Hay expresiones que,
pronunciadas en segundos, revelan años de trabajo interior frustrado. Una de
ellas es la conocida frase de la soberbia social: “Usted no sabe quién soy yo”.
En el mundo profano suele utilizarse para intimidar, exigir privilegios o
escapar a los límites comunes. Sin embargo, cuando esa lógica penetra el templo
masónico, el problema deja de ser una simple descortesía y se convierte en una grave
contradicción iniciática. Porque si algún espacio debería estar protegido
contra el culto al ego, es precisamente aquel donde hombres y mujeres ingresan
para aprender a dominarse a sí mismos, rectificar su conducta y pulir la piedra
bruta de su carácter. Esta plancha no se dirige contra personas concretas, sino
contra una deformación del espíritu fraternal que a veces se encarna en
queridos hermanos y queridas hermanas que, sintiéndose “hermanos perfectos”, se
colocan por encima de la norma, del método y hasta de la autoridad legítima del
Venerable Maestro.
Allí donde el yo hipertrofiado exige reconocimiento, la masonería está siendo
reemplazada por una parodia de sí misma.
La idea central que debe
afirmarse con claridad es esta: la altivez en un masón no es un defecto
accesorio, sino una negación del sentido mismo de la iniciación. La masonería
no fue concebida para fabricar personajes importantes, sino seres humanos
conscientes. El iniciado entra al templo no para inflar su nombre, sino para
disminuir sus cadenas interiores. Cada ceremonia auténtica recuerda que el
hombre ordinario debe morir simbólicamente para que nazca una conciencia más
justa, más libre y más fraterna. Cuando alguien recurre a su antigüedad, a sus
cargos, a sus relaciones o a su supuesto prestigio para imponerse sobre los
demás, está regresando al punto de partida. El ego, que debía ser trabajado,
vuelve a sentarse en el trono. Como señaló Oswald Wirth, el verdadero progreso
iniciático no se mide por honores externos, sino por la transformación íntima
del carácter (Wirth, 2008).
La frase “usted no sabe
quién soy yo” posee, además, una estructura psicológica reveladora. Quien
realmente sabe quién es, no necesita anunciarlo. Solo exige reconocimiento
quien depende de él para sostener una identidad frágil. Erich Fromm explicó que
muchas conductas autoritarias no nacen de la fortaleza, sino del miedo
interior, de la inseguridad compensada mediante dominio externo (Fromm, 2012).
Tras algunos gestos altivos suele esconderse una persona incapaz de ser
valorada por su serenidad, su conocimiento o su ejemplo, y que por ello
necesita imponer presencia a través del temor, la presión o la teatralidad. En
el contexto masónico esto es particularmente grave, porque el taller debería
ser un espacio de maduración espiritual, no de compensación narcisista.
Cuando esa actitud se
presenta en logia, adopta formas diversas. A veces se manifiesta en
interrupciones permanentes, en descalificaciones veladas, en la tendencia a
monopolizar la palabra o en el desprecio por las intervenciones de Aprendices y
Compañeros. Otras veces aparece en la irritación cuando el Venerable Maestro toma decisiones dentro del ritual que no comparte. Entonces emerge el personaje ofendido
que cree que toda decisión debe acomodarse a su voluntad. No soporta ser uno
entre iguales, necesita ser excepción. Allí se evidencia una confusión
fundamental: la masonería reconoce dignidades funcionales, pero no castas
espirituales. Nadie es más hermano que otro; nadie está por encima del método
común. La autoridad ritual existe para preservar armonía, no para halagar
susceptibilidades individuales.
Desde el punto de vista
simbólico, la altivez contradice el lenguaje entero del taller. La escuadra
enseña rectitud, no arrogancia. El compás enseña límite, no expansión del ego.
La plomada exige verticalidad moral, no altivez social. La regla recuerda
medida y proporción, no exceso temperamental. El mallete invita al trabajo
paciente sobre la piedra interior, no al golpe verbal sobre los demás. Cuando
un masón usa su membresía para humillar, para exigir trato preferente o para
desconocer la conducción legítima del Venerable Maestro, transforma
herramientas vivas en adornos vacíos. René Guénon advertía que toda tradición
puede degenerar cuando conserva formas externas mientras pierde contenido
interior (Guénon, 2003). Una logia con abundante ritual y escasa humildad corre
precisamente ese riesgo.
No es menor la dimensión
institucional del problema. El hermano o hermana prepotente altera el clima del
taller. Los más jóvenes callan por temor, los oficiales ceden para evitar
conflicto, el debate se empobrece y la fraternidad se vuelve diplomacia
fingida. La logia deja de ser escuela de libertad responsable para convertirse
en escenario dominado por egos sensibles. El daño no siempre se percibe de
inmediato, pero es profundo: se normaliza la idea de que el más fuerte emocionalmente
impone condiciones, de que el reglamento es flexible para algunos y rígido para
otros, de que la autoridad depende del carácter de quien presiona y no del
mandato que representa. Ninguna institución educativa, ética o iniciática puede
crecer bajo ese patrón.
También conviene revisar
la noción distorsionada de “hermano perfecto”. En sentido iniciático,
perfección no significa impecabilidad ni superioridad; significa orientación
permanente hacia el perfeccionamiento. El perfecto no es quien ya terminó su
obra, sino quien sigue trabajándola con conciencia. Cuando alguien se siente
concluido, deja de aprender. Cuando cree que su experiencia pasada lo exonera
de escuchar, se estanca. Jules Boucher recordaba que toda vía simbólica es
dinámica y progresiva: detenerse equivale a retroceder (Boucher, 1998). El
hermano que presume perfección suele exhibir, en realidad, inmovilidad
interior.
La altivez tampoco
distingue género, edad o trayectoria. Puede manifestarse en queridos hermanos y
queridas hermanas por igual. No pertenece a una obediencia específica ni a un
rito determinado. Es una posibilidad humana permanente. Por eso la masonería no
debe presumirse inmune a los vicios que critica en la sociedad profana. Llevar
mandil no elimina el orgullo; portar joya no extingue la vanidad; ocupar
Oriente no garantiza sabiduría. La iniciación ofrece herramientas, pero cada
quien decide si las utiliza para construir o para decorar su personaje.
Desde una perspectiva
espiritual, quien invoca al Gran Arquitecto del Universo debería comprender
mejor la pequeñez de toda autoidolatría. Ante el orden inmenso de la creación,
ninguna biografía personal justifica soberbia desmedida. La auténtica
conciencia religiosa o metafísica no aplasta la dignidad humana, pero sí relativiza
sus delirios. El iniciado maduro no pregunta “¿saben quién soy yo?”, sino
“¿estoy siendo digno de aquello que profeso?”. Esa es la verdadera inversión de
la mirada: pasar del prestigio al propósito, del nombre a la obra, del rango a
la responsabilidad.
Pedagógicamente, el masón altivo enseña, aunque no lo advierta. Enseña que ascender significa
dominar, que antigüedad equivale a privilegio, que disentir con agresividad es
legítimo, que la autoridad se desafía no con razones sino con presión
emocional. En cambio, el masón humilde enseña otra cosa: escucha sin debilidad,
corrige sin humillar, discrepa sin destruir, ejerce firmeza sin teatralidad.
Carl Rogers mostró que los ambientes de crecimiento humano requieren respeto,
autenticidad y aceptación responsable (Rogers, 2011). Una logia intimidada no
forma conciencia libre; produce simulación y silencio.
¿Qué hacer frente a esta
desviación? Primero, no romantizarla llamándola “temperamento fuerte” o
“carácter antiguo”. Segundo, fortalecer la formación de Maestros en liderazgo
ético, manejo de conflictos y simbolismo aplicado. Tercero, respaldar al
Venerable Maestro en el ejercicio sereno de sus atribuciones reglamentarias,
incluida la administración del uso de la palabra. Cuarto, establecer culturas
de retroalimentación fraterna donde la corrección sea normal y no agravio
personal. Quinto, promover rotación de responsabilidades para evitar feudos
emocionales. Sexto, recordar en cada tenida que el silencio oportuno también es
virtud masónica. Séptimo, distinguir claramente entre respeto a la trayectoria
y tolerancia al abuso conductual.
El verdadero masón no
necesita anunciarse. Se reconoce por la paz que deja tras intervenir, por la
justicia con que trata a los menores en grado, por la dignidad con que acepta
límites y por la humildad con que corrige sus excesos. El que grita “usted no
sabe quién soy yo” quizá ignora todavía la pregunta esencial: “¿quién estoy
llamado a ser?”. La logia no necesita personajes inflados; necesita conciencias
trabajadas. No necesita intocables; necesita servidores. No necesita hermanos
perfectos; necesita hermanos perfectibles.
Referencias bibliográficas
Boucher, J. (1998). La simbólica masónica.
Barcelona: Obelisco.
Fromm, E. (2012). El miedo a la libertad.
Barcelona: Paidós.
Guénon, R. (2003). Símbolos fundamentales de la
ciencia sagrada. Barcelona: Paidós.
Rogers, C. (2011). El proceso de convertirse en
persona. Barcelona: Paidós.
Wirth, O. (2008). La masonería explicada a sus
iniciados. Madrid: Kier.
