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lunes, 16 de febrero de 2026

LA INICIACIÓN COMO HERIDA NECESARIA: PEDAGOGÍA DEL SÍMBOLO Y RESPONSABILIDAD ÉTICA DEL MASÓN


Toda iniciación auténtica comienza con una herida; no se trata de una metáfora retórica ni de una exageración dramática, sino de una realidad estructural del proceso iniciático. Iniciar es desinstalar, es provocar una ruptura interior que quiebra la autosuficiencia del sujeto y lo enfrenta con su propia incompletud. Por ello, la iniciación no añade certezas: las desarma. W. L. Wilmshurst lo expresa con claridad cuando afirma que “la iniciación no confirma al hombre en lo que cree ser, sino que lo confronta con lo que todavía no ha llegado a ser”.

Esta herida no es un daño, sino una apertura; allí donde el sujeto no es herido en sus seguridades, no hay tránsito, solo adhesión formal. La pedagogía iniciática no opera por acumulación de conocimientos, sino por transformación de la conciencia. El símbolo, lejos de explicar, interpela; lejos de tranquilizar, inquieta. Oswald Wirth advierte que “el símbolo no instruye al intelecto: despierta la conciencia”. Cuando el símbolo deja de inquietar, deja también de formar.

Desde esta perspectiva, la iniciación puede comprenderse como una pedagogía del descentramiento. El iniciado es conducido a reconocer el límite de su saber, de su voluntad y de su ego. René Guénon afirmaba que “toda iniciación verdadera comienza por el reconocimiento efectivo de la ignorancia”. No se trata de ignorancia intelectual, sino ontológica: la conciencia de no ser el centro del sentido. La herida iniciática abre precisamente ese espacio de humildad sin el cual no hay aprendizaje profundo ni responsabilidad ética.

¿Cómo actúa esta pedagogía del símbolo? Actúa a través del tiempo, del silencio y del trabajo reiterado. El rito no transforma por sí mismo; transforma en la medida en que es asimilado existencialmente. Jules Boucher lo formula con precisión: “el símbolo no se posee, se vive”. Vivir el símbolo implica dejar que este cuestione las prácticas cotidianas, las relaciones de poder, el uso de la palabra y la coherencia entre discurso y vida. Sin esta asimilación, el rito se reduce a representación y la iniciación a formalidad.

La herida iniciática se manifiesta, existencialmente, como inquietud permanente. El iniciado auténtico no se siente acabado, sino responsable. Jean-Paul Sartre advertía que la mala fe consiste en refugiarse en una identidad para evadir la angustia de la libertad. La iniciación, cuando es auténtica, impide ese refugio: expone al sujeto a la tarea inacabable de construirse. El símbolo de la piedra bruta no promete perfección, sino trabajo constante; su herida permanece abierta para evitar la cristalización del ego.

¿Dónde se verifica esta herida? No en el discurso ritual ni en la proclamación de valores, sino en la vida concreta. Manuel A. Calvo afirma que “una iniciación que no se traduce en conducta es solo una ficción ceremonial”. La responsabilidad ética del masón no consiste en repetir principios, sino en encarnarlos en decisiones, relaciones y compromisos sociales. Allí donde la iniciación no modifica la forma de habitar el mundo, se ha reducido a identidad simbólica sin correlato ético.

Desde una dimensión espiritual, la herida iniciática abre al sujeto a una trascendencia que no se apropia ni se instrumentaliza. El símbolo del Gran Arquitecto del Universo no legitima al iniciado; lo relativiza. Leonardo Boff advierte que “toda espiritualidad auténtica descentra al sujeto y lo orienta hacia el cuidado del otro”. Cuando la iniciación produce soberbia espiritual o autoexaltación identitaria, ha sido invertido su sentido más profundo.

Históricamente, las tradiciones iniciáticas han entendido siempre la crisis como condición de formación. No hay paso sin ruptura, no hay aprendizaje sin pérdida. Eugenio María de Hostos concebía la formación moral como un proceso de autoconstrucción exigente, incompatible con la complacencia. Trasladado al campo masónico, esto implica que la iniciación no puede reducirse a pertenencia ni a reconocimiento simbólico; es, ante todo, una tarea de transformación personal sostenida en el tiempo.

¿Para qué insistir, entonces, en la iniciación como herida necesaria? Para restituir el sentido profundo de la pedagogía simbólica frente a la tentación de la comodidad y la superficialidad. La herida iniciática protege a la Masonería de convertirse en un espacio de confirmación narcisista. Mantiene abierta la pregunta por la coherencia, por el sentido y por la responsabilidad. Paulo Freire afirmaba que “no hay educación verdadera sin riesgo”; del mismo modo, no hay iniciación sin la pérdida de la ilusión de estar ya completo.

La responsabilidad ética del masón nace precisamente de esta herida. No es una ética impuesta desde fuera, sino asumida desde dentro. El iniciado herido simbólicamente no busca privilegios ni validaciones; busca coherencia. Comprende que el trabajo iniciático no culmina en el templo, sino que se prolonga en la vida social, cultural y política. La iniciación no lo separa del mundo: lo compromete con él de manera más lúcida y crítica.

En conclusión, la iniciación como herida necesaria no es una imagen poética, sino una clave hermenéutica fundamental. Allí donde la iniciación no hiere, no forma; allí donde no forma, no transforma. La pedagogía del símbolo exige coraje para dejarse interpelar y honestidad para asumir las consecuencias éticas de esa interpelación. La Masonería solo conserva su sentido cuando acepta que su tarea no es consolar conciencias, sino despertarlas. La herida, lejos de ser una falla del proceso, es su mayor garantía de autenticidad.

Referencias bibliográficas

Boff, Leonardo. (2002). Espiritualidad: un camino de transformación. Santander: Sal Terrae.

Boucher, Jules. (1998). La simbólica masónica. Barcelona: Obelisco.

Calvo, Manuel A. (2009). Masonería y conciencia crítica. Buenos Aires: Editorial Masónica Argentina.

Freire, Paulo. (1970). Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva.

Guénon, René. (2001). Apercepciones sobre la iniciación. Palma de Mallorca: José J. de Olañeta.

Hostos, Eugenio María de. (2003). Obras completas. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Sartre, Jean-Paul. (2005). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.

Wilmshurst, W. L. (2004). El significado de la Masonería. Barcelona: Obelisco.

Wirth, Oswald. (2007). El simbolismo masónico. Barcelona: Ediciones 29.




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