Uso mi plomada interior
Hay frases que no
describen un estado de ánimo, sino una arquitectura del espíritu. “No tengo los
pasos perdidos: uso mi plomada interior” pertenece a esa categoría rara de
afirmaciones que, al ser pronunciadas con verdad, no informan solamente algo
sobre quien las dice, sino que revelan una forma de habitar el mundo. En
tiempos donde la velocidad reemplaza al discernimiento, donde la opinión
instantánea suplanta a la reflexión y donde el ruido social convierte la
conciencia en territorio invadido, sostener que no se tienen los pasos perdidos
constituye una declaración contracultural. Pero añadir que ello se debe al uso
de una plomada interior eleva la sentencia a nivel iniciático: no se trata de
mera orientación externa, sino de una verticalidad íntima que permite
distinguir lo recto de lo torcido, lo esencial de lo accesorio, lo verdadero de
lo conveniente.
El drama de nuestra época
no es solamente moral; es geométrico. Se ha perdido la línea recta interior.
Muchos caminan, ascienden, producen, consumen, publican, opinan y aparentan,
pero lo hacen sin eje. Se desplazan horizontalmente en múltiples direcciones,
sin una referencia vertical que ordene el conjunto. La masonería, cuando
permanece fiel a su vocación más profunda, recuerda precisamente eso: que
ninguna construcción estable surge sin medida, nivel y plomada. Esta plancha
propone una tesis exigente: quien aprende a usar su plomada interior puede
atravesar los pasos perdidos del mundo sin confundirse con ellos. No porque sea
perfecto, sino porque sabe corregirse; no porque ignore el caos, sino porque
posee centro; no porque domine todas las respuestas, sino porque conserva una
dirección.
Decir “no tengo los pasos
perdidos” implica reconocer primero que la pérdida del rumbo es una posibilidad
constante de la condición humana. Nadie está inmunizado contra la dispersión.
El extravío adopta formas sofisticadas: éxito sin sentido, poder sin ética,
religiosidad sin compasión, militancia sin pensamiento, ritualidad sin
transformación, conocimiento sin sabiduría. El hombre puede estar socialmente
celebrado y espiritualmente desorientado. Blaise Pascal advertía que gran parte
de las miserias humanas provienen de la incapacidad de permanecer a solas
consigo mismo (Pensamientos, frag. 139). Quien huye permanentemente de sí mismo
termina perdido, aunque conozca todos los caminos externos.
En el lenguaje simbólico
masónico, los pasos perdidos representan el espacio liminal entre el mundo
profano y el recinto del trabajo interior. No son solo un lugar físico previo
al Templo; son la imagen de todos aquellos ámbitos donde reina la distracción,
la superficialidad y el tránsito sin finalidad. Allí circulan rumores,
ansiedades, ambiciones, máscaras sociales y conversaciones sin espesor. El
problema no es que existan pasos perdidos -siempre existirán- sino convertirlos
en residencia habitual del alma. Muchos hombres viven permanentemente en ese
vestíbulo psicológico: nunca ingresan al santuario de la conciencia.
Frente a ello emerge la
plomada interior. La plomada, en el arte de construir, verifica verticalidad y
corrige desviaciones. En la vida iniciática cumple una función análoga: permite
comprobar si nuestras decisiones descienden desde principios firmes o si cuelgan
torcidas por intereses pasajeros. La plomada no adorna el taller; lo hace
posible. Del mismo modo, la conciencia recta no embellece la vida: la
estructura. Oswald Wirth afirmaba que los útiles masónicos no tienen valor por
su forma material, sino por la disciplina mental y moral que enseñan (El
simbolismo hermético en sus relaciones con la alquimia y la francmasonería,
1927). Aplicado a nuestro tema: usar la plomada interior es someter cada acto a
examen de rectitud.
La primera operación de
esa plomada consiste en medir intenciones. Muchas acciones aparentemente
nobles nacen de móviles impuros: ayudar para ser vistos, servir para controlar,
enseñar para dominar, liderar para satisfacer vanidad, callar por cobardía y no
por prudencia. La ética iniciática no se contenta con la apariencia externa del
acto; pregunta por la raíz invisible que lo produce. Aristóteles enseñaba que
la virtud no es solo conducta correcta, sino disposición estable del carácter
orientada al bien (Ética a Nicómaco, II, 6). En clave masónica, no basta hacer
lo correcto ocasionalmente; importa convertirse en alguien interiormente
alineado con lo justo.
La segunda operación de
la plomada interior consiste en ordenar la palabra. En épocas de inflación
discursiva, hablar mucho se confunde con pensar bien. Sin embargo, la palabra
no medida se convierte en herramienta de demolición. Se hiere con sarcasmo, se
manipula con medias verdades, se destruye reputación con insinuaciones, se
contamina el taller con murmuración. El iniciado que usa su plomada verbal
pregunta antes de hablar: ¿es verdadero?, ¿es necesario?, ¿es útil?, ¿es
fraterno?, ¿edifica? La tradición sapiencial siempre ha unido sabiduría y
dominio de lengua. Santiago de Tarso llegó a afirmar que quien domina la lengua
domina el cuerpo entero (Santiago 3:2).
La tercera operación
concierne al gobierno de las pasiones. La plomada interior no elimina
emociones; las orienta. Ira, deseo, miedo, orgullo y tristeza forman parte de
la estructura humana, pero cuando se autonomizan inclinan el edificio entero.
El compás regula expansión; la plomada restituye eje. Carl Jung sostuvo que
aquello inconsciente no integrado se vive como destino externo (Aion, 1951).
Muchos creen que los otros los desvían, cuando en realidad son sus propias
fuerzas internas no trabajadas las que inclinan su marcha. La iniciación exige
pasar de la reacción automática a la respuesta consciente.
Hay también una dimensión
espiritual irrenunciable. La plomada interior no flota en vacío psicológico;
desciende desde una referencia superior. Para la tradición masónica, el Gran
Arquitecto del Universo expresa precisamente que existe un orden trascendente
que funda la posibilidad misma de la rectitud. Sin esta referencia, todo se
relativiza según conveniencia del momento. Viktor Frankl mostró que el ser
humano necesita sentido para no caer en vacío existencial (El hombre en busca
de sentido, 1946). En lenguaje iniciático, la verticalidad del alma depende de
una apertura a algo más alto que el ego. Cuando solo nos medimos con nosotros mismos,
terminamos justificándolo todo.
En el campo institucional,
usar la plomada interior significa no confundir obediencia con sumisión ni
autoridad con prestigio. Una logia pierde su eje cuando tolera incompetencias
por amistad, premia adulaciones, margina voces críticas y administra el rito
como patrimonio privado. La plomada colectiva exige revisar procesos,
liderazgos, formación doctrinal y clima ético. René Guénon advertía que las
organizaciones tradicionales se vacían cuando conservan formas externas, pero
pierden espíritu interno (La crisis del mundo moderno, 1927). El riesgo no es
menor: un templo puede seguir abierto mientras la iniciación ya se ha marchado.
En la dimensión social,
quien usa su plomada interior no se vuelve indiferente al sufrimiento público.
La rectitud íntima reclama justicia exterior. No basta ser correcto en
ceremonia y pasivo ante corrupción, exclusión o degradación educativa. Paulo
Freire recordó que toda educación auténtica debe conducir a conciencia crítica
y praxis transformadora (Pedagogía del oprimido, 1970). La masonería, si quiere
ser fiel a sí misma, no forma decoradores del pasado sino ciudadanos lúcidos
para el presente.
Ahora bien, nadie mantiene
la verticalidad de modo automático. La plomada interior requiere mantenimiento
diario. El hilo se desgasta con la rutina, el peso se contamina con autoengaño,
la mano tiembla bajo presión social. Por eso el iniciado examina su jornada,
rectifica errores, pide perdón cuando corresponde, estudia para no endurecerse
en ignorancia y cultiva silencio para escuchar lo esencial. La caída no
deshonra tanto como la negativa a corregirse. Quien jamás se revisa ya está
torcido y lo ignora.
“No tengo los pasos
perdidos” no significa que nunca dudo, nunca sufro o nunca me equivoco. Significa
algo más humilde y más poderoso: cuando dudo, consulto mi centro; cuando sufro,
no negocio mis principios; cuando me equivoco, me enderezo. La plomada interior
no promete impecabilidad, sino capacidad de retorno. Ese retorno constante
constituye una de las formas más altas de sabiduría.
La primera conclusión
operativa es personal: cada hermano debe instituir una disciplina diaria de
autoexamen. Cinco preguntas bastan como plomada práctica: ¿qué pensé?, ¿qué
dije?, ¿qué hice?, ¿por qué lo hice?, ¿qué debo corregir mañana? Sin revisión
periódica, la desviación se normaliza.
La segunda conclusión es
formativa: los talleres deberían revalorizar el estudio de los útiles
simbólicos no como ornamentación ritual, sino como metodologías éticas
aplicadas a la vida profesional, familiar e institucional. La plomada debe
enseñarse como criterio de decisión.
La tercera conclusión es
comunicativa: urge establecer culturas de palabra responsable. Menos rumor,
menos vanidad verbal, más escucha activa, más argumentación rigurosa, más
silencio fecundo. Donde la lengua se corrompe, pronto se corrompe la
fraternidad.
La cuarta conclusión es
directiva: toda autoridad masónica o profana debe someter sus decisiones a
estándares verificables de justicia, competencia y transparencia. La plomada
interior de un líder se reconoce en procedimientos limpios, no en discursos
solemnes.
La quinta conclusión es
sociopolítica: el hombre rectificado interiormente debe traducir esa rectitud
en servicio concreto a la comunidad, defensa de la educación, promoción de
dignidad humana y resistencia ética ante la corrupción.
La sexta y última
conclusión es espiritual: conservar la verticalidad exige recordar diariamente
que no somos la medida última de nosotros mismos. Cuando el ego se absolutiza,
la plomada se rompe. Cuando la conciencia se abre al Principio superior, el
edificio puede corregirse.
Por eso hoy afirmo, no
como soberbia sino como tarea: no tengo los pasos perdidos, porque cada mañana
vuelvo a tomar en mis manos la plomada interior.
Referencias bibliográficas
Aristóteles. (2007). Ética a Nicómaco. Madrid:
Gredos.
Frankl, V. E. (2004). El hombre en busca de
sentido. Barcelona: Herder.
Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. México:
Siglo XXI Editores.
Guénon, R. (2001). La crisis del mundo moderno.
Barcelona: Paidós.
Jung, C. G. (2009). Aion: contribuciones al
simbolismo del sí-mismo. Madrid: Trotta.
Pascal, B. (2012). Pensamientos. Madrid: Alianza
Editorial.
Wirth, O. (1998). El simbolismo hermético en sus
relaciones con la alquimia y la francmasonería. Barcelona: Obelisco.

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