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jueves, 18 de junio de 2026

MASONES ATRAPADOS EN LAS REDES

 

Y SU SOLEDAD HIPERCONECTADA

Existen épocas que no transforman al hombre mediante grandes revoluciones visibles, sino mediante pequeños desplazamientos silenciosos que cambian lentamente su manera de pensar, sentir, relacionarse y comprenderse a sí mismo. Son transformaciones que ingresan sin pedir permiso, reorganizan hábitos cotidianos y terminan modificando incluso aquello que parecía pertenecer exclusivamente a la intimidad humana. Nuestro tiempo parece ser uno de esos momentos históricos. Nunca antes existieron tantas posibilidades para comunicarnos y, paradójicamente, pocas veces el ser humano había experimentado una sensación tan intensa de aislamiento interior. Nunca hubo tantos contactos y quizás nunca hubo tantas dificultades para encontrarnos verdaderamente. Nunca se habló tanto y quizá nunca se escuchó tan poco.

La situación adquiere una profundidad particular cuando atraviesa la experiencia masónica, porque la Masonería no nació para producir asociaciones administrativas entre individuos ni para organizar relaciones sociales superficiales. La Orden surgió como un espacio de construcción humana donde hombres libres decidieron emprender juntos el trabajo de perfeccionamiento moral, intelectual y espiritual. Su lenguaje es el símbolo; su herramienta es la fraternidad; su horizonte es la transformación interior. Precisamente por ello surge una pregunta que puede resultar incómoda, pero que quizá necesite colocarse sobre el Ara de nuestra conciencia: ¿están algunos masones rodeados de hermanos y profundamente solos al mismo tiempo? ¿Será posible que las mismas herramientas destinadas a acercarnos estén produciendo nuevas formas de distancia? ¿Podría una fraternidad construida para unir hombres estar experimentando silenciosamente formas inéditas de aislamiento?

La pregunta incomoda porque obliga a abandonar el territorio cómodo de las explicaciones generales para entrar en un espacio mucho más complejo: el examen de nosotros mismos. Resulta sencillo observar las enfermedades del mundo profano y denunciar la superficialidad contemporánea; lo difícil consiste en preguntarnos si algo de esa enfermedad comenzó también a habitar nuestros talleres, nuestras relaciones y nuestras propias formas de vivir la fraternidad.

Quizá uno de los dramas más silenciosos de la Masonería contemporánea no sea la ausencia de hermanos sino la pérdida progresiva del encuentro humano verdadero. Hay hombres que llegan al templo rodeados de nombres y, sin embargo, llegan solos. Nadie lo sospecha. Saludan con entusiasmo, estrechan manos, sonríen durante los trabajos, participan activamente en reuniones, responden mensajes con rapidez y aparecen diariamente en múltiples grupos masónicos. Comparten pensamientos filosóficos, difunden frases sobre la fraternidad, envían imágenes rituales y parecen encontrarse permanentemente vinculados con todos. Desde fuera proyectan la imagen de hombres acompañados, comprometidos y presentes. Pero algunas veces, cuando la reunión termina y el silencio comienza a recuperar lentamente su espacio, descubren algo que los inquieta profundamente: pasaron el día entero hablando con muchas personas y, sin embargo, no lograron conversar verdaderamente con nadie.

Y quizá aquí aparece una de las paradojas más dolorosas de nuestro tiempo: existen personas rodeadas de voces y profundamente abandonadas; existen hombres visibles y simultáneamente invisibles; existen sujetos permanentemente conectados que comienzan lentamente a sentirse desconocidos incluso por quienes los rodean. El hombre aislado sabe que está solo porque percibe físicamente la ausencia de otros; pero el hombre hiperconectado puede tardar años en comprender lo que le ocurre, precisamente porque su soledad viene disfrazada de compañía.

Sherry Turkle señala que las tecnologías contemporáneas ofrecen una sensación de compañía sin exigir las responsabilidades propias de las relaciones humanas reales (Turkle, 2012). Tal afirmación adquiere una fuerza inquietante cuando se observa desde la experiencia iniciática. Porque la fraternidad jamás fue concebida como una simple acumulación de contactos o como una estructura funcional de comunicación frecuente. La fraternidad constituye una experiencia ética y espiritual que exige tiempo, disponibilidad, escucha y capacidad de compartir cargas humanas reales. Ser hermano no significa únicamente encontrarse presente durante los momentos de celebración; significa permanecer también cuando aparecen las noches oscuras del alma.

Tal vez una de las formas más dolorosas de pobreza contemporánea sea la imposibilidad de expresar la propia fragilidad. Hay hermanos que cargan luchas silenciosas que nadie alcanza a percibir. Algunos atraviesan conflictos familiares; otros enfrentan pérdidas emocionales; otros experimentan cansancio espiritual; otros comienzan a sentir que ciertas preguntas profundas han dejado de encontrar respuesta dentro de ellos mismos. Pero aprendieron algo que nuestra cultura enseña con extraordinaria eficacia: aprendieron a sostener una imagen mientras internamente sienten que algo comienza a fracturarse. Aprendieron a sonreír mientras se derrumban. Aprendieron a mostrarse fuertes mientras silenciosamente desean que alguien pregunte con verdadera sinceridad: “¿Cómo estás?”.

La tragedia no consiste únicamente en sentirse solo. La tragedia aparece cuando el hombre deja de creer que puede ser escuchado. Porque cuando alguien pierde la esperanza de ser comprendido comienza lentamente a desaparecer de sí mismo. Quizá algunos hermanos estén atravesando esa experiencia mientras continúan participando normalmente de las actividades institucionales. Quizá algunos estén sonriendo durante las tenidas mientras regresan a sus hogares cargando preguntas que nunca se atrevieron a compartir. Quizá algunos estén viviendo una profunda tristeza mientras reciben diariamente decenas de mensajes y saludos fraternales.

Carl Rogers afirmaba que el crecimiento humano ocurre en ambientes donde existen autenticidad, aceptación y empatía genuina (Rogers, 2012). Cuando esas condiciones desaparecen, las relaciones comienzan a convertirse en escenarios donde las personas representan personajes en lugar de expresar realidades personales. Y tal vez allí aparezca una de las preguntas más incómodas que la Masonería contemporánea necesita formularse: ¿cuántas veces hemos pronunciado la palabra fraternidad sin asumir verdaderamente las exigencias humanas que ella implica? ¿Cuántas veces hemos confundido cortesía ritual con cercanía auténtica? ¿Cuántas veces hemos estrechado manos sin percibir que quien está frente a nosotros necesitaba algo más que un saludo?

Byung-Chul Han explica que la sociedad contemporánea ha creado una cultura marcada por la hiperactividad permanente y la sobreexposición constante (Han, 2012). El individuo parece obligado a responder continuamente, participar incesantemente y mantenerse visible de manera permanente. Esta dinámica produce una fatiga profunda porque el ser humano necesita espacios de silencio y de interioridad para conservar equilibrio espiritual. La experiencia iniciática exige precisamente aquello que el exceso digital amenaza lentamente: capacidad de detenerse, de contemplar y de escuchar.

Ninguna piedra puede pulirse mediante golpes desesperados y desordenados. Ningún símbolo puede revelar profundidad a una mente dispersa. Ninguna transformación interior puede desarrollarse adecuadamente cuando la conciencia vive fragmentada entre estímulos continuos. René Guénon advertía que una de las enfermedades fundamentales del mundo moderno era el predominio de la cantidad sobre la cualidad (Guénon, 2001). El mundo digital parece reproducir exactamente esa lógica: más mensajes, más información, más actividad, más presencia y más visibilidad; pero frecuentemente menos profundidad, menos escucha, menos contemplación y menos humanidad.

Quizá el problema principal de nuestra época no sea que las redes hayan conectado demasiados hombres. Tal vez el problema sea mucho más profundo: las redes han comenzado lentamente a convencernos de que estar visibles significa estar acompañados, y ambas cosas son radicalmente distintas. Porque las conexiones pueden multiplicarse indefinidamente, pero la comunión humana exige algo mucho más difícil: tiempo, verdad, vulnerabilidad y presencia.

La fraternidad verdadera comienza cuando alguien percibe la tristeza del otro antes de que sea verbalizada; cuando alguien permanece incluso cuando ya no existe utilidad inmediata; cuando alguien escucha sin ansiedad por responder; cuando alguien comprende que detrás del mandil, del collarín, del cargo y de los títulos existe simplemente un ser humano luchando silenciosamente por construir sentido.

 

Conclusiones

La Masonería contemporánea necesita fortalecer una pedagogía de la presencia humana que permita distinguir entre interacción funcional y encuentro fraterno auténtico.

Los talleres deben desarrollar espacios permanentes de escucha activa, acompañamiento emocional y diálogo profundo que permitan reconstruir relaciones humanas de confianza real.

Es necesario recuperar prácticas iniciáticas de interioridad: silencio consciente, contemplación, estudio reflexivo y conversación significativa.

Cada masón debe examinar críticamente la relación que mantiene con las tecnologías y preguntarse si sus múltiples conexiones están fortaleciendo o debilitando la calidad humana de sus vínculos esenciales.

Finalmente, la Orden tiene una responsabilidad histórica frente a la sociedad contemporánea: recordar que ninguna pantalla puede sustituir una mirada fraterna, que ningún algoritmo puede reemplazar una presencia humana y que ninguna conexión digital realizará jamás el trabajo interior que corresponde al alma en su búsqueda del Gran Arquitecto del Universo.

 

Referencias bibliográficas

Bauman, Z. (2005). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Fromm, E. (2000). ¿Tener o ser? Bogotá: Fondo de Cultura Económica.

Guénon, R. (2001). La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.

Rogers, C. (2012). El proceso de convertirse en persona. Barcelona: Paidós.

Turkle, S. (2012). Alone Together: Por qué esperamos más de la tecnología y menos de nosotros mismos. Barcelona: Paidós.

Wilmshurst, W. L. (1998). El significado de la Masonería. Barcelona: Kier.


2 comentarios:

  1. Me gustó el articulo,las Tic no nos pueden dominar.El ser masón es estar cerca del hno recordando nuestra fraternidad

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    1. Muchas Gracias Querido(a) Hermano(a) por su comentario

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