Por Q.·. H.·. Andy D Villar Peñalver https://andyvillar.blogspot.com/
Existen conceptos que pertenecen originalmente al lenguaje de la psicología, de la administración o de las ciencias del comportamiento humano, pero que, cuando son observados desde la perspectiva iniciática, adquieren una profundidad inesperada. Tal es el caso de la procrastinación. Habitualmente se la define como el hábito de postergar tareas importantes, sustituyéndolas por actividades menos exigentes o más agradables. Sin embargo, cuando este fenómeno es examinado a la luz de la experiencia masónica, la cuestión deja de ser un simple problema de organización personal para convertirse en una interrogante de naturaleza espiritual, ética y existencial.
La masonería se presenta a
sí misma como una escuela de transformación permanente. Su propósito no
consiste únicamente en transmitir conocimientos, preservar tradiciones o
ejecutar rituales, sino en provocar una reconstrucción progresiva del ser
humano. Desde esta perspectiva surge una pregunta inquietante: ¿qué ocurre
cuando un iniciado retrasa sistemáticamente ese trabajo de transformación? ¿Qué
sucede cuando el hombre que ha sido llamado a construir su templo interior
decide aplazar indefinidamente esa construcción? ¿Qué nombre recibe la
distancia creciente entre aquello que un masón sabe que debe hacer y aquello
que realmente hace?
Responder estas preguntas
exige explorar una realidad poco discutida dentro de las logias, pero
profundamente presente en muchas de ellas. Una realidad que no siempre produce
conflictos visibles, que rara vez genera escándalos institucionales y que suele
pasar inadvertida precisamente porque se reviste de normalidad. Esa realidad es
la procrastinación masónica.
La procrastinación
masónica puede definirse como el aplazamiento consciente o inconsciente del
trabajo iniciático que un hombre sabe que debe realizar sobre sí mismo, sobre
su conciencia y sobre su compromiso con la construcción del Templo de la
Humanidad. No se trata simplemente de dejar para mañana la lectura de un libro,
la elaboración de una plancha o la asistencia a una actividad de la logia.
Tales manifestaciones son apenas síntomas superficiales. En su sentido más
profundo, la procrastinación masónica consiste en posponer la transformación
interior que constituye la razón de ser de la iniciación.
Desde el punto de vista
psicológico, procrastinar implica sustituir una acción necesaria por otra
emocionalmente más cómoda. Timothy Pychyl (2013) sostiene que la
procrastinación no es esencialmente un problema de tiempo, sino un problema de
gestión emocional. El individuo evita aquello que lo confronta consigo mismo.
Esta observación adquiere una importancia extraordinaria dentro del universo
masónico. El trabajo iniciático exige precisamente aquello que el ego suele
evitar: reconocer errores, aceptar limitaciones, desmontar ilusiones
personales, cuestionar creencias arraigadas y asumir responsabilidades que nadie
puede delegar. Por ello, la procrastinación masónica no debe entenderse como
simple pereza. Constituye más bien una forma sofisticada de resistencia
interior frente al cambio.
En términos simbólicos, la
procrastinación masónica representa la suspensión indefinida del trabajo sobre
la piedra bruta. La iniciación entrega herramientas, pero no realiza el
trabajo. El mallete y el cincel son símbolos de una responsabilidad que
corresponde exclusivamente al iniciado. Ninguna ceremonia, ningún grado y
ninguna investidura pueden sustituir ese esfuerzo personal. Como señala Oswald
Wirth (2008), los símbolos poseen una función operativa orientada a despertar
facultades latentes. Cuando el símbolo deja de provocar transformación y se
convierte únicamente en objeto de contemplación intelectual, comienza el
proceso de estancamiento iniciático. La procrastinación aparece precisamente
cuando el masón admira las herramientas sin utilizarlas, interpreta los
símbolos sin encarnarlos y estudia los principios sin convertirlos en hábitos.
Desde la perspectiva
filosófica, la procrastinación masónica constituye una fractura entre
conocimiento y existencia. Sócrates afirmaba que una vida sin examen no merece
ser vivida. La masonería retoma esta exigencia mediante una pedagogía orientada
al autoconocimiento permanente. Sin embargo, conocer no significa
necesariamente transformarse. Muchas veces el iniciado acumula información
simbólica, ritual o doctrinal sin permitir que dicho conocimiento altere
significativamente su manera de vivir. Surge entonces una paradoja
profundamente inquietante: el hombre sabe cada vez más sobre la masonería, pero
la masonería transforma cada vez menos al hombre. La procrastinación masónica
nace precisamente en esa brecha entre saber y ser.
Desde una dimensión ética,
la procrastinación masónica implica una dilación de la responsabilidad. El
juramento iniciático compromete al individuo con una determinada forma de vida.
No se trata únicamente de asistir a reuniones o respetar reglamentos
institucionales. Se trata de asumir un compromiso permanente con la verdad, la
justicia, la fraternidad y el perfeccionamiento moral. Cuando ese compromiso es
diferido sistemáticamente, el iniciado corre el riesgo de transformar la
masonería en un discurso desprovisto de consecuencias prácticas. Albert Pike
(2010) advertía que la verdadera iniciación exige coherencia entre los
principios proclamados y la conducta observada. Allí donde esa coherencia se
aplaza indefinidamente, la procrastinación comienza a erosionar la autenticidad
de la experiencia masónica.
La procrastinación
masónica posee además una dimensión pedagógica. Muchas logias han desarrollado
mecanismos eficaces para transmitir información, pero no siempre para generar
transformación. Se enseña historia, simbolismo, ritualidad y doctrina; sin
embargo, con frecuencia resulta más difícil evaluar el crecimiento interior, la
maduración ética o la evolución espiritual de los hermanos. Edgar Morin (2020)
recuerda que el conocimiento adquiere sentido únicamente cuando transforma la
relación del sujeto consigo mismo, con los demás y con el mundo. Desde esta
perspectiva, la procrastinación masónica aparece cuando la formación deja de
ser un camino de transformación y se convierte en una simple acumulación de
contenidos.
La dimensión institucional
tampoco puede ignorarse. Las logias, al igual que las personas, pueden
procrastinar. Lo hacen cuando identifican problemas estructurales y posponen
indefinidamente su solución. Lo hacen cuando reconocen debilidades formativas,
conflictos fraternos o vacíos doctrinales, pero prefieren conservar la
comodidad de lo conocido. Lo hacen cuando hablan de renovación sin renovar
nada, cuando proclaman la importancia de la investigación sin producir
conocimiento o cuando exaltan la fraternidad sin resolver las fracturas
internas que la amenazan. La procrastinación institucional es la expresión
colectiva de una resistencia al cambio que termina debilitando la vitalidad de
la Orden.
Existe también una
dimensión espiritual aún más profunda. La procrastinación masónica es, en
esencia, una forma de olvido del tiempo iniciático. El iniciado actúa como si
siempre existiera una oportunidad futura para comenzar el trabajo pendiente.
Sin embargo, toda tradición sapiencial recuerda que la transformación únicamente
puede ocurrir en el presente. René Guénon (2006) sostenía que la iniciación es
una posibilidad que requiere actualización permanente. Ningún avance logrado en
el pasado garantiza la evolución futura. Cada día representa una nueva
oportunidad para construir o para postergar. En consecuencia, la
procrastinación masónica constituye una forma silenciosa de alejamiento del
instante presente, único espacio donde puede producirse la verdadera
transmutación interior.
La cultura contemporánea
favorece enormemente este fenómeno. Vivimos en sociedades caracterizadas por la
dispersión permanente de la atención, el consumo acelerado de información, la
búsqueda constante de gratificaciones inmediatas y la dificultad creciente para
sostener procesos profundos de reflexión. Como advierte Zygmunt Bauman (2017),
la modernidad líquida debilita los compromisos duraderos y privilegia lo
inmediato sobre lo trascendente. La masonería no está aislada de esta realidad.
Los mismos factores culturales que afectan a la sociedad penetran
inevitablemente en las logias. Por ello, la procrastinación masónica no debe
entenderse únicamente como una debilidad individual; constituye también un
desafío cultural que exige respuestas pedagógicas e institucionales
conscientes.
Comprendida en toda su
amplitud, la procrastinación masónica no es simplemente el acto de aplazar
tareas. Es la postergación del propio proceso iniciático. Es el diferimiento de
la construcción de sí mismo. Es la distancia creciente entre el ideal masónico
y la realidad existencial del iniciado. Es el hábito de esperar un futuro mejor
para realizar un trabajo que únicamente puede hacerse hoy.
Las conclusiones que
emergen de esta reflexión poseen implicaciones técnico-operativas para toda
logia y para todo masón comprometido con la autenticidad de su camino. En
primer lugar, resulta necesario sustituir la cultura de la permanencia por una
cultura del crecimiento verificable. No basta con permanecer en la Orden; es
indispensable avanzar en ella. En segundo lugar, los procesos formativos deben
incorporar mecanismos de autoevaluación que permitan identificar áreas de
estancamiento personal e institucional. En tercer lugar, el simbolismo debe ser
permanentemente vinculado con la vida cotidiana para evitar que se convierta en
una erudición estéril. En cuarto lugar, las logias deben promover espacios de
investigación, reflexión y producción intelectual que mantengan viva la tensión
transformadora de la iniciación. Finalmente, cada hermano debe preguntarse
periódicamente no cuánto sabe sobre masonería, sino cuánto de su vida ha sido
efectivamente transformado por ella.
La procrastinación
masónica comienza cuando el iniciado posterga la tarea de convertirse en
aquello que juró ser. Su superación comienza cuando comprende que el tiempo de
la transformación nunca es mañana. El tiempo de la iniciación siempre es ahora.
Referencias
bibliográficas
Bauman,
Zygmunt. (2013). La cultura en el mundo de la modernidad líquida. México: Fondo
de Cultura Económica.
Boucher,
Jules. (2007). La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier.
Frankl,
Viktor E. (2015). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.
Fromm,
Erich. (2014). Tener o ser. México: Fondo de Cultura Económica.
Guénon,
René. (2006). Perspectivas sobre la iniciación. Barcelona: Obelisco.
Marina,
José Antonio. (2012). La inteligencia ejecutiva. Barcelona: Ariel.
Morin,
Edgar. (2020). Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación.
Barcelona: Paidós.
Pike,
Albert. (2010). Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Charleston:
Supreme Council, Southern Jurisdiction.
Savater,
Fernando. (2010). Ética para Amador. Barcelona: Ariel.
Wilmshurst,
Walter Leslie. (2018). El significado de la masonería. Madrid: Editorial
Masónica.
Wirth,
Oswald. (2008). El simbolismo masónico. Madrid: Kier.

Jorge E.: Procrastinar = Distractor/(Focalizar * Actuar)
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