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miércoles, 25 de febrero de 2026

MASONERÍA DE GARAJE: GÉNESIS, CONFIGURACIÓN Y CONSECUENCIAS DE UNA SIMULACIÓN INICIÁTICA





Escribo sobre la llamada “masonería de garaje” con una mezcla de preocupación y responsabilidad interior. No lo hago desde la cómoda distancia del observador externo, sino desde la conciencia de que todo fenómeno de degradación simbólica comienza siempre como una imperceptible concesión colectiva. No aparece de manera abrupta ni se impone por fuerza ajena; germina silenciosamente allí donde la exigencia se debilita y la forma empieza a ser suficiente. Nombrarla no es un gesto de exclusión, sino un acto de higiene espiritual. La verdadera amenaza para una institución iniciática no es la crítica, sino la incapacidad de reconocerse cuando su estructura se vuelve autorreferencial y su discurso pierde anclaje en la experiencia interior.

La Masonería, comprendida en su sentido profundo, no es un espacio de afiliación sino un método de transformación. W. L. Wilmshurst afirmaba que “la Masonería es un método de desarrollo interior, no una opinión moral ni un club respetable”, recordándonos que su esencia no reside en la pertenencia sino en el proceso. La masonería de garaje surge precisamente cuando este método se diluye y es sustituido por una escenografía institucional que conserva grados, símbolos y vocabulario, pero ha perdido la función pedagógica que los justificaba. No es la precariedad material del espacio lo que la define, sino la precariedad formativa del contenido. Puede reunirse en templos solemnes y seguir siendo garaje; puede carecer de ornamentos y, sin embargo, ser iniciáticamente rigurosa. El problema no es arquitectónico, es antropológico.

Su origen no debe buscarse únicamente en la proliferación de grupos irregulares o en la fragmentación administrativa de obediencias. Su raíz es más profunda y responde a un desplazamiento cultural contemporáneo: la sustitución del proceso por el resultado, del trabajo por la certificación y del silencio por la exhibición. René Guénon advertía que “la iniciación no se confiere por palabras, sino por una influencia espiritual efectiva”. Cuando esa influencia se reemplaza por fórmulas, la transmisión se convierte en simulación. La masonería de garaje nace en el momento en que la iniciación se reduce a un acto declarativo y pierde su dimensión de ruptura interior. No es un accidente histórico, sino una consecuencia de la lógica de la inmediatez que impregna la cultura moderna.

Esta génesis se vincula también con una crisis de autoridad simbólica. No se trata de autoritarismo jerárquico, sino de la incapacidad de reconocer mediaciones legítimas de transmisión. José Antonio Ferrer Benimeli señalaba que “la Masonería no se inventa: se recibe, se custodia y se transmite”. Cuando cualquier individuo o grupo se arroga la facultad de fundar estructuras sin continuidad formativa, la institución se fragmenta en identidades efímeras que carecen de densidad histórica. La ruptura de la cadena no produce innovación creativa, sino discontinuidad pedagógica. El resultado es una proliferación de espacios donde la legitimidad se apoya en el entusiasmo inicial y no en la consistencia simbólica.

La caracterización de la masonería de garaje exige observar sus rasgos recurrentes. No se define por la falta de reconocimiento externo, sino por una serie de síntomas internos: aceleración de grados sin asimilación simbólica; acumulación de títulos como capital identitario; ausencia de programas sistemáticos de estudio; liderazgo basado en carisma personal más que en autoridad ética; ritualismo mecánico sin interiorización; discurso iluminista acompañado de práctica incoherente. Jules Boucher advertía que “un grado recibido sin trabajo previo es un obstáculo, no un progreso”. La masonería de garaje produce precisamente ese obstáculo: sujetos investidos sin proceso, satisfechos sin transformación, convencidos sin conciencia.

Su sostenibilidad no depende de la solidez doctrinal, sino de mecanismos de autoafirmación colectiva. Sobrevive porque ofrece pertenencia inmediata en contextos de incertidumbre cultural. En sociedades donde las instituciones tradicionales pierden legitimidad, la promesa de identidad simbólica rápida resulta seductora. Jorge Ángel Livraga advertía que “toda escuela que promete resultados sin esfuerzo está destinada a producir ilusiones, no sabiduría”. La masonería de garaje se sostiene como ilusión compartida: un espacio donde la identidad precede al trabajo y el reconocimiento sustituye a la disciplina. No necesita profundidad para mantenerse; le basta la repetición ritual y la validación mutua.

Este fenómeno adquiere particular relevancia en América Latina, donde la Masonería histórica estuvo ligada a proyectos educativos y republicanos. Eugenio María de Hostos concebía la formación moral como autogobierno de la conciencia, y esa idea impregnó la tradición masónica continental. Cuando la iniciación se trivializa, la función social se debilita. Carlos Francisco Changmarín advertía que “una fraternidad sin conciencia crítica degenera en cofradía”, señalando que la ausencia de exigencia interior conduce a la esterilidad colectiva. La masonería de garaje no solo empobrece la institución; debilita su capacidad de incidir en la vida pública, transformando un espacio de formación cívica en una sociabilidad decorativa.

Las consecuencias de esta desviación son múltiples y profundas. La primera es la falsación del iniciado: un sujeto que cree haber sido transformado cuando solo ha sido investido simbólicamente. René Guénon advertía que “la pseudo-iniciación es más peligrosa que la ignorancia, porque cierra el acceso a la verdadera realización”. La segunda consecuencia es la reproducción de liderazgos vacíos, capaces de perpetuar la misma estructura que los formó. La tercera es la institucionalización de la incoherencia: la distancia entre palabra y vida deja de ser falta ocasional y se convierte en costumbre tolerada. Manuel A. Calvo afirmaba que “la iniciación que no transforma la conducta cotidiana es solo un teatro bien ensayado”. El teatro no destruye la institución; la vacía lentamente.

 Existe además una consecuencia psicológica menos visible pero decisiva: el narcisismo iniciático. El símbolo, en lugar de interpelar, se convierte en blindaje del ego. El grado deja de ser herramienta de trabajo y se transforma en escudo identitario. La logia corre el riesgo de convertirse en cámara de eco donde la crítica es percibida como agresión y no como oportunidad de depuración. La fraternidad pierde su dimensión de acompañamiento exigente y se transforma en red de confirmación mutua. En ese punto, la Orden conserva su léxico iluminista, pero ha perdido su potencia transformadora.

Las conclusiones que se desprenden de este análisis no pueden limitarse a la denuncia. La superación del fenómeno exige acciones remediales integrales. Restituir el valor del tiempo iniciático es imprescindible: la prisa es incompatible con la transformación. Reactivar el estudio sistemático del simbolismo como ejercicio de introspección ética y no como acumulación erudita. Fortalecer la autoridad simbólica entendida como legitimidad nacida del trabajo y la coherencia, no del cargo. Integrar la crítica responsable como forma de fidelidad y no como amenaza. Rearticular la dimensión social de la iniciación, recordando que toda transformación interior auténtica tiene consecuencias públicas. Y, sobre todo, recuperar el silencio como espacio de elaboración interior y no como simple pausa ritual.

Nombrar la masonería de garaje no es dividir; es delimitar el espacio donde la autenticidad puede volver a respirarse. Oswald Wirth señalaba que “la verdadera Masonería no necesita defenderse: se reconoce por sus frutos”. Allí donde el fruto es coherencia, estudio y servicio, la iniciación permanece viva; donde predominan la prisa, la apariencia y la autocelebración, solo queda la escenografía. La fidelidad a la iniciación no es nostalgia del pasado, sino responsabilidad presente con la conciencia que se dice querer despertar. La Orden no se preserva por la defensa de su imagen, sino por la calidad humana de quienes la encarnan. El desafío no consiste en expulsar sombras externas, sino en impedir que la sombra se normalice como forma de pertenencia. Mientras el símbolo conserve su poder de herida fecunda, la Masonería seguirá siendo camino; cuando ese poder se diluya, la institución permanecerá, pero la iniciación habrá partido en silencio.

 

Referencias bibliográficas

Boucher, J. (1998). La simbólica masónica. Barcelona: Obelisco.

Calvo, M. A. (2009). Masonería y conciencia crítica. Buenos Aires: Editorial Masónica Argentina.

Changmarín, C. F. (1998). Ética, cultura y Masonería. Panamá: Ediciones Humanistas.

Ferrer Benimeli, J. A. (2006). La Masonería: historia y mito. Madrid: Alianza.

Guénon, R. (2001). Apercepciones sobre la iniciación. Palma de Mallorca: José J. de Olañeta.

Hostos, E. M. de (2003). Obras completas. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Livraga, J. A. (1994). La sabiduría de la Antigüedad. Buenos Aires: Kier.

Wilmshurst, W. L. (2004). El significado de la Masonería. Barcelona: Obelisco.

Wirth, O. (2007). El simbolismo masónico. Barcelona: Ediciones 29.

 




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