La
fraternidad ocupa un lugar axial en el manifiesto moral de la Masonería, No es
un valor secundario ni un mero enunciado retórico del discurso ritual, sino un
principio constitutivo del proyecto iniciático: sin fraternidad no hay logia,
sin fraternidad el símbolo se vacía, sin fraternidad la iniciación degenera en
formalismo. Bajo la invocación del Gran Arquitecto Del Universo, la Masonería
proclama la igualdad esencial de los hombres y mujeres como vocación universal
de la humanidad reconciliada; sin embargo, esta proclamación, reiterada con
solemnidad en los rituales, se ve frecuentemente desmentida por la práctica
cotidiana de los talleres, allí emerge una fractura inquietante entre el ideal
afirmado y la realidad vivida.
La
fraternidad ideal pertenece al orden del símbolo normativo. René Guénon
recordaba que el símbolo no describe lo que es, sino lo que debe ser: “el
símbolo es una invitación permanente a la rectificación del ser” (Guénon,
2004, p. 112). Desde esta perspectiva, la fraternidad no puede reducirse a un
sentimiento de camaradería ni a una cortesía institucional, sino que constituye
una exigencia ontológica: el reconocimiento del otro como igual en dignidad y
como compañero de destino iniciático. Oswald Wirth lo formuló sin ambigüedad
cuando afirmó que “la Masonería no une a los hombres por intereses ni por
opiniones, sino por su común aspiración hacia lo eterno” (Wirth, 1993, p.
56). Toda fraternidad que se funda en afinidades ideológicas, conveniencias
administrativas o alianzas circunstanciales traiciona este principio.
No
obstante, la realidad de muchas logias revela una fraternidad condicionada,
selectiva y frágil. La igualdad proclamada bajo la bóveda celeste se diluye
cuando intervienen el grado, el cargo, la antigüedad o la cercanía al poder
simbólico. La fraternidad se invoca, pero no siempre se ejerce; se declama,
pero no se encarna. Jules Boucher advertía que la fraternidad es una categoría
espiritual y no una emoción pasajera (Boucher, 1988, p. 214), y precisamente
por ello resulta incómoda: exige coherencia, renuncia al ego y una ética del
cuidado que no todos están dispuestos a asumir.
Desde
una perspectiva filosófica clásica, la fraternidad masónica se vincula con la
philia aristotélica en su forma más elevada: la amistad por virtud, una forma
de buscar el bien de los demás, promoviendo la cooperación y la buena
convivencia. Aristóteles distinguía con claridad entre las relaciones fundadas
en el placer, la utilidad y el bien moral (Aristóteles, 2007, p. 142). La
fraternidad iniciática solo puede sostenerse en esta última, pues no busca lo
que el otro me ofrece, sino lo que el otro es. Sin embargo, cuando la
fraternidad se instrumentaliza -para ascender, para influir, para excluir- se
degrada al nivel de la utilidad y pierde su carácter iniciático. En ese punto,
la logia deja de ser taller de perfeccionamiento para convertirse en escenario
de disputas profanas.
W.
L. Wilmshurst fue particularmente severo al afirmar que la logia es un espejo
del alma (Wilmshurst, 1993, p. 92). Allí no solo se revelan las virtudes, sino
también las sombras. El conflicto fraterno no es un accidente externo, sino la
manifestación de una lucha interior no resuelta. La fraternidad se quiebra
cuando el trabajo simbólico no se traduce en transformación ética, cuando la
piedra bruta permanece intacta bajo un barniz ritual; en este sentido, la
crisis de la fraternidad no es institucional, sino espiritual.
Erich
Fromm sostuvo que el amor fraternal es la forma más madura del amor humano
porque no busca poseer ni dominar, sino unir en libertad (Fromm, 1994, p. 42).
Esta afirmación interpela directamente a la Masonería contemporánea: ¿Qué tipo
de vínculos estamos construyendo en nombre de la fraternidad? ¿Relaciones de
libertad responsable o de control sutil? ¿Espacios de crecimiento mutuo o
estructuras de poder encubierto? Cuando la fraternidad se subordina al ego,
deja de ser camino de liberación y se convierte en una ficción ritual.
La
incomodidad del otro es parte constitutiva de la experiencia fraterna.
Jean-Paul Sartre lo expresó con crudeza al afirmar que “el infierno son los
otros” (Sartre, 1996, p. 311). Leída superficialmente, esta frase parece
negar la fraternidad; leída en profundidad, la sitúa en su verdadero terreno:
el de la dificultad. El hermano, en su diferencia, me confronta, me desinstala,
me obliga a trabajar mis límites. Allí donde se huye del conflicto en nombre de
una falsa armonía, la fraternidad se vacía de contenido; sin fricción no hay
pulido y sin alteridad no hay iniciación.
Paul
Ricoeur comprendió el mito como una narración que abre posibilidades de sentido
y acción (Ricoeur, 2001, p. 74). La fraternidad ideal es ese mito orientador
que juzga permanentemente la práctica. No está para ser contemplado, sino para
ser contrastado con la realidad. Cuando la distancia entre ambos se normaliza,
la logia entra en un proceso de erosión ética. La fraternidad proclamada sin
autocrítica se convierte en ideología; la fraternidad vivida sin ideal se
reduce a rutina administrativa.
Leonardo
Boff introduce una dimensión ineludible al afirmar que la fraternidad no es
solo emoción, sino compromiso histórico: “ser hermanos significa
comprometernos con el pan de cada día de todos” (Boff, 2000, p. 65). Este
llamado confronta a una Masonería que, en ocasiones, se refugia en el
simbolismo interno y olvida su responsabilidad social. No hay fraternidad
auténtica mientras se tolere la exclusión, la indiferencia o la injusticia,
dentro o fuera de la logia. El manifiesto moral masónico pierde credibilidad
cuando la fraternidad no se traduce en prácticas concretas de solidaridad y
justicia.
La
confrontación entre la fraternidad ideal y la fraternidad real no es un
problema a resolver, sino una tensión a habitar conscientemente. Allí se define
la autenticidad del masón. El ideal sin práctica es una ilusión retórica; la
práctica sin ideal es una administración sin alma. Solo quien se deja
interpelar por esta contradicción comienza verdaderamente el trabajo
iniciático. La fraternidad no se hereda con el grado ni se garantiza con el
ritual: se construye cada día, en el silencio, en la renuncia al ego, en la
fidelidad al otro.
A
manera de conclusión podemos decir que la fraternidad masónica es una exigencia
radical, no una consigna cómoda. Es el criterio último que juzga la verdad del
camino iniciático, ya que la fraternidad ideal nos acusa y la fraternidad real
nos desnuda; entre ambas se juega la honestidad del masón y la credibilidad de
la logia. Allí donde la fraternidad se vive con coherencia, el símbolo se
vuelve carne y la Masonería cumple su vocación humanizadora. Allí donde se la
traiciona, el templo permanece en pie, pero el espíritu se ausenta.
La
pregunta no es si proclamamos la fraternidad, sino si estamos dispuestos a
pagar el precio de vivirla.
Referencias
bibliográficas
Aristóteles.
(2007). Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos.
Boff,
L. (2000). El Padre Nuestro. La oración de la liberación integral. Santander:
Sal Terrae.
Boucher,
J. (1988). La simbólica masónica. Barcelona: Obelisco.
Fromm,
E. (1994). El arte de amar. Barcelona: Paidós.
Guénon,
R. (2004). Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Barcelona: Paidós.
Ricoeur,
P. (2001). Finitud y culpabilidad. Madrid: Trotta.
Sartre,
J.-P. (1996). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.
Wilmshurst,
W. L. (1993). El significado de la Masonería. Buenos Aires: Kier.
Wirth,
O. (1993). El libro del aprendiz. Buenos Aires: Kier.
