Conviene decirlo sin rodeos: no todo masón es un
masón místico, ni toda masonería es espiritual en sentido pleno. La mística no
es un adorno del simbolismo ni una sensibilidad piadosa añadida al ritual; es
la expresión máxima, radical y exigente de la espiritualidad iniciática. Allí
donde no hay experiencia mística -aunque sea germinal, inacabada, conflictiva-
no hay iniciación en sentido fuerte, sino instrucción simbólica, sociabilidad
ritual o ética ilustrada.
No se nace masón místico; se deviene, lentamente,
a través de un proceso de despojamiento interior que no siempre es cómodo ni luminoso.
La mística masónica no es una condición excepcional, es una condición esencial
para todo Querido Hermano y Querida Hermana ya que no está reservada a unos
pocos en un estadio superior dentro de la jerarquía ritual; es, más bien, una
manera radical de habitar la iniciación, una forma de vivir la Masonería como
experiencia transformadora del ser.
Un masón místico no es quien habla de
espiritualidad, ni quien cita símbolos, ni quien defiende la tradición. Es
aquel en quien la iniciación ha producido una mutación del ser. No una mejora
moral gradual, no una corrección de costumbres, sino una transformación
interior que reordena la conciencia, la voluntad y la manera de estar en el
mundo. Como advertía W. L. Wilmshurst, “la Masonería no tiene por objeto
hacer al hombre más respetable, sino hacerlo otro”. Quien permanece
idéntico a sí mismo después de años de trabajos rituales no ha sido iniciado:
ha sido instruido.
Ser masón místico no equivale a acumular grados,
cargos o reconocimientos; tampoco consiste en dominar el lenguaje simbólico
como si se tratara de un código intelectual; ser masón místico es permitir
que la iniciación me trabaje por dentro, que el símbolo me hiera, me interrogue
y me reconfigure. Como bien advertía el masón francés W. L. Wilmshurst, “el
verdadero templo no se edifica fuera del hombre, sino en su conciencia” (La
Masonería interpretada, 1922). Sin esa conciencia trabajada, toda Masonería se
reduce a forma sin espíritu.
Ser masón místico implica haber comprendido -no
intelectualmente, sino existencialmente- que el símbolo no es un contenido a
interpretar, sino una fuerza que desestructura. El símbolo auténtico no
confirma identidades: las pone en crisis. Por eso Jules Boucher afirmaba que “el
símbolo comienza a actuar cuando deja de ser cómodo”. Allí donde el símbolo
tranquiliza, legitima o embellece, ha sido neutralizado.
Un aspecto ineludible del camino místico es la
integración de la sombra. No existe iluminación sin descenso previo a las zonas
oscuras del ser. Carl Gustav Jung advertía que “no se alcanza la conciencia
imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad” (Aion,
1951). El masón místico no niega su sombra ni la proyecta sobre la
institución o sobre los otros; la asume como parte del trabajo interior.
La tradición iniciática siempre ha comprendido que
la materia prima de la obra es imperfecta. La sombra no es un enemigo a
destruir, sino una fuerza a transformar. El masón colombiano Jaime Jaramillo
Uribe, desde una lectura simbólica de la ética, recordaba que “la formación
del hombre pasa por el reconocimiento lúcido de sus límites” (Ética y
cultura, 1998). Reconocer la sombra es un acto de honestidad espiritual.
Este trabajo interior exige una virtud esencial:
la humildad. Simone Weil escribió que “la grandeza espiritual consiste en
desaparecer para que la verdad pueda manifestarse” (La gravedad y la
gracia, 1942). El masón místico no busca cargos ni honores, porque ha
comprendido que toda autoridad auténtica nace de la coherencia interior.
Cuando la Masonería se convierte en escenario de competencia simbólica, pierde
su alma.
El masón místico no se oculta deliberadamente,
pero tampoco necesita exhibirse. Su palabra es sobria, su presencia serena, su
influencia silenciosa. El masón chileno Víctor Manuel Rojas afirmaba que “el
iniciado verdadero no impone, irradia” (Iniciación y conciencia, 2001).
Esta irradiación no proviene del grado, sino del trabajo interior sostenido.
Todo este proceso conduce a una estética del alma,
entendida como armonía interior. Teilhard de Chardin escribió que “todo lo
que asciende converge” (El fenómeno humano, 1955). Ascender espiritualmente
es integrar lo fragmentado, reconciliar lo disperso, unificar el ser. El masón
místico convierte cada gesto en acto consciente, cada palabra en construcción
simbólica, cada silencio en oración laica.
Vivir la mística masónica es vivir atento al
Misterio. Henry Corbin enseñó que el verdadero hombre espiritual “no
destruye las tinieblas, las transfigura” (El hombre de luz en el sufismo
iranio, 1958). El masón místico es, en este sentido, un alquimista del alma:
transforma la ira en comprensión, la soberbia en servicio, el miedo en
confianza. Su taller no está separado de la vida cotidiana; es la vida misma
asumida como espacio iniciático.
Todo ello converge en una exigencia suprema:
aprender a amar, no un amor sentimental ni declamatorio, sino un amor ético,
firme y responsable; un amor que se expresa en justicia, en escucha, en
presencia lúcida. El masón venezolano José María Vargas Vila, desde una clave
humanista radical, recordaba que “la dignidad del hombre se mide por su
capacidad de amar sin poseer” (Ensayos morales, 1912). En este amor se
vislumbra el ideal del hombre universal, horizonte último de la Masonería
iniciática.
¿Cómo se llega a ser masón místico? No por
acumulación, sino por pérdida; no por ascenso, sino por descenso. El camino
místico comienza cuando el masón acepta que la iniciación no le otorga poder,
claridad ni prestigio, sino desposesión. Silencio interior real -no
ritualizado-, ruptura con el narcisismo simbólico, renuncia a la necesidad de
reconocimiento y aceptación consciente del trabajo con la sombra. No hay
mística sin crisis del yo. Quien no ha sido descentrado por la iniciación no ha
cruzado su umbral.
Desde esta perspectiva, el primer trabajo que debo
asumir es el silencio interior; no el silencio disciplinario ni el silencio
impuesto por la jerarquía, sino el silencio como práctica espiritual. Henri
Bergson señalaba que “la vida espiritual comienza allí donde el yo deja de
imponerse y aprende a escuchar” (La energía espiritual, 1934). No puedo
aspirar a comprender el Misterio si mi interior está saturado de ruido,
resentimientos, ambiciones o ansias de protagonismo. El templo no se abre a
quien llega cargado de sí mismo.
El silencio masónico es, por tanto, una pedagogía
del alma, ya que callar no es obedecer: es disponerse. En el silencio
consciente descubro mis sombras, mis resistencias, mis miedos más hondos, allí
comienza la verdadera obra. El masón místico sabe que sin silencio interior
no hay símbolo vivo, y sin símbolo vivo no hay iniciación auténtica.
Este silencio me conduce inevitablemente a una
relación distinta con el ritual, el cual no puede ser reducido a una
coreografía repetida ni a una formalidad heredada; debe convertirse en
experiencia interior. Mircea Eliade lo expresa con claridad cuando afirma que “el
símbolo no solo representa lo sagrado, sino que lo actualiza y lo hace
presente” (Lo sagrado y lo profano, 1957). Cuando el ritual se vive desde
la interioridad, deja de ser un acto externo y se transforma en un
acontecimiento del ser.
Aquí aparece una verdad incómoda para muchos
Queridos Hermanos: la mayoría no desea este camino. No porque sea inaccesible,
sino porque es costoso. La mística exige tiempo interior, soledad,
disciplina espiritual y una ética de coherencia que entra en conflicto con las
lógicas de poder, prestigio y control que se han infiltrado en numerosas
logias. Oswald Wirth lo decía sin diplomacia: “cuando el grado importa
más que la transformación, la iniciación ha fracasado”.
El masón místico no vive el ritual como
escenografía ni como patrimonio identitario, sino como acontecimiento interior.
El rito no se ejecuta: se padece, se asimila, se deja actuar. René Guénon
advertía que un rito sin interiorización es “un cadáver tradicional”.
Esta afirmación interpela directamente a quienes confunden regularidad ritual
con espiritualidad efectiva. La precisión formal no sustituye la experiencia
interior; puede, incluso, ocultar su ausencia.
La mística masónica no se agota en la interioridad
individual; se expresa también en la calidad de la fraternidad. No hay camino
espiritual auténtico sin una ética profunda del encuentro. Martin Buber
enseñó que “el hombre se constituye como Yo en el encuentro con un Tú”
(Yo y Tú, 1923). Si miro a mis hermanos desde la competencia, la
instrumentalización o el cálculo de poder, he traicionado el corazón mismo de
la iniciación.
El masón místico aprende a ver en cada hermano un
espejo del Gran Arquitecto del Universo; la fraternidad deja de ser un
protocolo y se convierte en una práctica espiritual cotidiana. El masón
uruguayo Jorge Adoum señalaba que “la verdadera iniciación se verifica en la
manera como tratamos al otro” (El ritual y el hombre, 1987). Sin
fraternidad vivida, toda mística es ilusoria.
Las consecuencias de ser masón místico son profundas
y perturbadoras. En primer lugar, soledad iniciática. El masón
místico suele volverse incómodo: no entra fácilmente en juegos de poder, no
absolutiza cargos, no participa del teatro simbólico. Su autoridad no es
funcional, sino moral. Y eso desestabiliza estructuras acostumbradas a la
obediencia formal y al consenso superficial.
En segundo lugar, exigencia ética radical. La mística no
permite la escisión entre templo y vida profana. El masón místico sabe que toda
incoherencia cotidiana profana el templo más que cualquier error ritual. Por
eso Wilmshurst insistía en que “la vida del iniciado es el verdadero ritual”.
Esta afirmación es insoportable para quien concibe la Masonería como espacio
compensatorio que no compromete la vida pública ni privada.
En tercer lugar, crítica inevitable a la masonería
domesticada. El masón místico no puede aceptar sin conflicto una Masonería
reducida a filantropía, discurso humanista genérico o administración simbólica
del pasado. No por soberbia, sino por fidelidad a la iniciación. Emilio
Corbière lo expresó con crudeza: cuando la Masonería renuncia a transformar
conciencias, se convierte en una ONG con rituales.
Ser masón místico tiene también consecuencias
institucionales. Obliga a repensar la formación, la selección de liderazgos, el
sentido de los altos grados y la función real del simbolismo. Una logia que
no produce experiencia espiritual termina produciendo burocracia ilustrada.
Y una Masonería que teme a la mística termina persiguiéndola bajo la acusación
de “esoterismo”, “subjetivismo” o “desorden”.
Este texto no pretende complacer. Pretende
separar. Separar iniciación de simulacro, símbolo vivo de símbolo muerto,
espiritualidad de retórica. Quien no desee este camino puede seguir siendo un
masón correcto, activo y respetado. Pero debe saber -con honestidad- que ha
renunciado a la dimensión más alta y más peligrosa de la Masonería.
Quiero ser masón místico no para distinguirme,
sino para no traicionarme. No para elevarme sobre otros, sino para someterme a
una exigencia mayor. Sé que este camino no garantiza certezas ni
reconocimientos. Garantiza, apenas, una cosa: verdad interior. Y eso -en una
institución que a veces prefiere la armonía a la verdad- ya es una forma de
revolución iniciática.
Referencia
bibliográfica
Adoum,
J. (1987). El ritual y el hombre. Montevideo: Editorial Arca.
Bergson,
H. (1934). La energía espiritual. Madrid: Espasa-Calpe.
Buber,
M. (1923). Yo y Tú. Leipzig: Insel Verlag.
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Sudamericana.
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H. (1958). El hombre de luz en el sufismo iranio. México: Fondo de Cultura
Económica.
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M. (1957). Lo sagrado y lo profano. Madrid: Guadarrama.
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Uribe, J. (1998). Ética y cultura. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
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V. M. (2001). Iniciación y conciencia. Santiago de Chile: Ediciones Masónicas
del Sur.
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de Chardin, P. (1955). El fenómeno humano. Buenos Aires: Taurus.
Weil,
S. (1942). La gravedad y la gracia. Madrid: Trotta.
Wilmshurst,
W. L. (1922). La Masonería interpretada. Madrid: Editorial Kier.
