2002). Sobre la aventura: ensayos filosóficos. Barcelona: Península. (Incluye el ensayo “La moda”).

Wilmshurst, Walter Leslie. (2008). El significado de la masonería. Madrid: Editorial Masónica.es.

Wirth, Oswald. (2008). El simbolismo masónico. Barcelona: Ediciones Obelisco.


martes, 5 de mayo de 2026

JESÚS DE NAZARETH Y LA MASONERÍA

 

Identidades y divergencias

 

La pregunta por la relación entre Jesús de Nazareth y la masonería no debe ser recibida como un ejercicio comparativo superficial ni como una búsqueda de coincidencias tranquilizadoras, sino como una interpelación radical al núcleo mismo de la conciencia iniciática. En ella se juega algo más que un problema de historia o de doctrina: se expone la tensión entre una figura que irrumpe desbordando todo sistema y una institución que, en su mejor versión, pretende conducir al ser humano hacia su perfeccionamiento. Este texto no busca reconciliar fácilmente ambas realidades ni forzar una continuidad inexistente; se propone, más bien, habitar la incomodidad de su encuentro, explorar sus afinidades sin negar sus rupturas y, sobre todo, dejar que de ese cruce emerja una exigencia: la de repensar la masonería no desde su autocomplacencia, sino desde el espejo crítico que representa la praxis de Jesús.

Jesús de Nazareth no pertenece a la masonería, ni histórica ni institucionalmente, y cualquier intento de sostener lo contrario cae en el terreno del anacronismo o de la mitologización interesada. Sin embargo, negar esta pertenencia no agota la cuestión; por el contrario, abre el espacio para una indagación más rigurosa: la de las identidades posibles en el plano ético, simbólico e iniciático, y las divergencias irreductibles que configuran la singularidad de cada horizonte. Desde el punto de vista histórico, Jesús emerge en el contexto del judaísmo del Segundo Templo como un maestro itinerante cuya autoridad no deriva de una institución, sino de una experiencia vivida de relación con lo divino. La masonería, en cambio, se configura como una estructura iniciática formalizada, con rituales, grados y una pedagogía progresiva. Esta diferencia no es menor: mientras Jesús encarna una autoridad carismática que subvierte las mediaciones establecidas, la masonería organiza un camino que, precisamente, se sostiene en mediaciones simbólicas cuidadosamente construidas.

No obstante, en el plano axiológico, emergen resonancias que no pueden ser ignoradas. La centralidad de la fraternidad, la dignidad intrínseca de todo ser humano y la exigencia de una ética que trascienda la mera legalidad son puntos de convergencia significativos. En los evangelios, Jesús propone una reconfiguración del sujeto que no se limita a cumplir normas, sino que transforma la intención misma del obrar: “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”. Esta interiorización de la ley encuentra un eco en la masonería cuando esta se vive como un proceso de trabajo sobre la piedra bruta, es decir, como una labor constante de autoconstrucción. Oswald Wirth afirma que la iniciación auténtica no consiste en recibir conocimientos externos, sino en despertar una luz interior que permita ordenar la vida conforme a un principio superior (Wirth, 1922). En este sentido, tanto Jesús como la masonería, en su dimensión más profunda, apuntan a la formación de un sujeto capaz de vivir en coherencia con una verdad interiorizada.

Sin embargo, esta identidad parcial se ve inmediatamente tensionada por divergencias de fondo que no pueden ser subsumidas sin pérdida. Jesús no solo propone una ética elevada; introduce una ruptura con las estructuras religiosas de su tiempo, denunciando su hipocresía y su incapacidad de encarnar la justicia. Su praxis no se limita a la transformación individual, sino que se proyecta hacia una crítica de las relaciones de poder y hacia la construcción de una comunidad alternativa basada en la inclusión radical. Leonardo Boff ha insistido en que el mensaje de Jesús posee una dimensión liberadora que interpela las estructuras sociales y económicas, no solo las conciencias individuales (Boff, 1981). La masonería, por su parte, aunque proclama ideales de libertad, igualdad y fraternidad, corre el riesgo -cuando se institucionaliza sin crítica- de replegarse en un espacio autorreferencial donde el trabajo simbólico no se traduce en transformación social efectiva.

Otra divergencia fundamental radica en la mediación del proceso iniciático. La masonería se estructura como un sistema de grados que guían progresivamente al iniciado, utilizando símbolos, rituales y enseñanzas codificadas. Jesús, en cambio, no establece un itinerario formal de este tipo; su enseñanza se despliega en encuentros concretos, en parábolas abiertas, en gestos que rompen las expectativas. René Guénon advierte que toda vía iniciática auténtica implica una transmisión regular dentro de una tradición definida (Guénon, 1946); desde esta perspectiva, la experiencia de Jesús no puede ser encuadrada sin más en un sistema iniciático como el masónico, pues su autoridad no se legitima por una cadena de transmisión institucional, sino por la radicalidad de su experiencia y su coherencia existencial.

A pesar de estas divergencias, existe un punto de contacto decisivo que no puede ser soslayado: la centralidad de la coherencia entre lo que se proclama y lo que se vive. Jesús denuncia con fuerza a quienes “dicen y no hacen”, poniendo en evidencia la fractura entre discurso y praxis. Esta denuncia resuena con particular intensidad en el ámbito masónico, donde el riesgo de convertir el simbolismo en un ejercicio estético o intelectual sin consecuencias éticas es siempre latente. W. L. Wilmshurst concibe la masonería como una disciplina de regeneración interior orientada a la construcción de un “templo vivo” (Wilmshurst, 1922); si esta construcción no se traduce en una vida transformada, el proceso iniciático queda reducido a una simulación.

La relación entre Jesús y la masonería, entonces, no puede ser pensada en términos de continuidad histórica ni de identidad institucional, sino como una dialéctica entre afinidad y diferencia que exige una lectura crítica. Jesús puede ser comprendido como un arquetipo de realización humana y espiritual que ilumina el horizonte de la iniciación, pero también como un cuestionamiento permanente a toda forma de institucionalización que olvide su finalidad transformadora. La masonería, por su parte, ofrece un camino estructurado que puede favorecer esa transformación, pero solo si evita absolutizar sus formas y permanece abierta a la autocrítica.

De esta reflexión se derivan conclusiones de carácter técnico-operativo que interpelan directamente la praxis masónica contemporánea. En primer lugar, se impone una depuración conceptual que distinga claramente entre historia, símbolo y teología, evitando afirmaciones que, aunque seductoras, carecen de fundamento. En segundo lugar, es necesario fortalecer la dimensión ética del trabajo iniciático, de modo que los símbolos no sean solo comprendidos, sino encarnados en la vida cotidiana. En tercer lugar, se requiere integrar de manera efectiva la dimensión social de la fraternidad, superando la tendencia a reducirla a un vínculo interno y proyectándola hacia la transformación de las condiciones de injusticia. En cuarto lugar, se propone asumir la figura de Jesús no como un referente identitario que legitime la masonería, sino como un criterio crítico que permita evaluar su autenticidad: allí donde la masonería no genera sujetos capaces de amar, de actuar con justicia y de sostener la verdad incluso a costa de sí mismos, ha perdido su sentido iniciático. Finalmente, se plantea la necesidad de una vigilancia permanente sobre la coherencia entre discurso y praxis, entendiendo que la verdadera iniciación no se mide por los grados alcanzados, sino por la calidad de la vida vivida.

 

Referencias bibliográficas

Boff, Leonardo (1981). Jesucristo liberador. Santander: Sal Terrae.

Guénon, René (2006). Apreciaciones sobre la iniciación. Barcelona: Paidós.

Vermes, Géza (2012). Jesús el judío. Barcelona: Crítica.

Wilmshurst, Walter Leslie (s.f.). El significado de la masonería. (Ediciones en español disponibles en diversas editoriales; frecuentemente en formato digital o ediciones masónicas internas).

Wirth, Oswald (1998). La francmasonería hecha inteligible a sus adeptos. Barcelona: Editorial Humanitas.

jueves, 30 de abril de 2026

LA FAMILIA ROTA EN LA VIDA DEL MASÓN

 

 

La familia rota en la vida del masón no es un accidente privado que pueda mantenerse al margen del trabajo iniciático, sino una prueba radical de la veracidad de su camino. Allí donde el discurso masónico insiste en la edificación del templo interior como obra de equilibrio, justicia y armonía, la fractura del núcleo familiar introduce una contradicción que no puede resolverse mediante la repetición ritual ni la acumulación de símbolos. La familia no es un apéndice de la vida del masón: es su primer taller, el espacio donde se ensaya -o se traiciona- la coherencia entre lo que se proclama y lo que se vive. Cuando ese espacio está quebrado, el masón queda situado ante una exigencia ineludible: o integra esa fractura como materia prima de su proceso iniciático, o la encubre bajo una espiritualidad que, en el fondo, funciona como anestesia moral. En este sentido, la familia rota no es solo un problema afectivo, sino un lugar de verdad.

Desde una lectura psico–masónica, la familia constituye el primer sistema simbólico en el que el sujeto aprende a nombrar el mundo, a ubicarse en él y a reconocerse en los otros. Allí se configuran las primeras nociones de autoridad, ley, cuidado y límite. Cuando ese sistema se rompe -por abandono, violencia, silencios estructurales o indiferencia-no solo se produce un daño emocional, sino una desorganización del sentido. El masón que no ha elaborado estas experiencias no deja de estar determinado por ellas; simplemente las desplaza. Como advierte Zygmunt Bauman, la contemporaneidad ha normalizado vínculos frágiles y descartables, erosionando la idea de compromiso duradero. En este contexto, la ruptura familiar ya no escandaliza: se banaliza. Y esa banalización es peligrosa para el masón, porque puede llevarlo a justificar su propia incapacidad de sostener vínculos profundos, incluso mientras proclama la fraternidad universal.

La logia, entonces, puede convertirse en un espacio ambiguo: lugar de trabajo interior o refugio de evasión. El masón que vive una familia rota y no la confronta corre el riesgo de construir una doble vida: una existencia simbólicamente ordenada en el templo y otra caóticamente fragmentada en su realidad cotidiana. Esta ruptura no es neutra; es una forma de disociación ética. Carl Gustav Jung lo expresó con claridad al afirmar que lo que no se hace consciente se manifiesta en la vida como destino. La fractura familiar no integrada reaparece en los modos de ejercer la autoridad, en las relaciones fraternales, en la incapacidad de escuchar o en la tendencia a repetir patrones de ruptura. El masón puede creer que trabaja su piedra bruta, cuando en realidad está puliendo solo la superficie visible, dejando intacto el núcleo conflictivo que condiciona su existencia.

En el plano filosófico, la familia rota interpela la posibilidad misma de una ética coherente. Paul Ricoeur sostiene que el sujeto se constituye a través de relatos que articulan pasado, presente y futuro; cuando la historia familiar está marcada por rupturas no elaboradas, ese relato se fragmenta, y con él, la capacidad de asumir responsabilidades. El masón, en tanto sujeto ético, no puede eludir esta dimensión narrativa: está llamado a reescribir su historia no desde la negación, sino desde la comprensión crítica. Esto implica reconocer que la familia rota no es solo lo que “le ocurrió”, sino también lo que él hace con ello en su presente. La iniciación, en este sentido, no consiste en escapar del pasado, sino en resignificarlo.

Sin embargo, la posmodernidad introduce un elemento adicional de complejidad: la sospecha sobre toda estructura estable. Jean-François Lyotard habló del colapso de los grandes relatos que daban cohesión a la experiencia humana. La familia, como uno de esos relatos, ha perdido su carácter normativo, convirtiéndose en una configuración más entre muchas posibles. Este desplazamiento puede abrir posibilidades de libertad, pero también genera desorientación. El masón, situado en este escenario, debe discernir si su experiencia de familia rota es simplemente una expresión de esta pluralidad contemporánea o si, por el contrario, encubre una incapacidad de sostener vínculos bajo la exigencia de la ley moral. La diferencia no es menor, porque de ella depende si su proceso iniciático se orienta hacia la madurez o hacia la justificación de la fragmentación.

Desde la ética del cuidado de sí, Michel Foucault plantea que el sujeto se constituye mediante prácticas que lo obligan a decirse la verdad. En clave masónica, esto implica que el trabajo interior no puede excluir la revisión de los vínculos familiares. No basta con interpretar símbolos ni con participar en rituales; es necesario someter la propia vida a un examen riguroso. ¿Qué lugar ocupa la familia en la existencia del masón? ¿Es un espacio de responsabilidad asumida o de evasión justificada? ¿Hay coherencia entre la fraternidad proclamada y el trato concreto hacia los más cercanos? Estas preguntas no son accesorias: son constitutivas del camino iniciático.

Autores masones han insistido en esta coherencia como criterio de autenticidad. W.L. Wilmshurst afirma que la masonería es un sistema de entrenamiento para la vida, no un conjunto de ceremonias desligadas de la realidad. Oswald Wirth, por su parte, advierte que el símbolo solo tiene valor cuando transforma la conducta. Una familia rota, en este marco, no es un obstáculo externo, sino una oportunidad exigente: es el lugar donde el masón debe demostrar si su trabajo interior tiene consecuencias reales. No se trata de idealizar la familia ni de imponer modelos rígidos, sino de asumir la responsabilidad de construir vínculos más conscientes, incluso en medio de la fractura.

Ahora bien, esta construcción no siempre implica restauración. Hay rupturas que no se reparan, relaciones que no se reconstruyen y ausencias que no se llenan. Aquí emerge una dimensión trágica que la masonería no puede ignorar. Jacques Derrida nos recuerda que toda estructura está atravesada por la imposibilidad de cerrarse plenamente. La familia rota puede permanecer como una herida abierta, y el masón debe aprender a habitar esa herida sin convertirla en justificación de su incoherencia. La ética iniciática no exige perfección, pero sí exige responsabilidad. No se trata de tener una familia ideal, sino de no traicionar la verdad de lo que se vive.

En última instancia, la familia rota en la vida del masón es un espejo incómodo que devuelve una imagen no idealizada de su proceso. Es allí donde se verifica si la iniciación ha penetrado realmente en su existencia o si ha quedado confinada al ámbito ritual. El masón está llamado a una unidad que no es dada, sino construida en medio de tensiones, conflictos y fracturas. Esa unidad no consiste en eliminar la ruptura, sino en integrarla en una vida que busque coherencia. La pregunta decisiva no es si su familia está rota, sino si él está dispuesto a dejar de vivir fragmentado. Porque la verdadera traición al ideal masónico no es la imperfección de la vida, sino la renuncia a confrontarla con verdad.

 

Referencias bibliográficas

Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Derrida, J. (1998). De la gramatología. México: Siglo XXI Editores.

Foucault, M. (2009). La hermenéutica del sujeto. Madrid: Akal.

Jung, C. G. (2012). Aion: Contribuciones al simbolismo del sí-mismo. Madrid: Trotta.

Lyotard, J.-F. (1987). La condición posmoderna. Madrid: Cátedra.

Ricoeur, P. (1996). Sí mismo como otro. Madrid: Siglo XXI Editores.

Wilmshurst, W. L. (2007). El significado de la masonería. Madrid: Editorial Kier.

Wirth, O. (1999). El simbolismo masónico. Barcelona: Ediciones Obelisco.


sábado, 25 de abril de 2026

NO TENGO LOS PASOS PERDIDOS

 

Uso mi plomada interior

 

Hay frases que no describen un estado de ánimo, sino una arquitectura del espíritu. “No tengo los pasos perdidos: uso mi plomada interior” pertenece a esa categoría rara de afirmaciones que, al ser pronunciadas con verdad, no informan solamente algo sobre quien las dice, sino que revelan una forma de habitar el mundo. En tiempos donde la velocidad reemplaza al discernimiento, donde la opinión instantánea suplanta a la reflexión y donde el ruido social convierte la conciencia en territorio invadido, sostener que no se tienen los pasos perdidos constituye una declaración contracultural. Pero añadir que ello se debe al uso de una plomada interior eleva la sentencia a nivel iniciático: no se trata de mera orientación externa, sino de una verticalidad íntima que permite distinguir lo recto de lo torcido, lo esencial de lo accesorio, lo verdadero de lo conveniente.

El drama de nuestra época no es solamente moral; es geométrico. Se ha perdido la línea recta interior. Muchos caminan, ascienden, producen, consumen, publican, opinan y aparentan, pero lo hacen sin eje. Se desplazan horizontalmente en múltiples direcciones, sin una referencia vertical que ordene el conjunto. La masonería, cuando permanece fiel a su vocación más profunda, recuerda precisamente eso: que ninguna construcción estable surge sin medida, nivel y plomada. Esta plancha propone una tesis exigente: quien aprende a usar su plomada interior puede atravesar los pasos perdidos del mundo sin confundirse con ellos. No porque sea perfecto, sino porque sabe corregirse; no porque ignore el caos, sino porque posee centro; no porque domine todas las respuestas, sino porque conserva una dirección.

Decir “no tengo los pasos perdidos” implica reconocer primero que la pérdida del rumbo es una posibilidad constante de la condición humana. Nadie está inmunizado contra la dispersión. El extravío adopta formas sofisticadas: éxito sin sentido, poder sin ética, religiosidad sin compasión, militancia sin pensamiento, ritualidad sin transformación, conocimiento sin sabiduría. El hombre puede estar socialmente celebrado y espiritualmente desorientado. Blaise Pascal advertía que gran parte de las miserias humanas provienen de la incapacidad de permanecer a solas consigo mismo (Pensamientos, frag. 139). Quien huye permanentemente de sí mismo termina perdido, aunque conozca todos los caminos externos.

En el lenguaje simbólico masónico, los pasos perdidos representan el espacio liminal entre el mundo profano y el recinto del trabajo interior. No son solo un lugar físico previo al Templo; son la imagen de todos aquellos ámbitos donde reina la distracción, la superficialidad y el tránsito sin finalidad. Allí circulan rumores, ansiedades, ambiciones, máscaras sociales y conversaciones sin espesor. El problema no es que existan pasos perdidos -siempre existirán- sino convertirlos en residencia habitual del alma. Muchos hombres viven permanentemente en ese vestíbulo psicológico: nunca ingresan al santuario de la conciencia.

Frente a ello emerge la plomada interior. La plomada, en el arte de construir, verifica verticalidad y corrige desviaciones. En la vida iniciática cumple una función análoga: permite comprobar si nuestras decisiones descienden desde principios firmes o si cuelgan torcidas por intereses pasajeros. La plomada no adorna el taller; lo hace posible. Del mismo modo, la conciencia recta no embellece la vida: la estructura. Oswald Wirth afirmaba que los útiles masónicos no tienen valor por su forma material, sino por la disciplina mental y moral que enseñan (El simbolismo hermético en sus relaciones con la alquimia y la francmasonería, 1927). Aplicado a nuestro tema: usar la plomada interior es someter cada acto a examen de rectitud.

La primera operación de esa plomada consiste en medir intenciones. Muchas acciones aparentemente nobles nacen de móviles impuros: ayudar para ser vistos, servir para controlar, enseñar para dominar, liderar para satisfacer vanidad, callar por cobardía y no por prudencia. La ética iniciática no se contenta con la apariencia externa del acto; pregunta por la raíz invisible que lo produce. Aristóteles enseñaba que la virtud no es solo conducta correcta, sino disposición estable del carácter orientada al bien (Ética a Nicómaco, II, 6). En clave masónica, no basta hacer lo correcto ocasionalmente; importa convertirse en alguien interiormente alineado con lo justo.

La segunda operación de la plomada interior consiste en ordenar la palabra. En épocas de inflación discursiva, hablar mucho se confunde con pensar bien. Sin embargo, la palabra no medida se convierte en herramienta de demolición. Se hiere con sarcasmo, se manipula con medias verdades, se destruye reputación con insinuaciones, se contamina el taller con murmuración. El iniciado que usa su plomada verbal pregunta antes de hablar: ¿es verdadero?, ¿es necesario?, ¿es útil?, ¿es fraterno?, ¿edifica? La tradición sapiencial siempre ha unido sabiduría y dominio de lengua. Santiago de Tarso llegó a afirmar que quien domina la lengua domina el cuerpo entero (Santiago 3:2).

La tercera operación concierne al gobierno de las pasiones. La plomada interior no elimina emociones; las orienta. Ira, deseo, miedo, orgullo y tristeza forman parte de la estructura humana, pero cuando se autonomizan inclinan el edificio entero. El compás regula expansión; la plomada restituye eje. Carl Jung sostuvo que aquello inconsciente no integrado se vive como destino externo (Aion, 1951). Muchos creen que los otros los desvían, cuando en realidad son sus propias fuerzas internas no trabajadas las que inclinan su marcha. La iniciación exige pasar de la reacción automática a la respuesta consciente.

Hay también una dimensión espiritual irrenunciable. La plomada interior no flota en vacío psicológico; desciende desde una referencia superior. Para la tradición masónica, el Gran Arquitecto del Universo expresa precisamente que existe un orden trascendente que funda la posibilidad misma de la rectitud. Sin esta referencia, todo se relativiza según conveniencia del momento. Viktor Frankl mostró que el ser humano necesita sentido para no caer en vacío existencial (El hombre en busca de sentido, 1946). En lenguaje iniciático, la verticalidad del alma depende de una apertura a algo más alto que el ego. Cuando solo nos medimos con nosotros mismos, terminamos justificándolo todo.

En el campo institucional, usar la plomada interior significa no confundir obediencia con sumisión ni autoridad con prestigio. Una logia pierde su eje cuando tolera incompetencias por amistad, premia adulaciones, margina voces críticas y administra el rito como patrimonio privado. La plomada colectiva exige revisar procesos, liderazgos, formación doctrinal y clima ético. René Guénon advertía que las organizaciones tradicionales se vacían cuando conservan formas externas, pero pierden espíritu interno (La crisis del mundo moderno, 1927). El riesgo no es menor: un templo puede seguir abierto mientras la iniciación ya se ha marchado.

En la dimensión social, quien usa su plomada interior no se vuelve indiferente al sufrimiento público. La rectitud íntima reclama justicia exterior. No basta ser correcto en ceremonia y pasivo ante corrupción, exclusión o degradación educativa. Paulo Freire recordó que toda educación auténtica debe conducir a conciencia crítica y praxis transformadora (Pedagogía del oprimido, 1970). La masonería, si quiere ser fiel a sí misma, no forma decoradores del pasado sino ciudadanos lúcidos para el presente.

Ahora bien, nadie mantiene la verticalidad de modo automático. La plomada interior requiere mantenimiento diario. El hilo se desgasta con la rutina, el peso se contamina con autoengaño, la mano tiembla bajo presión social. Por eso el iniciado examina su jornada, rectifica errores, pide perdón cuando corresponde, estudia para no endurecerse en ignorancia y cultiva silencio para escuchar lo esencial. La caída no deshonra tanto como la negativa a corregirse. Quien jamás se revisa ya está torcido y lo ignora.

“No tengo los pasos perdidos” no significa que nunca dudo, nunca sufro o nunca me equivoco. Significa algo más humilde y más poderoso: cuando dudo, consulto mi centro; cuando sufro, no negocio mis principios; cuando me equivoco, me enderezo. La plomada interior no promete impecabilidad, sino capacidad de retorno. Ese retorno constante constituye una de las formas más altas de sabiduría.

 

La primera conclusión operativa es personal: cada hermano debe instituir una disciplina diaria de autoexamen. Cinco preguntas bastan como plomada práctica: ¿qué pensé?, ¿qué dije?, ¿qué hice?, ¿por qué lo hice?, ¿qué debo corregir mañana? Sin revisión periódica, la desviación se normaliza.

La segunda conclusión es formativa: los talleres deberían revalorizar el estudio de los útiles simbólicos no como ornamentación ritual, sino como metodologías éticas aplicadas a la vida profesional, familiar e institucional. La plomada debe enseñarse como criterio de decisión.

La tercera conclusión es comunicativa: urge establecer culturas de palabra responsable. Menos rumor, menos vanidad verbal, más escucha activa, más argumentación rigurosa, más silencio fecundo. Donde la lengua se corrompe, pronto se corrompe la fraternidad.

La cuarta conclusión es directiva: toda autoridad masónica o profana debe someter sus decisiones a estándares verificables de justicia, competencia y transparencia. La plomada interior de un líder se reconoce en procedimientos limpios, no en discursos solemnes.

La quinta conclusión es sociopolítica: el hombre rectificado interiormente debe traducir esa rectitud en servicio concreto a la comunidad, defensa de la educación, promoción de dignidad humana y resistencia ética ante la corrupción.

La sexta y última conclusión es espiritual: conservar la verticalidad exige recordar diariamente que no somos la medida última de nosotros mismos. Cuando el ego se absolutiza, la plomada se rompe. Cuando la conciencia se abre al Principio superior, el edificio puede corregirse.

Por eso hoy afirmo, no como soberbia sino como tarea: no tengo los pasos perdidos, porque cada mañana vuelvo a tomar en mis manos la plomada interior.

 

Referencias bibliográficas

Aristóteles. (2007). Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos.

Frankl, V. E. (2004). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. México: Siglo XXI Editores.

Guénon, R. (2001). La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós.

Jung, C. G. (2009). Aion: contribuciones al simbolismo del sí-mismo. Madrid: Trotta.

Pascal, B. (2012). Pensamientos. Madrid: Alianza Editorial.

Wirth, O. (1998). El simbolismo hermético en sus relaciones con la alquimia y la francmasonería. Barcelona: Obelisco.


martes, 21 de abril de 2026

EL MASÓN ANESTESIADO

 

Placer constante para no enfrentar la propia verdad.

 No estamos ante una simple desviación ética ni ante una fragilidad individual aislada, sino frente a una estructura existencial que se ha normalizado en la vivencia contemporánea de lo iniciático. El placer, entendido no como goce profundo sino como estímulo reiterado, se convierte en un mecanismo de evitación: una economía psíquica que sustituye la confrontación por la satisfacción inmediata. El masón anestesiado no huye del dolor mediante el silencio o la ignorancia, sino mediante la saturación de experiencias agradables que le impiden detenerse ante sí mismo. Así, la logia, que debería ser espacio de ruptura interior, puede convertirse en un escenario más de gratificación simbólica: reconocimiento, pertenencia, estatus, estética ritual. Todo ello configura una superficie suficientemente estimulante como para evitar el descenso hacia la propia verdad.

Desde una lectura psicoanalítica y posmoderna, esta dinámica encuentra un eco preciso en la noción de goce desarrollada por Jacques Lacan, quien distingue entre el placer regulado y el goce que excede, que insiste más allá del principio de realidad. El sujeto contemporáneo no solo busca placer, sino que se aferra a una repetición compulsiva de estímulos que lo mantienen ocupado, distraído, saturado. El masón anestesiado no es ajeno a esta lógica; más bien, la incorpora dentro del espacio iniciático. Participa, asiste, se involucra, pero todo ello ocurre en un registro donde la experiencia no lo hiere, no lo transforma, no lo obliga a reconfigurarse. El rito, en lugar de abrir una grieta, se convierte en un circuito cerrado de satisfacción simbólica.

Esta lógica del placer constante ha sido analizada con agudeza por Byung-Chul Han, quien describe una sociedad que ha eliminado la negatividad en favor de una positividad excesiva (Han, 2010). En este contexto, el dolor, el conflicto y la contradicción son percibidos como fallas que deben ser corregidas, no como condiciones necesarias del crecimiento. El masón anestesiado internaliza esta lógica y la traslada a su proceso iniciático: evita todo aquello que lo incomoda, que lo confronta, que lo obliga a cuestionarse. Prefiere una masonería amable, estética, armónica, antes que una masonería exigente, incómoda, transformadora. Pero esta elección no es neutra: implica una renuncia a la verdad en favor de la estabilidad.

La tradición masónica, sin embargo, no ha sido concebida como un espacio de confort. Autores como Oswald Wirth insistieron en que el trabajo masónico es esencialmente un trabajo sobre uno mismo, una disciplina interior que exige rigor, honestidad y confrontación (Wirth, 1920). El símbolo no está diseñado para tranquilizar, sino para inquietar. La escuadra no adorna, corrige. El compás no embellece, delimita. La luz no consuela, revela. Cuando estos elementos son reinterpretados desde una lógica de placer, se produce una inversión de su sentido: lo que debía incomodar se vuelve decorativo; lo que debía transformar se vuelve entretenido.

En este punto, la crítica de Jean Baudrillard resulta particularmente pertinente. En la era del simulacro, los signos no solo sustituyen la realidad, sino que generan una hiperrealidad donde la distinción entre lo auténtico y lo representado se diluye (Baudrillard, 1981). El masón anestesiado habita esta hiperrealidad iniciática: vive una experiencia que parece profunda, que está cargada de símbolos, de palabras, de gestos, pero que carece de efecto real sobre su existencia. Se trata de una iniciación sin iniciación, de un tránsito sin transformación. El placer constante actúa aquí como un anestésico que impide percibir esta vaciedad.

Desde una perspectiva psicológica, esta dinámica puede ser entendida como una forma de evitación experiencial. El sujeto evita entrar en contacto con pensamientos, emociones o recuerdos que le resultan incómodos, y para ello recurre a actividades que le proporcionan alivio inmediato. En términos de Viktor Frankl, esta evitación está vinculada a un vacío existencial que el individuo intenta llenar mediante sustitutos (Frankl, 1946). El masón anestesiado no enfrenta su falta de sentido; la recubre con actividad ritual, con discurso simbólico, con pertenencia institucional. Pero estos elementos, por sí solos, no generan sentido si no están acompañados de una vivencia interior auténtica.

La cuestión se vuelve aún más compleja si se considera la dimensión ética de la iniciación. La referencia al Gran Arquitecto del Universo implica una exigencia de coherencia entre el orden simbólico y la vida concreta. No se trata de una creencia abstracta, sino de un principio operativo que interpela al sujeto en su totalidad. El masón anestesiado, al privilegiar el placer sobre la verdad, rompe esta coherencia. Vive en una disonancia que, aunque pueda ser tolerada durante un tiempo, termina erosionando la integridad del proceso iniciático. Como señalaría Slavoj Žižek, el problema no es la ignorancia, sino la capacidad de sostener una contradicción sin intentar resolverla (Žižek, 1989). El masón sabe, pero no actúa; reconoce, pero no transforma.

En clave iniciática, esta situación exige una ruptura. No una ruptura externa, institucional, sino una ruptura interior: un acto de lucidez que interrumpa la cadena de placer y permita el acceso a la verdad. Esta interrupción no es cómoda ni inmediata; implica renunciar a ciertas formas de gratificación, aceptar la incomodidad, exponerse al conflicto. Pero es precisamente en ese punto donde la iniciación recupera su sentido. La verdad no se ofrece como recompensa, sino como exigencia.

El masón anestesiado vive en una continuidad sin fisuras, en una experiencia que no lo obliga a detenerse ni a cuestionarse. Despertar implica introducir una discontinuidad, una pausa, un silencio en el que la pregunta pueda emerger: ¿qué estoy evitando? ¿Qué verdad no quiero ver? Estas preguntas no tienen respuestas rápidas ni definitivas, pero su sola formulación ya constituye un acto iniciático.

No hay transformación sin renuncia, ni luz sin sombra, ni verdad sin incomodidad. El placer constante, cuando se convierte en estrategia de evitación, no es un signo de bienestar, sino de fuga. Y la fuga, por más sofisticada que sea, no conduce a la libertad, sino a una forma sutil de esclavitud. El masón anestesiado no está dormido; está ocupado en no despertar. La iniciación, si es auténtica, no puede permitir esta ocupación indefinida. La interrumpe, la cuestiona, la desestabiliza.

La decisión, en última instancia, es personal e intransferible. Permanecer en el circuito del placer o asumir el riesgo de la verdad. Ningún rito puede tomar esa decisión por el sujeto. Ninguna palabra puede sustituir ese acto. La masonería ofrece el lenguaje, los símbolos, el método. Pero el despertar -o su negación- pertenece exclusivamente a quien se atreve, o no, a habitar su propia verdad.

 

 Referencias bibliográficas

 Baudrillard, J. (1981). Simulacros y simulación. París: Éditions Galilée.

Frankl, V. (1946). El hombre en busca de sentido. Viena: Beacon Press.

Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio. Berlín: Matthes & Seitz.

Lacan, J. (1966). Escritos. París: Éditions du Seuil.

Wirth, O. (1920). El simbolismo masónico. París: Librairie du Symbolisme.

Žižek, S. (1989). El sublime objeto de la ideología. Londres: Verso.


ERES UN BUEN HERMANO

Características axiológicas de un masón   Decirle a un iniciado “eres un buen Hermano” no es una fórmula de cortesía ni un gesto de diplom...