La pluralidad masónica es
uno de los fenómenos más visibles -y a la vez menos pensados con rigor
iniciático- de la masonería contemporánea. Obediencias múltiples, ritos
diversos, jurisdicciones superpuestas y lecturas simbólicas a menudo
incompatibles conviven bajo una misma denominación genérica que,
paradójicamente, parece tanto abarcarlo todo como vaciarse de contenido
preciso. Ante este panorama, la pregunta por la pluralidad no puede formularse
en términos administrativos, jurídicos o meramente históricos; exige una
lectura espiritual, simbólica y ética. ¿Estamos ante una expresión madura de la
libertad iniciática o frente a un síntoma de fragmentación interior que ha sido
normalizado bajo el lenguaje de la tolerancia?
La masonería, en cuanto tradición iniciática, nace
y se desarrolla en abierta resistencia al dogmatismo. Desde sus primeras
formulaciones especulativas, la libertad de conciencia aparece como un
principio no negociable. No se trata de una concesión liberal moderna, sino de
una condición estructural del proceso iniciático: nadie puede ser iniciado en
nombre de otro ni recibir una verdad prefabricada sin traicionar el sentido
mismo del símbolo. W. L. Wilmshurst lo expresó con precisión cuando afirmó que
la masonería no comunica doctrinas cerradas, sino que ofrece un método
simbólico destinado a provocar una transformación interior real, personal e
intransferible (Wilmshurst, The Meaning of Masonry). En este sentido, la
pluralidad de ritos y expresiones culturales no solo es comprensible, sino
necesaria. La tradición no se conserva por repetición mecánica, sino por
reinterpretación viva.
Sin embargo, reconocer la legitimidad de la
pluralidad no equivale a sacralizar cualquier forma de dispersión. Toda
tradición viva se diversifica; pero no toda diversificación es signo de
vitalidad. La diferencia entre pluralidad fecunda y fragmentación
espiritual reside en el principio que las ordena -o que ha dejado de ordenarlas-
Cuando la diversidad se sostiene en un eje iniciático común, la pluralidad
se convierte en riqueza simbólica. Cuando ese eje se debilita o desaparece, la
diversidad degenera en atomización autorreferencial. Oswald Wirth advirtió
que el símbolo no admite interpretaciones arbitrarias, sino lecturas
responsables que exigen trabajo interior, silencio y coherencia vital (El
simbolismo masónico). Allí donde el símbolo se instrumentaliza para justificar
identidades institucionales, la iniciación queda reducida a retórica.
En la masonería
contemporánea, la proliferación de obediencias que se definen más por exclusión
que por vocación iniciática constituye un indicio preocupante. Cuando cada
estructura se proclama depositaria de la “auténtica” masonería, no estamos ante
pluralidad, sino ante una lucha por legitimidades externas que revela una
carencia interior. René Guénon fue especialmente severo en este punto al
señalar que toda organización iniciática que pierde de vista su finalidad espiritual
termina atrapada en el formalismo y la exterioridad (Apercepciones sobre la
iniciación). El rito, separado de la transformación interior, se convierte en
escenografía; el grado, desligado del trabajo sobre sí, en jerarquía vacía.
Este proceso de fragmentación no es únicamente
organizativo; es, ante todo, espiritual. Se manifiesta en la
desconexión progresiva entre discurso y vida, entre liturgia y ética, entre
iniciación y acción pública. Una masonería fragmentada espiritualmente puede
multiplicar declaraciones de principios sin producir sujetos éticamente
consistentes. Puede proclamar valores universales sin encarnarlos en prácticas
concretas. La crisis no se localiza en la diversidad de formas, sino en la
pérdida del trabajo interior como criterio de legitimidad.
En este contexto, la referencia al Gran Arquitecto
del Universo adquiere una relevancia decisiva. No como fórmula ritual ni como
mínimo teísta consensuado, sino como principio de orden simbólico,
trascendencia ética y descentramiento del ego. El Gran Arquitecto no uniforma
creencias; introduce una verticalidad sin la cual toda pluralidad se aplana.
Cuando esta referencia se vacía de contenido o se elimina sin ser sustituida
por un principio equivalente de trascendencia, la masonería se expone a una
horizontalización radical que convierte la iniciación en pedagogía moral sin
horizonte espiritual. La pluralidad, sin eje vertical, se transforma
inevitablemente en dispersión.
Las consecuencias de esta fragmentación no
permanecen confinadas al interior de los templos. Toda formación iniciática
auténtica tiene efectos públicos. Una masonería espiritualmente fragmentada
produce acción social sin profundidad simbólica, compromiso político sin
autocrítica interior y discursos humanistas sin coherencia existencial. Por el
contrario, una pluralidad reconciliada con la iniciación puede generar sujetos
capaces de dialogar sin diluirse, de actuar sin instrumentalizar la Orden y de
incidir en la sociedad desde una ética vivida, no declamada.
La pregunta por la pluralidad masónica, en
consecuencia, no se resuelve eligiendo entre libertad o unidad, entre
diversidad o coherencia. Se resuelve restaurando el sentido iniciático como
principio ordenador. No se trata de unificar obediencias ni de homogeneizar
ritos, sino de reunificar conciencias en torno a un trabajo interior real, una
comprensión simbólica rigurosa y una ética encarnada. La verdadera unidad
masónica no se decreta ni se administra: se vive. Y solo puede vivirla quien
esté dispuesto a asumir que la iniciación no es un acontecimiento pasado ni una
acumulación de grados, sino un proceso permanente de transformación que
compromete la totalidad de la existencia.
La pluralidad masónica será expresión de libertad
únicamente en la medida en que esté sostenida por esa exigencia. Cuando deja de
estarlo, se convierte -aunque no siempre se reconozca- en síntoma de
fragmentación espiritual. El desafío no es institucional; es personal e
iniciático y comienza, ineludiblemente, por la pregunta que cada masón debe
hacerse en silencio: si la masonería que defiende es la que proclama, o la que
está dispuesto a vivir.
Referencias bibliográficas
Guénon, René. Apercepciones sobre la iniciación.
Barcelona: Sophia Perennis, 2000.
Wilmshurst, W. L. The Meaning of Masonry. Londres:
Rider & Co., 1922.
Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Barcelona:
Kier, 1996.
Wirth, Oswald. El libro del Aprendiz. Barcelona:
Ediciones Masónicas, 1989

Excelente artículo nos pone a reflexionar y efectivamente es la masoneria que quiero vivir.
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