Buscar este blog

lunes, 18 de mayo de 2026

¿USTED NO SABE QUIÉN SOY YO?: La Altivez en un Masón

 

 

Hay expresiones que, pronunciadas en segundos, revelan años de trabajo interior frustrado. Una de ellas es la conocida frase de la soberbia social: “Usted no sabe quién soy yo”. En el mundo profano suele utilizarse para intimidar, exigir privilegios o escapar a los límites comunes. Sin embargo, cuando esa lógica penetra el templo masónico, el problema deja de ser una simple descortesía y se convierte en una grave contradicción iniciática. Porque si algún espacio debería estar protegido contra el culto al ego, es precisamente aquel donde hombres y mujeres ingresan para aprender a dominarse a sí mismos, rectificar su conducta y pulir la piedra bruta de su carácter. Esta plancha no se dirige contra personas concretas, sino contra una deformación del espíritu fraternal que a veces se encarna en queridos hermanos y queridas hermanas que, sintiéndose “hermanos perfectos”, se colocan por encima de la norma, del método y hasta de la autoridad legítima del Venerable Maestro. Allí donde el yo hipertrofiado exige reconocimiento, la masonería está siendo reemplazada por una parodia de sí misma.

La idea central que debe afirmarse con claridad es esta: la altivez en un masón no es un defecto accesorio, sino una negación del sentido mismo de la iniciación. La masonería no fue concebida para fabricar personajes importantes, sino seres humanos conscientes. El iniciado entra al templo no para inflar su nombre, sino para disminuir sus cadenas interiores. Cada ceremonia auténtica recuerda que el hombre ordinario debe morir simbólicamente para que nazca una conciencia más justa, más libre y más fraterna. Cuando alguien recurre a su antigüedad, a sus cargos, a sus relaciones o a su supuesto prestigio para imponerse sobre los demás, está regresando al punto de partida. El ego, que debía ser trabajado, vuelve a sentarse en el trono. Como señaló Oswald Wirth, el verdadero progreso iniciático no se mide por honores externos, sino por la transformación íntima del carácter (Wirth, 2008).

La frase “usted no sabe quién soy yo” posee, además, una estructura psicológica reveladora. Quien realmente sabe quién es, no necesita anunciarlo. Solo exige reconocimiento quien depende de él para sostener una identidad frágil. Erich Fromm explicó que muchas conductas autoritarias no nacen de la fortaleza, sino del miedo interior, de la inseguridad compensada mediante dominio externo (Fromm, 2012). Tras algunos gestos altivos suele esconderse una persona incapaz de ser valorada por su serenidad, su conocimiento o su ejemplo, y que por ello necesita imponer presencia a través del temor, la presión o la teatralidad. En el contexto masónico esto es particularmente grave, porque el taller debería ser un espacio de maduración espiritual, no de compensación narcisista.

Cuando esa actitud se presenta en logia, adopta formas diversas. A veces se manifiesta en interrupciones permanentes, en descalificaciones veladas, en la tendencia a monopolizar la palabra o en el desprecio por las intervenciones de Aprendices y Compañeros. Otras veces aparece en la irritación cuando el Venerable Maestro toma decisiones dentro del ritual que no comparte. Entonces emerge el personaje ofendido que cree que toda decisión debe acomodarse a su voluntad. No soporta ser uno entre iguales, necesita ser excepción. Allí se evidencia una confusión fundamental: la masonería reconoce dignidades funcionales, pero no castas espirituales. Nadie es más hermano que otro; nadie está por encima del método común. La autoridad ritual existe para preservar armonía, no para halagar susceptibilidades individuales.

Desde el punto de vista simbólico, la altivez contradice el lenguaje entero del taller. La escuadra enseña rectitud, no arrogancia. El compás enseña límite, no expansión del ego. La plomada exige verticalidad moral, no altivez social. La regla recuerda medida y proporción, no exceso temperamental. El mallete invita al trabajo paciente sobre la piedra interior, no al golpe verbal sobre los demás. Cuando un masón usa su membresía para humillar, para exigir trato preferente o para desconocer la conducción legítima del Venerable Maestro, transforma herramientas vivas en adornos vacíos. René Guénon advertía que toda tradición puede degenerar cuando conserva formas externas mientras pierde contenido interior (Guénon, 2003). Una logia con abundante ritual y escasa humildad corre precisamente ese riesgo.

No es menor la dimensión institucional del problema. El hermano o hermana prepotente altera el clima del taller. Los más jóvenes callan por temor, los oficiales ceden para evitar conflicto, el debate se empobrece y la fraternidad se vuelve diplomacia fingida. La logia deja de ser escuela de libertad responsable para convertirse en escenario dominado por egos sensibles. El daño no siempre se percibe de inmediato, pero es profundo: se normaliza la idea de que el más fuerte emocionalmente impone condiciones, de que el reglamento es flexible para algunos y rígido para otros, de que la autoridad depende del carácter de quien presiona y no del mandato que representa. Ninguna institución educativa, ética o iniciática puede crecer bajo ese patrón.

También conviene revisar la noción distorsionada de “hermano perfecto”. En sentido iniciático, perfección no significa impecabilidad ni superioridad; significa orientación permanente hacia el perfeccionamiento. El perfecto no es quien ya terminó su obra, sino quien sigue trabajándola con conciencia. Cuando alguien se siente concluido, deja de aprender. Cuando cree que su experiencia pasada lo exonera de escuchar, se estanca. Jules Boucher recordaba que toda vía simbólica es dinámica y progresiva: detenerse equivale a retroceder (Boucher, 1998). El hermano que presume perfección suele exhibir, en realidad, inmovilidad interior.

La altivez tampoco distingue género, edad o trayectoria. Puede manifestarse en queridos hermanos y queridas hermanas por igual. No pertenece a una obediencia específica ni a un rito determinado. Es una posibilidad humana permanente. Por eso la masonería no debe presumirse inmune a los vicios que critica en la sociedad profana. Llevar mandil no elimina el orgullo; portar joya no extingue la vanidad; ocupar Oriente no garantiza sabiduría. La iniciación ofrece herramientas, pero cada quien decide si las utiliza para construir o para decorar su personaje.

Desde una perspectiva espiritual, quien invoca al Gran Arquitecto del Universo debería comprender mejor la pequeñez de toda autoidolatría. Ante el orden inmenso de la creación, ninguna biografía personal justifica soberbia desmedida. La auténtica conciencia religiosa o metafísica no aplasta la dignidad humana, pero sí relativiza sus delirios. El iniciado maduro no pregunta “¿saben quién soy yo?”, sino “¿estoy siendo digno de aquello que profeso?”. Esa es la verdadera inversión de la mirada: pasar del prestigio al propósito, del nombre a la obra, del rango a la responsabilidad.

Pedagógicamente, el masón altivo enseña, aunque no lo advierta. Enseña que ascender significa dominar, que antigüedad equivale a privilegio, que disentir con agresividad es legítimo, que la autoridad se desafía no con razones sino con presión emocional. En cambio, el masón humilde enseña otra cosa: escucha sin debilidad, corrige sin humillar, discrepa sin destruir, ejerce firmeza sin teatralidad. Carl Rogers mostró que los ambientes de crecimiento humano requieren respeto, autenticidad y aceptación responsable (Rogers, 2011). Una logia intimidada no forma conciencia libre; produce simulación y silencio.

¿Qué hacer frente a esta desviación? Primero, no romantizarla llamándola “temperamento fuerte” o “carácter antiguo”. Segundo, fortalecer la formación de Maestros en liderazgo ético, manejo de conflictos y simbolismo aplicado. Tercero, respaldar al Venerable Maestro en el ejercicio sereno de sus atribuciones reglamentarias, incluida la administración del uso de la palabra. Cuarto, establecer culturas de retroalimentación fraterna donde la corrección sea normal y no agravio personal. Quinto, promover rotación de responsabilidades para evitar feudos emocionales. Sexto, recordar en cada tenida que el silencio oportuno también es virtud masónica. Séptimo, distinguir claramente entre respeto a la trayectoria y tolerancia al abuso conductual.

El verdadero masón no necesita anunciarse. Se reconoce por la paz que deja tras intervenir, por la justicia con que trata a los menores en grado, por la dignidad con que acepta límites y por la humildad con que corrige sus excesos. El que grita “usted no sabe quién soy yo” quizá ignora todavía la pregunta esencial: “¿quién estoy llamado a ser?”. La logia no necesita personajes inflados; necesita conciencias trabajadas. No necesita intocables; necesita servidores. No necesita hermanos perfectos; necesita hermanos perfectibles.

 

Referencias bibliográficas

Boucher, J. (1998). La simbólica masónica. Barcelona: Obelisco.

Fromm, E. (2012). El miedo a la libertad. Barcelona: Paidós.

Guénon, R. (2003). Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Barcelona: Paidós.

Rogers, C. (2011). El proceso de convertirse en persona. Barcelona: Paidós.

Wirth, O. (2008). La masonería explicada a sus iniciados. Madrid: Kier.




¿USTED NO SABE QUIÉN SOY YO?: La Altivez en un Masón

    Hay expresiones que, pronunciadas en segundos, revelan años de trabajo interior frustrado. Una de ellas es la conocida frase de la sob...