Indefiniciones axiológicas de un masón
Decirle a un iniciado “no
eres un buen Hermano” es, quizá, uno de los actos más evitados en la vida
masónica contemporánea, no por falta de motivos, sino por ausencia de coraje
ético para nombrar la incoherencia. La expresión, cuando aparece, suele hacerlo
en forma de murmullo, de juicio implícito, de distancia silenciosa, pero rara
vez se articula como palabra responsable que busca la restauración del otro.
Esta omisión no es inocente: revela una crisis profunda en la comprensión
axiológica de la fraternidad. Porque si decir “buen Hermano” ha sido
trivializado hasta volverse un elogio vacío, evitar decir “no eres un buen
Hermano” ha generado una zona de ambigüedad donde la incoherencia se normaliza.
En este espacio difuso, la masonería corre el riesgo de convertirse en una
estructura de tolerancia sin verdad, donde todo se acepta para no perturbar la
armonía aparente. Pero una fraternidad que no se atreve a confrontar la
desviación ética no es fraterna: es funcional.
No ser un buen Hermano no
constituye una categoría ontológica ni un estigma permanente; es una
configuración existencial marcada por la ruptura entre el principio y la
práctica. No se trata de quien falla —porque todo iniciado falla— sino de quien
se instala en la inconsistencia sin voluntad de transformación. Esta
instalación puede adoptar formas sutiles, incluso sofisticadas: el discurso
impecable que encubre una vida fragmentada, la participación ritual que no se
traduce en compromiso profano, la obediencia formal que esconde una ausencia de
convicción. En este sentido, la indefinición axiológica no es ignorancia de los
valores, sino su instrumentalización. Como advierte René Guénon, “la desviación
más grave no es la negación del principio, sino su deformación” (La crisis del
mundo moderno, 1927). No ser un buen Hermano significa vaciar la fraternidad de
contenido mientras todavía se la invoca.
Esta vaciedad se
manifiesta, en primer lugar, en una relación utilitaria con la logia. El
espacio iniciático deja de ser lugar de transformación para convertirse en
escenario de validación. Se asiste, se participa, se interviene, pero no se
arriesga la propia interioridad. La palabra se vuelve técnica, correcta,
incluso brillante, pero carece de densidad existencial. William L. Wilmshurst
señalaba que “el trabajo masónico es una operación sobre uno mismo” (The
Meaning of Masonry, 1922); cuando esta operación se suspende, todo lo demás se
convierte en representación. Quien no es un buen Hermano no necesariamente
perturba el orden externo; por el contrario, puede ser funcional, eficiente,
incluso reconocido. Pero su presencia introduce una disonancia silenciosa: el
templo se llena de formas, pero se vacía de sentido.
En segundo lugar, la
indefinición axiológica se expresa en la incapacidad de sostener el conflicto
como espacio de verdad. Quien no es un buen Hermano evita la confrontación no
por prudencia, sino por temor a que su propia inconsistencia quede expuesta.
Prefiere la armonía superficial a la tensión fecunda, el consenso fácil a la
deliberación crítica. En este contexto, la fraternidad se degrada en una red de
complicidades afectivas donde se protege al otro no por amor, sino por
conveniencia. Oswald Wirth advertía que “la iniciación exige valor para ver y
para decir” (El simbolismo masónico, 1927); sin este valor, la logia se
convierte en un espacio de simulación donde todos parecen estar de acuerdo
porque nadie se atreve a disentir. No ser un buen Hermano no rompe
necesariamente la unidad; la esteriliza.
Pero quizá la dimensión
más profunda de esta indefinición axiológica sea la relación distorsionada con
el símbolo. El símbolo, que debería operar como mediación transformadora, es
reducido a ornamento cultural o a recurso retórico. Se habla del compás, de la
escuadra, de la luz, pero sin permitir que estos signos interroguen la vida
concreta. Jules Boucher lo expresa con claridad: “el símbolo es un espejo;
quien no se reconoce en él, lo convierte en objeto” (La simbólica masónica,
1948). No ser un buen Hermano no equivale a ignorar el simbolismo, sino a
dominarlo discursivamente sin dejarse afectar por él. Esta distancia entre
conocimiento y transformación genera una forma de cinismo iniciático: se sabe
lo que se debería ser, pero se elige no serlo.
Esta elección no es
siempre consciente ni deliberada; muchas veces está mediada por dinámicas
afectivas complejas. El miedo al rechazo, el deseo de pertenencia, la necesidad
de reconocimiento, la fatiga existencial: todos estos elementos configuran un
entramado emocional que puede llevar al iniciado a negociar su coherencia.
Quien no es un buen Hermano no es un enemigo externo, sino una posibilidad
interna que habita en cada uno. Hay momentos en que todos nos volvemos opacos,
en que la luz se debilita, en que la palabra se separa de la vida. Pero la
diferencia radical está en la respuesta a esa opacidad: quien la reconoce y la
trabaja se mantiene en el camino iniciático; quien la justifica o la oculta, se
instala en la indefinición.
Esta instalación tiene
consecuencias no solo personales, sino estructurales. Una logia compuesta por
Hermanos que habitan la ambigüedad axiológica tiende a reproducir esa
ambigüedad en sus decisiones, en sus criterios de admisión, en sus formas de
reconocimiento. Se elige al que se parece, se promueve al que no incomoda, se
silencia al que cuestiona. Así, la indefinición se institucionaliza. Quien no
es un buen Hermano deja de ser excepción para convertirse en norma tácita. Y en
este proceso, la masonería pierde su capacidad de interpelación, su fuerza
crítica y su potencia transformadora.
Frente a este escenario,
la pregunta no puede ser simplemente quién no es un buen Hermano, sino cómo se
produce esta condición y qué dispositivos pueden contrarrestarla. Porque el
riesgo no es solo ético, sino ontológico: una masonería que pierde su eje
axiológico se convierte en una forma vacía, en un ritual sin alma, en una
fraternidad sin verdad. La crítica, entonces, no busca excluir, sino recuperar
el sentido. Nombrar la indefinición no es condenar al otro, sino abrir la
posibilidad de su transformación.
Desde esta comprensión,
las conclusiones deben asumir un carácter técnico-operativo que permita
traducir la crítica en acción concreta. En primer lugar, se hace necesario
instaurar una cultura de la verdad al interior de la logia, donde la retroalimentación
fraterna no sea percibida como ataque, sino como acto de cuidado. Esto implica
desarrollar protocolos de diálogo crítico que permitan señalar incoherencias
sin humillar, confrontar sin destruir, acompañar sin encubrir. En segundo
lugar, es imprescindible diseñar sistemas de evaluación cualitativa del proceso
iniciático, que vayan más allá de la asistencia o la participación formal e
incluyan indicadores como la coherencia ética, la capacidad de autocrítica, la
gestión del conflicto y el compromiso social.
En tercer lugar, se
requiere una reconfiguración de los procesos formativos, orientándolos hacia
una pedagogía de la interioridad que integre dimensiones simbólicas, éticas y
afectivas. No basta con enseñar el significado de los símbolos; es necesario
generar experiencias que permitan su encarnación. Esto puede implicar prácticas
de silencio, ejercicios de escritura reflexiva y espacios de acompañamiento
personal. En cuarto lugar, la logia debe establecer mecanismos claros para
abordar situaciones de incoherencia persistente, no desde la lógica punitiva,
sino desde una ética de la restauración. Esto supone definir rutas de
acompañamiento, tiempos de revisión y criterios de reincorporación.
Finalmente, se impone una
vigilancia constante sobre las dinámicas de poder y reconocimiento al interior
de la institución. La indefinición axiológica se alimenta de estructuras que
premian la apariencia y castigan la autenticidad. Por ello, es fundamental
revisar los criterios de elección, promoción y reconocimiento, asegurando que
estén alineados con los principios que se proclaman. Decir “no eres un buen
Hermano” no debería ser un acto de exclusión, sino el inicio de un proceso de
verdad. Pero para que esto sea posible, quien lo pronuncia debe estar dispuesto
a someterse al mismo juicio, con la misma radicalidad.
En última instancia, la
figura de quien no es un buen Hermano no es un otro distante, sino una
posibilidad latente en cada iniciado. Reconocerla no debilita la fraternidad;
la fortalece desde su núcleo más exigente. Porque solo una fraternidad que se
atreve a mirarse en su sombra puede aspirar a ser verdaderamente luminosa.
Referencias bibliográficas
Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos
Aires: Kier, 1948.
Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Madrid:
Alianza, 2001 (ed. original 1927).
Wilmshurst, William L. The Meaning of Masonry.
Londres: Rider & Co., 1922.
Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Barcelona:
Luis Cárcamo, 1991 (ed. original 1927).







