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miércoles, 18 de febrero de 2026

EL ESCOCISMO Y LA MISIÓN ONTOLÓGICA DEL GRADO 33° EN LA SOCIEDAD DEL SIGLO XXI

 


¿Qué significa ser Grado 33° hoy? Ser Grado 33° hoy no puede entenderse como la posesión de un título ni como la culminación de una carrera simbólica. En la actualidad, dicha investidura sólo adquiere legitimidad cuando se asume como función ética, conciencia crítica y servicio permanente. El siglo XXI ha modificado radicalmente los escenarios donde la masonería se desenvuelve: globalización cultural, aceleración tecnológica, crisis de confianza institucional, polarización política y fracturas sociales profundas. En este contexto, el Grado 33° deja de ser un signo de jerarquía para convertirse en un indicador de responsabilidad ampliada.

Ser 33° hoy implica comprender que el simbolismo no es un patrimonio privado sino un lenguaje de transformación personal con consecuencias públicas. Significa aceptar que la autoridad iniciática no otorga privilegios, sino que impone deberes de coherencia, lucidez y acompañamiento formativo. No es la cima del reconocimiento, sino el inicio de una vigilancia interior más exigente. La pregunta no es qué poder posee el Grado 33°, sino qué nivel de conciencia exige y qué tipo de impacto social produce. La ontología del 33° contemporáneo se define, por tanto, como una pedagogía vivida: custodiar la tradición sin convertirla en museo, interpretar el símbolo sin vaciarlo de fuerza y actuar en la sociedad sin instrumentalizar la institución.

Hablar del escocismo en el siglo XXI implica superar la tentación de comprenderlo como una simple arquitectura de grados o como un sistema honorífico que culmina en una dignidad simbólica. El Rito Escocés Antiguo y Aceptado no es, en su raíz, una escalera de ascensos ni una estructura de poder ritual; es, ante todo, un itinerario de conciencia. El problema contemporáneo no reside en la existencia de los grados, sino en la posible pérdida de su significado ontológico. Cuando el grado se convierte en fin y no en medio, la masonería corre el riesgo de transformarse en una institución de reconocimientos sin transformación. Por ello, el Grado 33°, lejos de representar la coronación de una carrera simbólica, debe entenderse como la asunción de una responsabilidad moral que desborda el recinto de la logia y se proyecta hacia la vida pública.

La ontología del Ilustre y Poderoso Soberano Gran Inspector General no se define por su investidura, sino por su capacidad de encarnar los principios que custodia. No se trata de poseer un saber oculto, sino de vivir una coherencia visible. La verdadera culminación del proceso iniciático no es la acumulación de grados, sino la integración del símbolo en la conducta. W. L. Wilmshurst lo expresa con una lucidez que permanece vigente cuando afirma: “La masonería posee un lado externo y visible, pero también un lado interno y espiritual que sólo puede comprender aquel que ha aprendido a utilizar su imaginación espiritual.” Esta afirmación no es una invitación al misticismo evasivo, sino un llamado a comprender que la estructura ritual sólo adquiere sentido cuando se traduce en una disciplina interior capaz de orientar la acción. De lo contrario, la masonería se convierte en un teatro de solemnidades sin impacto ético.

El símbolo, núcleo del escocismo, no es un objeto decorativo ni un ejercicio intelectual estéril. Es un dispositivo de transformación. Oswald Wirth lo sintetiza con precisión: “El símbolo no se explica: se vive. Sólo quien lo encarna puede transmitir su verdadera enseñanza.” Allí se revela la esencia del Grado 33° como función y no como título. Su misión ontológica consiste en custodiar el sentido y garantizar la continuidad viva de la tradición, no como repetición de formas antiguas, sino como actualización consciente de principios universales. Esta actualización exige autocrítica permanente, porque la tradición que no se examina degenera en costumbre vacía.

La crítica al escocismo contemporáneo no busca deslegitimarlo, sino purificarlo. Existen desviaciones que amenazan su autenticidad: el ritualismo sin conversión interior, el honorificismo desligado de la praxis social y la desvinculación del contexto histórico en el que opera. Jules Boucher advertía con claridad: “El símbolo no es un adorno intelectual; es un instrumento de transformación interior.” Cuando esta transformación no ocurre, el símbolo se convierte en ornamento y la jerarquía en simple distinción. René Guénon, por su parte, alertaba sobre el peligro de las pseudo-iniciaciones al señalar: “La iniciación verdadera exige una transmisión real y una realización efectiva; todo lo demás es simulacro.” Estas advertencias no son acusaciones externas, sino espejos internos que obligan al escocismo a preguntarse por su fidelidad a sí mismo.

El siglo XXI presenta un escenario particularmente desafiante para América Latina, donde las fracturas sociales, la desigualdad estructural y la crisis de confianza institucional exigen una ética pública renovada. En este contexto, la masonería escocista no puede limitarse a la introspección simbólica; debe asumir una función pedagógica y cultural. La ciudad de Barranquilla -el espacio histórico en el que vivencio mi experiencia masónica- con su dinamismo económico, su diversidad cultural y sus tensiones sociales, constituye un laboratorio concreto donde el escocismo puede demostrar que la tradición iniciática no es un residuo del pasado, sino una herramienta para la construcción del presente. Allí, el Grado 33° puede traducir su autoridad simbólica en acciones formativas, mentorías juveniles, promoción cultural y fortalecimiento de la conciencia cívica, no como intervención partidista, sino como mediación ética.

La misión ontológica del 33° se articula entonces en tres dimensiones inseparables: memoria, conciencia y proyección. Memoria para custodiar la herencia simbólica sin fosilizarla; conciencia para ejercer autocrítica y evitar la degeneración ritual; proyección para convertir el conocimiento interior en servicio social. No es el grado más alto en términos jerárquicos, sino el más exigente en términos morales. Su legitimidad no proviene del reconocimiento institucional, sino de la coherencia entre lo que representa y lo que vive. La autoridad simbólica sólo se justifica cuando se transforma en autoridad ética.

En consecuencia, el escocismo no encuentra su justificación en la antigüedad de sus ritos ni en la solemnidad de sus ceremonias, sino en su capacidad de despertar conciencia, formar carácter y contribuir al bien común. El Grado 33° no marca el final del camino iniciático; señala el inicio de una responsabilidad permanente. Allí donde el símbolo se convierte en acción y la tradición en servicio, la masonería recupera su sentido original: no como refugio de privilegios, sino como escuela de humanidad consciente.

Por todo lo anterior concluyo, de una manera técnico – operativa, que es incuestionable la necesidad de maximización del compromiso del Grado 33°, a través de las siguientes acciones de mejoramiento:

  • Institucionalizar la formación continua: Crear programas periódicos de actualización filosófica, ética y pedagógica para los 33°, evitando la idea de culminación definitiva. El grado debe implicar estudio permanente y no clausura intelectual.
  • Vincular simbolismo con proyectos verificables: Cada cuerpo escocista debería traducir sus reflexiones simbólicas en al menos un proyecto social concreto anual: educación cívica, mentorías juveniles, apoyo cultural o mediación comunitaria. El símbolo debe producir impacto medible.
  • Implementar mecanismos de autoevaluación ética: Establecer instancias internas de revisión moral y coherencia institucional que analicen prácticas, discursos y decisiones. El 33° debe ser ejemplo de transparencia interior y no sólo de solemnidad exterior.
  • Separar autoridad moral de injerencia partidista: La influencia del 33° debe ejercerse como orientación ética y cultural, nunca como militancia política orgánica. La legitimidad se preserva manteniendo independencia ideológica y vocación de bien común.
  • Desarrollar liderazgo pedagógico visible: Fomentar la presencia de los 33° en espacios académicos, culturales y educativos como conferencistas, orientadores y mediadores de diálogo. El liderazgo iniciático debe ser reconocido por su aporte formativo, no por su rango.
  • Articular redes interinstitucionales: Establecer cooperación con universidades, centros culturales y organizaciones civiles para ampliar el alcance de las iniciativas masónicas. La tradición se fortalece cuando dialoga con otras instancias del saber.
  • Promover la cultura de mentoría interna: Todo 33° debería acompañar formativamente a grados inferiores, no como tutor jerárquico sino como referente de coherencia. La transmisión iniciática se sostiene en el ejemplo más que en la instrucción.

Maximizar el compromiso del Grado 33° no significa incrementar su visibilidad simbólica, sino profundizar su eficacia ética. El grado alcanza su plenitud cuando deja de ser signo de distinción y se convierte en fuente de orientación, equilibrio y servicio consciente dentro y fuera de la logia. Allí donde el 33° vive lo que representa, el escocismo deja de ser estructura y se transforma en presencia moral activa en la sociedad contemporánea.

 

Referencias bibliográficas

Wilmshurst, W. L. El significado de la masonería. Editorial Kier, Buenos Aires, 2008.

Wirth, Oswald. El libro del aprendiz. Editorial Humanitas, Barcelona, 1998.

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Editorial Dervy-Libros, Madrid, 2001.

Guénon, René. Perspectivas sobre la iniciación. Editorial Obelisco, Barcelona, 2003.

Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Editorial Paidós, Barcelona, 1997.

Mackey, Albert G. Enciclopedia de la francmasonería. Editorial Edicomunicación, Barcelona, 1991.

Pike, Albert. Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Editorial Masónica Española, Madrid, 2004.

1 comentario:

  1. Mi QRH:.

    Como siempre mis honores.
    Veo que tocas un aspecto a revisar en todos los niveles de la orden.
    Aunque no ostento el nivel del grado que haces referencia, me identifico con la responsabilidad que se va sumando en cada paso masónico y que no debe decaer. Admiro lo sublime que el nombre que el grado representa y la reflexión a recordar su origen.

    Es mi responsabilidad seguir acumulando y resguardando que esos tres componentes, memoria, consciencia y proyección, se mantengan y crezcan

    Gracias por tus palabras.

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