La Masonería, comprendida en su sentido profundo,
no es un espacio de afiliación sino un método de transformación. W. L.
Wilmshurst afirmaba que “la Masonería es un método de desarrollo interior,
no una opinión moral ni un club respetable”, recordándonos que su esencia
no reside en la pertenencia sino en el proceso. La masonería de garaje surge
precisamente cuando este método se diluye y es sustituido por una escenografía
institucional que conserva grados, símbolos y vocabulario, pero ha perdido la
función pedagógica que los justificaba. No es la precariedad material del
espacio lo que la define, sino la precariedad formativa del contenido. Puede
reunirse en templos solemnes y seguir siendo garaje; puede carecer de
ornamentos y, sin embargo, ser iniciáticamente rigurosa. El problema no es
arquitectónico, es antropológico.
Su origen no debe buscarse únicamente en la
proliferación de grupos irregulares o en la fragmentación administrativa de
obediencias. Su raíz es más profunda y responde a un desplazamiento cultural
contemporáneo: la sustitución del proceso por el resultado, del trabajo por la
certificación y del silencio por la exhibición. René Guénon advertía que “la
iniciación no se confiere por palabras, sino por una influencia espiritual
efectiva”. Cuando esa influencia se reemplaza por fórmulas, la transmisión
se convierte en simulación. La masonería de garaje nace en el momento en que
la iniciación se reduce a un acto declarativo y pierde su dimensión de ruptura
interior. No es un accidente histórico, sino una consecuencia de la lógica
de la inmediatez que impregna la cultura moderna.
Esta génesis se vincula también con una crisis de
autoridad simbólica. No se trata de autoritarismo jerárquico, sino de la
incapacidad de reconocer mediaciones legítimas de transmisión. José Antonio
Ferrer Benimeli señalaba que “la Masonería no se inventa: se recibe, se
custodia y se transmite”. Cuando cualquier individuo o grupo se arroga la
facultad de fundar estructuras sin continuidad formativa, la institución se
fragmenta en identidades efímeras que carecen de densidad histórica. La ruptura
de la cadena no produce innovación creativa, sino discontinuidad pedagógica. El
resultado es una proliferación de espacios donde la legitimidad se apoya en el
entusiasmo inicial y no en la consistencia simbólica.
La caracterización de la masonería de garaje exige
observar sus rasgos recurrentes. No se define por la falta de reconocimiento
externo, sino por una serie de síntomas internos: aceleración de grados sin
asimilación simbólica; acumulación de títulos como capital identitario;
ausencia de programas sistemáticos de estudio; liderazgo basado en carisma
personal más que en autoridad ética; ritualismo mecánico sin interiorización;
discurso iluminista acompañado de práctica incoherente. Jules Boucher advertía
que “un grado recibido sin trabajo previo es un obstáculo, no un progreso”.
La masonería de garaje produce precisamente ese obstáculo: sujetos investidos
sin proceso, satisfechos sin transformación, convencidos sin conciencia.
Su sostenibilidad no depende de la solidez
doctrinal, sino de mecanismos de autoafirmación colectiva. Sobrevive porque
ofrece pertenencia inmediata en contextos de incertidumbre cultural. En
sociedades donde las instituciones tradicionales pierden legitimidad, la
promesa de identidad simbólica rápida resulta seductora. Jorge Ángel Livraga
advertía que “toda escuela que promete resultados sin esfuerzo está
destinada a producir ilusiones, no sabiduría”. La masonería de garaje se
sostiene como ilusión compartida: un espacio donde la identidad precede al
trabajo y el reconocimiento sustituye a la disciplina. No necesita profundidad
para mantenerse; le basta la repetición ritual y la validación mutua.
Este fenómeno adquiere particular relevancia en
América Latina, donde la Masonería histórica estuvo ligada a proyectos
educativos y republicanos. Eugenio María de Hostos concebía la formación moral
como autogobierno de la conciencia, y esa idea impregnó la tradición masónica
continental. Cuando la iniciación se trivializa, la función social se debilita.
Carlos Francisco Changmarín advertía que “una fraternidad sin conciencia
crítica degenera en cofradía”, señalando que la ausencia de exigencia
interior conduce a la esterilidad colectiva. La masonería de garaje no solo
empobrece la institución; debilita su capacidad de incidir en la vida pública,
transformando un espacio de formación cívica en una sociabilidad decorativa.
Las consecuencias de esta desviación son múltiples
y profundas. La primera es la falsación del iniciado: un sujeto que cree haber
sido transformado cuando solo ha sido investido simbólicamente. René Guénon
advertía que “la pseudo-iniciación es más peligrosa que la ignorancia, porque
cierra el acceso a la verdadera realización”. La segunda consecuencia es la
reproducción de liderazgos vacíos, capaces de perpetuar la misma estructura que
los formó. La tercera es la institucionalización de la incoherencia: la
distancia entre palabra y vida deja de ser falta ocasional y se convierte en
costumbre tolerada. Manuel A. Calvo afirmaba que “la iniciación que no
transforma la conducta cotidiana es solo un teatro bien ensayado”. El teatro no
destruye la institución; la vacía lentamente.
Las conclusiones que se desprenden de este
análisis no pueden limitarse a la denuncia. La superación del fenómeno exige
acciones remediales integrales. Restituir el valor del tiempo iniciático es
imprescindible: la prisa es incompatible con la transformación. Reactivar el
estudio sistemático del simbolismo como ejercicio de introspección ética y no
como acumulación erudita. Fortalecer la autoridad simbólica entendida como
legitimidad nacida del trabajo y la coherencia, no del cargo. Integrar la
crítica responsable como forma de fidelidad y no como amenaza. Rearticular la
dimensión social de la iniciación, recordando que toda transformación interior
auténtica tiene consecuencias públicas. Y, sobre todo, recuperar el silencio
como espacio de elaboración interior y no como simple pausa ritual.
Nombrar la masonería de garaje no es dividir; es
delimitar el espacio donde la autenticidad puede volver a respirarse. Oswald Wirth
señalaba que “la verdadera Masonería no necesita defenderse: se reconoce por
sus frutos”. Allí donde el fruto es coherencia, estudio y servicio, la
iniciación permanece viva; donde predominan la prisa, la apariencia y la
autocelebración, solo queda la escenografía. La fidelidad a la iniciación no es
nostalgia del pasado, sino responsabilidad presente con la conciencia que se
dice querer despertar. La Orden no se preserva por la defensa de su imagen,
sino por la calidad humana de quienes la encarnan. El desafío no consiste en
expulsar sombras externas, sino en impedir que la sombra se normalice como
forma de pertenencia. Mientras el símbolo conserve su poder de herida fecunda,
la Masonería seguirá siendo camino; cuando ese poder se diluya, la institución
permanecerá, pero la iniciación habrá partido en silencio.
Referencias
bibliográficas
Boucher,
J. (1998). La simbólica masónica. Barcelona: Obelisco.
Calvo,
M. A. (2009). Masonería y conciencia crítica. Buenos Aires: Editorial Masónica
Argentina.
Changmarín,
C. F. (1998). Ética, cultura y Masonería. Panamá: Ediciones Humanistas.
Ferrer
Benimeli, J. A. (2006). La Masonería: historia y mito. Madrid: Alianza.
Guénon,
R. (2001). Apercepciones sobre la iniciación. Palma de Mallorca: José J. de
Olañeta.
Hostos,
E. M. de (2003). Obras completas. San Juan: Instituto de Cultura
Puertorriqueña.
Livraga,
J. A. (1994). La sabiduría de la Antigüedad. Buenos Aires: Kier.
Wilmshurst,
W. L. (2004). El significado de la Masonería. Barcelona: Obelisco.
Wirth,
O. (2007). El simbolismo masónico. Barcelona: Ediciones 29.
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