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sábado, 25 de abril de 2026

NO TENGO LOS PASOS PERDIDOS

 

Uso mi plomada interior

 

Hay frases que no describen un estado de ánimo, sino una arquitectura del espíritu. “No tengo los pasos perdidos: uso mi plomada interior” pertenece a esa categoría rara de afirmaciones que, al ser pronunciadas con verdad, no informan solamente algo sobre quien las dice, sino que revelan una forma de habitar el mundo. En tiempos donde la velocidad reemplaza al discernimiento, donde la opinión instantánea suplanta a la reflexión y donde el ruido social convierte la conciencia en territorio invadido, sostener que no se tienen los pasos perdidos constituye una declaración contracultural. Pero añadir que ello se debe al uso de una plomada interior eleva la sentencia a nivel iniciático: no se trata de mera orientación externa, sino de una verticalidad íntima que permite distinguir lo recto de lo torcido, lo esencial de lo accesorio, lo verdadero de lo conveniente.

El drama de nuestra época no es solamente moral; es geométrico. Se ha perdido la línea recta interior. Muchos caminan, ascienden, producen, consumen, publican, opinan y aparentan, pero lo hacen sin eje. Se desplazan horizontalmente en múltiples direcciones, sin una referencia vertical que ordene el conjunto. La masonería, cuando permanece fiel a su vocación más profunda, recuerda precisamente eso: que ninguna construcción estable surge sin medida, nivel y plomada. Esta plancha propone una tesis exigente: quien aprende a usar su plomada interior puede atravesar los pasos perdidos del mundo sin confundirse con ellos. No porque sea perfecto, sino porque sabe corregirse; no porque ignore el caos, sino porque posee centro; no porque domine todas las respuestas, sino porque conserva una dirección.

Decir “no tengo los pasos perdidos” implica reconocer primero que la pérdida del rumbo es una posibilidad constante de la condición humana. Nadie está inmunizado contra la dispersión. El extravío adopta formas sofisticadas: éxito sin sentido, poder sin ética, religiosidad sin compasión, militancia sin pensamiento, ritualidad sin transformación, conocimiento sin sabiduría. El hombre puede estar socialmente celebrado y espiritualmente desorientado. Blaise Pascal advertía que gran parte de las miserias humanas provienen de la incapacidad de permanecer a solas consigo mismo (Pensamientos, frag. 139). Quien huye permanentemente de sí mismo termina perdido, aunque conozca todos los caminos externos.

En el lenguaje simbólico masónico, los pasos perdidos representan el espacio liminal entre el mundo profano y el recinto del trabajo interior. No son solo un lugar físico previo al Templo; son la imagen de todos aquellos ámbitos donde reina la distracción, la superficialidad y el tránsito sin finalidad. Allí circulan rumores, ansiedades, ambiciones, máscaras sociales y conversaciones sin espesor. El problema no es que existan pasos perdidos -siempre existirán- sino convertirlos en residencia habitual del alma. Muchos hombres viven permanentemente en ese vestíbulo psicológico: nunca ingresan al santuario de la conciencia.

Frente a ello emerge la plomada interior. La plomada, en el arte de construir, verifica verticalidad y corrige desviaciones. En la vida iniciática cumple una función análoga: permite comprobar si nuestras decisiones descienden desde principios firmes o si cuelgan torcidas por intereses pasajeros. La plomada no adorna el taller; lo hace posible. Del mismo modo, la conciencia recta no embellece la vida: la estructura. Oswald Wirth afirmaba que los útiles masónicos no tienen valor por su forma material, sino por la disciplina mental y moral que enseñan (El simbolismo hermético en sus relaciones con la alquimia y la francmasonería, 1927). Aplicado a nuestro tema: usar la plomada interior es someter cada acto a examen de rectitud.

La primera operación de esa plomada consiste en medir intenciones. Muchas acciones aparentemente nobles nacen de móviles impuros: ayudar para ser vistos, servir para controlar, enseñar para dominar, liderar para satisfacer vanidad, callar por cobardía y no por prudencia. La ética iniciática no se contenta con la apariencia externa del acto; pregunta por la raíz invisible que lo produce. Aristóteles enseñaba que la virtud no es solo conducta correcta, sino disposición estable del carácter orientada al bien (Ética a Nicómaco, II, 6). En clave masónica, no basta hacer lo correcto ocasionalmente; importa convertirse en alguien interiormente alineado con lo justo.

La segunda operación de la plomada interior consiste en ordenar la palabra. En épocas de inflación discursiva, hablar mucho se confunde con pensar bien. Sin embargo, la palabra no medida se convierte en herramienta de demolición. Se hiere con sarcasmo, se manipula con medias verdades, se destruye reputación con insinuaciones, se contamina el taller con murmuración. El iniciado que usa su plomada verbal pregunta antes de hablar: ¿es verdadero?, ¿es necesario?, ¿es útil?, ¿es fraterno?, ¿edifica? La tradición sapiencial siempre ha unido sabiduría y dominio de lengua. Santiago de Tarso llegó a afirmar que quien domina la lengua domina el cuerpo entero (Santiago 3:2).

La tercera operación concierne al gobierno de las pasiones. La plomada interior no elimina emociones; las orienta. Ira, deseo, miedo, orgullo y tristeza forman parte de la estructura humana, pero cuando se autonomizan inclinan el edificio entero. El compás regula expansión; la plomada restituye eje. Carl Jung sostuvo que aquello inconsciente no integrado se vive como destino externo (Aion, 1951). Muchos creen que los otros los desvían, cuando en realidad son sus propias fuerzas internas no trabajadas las que inclinan su marcha. La iniciación exige pasar de la reacción automática a la respuesta consciente.

Hay también una dimensión espiritual irrenunciable. La plomada interior no flota en vacío psicológico; desciende desde una referencia superior. Para la tradición masónica, el Gran Arquitecto del Universo expresa precisamente que existe un orden trascendente que funda la posibilidad misma de la rectitud. Sin esta referencia, todo se relativiza según conveniencia del momento. Viktor Frankl mostró que el ser humano necesita sentido para no caer en vacío existencial (El hombre en busca de sentido, 1946). En lenguaje iniciático, la verticalidad del alma depende de una apertura a algo más alto que el ego. Cuando solo nos medimos con nosotros mismos, terminamos justificándolo todo.

En el campo institucional, usar la plomada interior significa no confundir obediencia con sumisión ni autoridad con prestigio. Una logia pierde su eje cuando tolera incompetencias por amistad, premia adulaciones, margina voces críticas y administra el rito como patrimonio privado. La plomada colectiva exige revisar procesos, liderazgos, formación doctrinal y clima ético. René Guénon advertía que las organizaciones tradicionales se vacían cuando conservan formas externas, pero pierden espíritu interno (La crisis del mundo moderno, 1927). El riesgo no es menor: un templo puede seguir abierto mientras la iniciación ya se ha marchado.

En la dimensión social, quien usa su plomada interior no se vuelve indiferente al sufrimiento público. La rectitud íntima reclama justicia exterior. No basta ser correcto en ceremonia y pasivo ante corrupción, exclusión o degradación educativa. Paulo Freire recordó que toda educación auténtica debe conducir a conciencia crítica y praxis transformadora (Pedagogía del oprimido, 1970). La masonería, si quiere ser fiel a sí misma, no forma decoradores del pasado sino ciudadanos lúcidos para el presente.

Ahora bien, nadie mantiene la verticalidad de modo automático. La plomada interior requiere mantenimiento diario. El hilo se desgasta con la rutina, el peso se contamina con autoengaño, la mano tiembla bajo presión social. Por eso el iniciado examina su jornada, rectifica errores, pide perdón cuando corresponde, estudia para no endurecerse en ignorancia y cultiva silencio para escuchar lo esencial. La caída no deshonra tanto como la negativa a corregirse. Quien jamás se revisa ya está torcido y lo ignora.

“No tengo los pasos perdidos” no significa que nunca dudo, nunca sufro o nunca me equivoco. Significa algo más humilde y más poderoso: cuando dudo, consulto mi centro; cuando sufro, no negocio mis principios; cuando me equivoco, me enderezo. La plomada interior no promete impecabilidad, sino capacidad de retorno. Ese retorno constante constituye una de las formas más altas de sabiduría.

 

La primera conclusión operativa es personal: cada hermano debe instituir una disciplina diaria de autoexamen. Cinco preguntas bastan como plomada práctica: ¿qué pensé?, ¿qué dije?, ¿qué hice?, ¿por qué lo hice?, ¿qué debo corregir mañana? Sin revisión periódica, la desviación se normaliza.

La segunda conclusión es formativa: los talleres deberían revalorizar el estudio de los útiles simbólicos no como ornamentación ritual, sino como metodologías éticas aplicadas a la vida profesional, familiar e institucional. La plomada debe enseñarse como criterio de decisión.

La tercera conclusión es comunicativa: urge establecer culturas de palabra responsable. Menos rumor, menos vanidad verbal, más escucha activa, más argumentación rigurosa, más silencio fecundo. Donde la lengua se corrompe, pronto se corrompe la fraternidad.

La cuarta conclusión es directiva: toda autoridad masónica o profana debe someter sus decisiones a estándares verificables de justicia, competencia y transparencia. La plomada interior de un líder se reconoce en procedimientos limpios, no en discursos solemnes.

La quinta conclusión es sociopolítica: el hombre rectificado interiormente debe traducir esa rectitud en servicio concreto a la comunidad, defensa de la educación, promoción de dignidad humana y resistencia ética ante la corrupción.

La sexta y última conclusión es espiritual: conservar la verticalidad exige recordar diariamente que no somos la medida última de nosotros mismos. Cuando el ego se absolutiza, la plomada se rompe. Cuando la conciencia se abre al Principio superior, el edificio puede corregirse.

Por eso hoy afirmo, no como soberbia sino como tarea: no tengo los pasos perdidos, porque cada mañana vuelvo a tomar en mis manos la plomada interior.

 

Referencias bibliográficas

Aristóteles. (2007). Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos.

Frankl, V. E. (2004). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. México: Siglo XXI Editores.

Guénon, R. (2001). La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós.

Jung, C. G. (2009). Aion: contribuciones al simbolismo del sí-mismo. Madrid: Trotta.

Pascal, B. (2012). Pensamientos. Madrid: Alianza Editorial.

Wirth, O. (1998). El simbolismo hermético en sus relaciones con la alquimia y la francmasonería. Barcelona: Obelisco.


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