Toda iniciación
auténtica comienza con una herida; no se trata de una metáfora retórica ni de
una exageración dramática, sino de una realidad estructural del proceso
iniciático. Iniciar es desinstalar, es provocar una ruptura interior que
quiebra la autosuficiencia del sujeto y lo enfrenta con su propia incompletud.
Por ello, la iniciación no añade certezas: las desarma. W. L. Wilmshurst lo
expresa con claridad cuando afirma que “la iniciación no confirma al hombre
en lo que cree ser, sino que lo confronta con lo que todavía no ha llegado a
ser”.
Esta herida no es un
daño, sino una apertura; allí donde el sujeto no es herido en sus
seguridades, no hay tránsito, solo adhesión formal. La pedagogía iniciática
no opera por acumulación de conocimientos, sino por transformación de la
conciencia. El símbolo, lejos de explicar, interpela; lejos de tranquilizar,
inquieta. Oswald Wirth advierte que “el símbolo no instruye al intelecto:
despierta la conciencia”. Cuando el símbolo deja de inquietar, deja también
de formar.
Desde esta perspectiva,
la iniciación puede comprenderse como una pedagogía del descentramiento. El
iniciado es conducido a reconocer el límite de su saber, de su voluntad y de su
ego. René Guénon afirmaba que “toda iniciación verdadera comienza por el
reconocimiento efectivo de la ignorancia”. No se trata de ignorancia
intelectual, sino ontológica: la conciencia de no ser el centro del sentido. La
herida iniciática abre precisamente ese espacio de humildad sin el cual no hay
aprendizaje profundo ni responsabilidad ética.
¿Cómo actúa esta
pedagogía del símbolo? Actúa a través del tiempo, del silencio y del trabajo
reiterado. El rito no transforma por sí mismo; transforma en la medida en
que es asimilado existencialmente. Jules Boucher lo formula con precisión:
“el símbolo no se posee, se vive”. Vivir el símbolo implica dejar que
este cuestione las prácticas cotidianas, las relaciones de poder, el uso de la
palabra y la coherencia entre discurso y vida. Sin esta asimilación, el rito se
reduce a representación y la iniciación a formalidad.
La herida iniciática se
manifiesta, existencialmente, como inquietud permanente.
El iniciado auténtico no se siente acabado, sino responsable. Jean-Paul Sartre
advertía que la mala fe consiste en refugiarse en una identidad para evadir la
angustia de la libertad. La iniciación, cuando es auténtica, impide ese
refugio: expone al sujeto a la tarea inacabable de construirse. El símbolo
de la piedra bruta no promete perfección, sino trabajo constante; su herida
permanece abierta para evitar la cristalización del ego.
¿Dónde se verifica esta
herida? No en el discurso ritual ni en la proclamación de valores, sino en la
vida concreta. Manuel A. Calvo afirma que “una iniciación que no se traduce
en conducta es solo una ficción ceremonial”. La responsabilidad ética del
masón no consiste en repetir principios, sino en encarnarlos en decisiones,
relaciones y compromisos sociales. Allí donde la iniciación no modifica la
forma de habitar el mundo, se ha reducido a identidad simbólica sin correlato
ético.
Desde una dimensión
espiritual, la herida iniciática abre al sujeto a una trascendencia que no se
apropia ni se instrumentaliza. El símbolo del Gran Arquitecto del Universo no
legitima al iniciado; lo relativiza. Leonardo Boff advierte que “toda
espiritualidad auténtica descentra al sujeto y lo orienta hacia el cuidado del
otro”. Cuando la iniciación produce soberbia espiritual o autoexaltación
identitaria, ha sido invertido su sentido más profundo.
Históricamente, las
tradiciones iniciáticas han entendido siempre la crisis como condición de
formación. No hay paso sin ruptura, no hay aprendizaje sin pérdida.
Eugenio María de Hostos concebía la formación moral como un proceso de
autoconstrucción exigente, incompatible con la complacencia. Trasladado al
campo masónico, esto implica que la iniciación no puede reducirse a pertenencia
ni a reconocimiento simbólico; es, ante todo, una tarea de transformación
personal sostenida en el tiempo.
¿Para qué insistir,
entonces, en la iniciación como herida necesaria? Para restituir el sentido
profundo de la pedagogía simbólica frente a la tentación de la comodidad y la
superficialidad. La herida iniciática protege a la Masonería de convertirse
en un espacio de confirmación narcisista. Mantiene abierta la pregunta por
la coherencia, por el sentido y por la responsabilidad. Paulo Freire afirmaba
que “no hay educación verdadera sin riesgo”; del mismo modo, no hay
iniciación sin la pérdida de la ilusión de estar ya completo.
La responsabilidad ética
del masón nace precisamente de esta herida. No es una ética impuesta desde
fuera, sino asumida desde dentro. El iniciado herido simbólicamente no busca
privilegios ni validaciones; busca coherencia. Comprende que el trabajo
iniciático no culmina en el templo, sino que se prolonga en la vida social,
cultural y política. La iniciación no lo separa del mundo: lo compromete
con él de manera más lúcida y crítica.
En conclusión, la
iniciación como herida necesaria no es una imagen poética, sino una clave
hermenéutica fundamental. Allí donde la iniciación no hiere, no forma; allí
donde no forma, no transforma. La pedagogía del símbolo exige coraje
para dejarse interpelar y honestidad para asumir las consecuencias éticas de
esa interpelación. La Masonería solo conserva su sentido cuando acepta que su
tarea no es consolar conciencias, sino despertarlas. La herida, lejos de ser
una falla del proceso, es su mayor garantía de autenticidad.
Referencias bibliográficas
Boff, Leonardo. (2002). Espiritualidad: un camino
de transformación. Santander: Sal Terrae.
Boucher, Jules. (1998). La simbólica masónica.
Barcelona: Obelisco.
Calvo, Manuel A. (2009). Masonería y conciencia
crítica. Buenos Aires: Editorial Masónica Argentina.
Freire, Paulo. (1970). Pedagogía del oprimido.
Montevideo: Tierra Nueva.
Guénon, René. (2001). Apercepciones sobre la
iniciación. Palma de Mallorca: José J. de Olañeta.
Hostos, Eugenio María de. (2003). Obras completas.
San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña.
Sartre, Jean-Paul. (2005). El ser y la nada.
Buenos Aires: Losada.
Wilmshurst, W. L. (2004). El significado de la
Masonería. Barcelona: Obelisco.
Wirth, Oswald. (2007). El simbolismo masónico.
Barcelona: Ediciones 29.

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