Plantear esta pregunta no es un gesto de
inconformidad generacional ni una concesión al lenguaje empresarial de la
época; es asumir una tensión real que atraviesa hoy a la masonería en casi
todos los contextos culturales: la distancia creciente entre un patrimonio
simbólico de enorme profundidad y una práctica masónica que, con frecuencia, lo
repite sin dejarse transformar por él. La cuestión no es si el símbolo
sigue estando presente -lo está- sino si sigue siendo operante como mediación
iniciática, espiritual y ética en la conciencia del masón contemporáneo. Allí
donde el símbolo permanece intacto en la forma, pero ha perdido capacidad de
interpelación, la pregunta por una reingeniería deja de ser provocación y se
convierte en necesidad.
La masonería nació y se desarrolló como una
escuela simbólica, no como un sistema doctrinal cerrado ni como una
organización filantrópica sin horizonte trascendente, sino como un camino de
transformación interior mediado por símbolos. El problema emerge cuando ese
lenguaje simbólico, transmitido durante siglos, deja de ser trabajado y
comienza a ser administrado. El símbolo, que debía abrir la conciencia, se
convierte entonces en objeto de explicación rutinaria o en marcador
identitario. Como advertía Oswald Wirth, “el símbolo no vive en los libros
ni en los discursos, sino en la conciencia de quien lo medita”; cuando esa
meditación se sustituye por repetición, el símbolo sobrevive, pero la
iniciación se debilita.
Hablar de reingeniería del símbolo no significa
modificar arbitrariamente los símbolos ni adaptarlos superficialmente a las
modas culturales. El símbolo masónico no necesita ser reinventado; necesita ser
re-habitado. La reingeniería a la que alude esta reflexión no es formal, sino
espiritual y hermenéutica. Consiste en devolver al símbolo su función original:
ser mediación entre el ser humano y un principio de orden que lo trasciende,
confrontándolo consigo mismo y con su responsabilidad en el mundo. En este
sentido, la reingeniería no se dirige al símbolo en sí, sino al modo en que la
masonería se relaciona con él.
Uno de los signos más claros de la crisis
simbólica contemporánea es la tendencia a reducir el símbolo a interpretación
correcta o incorrecta. Esta lógica empobrece radicalmente la experiencia
iniciática. El símbolo no se agota en una lectura autorizada; se despliega
en la medida en que interpela la vida concreta del iniciado. Jules Boucher
lo expresó con precisión al afirmar que el símbolo “no enseña lo que debemos
pensar, sino lo que debemos trabajar en nosotros mismos”. Cuando esta
dimensión se pierde, el símbolo se convierte en instrumento de poder simbólico:
quien “sabe” impone, quien “no sabe” obedece. Allí ya no hay
iniciación, sino jerarquía vaciada de espíritu.
La masonería del siglo XXI enfrenta además un
desafío cultural ineludible: habita sociedades marcadas por la aceleración, la
superficialidad informativa y la desconfianza hacia los lenguajes
trascendentes. En este contexto, el símbolo corre el riesgo de ser percibido
como arcaísmo o como folclor ritual. Sin embargo, la respuesta no puede ser su
banalización ni su ocultamiento, sino una profundización consciente de su
dimensión espiritual. W. L. Wilmshurst advertía que la masonería fracasa cuando
se contenta con producir buenos ciudadanos respetables, olvidando que su
vocación es formar seres humanos interiormente transformados. Esta advertencia
resulta hoy particularmente actual.
La referencia al Gran Arquitecto del Universo,
vivida simbólicamente y no como fórmula automática, constituye un punto
neurálgico de esta reingeniería. No se trata de reforzar definiciones ni de
imponer creencias, sino de recuperar su función como símbolo de orientación
trascendental. Allí donde esta referencia se vacía de contenido espiritual, el
símbolo pierde verticalidad y la masonería se repliega en un humanismo
horizontal sin profundidad iniciática. René Guénon advirtió que una tradición
que conserva sus formas, pero pierde su referencia a los principios termina
convirtiéndose en una parodia de sí misma. Esta advertencia interpela
directamente a la masonería contemporánea.
Desde América Latina, la pregunta por la
reingeniería simbólica adquiere una resonancia ética particular. En sociedades
atravesadas por la desigualdad, la violencia y la exclusión, el símbolo masónico
no puede permanecer encerrado en el templo sin traicionarse. José Ingenieros
recordaba que los ideales solo tienen valor cuando imponen una conducta;
trasladado al plano masónico, esto significa que el símbolo que no
transforma la praxis social del iniciado se reduce a retórica iniciática. Una
reingeniería simbólica auténtica debe, por tanto, re-vincular espiritualidad y
responsabilidad histórica.
La necesidad de esta reingeniería se manifiesta
también en las patologías internas de la vida de logia: dogmatismos simbólicos,
ritualismos estériles, conflictos de poder encubiertos por un lenguaje
tradicional y formas de violencia simbólica que contradicen la fraternidad
proclamada. Allí donde el símbolo se utiliza para excluir, intimidar o
imponer, ha dejado de ser mediación del Misterio para convertirse en ídolo
institucional. Reingenierizar el símbolo implica desmontar estos usos perversos
y devolverle su función liberadora y crítica.
Responder a la pregunta inicial exige, por tanto,
una afirmación clara: sí, la masonería del siglo XXI necesita una reingeniería
del símbolo masónico, pero no en el sentido de modificar su herencia, sino de
asumirla con mayor radicalidad. Esta reingeniería implica formar masones
capaces de silencio interior, de trabajo simbólico honesto, de autocrítica y de
coherencia ética. Implica logias que comprendan que custodiar símbolos no es
conservar formas, sino sostener procesos de transformación espiritual.
La verdadera pregunta no es si el símbolo debe
cambiar, sino si estamos dispuestos a cambiar nuestra relación con él. Si el símbolo
vuelve a ser vivido como experiencia espiritual, como mediación con lo
trascendente y como criterio de juicio ético, la masonería no solo seguirá
siendo pertinente en el siglo XXI, sino necesaria. Si, por el contrario, se
limita a administrar un lenguaje simbólico desvinculado de la vida, ninguna
modernización externa podrá evitar su vaciamiento interior.
La reingeniería del símbolo masónico es, en última
instancia, una reingeniería de la conciencia masónica. Y esa tarea, por su
propia naturaleza, no admite atajos ni delegaciones: comienza y termina en la
disposición del iniciado a dejarse transformar por aquello que dice venerar.
Causas de la crisis simbólica contemporánea
Entre las causas principales que justifican la
pregunta por una reingeniería del símbolo masónico se encuentra, en primer
lugar, la ritualización sin interiorización. El rito se ejecuta
correctamente, pero se ha debilitado su capacidad de provocar experiencia
espiritual. El símbolo se pronuncia, se muestra y se explica, pero ya no se
medita ni se encarna. Este fenómeno no es accidental: responde a una cultura
marcada por la prisa, la superficialidad y la dificultad para sostener procesos
largos de trabajo interior.
Una segunda causa es el dogmatismo simbólico. Allí
donde ciertas interpretaciones se imponen como definitivas, el símbolo pierde
su carácter iniciático y se convierte en objeto de poder. Jules Boucher
advertía que el símbolo deja de educar cuando se lo clausura en una explicación
única. En estos contextos, el símbolo ya no interpela; clasifica, jerarquiza y
excluye.
Una tercera causa es la
desvinculación entre símbolo y vida. El trabajo simbólico se limita al espacio
ritual y no se proyecta en la ética cotidiana. La masonería corre entonces el
riesgo de convertirse en un humanismo retórico, incapaz de incidir en la
conducta personal, social y política de sus miembros. Desde América Latina,
José Ingenieros recordaba que los ideales solo adquieren dignidad cuando se
traducen en conducta; esta afirmación resulta especialmente pertinente para una
orden que se proclama formativa.
Finalmente, debe señalarse
la pérdida de la dimensión trascendental del símbolo. Cuando la referencia al
principio superior -nombrado simbólicamente como Gran Arquitecto del Universo-
se reduce a una fórmula protocolaria, el símbolo pierde verticalidad. René
Guénon advirtió que toda tradición que conserva sus formas, pero olvida sus
principios termina vaciándose de sentido. Esta advertencia interpela directamente
a la masonería del siglo XXI.
Consecuencias de no abordar la reingeniería simbólica
Las consecuencias de esta crisis simbólica no son
menores. En el plano iniciático, se produce una banalización de la experiencia
masónica: se multiplican los grados, pero no la profundidad; se incrementa la
actividad, pero no la transformación interior. El masón corre el riesgo de
convertirse en gestor de rituales y no en trabajador de sí mismo.
En el plano institucional, surgen conflictos de
poder encubiertos, prácticas de exclusión y formas de violencia simbólica que
contradicen la fraternidad proclamada. El símbolo, en lugar de liberar la
conciencia, se utiliza para legitimarla dominación. En el plano social, la
masonería pierde capacidad de incidencia ética: su discurso no logra traducirse
en prácticas coherentes frente a la injusticia, la corrupción o la
deshumanización.
En términos espirituales, la consecuencia más
grave es la desconexión entre símbolo y trascendencia. Cuando el símbolo deja
de abrir al Misterio, la masonería se repliega en un inmanentismo cómodo,
incapaz de sostener una espiritualidad exigente. W. L. Wilmshurst advertía que
una masonería que no transforma interiormente a sus miembros fracasa en su
misión esencial, por más respetabilidad externa que conserve.
Propuestas de desarrollo: hacia una reingeniería integral del símbolo
Responder a esta situación exige una reingeniería
simbólica entendida no como modificación de los símbolos, sino como
transformación de la relación con ellos. En primer lugar, es necesario
recuperar el trabajo espiritual del símbolo, promoviendo el silencio, la
meditación y la interiorización como prácticas centrales de la vida de logia.
El símbolo debe ser vivido antes de ser explicado.
En segundo lugar, se impone una pedagogía
iniciática renovada, que forme masones capaces de sostener la pregunta
simbólica sin apresurarse a clausurarla. Esto implica abandonar la obsesión por
la interpretación correcta y recuperar el símbolo como tarea existencial.
En tercer lugar, la referencia al Gran Arquitecto
del Universo debe ser re-habitada como símbolo de orientación trascendental, no
como frontera ideológica. Vivida con sobriedad, esta referencia recuerda al
masón que su trabajo se inscribe en un orden que lo trasciende y lo juzga
éticamente.
En cuarto lugar, la reingeniería simbólica exige
vincular expresamente símbolo y ética. Cada trabajo masónico debería reforzar
la pregunta por la coherencia entre el símbolo trabajado y la vida vivida. El
símbolo que no se traduce en responsabilidad social se degrada en simulacro.
Finalmente, se requiere una revisión crítica de
las prácticas institucionales que utilizan el símbolo como instrumento de
poder. Reingenierizar el símbolo implica desmantelar usos dogmáticos,
promover la fraternidad crítica y asumir que el símbolo juzga tanto a la
institución como al individuo.
Conclusión: una necesidad espiritual impostergable
La respuesta a la pregunta inicial es afirmativa,
pero debe formularse con precisión: la masonería del siglo XXI necesita una
reingeniería del símbolo masónico no para hacerlo más moderno, sino para
hacerlo nuevamente operante como mediación espiritual, iniciática y ética. Esta
reingeniería no se decreta ni se reglamenta; se vive. Comienza en la conciencia
del masón que acepta dejarse interpelar por el símbolo y se prolonga en logias
que comprenden que custodiar símbolos no es conservar formas, sino sostener
procesos de transformación humana.
La verdadera crisis no es del símbolo, sino de la
disposición a trabajarlo. Allí donde el símbolo vuelve a ser experiencia
espiritual, la masonería recupera su sentido y su necesidad histórica. Allí
donde se lo reduce a herencia administrada, ninguna reforma externa podrá
evitar su vaciamiento interior.
Bibliografía
Boucher,
Jules. La simbólica masónica. Editorial Kier, Buenos Aires.
Guénon,
René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Editorial Paidós,
Barcelona.
Ingenieros,
José. El hombre mediocre. Editorial Losada, Buenos Aires.
Roso
de Luna, Mario. El simbolismo de las religiones del mundo. Editorial Eyras,
Madrid.
Wilmshurst,
W. L. El significado de la masonería. Editorial Kier, Buenos Aires.
Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Editorial Humanitas, Buenos Aires



