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jueves, 12 de febrero de 2026

¿NECESITA LA MASONERÍA DEL SIGLO XXI UNA REINGENIERÍA DEL SÍMBOLO MASÓNICO?

 

Plantear esta pregunta no es un gesto de inconformidad generacional ni una concesión al lenguaje empresarial de la época; es asumir una tensión real que atraviesa hoy a la masonería en casi todos los contextos culturales: la distancia creciente entre un patrimonio simbólico de enorme profundidad y una práctica masónica que, con frecuencia, lo repite sin dejarse transformar por él. La cuestión no es si el símbolo sigue estando presente -lo está- sino si sigue siendo operante como mediación iniciática, espiritual y ética en la conciencia del masón contemporáneo. Allí donde el símbolo permanece intacto en la forma, pero ha perdido capacidad de interpelación, la pregunta por una reingeniería deja de ser provocación y se convierte en necesidad.

La masonería nació y se desarrolló como una escuela simbólica, no como un sistema doctrinal cerrado ni como una organización filantrópica sin horizonte trascendente, sino como un camino de transformación interior mediado por símbolos. El problema emerge cuando ese lenguaje simbólico, transmitido durante siglos, deja de ser trabajado y comienza a ser administrado. El símbolo, que debía abrir la conciencia, se convierte entonces en objeto de explicación rutinaria o en marcador identitario. Como advertía Oswald Wirth, “el símbolo no vive en los libros ni en los discursos, sino en la conciencia de quien lo medita”; cuando esa meditación se sustituye por repetición, el símbolo sobrevive, pero la iniciación se debilita.

Hablar de reingeniería del símbolo no significa modificar arbitrariamente los símbolos ni adaptarlos superficialmente a las modas culturales. El símbolo masónico no necesita ser reinventado; necesita ser re-habitado. La reingeniería a la que alude esta reflexión no es formal, sino espiritual y hermenéutica. Consiste en devolver al símbolo su función original: ser mediación entre el ser humano y un principio de orden que lo trasciende, confrontándolo consigo mismo y con su responsabilidad en el mundo. En este sentido, la reingeniería no se dirige al símbolo en sí, sino al modo en que la masonería se relaciona con él.

Uno de los signos más claros de la crisis simbólica contemporánea es la tendencia a reducir el símbolo a interpretación correcta o incorrecta. Esta lógica empobrece radicalmente la experiencia iniciática. El símbolo no se agota en una lectura autorizada; se despliega en la medida en que interpela la vida concreta del iniciado. Jules Boucher lo expresó con precisión al afirmar que el símbolo “no enseña lo que debemos pensar, sino lo que debemos trabajar en nosotros mismos”. Cuando esta dimensión se pierde, el símbolo se convierte en instrumento de poder simbólico: quien “sabe” impone, quien “no sabe” obedece. Allí ya no hay iniciación, sino jerarquía vaciada de espíritu.

La masonería del siglo XXI enfrenta además un desafío cultural ineludible: habita sociedades marcadas por la aceleración, la superficialidad informativa y la desconfianza hacia los lenguajes trascendentes. En este contexto, el símbolo corre el riesgo de ser percibido como arcaísmo o como folclor ritual. Sin embargo, la respuesta no puede ser su banalización ni su ocultamiento, sino una profundización consciente de su dimensión espiritual. W. L. Wilmshurst advertía que la masonería fracasa cuando se contenta con producir buenos ciudadanos respetables, olvidando que su vocación es formar seres humanos interiormente transformados. Esta advertencia resulta hoy particularmente actual.

La referencia al Gran Arquitecto del Universo, vivida simbólicamente y no como fórmula automática, constituye un punto neurálgico de esta reingeniería. No se trata de reforzar definiciones ni de imponer creencias, sino de recuperar su función como símbolo de orientación trascendental. Allí donde esta referencia se vacía de contenido espiritual, el símbolo pierde verticalidad y la masonería se repliega en un humanismo horizontal sin profundidad iniciática. René Guénon advirtió que una tradición que conserva sus formas, pero pierde su referencia a los principios termina convirtiéndose en una parodia de sí misma. Esta advertencia interpela directamente a la masonería contemporánea.

Desde América Latina, la pregunta por la reingeniería simbólica adquiere una resonancia ética particular. En sociedades atravesadas por la desigualdad, la violencia y la exclusión, el símbolo masónico no puede permanecer encerrado en el templo sin traicionarse. José Ingenieros recordaba que los ideales solo tienen valor cuando imponen una conducta; trasladado al plano masónico, esto significa que el símbolo que no transforma la praxis social del iniciado se reduce a retórica iniciática. Una reingeniería simbólica auténtica debe, por tanto, re-vincular espiritualidad y responsabilidad histórica.

La necesidad de esta reingeniería se manifiesta también en las patologías internas de la vida de logia: dogmatismos simbólicos, ritualismos estériles, conflictos de poder encubiertos por un lenguaje tradicional y formas de violencia simbólica que contradicen la fraternidad proclamada. Allí donde el símbolo se utiliza para excluir, intimidar o imponer, ha dejado de ser mediación del Misterio para convertirse en ídolo institucional. Reingenierizar el símbolo implica desmontar estos usos perversos y devolverle su función liberadora y crítica.

Responder a la pregunta inicial exige, por tanto, una afirmación clara: sí, la masonería del siglo XXI necesita una reingeniería del símbolo masónico, pero no en el sentido de modificar su herencia, sino de asumirla con mayor radicalidad. Esta reingeniería implica formar masones capaces de silencio interior, de trabajo simbólico honesto, de autocrítica y de coherencia ética. Implica logias que comprendan que custodiar símbolos no es conservar formas, sino sostener procesos de transformación espiritual.

La verdadera pregunta no es si el símbolo debe cambiar, sino si estamos dispuestos a cambiar nuestra relación con él. Si el símbolo vuelve a ser vivido como experiencia espiritual, como mediación con lo trascendente y como criterio de juicio ético, la masonería no solo seguirá siendo pertinente en el siglo XXI, sino necesaria. Si, por el contrario, se limita a administrar un lenguaje simbólico desvinculado de la vida, ninguna modernización externa podrá evitar su vaciamiento interior.

La reingeniería del símbolo masónico es, en última instancia, una reingeniería de la conciencia masónica. Y esa tarea, por su propia naturaleza, no admite atajos ni delegaciones: comienza y termina en la disposición del iniciado a dejarse transformar por aquello que dice venerar.

 Causas de la crisis simbólica contemporánea

Entre las causas principales que justifican la pregunta por una reingeniería del símbolo masónico se encuentra, en primer lugar, la ritualización sin interiorización. El rito se ejecuta correctamente, pero se ha debilitado su capacidad de provocar experiencia espiritual. El símbolo se pronuncia, se muestra y se explica, pero ya no se medita ni se encarna. Este fenómeno no es accidental: responde a una cultura marcada por la prisa, la superficialidad y la dificultad para sostener procesos largos de trabajo interior.

Una segunda causa es el dogmatismo simbólico. Allí donde ciertas interpretaciones se imponen como definitivas, el símbolo pierde su carácter iniciático y se convierte en objeto de poder. Jules Boucher advertía que el símbolo deja de educar cuando se lo clausura en una explicación única. En estos contextos, el símbolo ya no interpela; clasifica, jerarquiza y excluye.

Una tercera causa es la desvinculación entre símbolo y vida. El trabajo simbólico se limita al espacio ritual y no se proyecta en la ética cotidiana. La masonería corre entonces el riesgo de convertirse en un humanismo retórico, incapaz de incidir en la conducta personal, social y política de sus miembros. Desde América Latina, José Ingenieros recordaba que los ideales solo adquieren dignidad cuando se traducen en conducta; esta afirmación resulta especialmente pertinente para una orden que se proclama formativa.

Finalmente, debe señalarse la pérdida de la dimensión trascendental del símbolo. Cuando la referencia al principio superior -nombrado simbólicamente como Gran Arquitecto del Universo- se reduce a una fórmula protocolaria, el símbolo pierde verticalidad. René Guénon advirtió que toda tradición que conserva sus formas, pero olvida sus principios termina vaciándose de sentido. Esta advertencia interpela directamente a la masonería del siglo XXI.

 Consecuencias de no abordar la reingeniería simbólica

Las consecuencias de esta crisis simbólica no son menores. En el plano iniciático, se produce una banalización de la experiencia masónica: se multiplican los grados, pero no la profundidad; se incrementa la actividad, pero no la transformación interior. El masón corre el riesgo de convertirse en gestor de rituales y no en trabajador de sí mismo.

En el plano institucional, surgen conflictos de poder encubiertos, prácticas de exclusión y formas de violencia simbólica que contradicen la fraternidad proclamada. El símbolo, en lugar de liberar la conciencia, se utiliza para legitimarla dominación. En el plano social, la masonería pierde capacidad de incidencia ética: su discurso no logra traducirse en prácticas coherentes frente a la injusticia, la corrupción o la deshumanización.

En términos espirituales, la consecuencia más grave es la desconexión entre símbolo y trascendencia. Cuando el símbolo deja de abrir al Misterio, la masonería se repliega en un inmanentismo cómodo, incapaz de sostener una espiritualidad exigente. W. L. Wilmshurst advertía que una masonería que no transforma interiormente a sus miembros fracasa en su misión esencial, por más respetabilidad externa que conserve.

 Propuestas de desarrollo: hacia una reingeniería integral del símbolo

Responder a esta situación exige una reingeniería simbólica entendida no como modificación de los símbolos, sino como transformación de la relación con ellos. En primer lugar, es necesario recuperar el trabajo espiritual del símbolo, promoviendo el silencio, la meditación y la interiorización como prácticas centrales de la vida de logia. El símbolo debe ser vivido antes de ser explicado.

En segundo lugar, se impone una pedagogía iniciática renovada, que forme masones capaces de sostener la pregunta simbólica sin apresurarse a clausurarla. Esto implica abandonar la obsesión por la interpretación correcta y recuperar el símbolo como tarea existencial.

En tercer lugar, la referencia al Gran Arquitecto del Universo debe ser re-habitada como símbolo de orientación trascendental, no como frontera ideológica. Vivida con sobriedad, esta referencia recuerda al masón que su trabajo se inscribe en un orden que lo trasciende y lo juzga éticamente.

En cuarto lugar, la reingeniería simbólica exige vincular expresamente símbolo y ética. Cada trabajo masónico debería reforzar la pregunta por la coherencia entre el símbolo trabajado y la vida vivida. El símbolo que no se traduce en responsabilidad social se degrada en simulacro.

Finalmente, se requiere una revisión crítica de las prácticas institucionales que utilizan el símbolo como instrumento de poder. Reingenierizar el símbolo implica desmantelar usos dogmáticos, promover la fraternidad crítica y asumir que el símbolo juzga tanto a la institución como al individuo.

 Conclusión: una necesidad espiritual impostergable

La respuesta a la pregunta inicial es afirmativa, pero debe formularse con precisión: la masonería del siglo XXI necesita una reingeniería del símbolo masónico no para hacerlo más moderno, sino para hacerlo nuevamente operante como mediación espiritual, iniciática y ética. Esta reingeniería no se decreta ni se reglamenta; se vive. Comienza en la conciencia del masón que acepta dejarse interpelar por el símbolo y se prolonga en logias que comprenden que custodiar símbolos no es conservar formas, sino sostener procesos de transformación humana.

La verdadera crisis no es del símbolo, sino de la disposición a trabajarlo. Allí donde el símbolo vuelve a ser experiencia espiritual, la masonería recupera su sentido y su necesidad histórica. Allí donde se lo reduce a herencia administrada, ninguna reforma externa podrá evitar su vaciamiento interior.

 

Bibliografía

 

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Editorial Kier, Buenos Aires.

Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Editorial Paidós, Barcelona.

Ingenieros, José. El hombre mediocre. Editorial Losada, Buenos Aires.

Roso de Luna, Mario. El simbolismo de las religiones del mundo. Editorial Eyras, Madrid.

Wilmshurst, W. L. El significado de la masonería. Editorial Kier, Buenos Aires.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Editorial Humanitas, Buenos Aires

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