Buscar este blog

miércoles, 27 de mayo de 2026

NO ERES UN BUEN HERMANO

 

Indefiniciones axiológicas de un masón

 

Decirle a un iniciado “no eres un buen Hermano” es, quizá, uno de los actos más evitados en la vida masónica contemporánea, no por falta de motivos, sino por ausencia de coraje ético para nombrar la incoherencia. La expresión, cuando aparece, suele hacerlo en forma de murmullo, de juicio implícito, de distancia silenciosa, pero rara vez se articula como palabra responsable que busca la restauración del otro. Esta omisión no es inocente: revela una crisis profunda en la comprensión axiológica de la fraternidad. Porque si decir “buen Hermano” ha sido trivializado hasta volverse un elogio vacío, evitar decir “no eres un buen Hermano” ha generado una zona de ambigüedad donde la incoherencia se normaliza. En este espacio difuso, la masonería corre el riesgo de convertirse en una estructura de tolerancia sin verdad, donde todo se acepta para no perturbar la armonía aparente. Pero una fraternidad que no se atreve a confrontar la desviación ética no es fraterna: es funcional.

No ser un buen Hermano no constituye una categoría ontológica ni un estigma permanente; es una configuración existencial marcada por la ruptura entre el principio y la práctica. No se trata de quien falla —porque todo iniciado falla— sino de quien se instala en la inconsistencia sin voluntad de transformación. Esta instalación puede adoptar formas sutiles, incluso sofisticadas: el discurso impecable que encubre una vida fragmentada, la participación ritual que no se traduce en compromiso profano, la obediencia formal que esconde una ausencia de convicción. En este sentido, la indefinición axiológica no es ignorancia de los valores, sino su instrumentalización. Como advierte René Guénon, “la desviación más grave no es la negación del principio, sino su deformación” (La crisis del mundo moderno, 1927). No ser un buen Hermano significa vaciar la fraternidad de contenido mientras todavía se la invoca.

Esta vaciedad se manifiesta, en primer lugar, en una relación utilitaria con la logia. El espacio iniciático deja de ser lugar de transformación para convertirse en escenario de validación. Se asiste, se participa, se interviene, pero no se arriesga la propia interioridad. La palabra se vuelve técnica, correcta, incluso brillante, pero carece de densidad existencial. William L. Wilmshurst señalaba que “el trabajo masónico es una operación sobre uno mismo” (The Meaning of Masonry, 1922); cuando esta operación se suspende, todo lo demás se convierte en representación. Quien no es un buen Hermano no necesariamente perturba el orden externo; por el contrario, puede ser funcional, eficiente, incluso reconocido. Pero su presencia introduce una disonancia silenciosa: el templo se llena de formas, pero se vacía de sentido.

En segundo lugar, la indefinición axiológica se expresa en la incapacidad de sostener el conflicto como espacio de verdad. Quien no es un buen Hermano evita la confrontación no por prudencia, sino por temor a que su propia inconsistencia quede expuesta. Prefiere la armonía superficial a la tensión fecunda, el consenso fácil a la deliberación crítica. En este contexto, la fraternidad se degrada en una red de complicidades afectivas donde se protege al otro no por amor, sino por conveniencia. Oswald Wirth advertía que “la iniciación exige valor para ver y para decir” (El simbolismo masónico, 1927); sin este valor, la logia se convierte en un espacio de simulación donde todos parecen estar de acuerdo porque nadie se atreve a disentir. No ser un buen Hermano no rompe necesariamente la unidad; la esteriliza.

Pero quizá la dimensión más profunda de esta indefinición axiológica sea la relación distorsionada con el símbolo. El símbolo, que debería operar como mediación transformadora, es reducido a ornamento cultural o a recurso retórico. Se habla del compás, de la escuadra, de la luz, pero sin permitir que estos signos interroguen la vida concreta. Jules Boucher lo expresa con claridad: “el símbolo es un espejo; quien no se reconoce en él, lo convierte en objeto” (La simbólica masónica, 1948). No ser un buen Hermano no equivale a ignorar el simbolismo, sino a dominarlo discursivamente sin dejarse afectar por él. Esta distancia entre conocimiento y transformación genera una forma de cinismo iniciático: se sabe lo que se debería ser, pero se elige no serlo.

Esta elección no es siempre consciente ni deliberada; muchas veces está mediada por dinámicas afectivas complejas. El miedo al rechazo, el deseo de pertenencia, la necesidad de reconocimiento, la fatiga existencial: todos estos elementos configuran un entramado emocional que puede llevar al iniciado a negociar su coherencia. Quien no es un buen Hermano no es un enemigo externo, sino una posibilidad interna que habita en cada uno. Hay momentos en que todos nos volvemos opacos, en que la luz se debilita, en que la palabra se separa de la vida. Pero la diferencia radical está en la respuesta a esa opacidad: quien la reconoce y la trabaja se mantiene en el camino iniciático; quien la justifica o la oculta, se instala en la indefinición.

Esta instalación tiene consecuencias no solo personales, sino estructurales. Una logia compuesta por Hermanos que habitan la ambigüedad axiológica tiende a reproducir esa ambigüedad en sus decisiones, en sus criterios de admisión, en sus formas de reconocimiento. Se elige al que se parece, se promueve al que no incomoda, se silencia al que cuestiona. Así, la indefinición se institucionaliza. Quien no es un buen Hermano deja de ser excepción para convertirse en norma tácita. Y en este proceso, la masonería pierde su capacidad de interpelación, su fuerza crítica y su potencia transformadora.

Frente a este escenario, la pregunta no puede ser simplemente quién no es un buen Hermano, sino cómo se produce esta condición y qué dispositivos pueden contrarrestarla. Porque el riesgo no es solo ético, sino ontológico: una masonería que pierde su eje axiológico se convierte en una forma vacía, en un ritual sin alma, en una fraternidad sin verdad. La crítica, entonces, no busca excluir, sino recuperar el sentido. Nombrar la indefinición no es condenar al otro, sino abrir la posibilidad de su transformación.

Desde esta comprensión, las conclusiones deben asumir un carácter técnico-operativo que permita traducir la crítica en acción concreta. En primer lugar, se hace necesario instaurar una cultura de la verdad al interior de la logia, donde la retroalimentación fraterna no sea percibida como ataque, sino como acto de cuidado. Esto implica desarrollar protocolos de diálogo crítico que permitan señalar incoherencias sin humillar, confrontar sin destruir, acompañar sin encubrir. En segundo lugar, es imprescindible diseñar sistemas de evaluación cualitativa del proceso iniciático, que vayan más allá de la asistencia o la participación formal e incluyan indicadores como la coherencia ética, la capacidad de autocrítica, la gestión del conflicto y el compromiso social.

En tercer lugar, se requiere una reconfiguración de los procesos formativos, orientándolos hacia una pedagogía de la interioridad que integre dimensiones simbólicas, éticas y afectivas. No basta con enseñar el significado de los símbolos; es necesario generar experiencias que permitan su encarnación. Esto puede implicar prácticas de silencio, ejercicios de escritura reflexiva y espacios de acompañamiento personal. En cuarto lugar, la logia debe establecer mecanismos claros para abordar situaciones de incoherencia persistente, no desde la lógica punitiva, sino desde una ética de la restauración. Esto supone definir rutas de acompañamiento, tiempos de revisión y criterios de reincorporación.

Finalmente, se impone una vigilancia constante sobre las dinámicas de poder y reconocimiento al interior de la institución. La indefinición axiológica se alimenta de estructuras que premian la apariencia y castigan la autenticidad. Por ello, es fundamental revisar los criterios de elección, promoción y reconocimiento, asegurando que estén alineados con los principios que se proclaman. Decir “no eres un buen Hermano” no debería ser un acto de exclusión, sino el inicio de un proceso de verdad. Pero para que esto sea posible, quien lo pronuncia debe estar dispuesto a someterse al mismo juicio, con la misma radicalidad.

En última instancia, la figura de quien no es un buen Hermano no es un otro distante, sino una posibilidad latente en cada iniciado. Reconocerla no debilita la fraternidad; la fortalece desde su núcleo más exigente. Porque solo una fraternidad que se atreve a mirarse en su sombra puede aspirar a ser verdaderamente luminosa.

 

Referencias bibliográficas

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier, 1948.

Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Madrid: Alianza, 2001 (ed. original 1927).

Wilmshurst, William L. The Meaning of Masonry. Londres: Rider & Co., 1922.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Barcelona: Luis Cárcamo, 1991 (ed. original 1927).

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tus comentarios son importantes para mi, ¡ánimo lo estoy esperando!

CUANDO EL TEMPLO SE VUELVE REFUGIO EMOCIONAL

  Infidelidad, deseo y desorden afectivo en logias mixtas   Existen temas que rara vez se pronuncian en voz alta dentro de los espacios ...