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martes, 5 de mayo de 2026

JESÚS DE NAZARETH Y LA MASONERÍA

 

Identidades y divergencias

 

La pregunta por la relación entre Jesús de Nazareth y la masonería no debe ser recibida como un ejercicio comparativo superficial ni como una búsqueda de coincidencias tranquilizadoras, sino como una interpelación radical al núcleo mismo de la conciencia iniciática. En ella se juega algo más que un problema de historia o de doctrina: se expone la tensión entre una figura que irrumpe desbordando todo sistema y una institución que, en su mejor versión, pretende conducir al ser humano hacia su perfeccionamiento. Este texto no busca reconciliar fácilmente ambas realidades ni forzar una continuidad inexistente; se propone, más bien, habitar la incomodidad de su encuentro, explorar sus afinidades sin negar sus rupturas y, sobre todo, dejar que de ese cruce emerja una exigencia: la de repensar la masonería no desde su autocomplacencia, sino desde el espejo crítico que representa la praxis de Jesús.

Jesús de Nazareth no pertenece a la masonería, ni histórica ni institucionalmente, y cualquier intento de sostener lo contrario cae en el terreno del anacronismo o de la mitologización interesada. Sin embargo, negar esta pertenencia no agota la cuestión; por el contrario, abre el espacio para una indagación más rigurosa: la de las identidades posibles en el plano ético, simbólico e iniciático, y las divergencias irreductibles que configuran la singularidad de cada horizonte. Desde el punto de vista histórico, Jesús emerge en el contexto del judaísmo del Segundo Templo como un maestro itinerante cuya autoridad no deriva de una institución, sino de una experiencia vivida de relación con lo divino. La masonería, en cambio, se configura como una estructura iniciática formalizada, con rituales, grados y una pedagogía progresiva. Esta diferencia no es menor: mientras Jesús encarna una autoridad carismática que subvierte las mediaciones establecidas, la masonería organiza un camino que, precisamente, se sostiene en mediaciones simbólicas cuidadosamente construidas.

No obstante, en el plano axiológico, emergen resonancias que no pueden ser ignoradas. La centralidad de la fraternidad, la dignidad intrínseca de todo ser humano y la exigencia de una ética que trascienda la mera legalidad son puntos de convergencia significativos. En los evangelios, Jesús propone una reconfiguración del sujeto que no se limita a cumplir normas, sino que transforma la intención misma del obrar: “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”. Esta interiorización de la ley encuentra un eco en la masonería cuando esta se vive como un proceso de trabajo sobre la piedra bruta, es decir, como una labor constante de autoconstrucción. Oswald Wirth afirma que la iniciación auténtica no consiste en recibir conocimientos externos, sino en despertar una luz interior que permita ordenar la vida conforme a un principio superior (Wirth, 1922). En este sentido, tanto Jesús como la masonería, en su dimensión más profunda, apuntan a la formación de un sujeto capaz de vivir en coherencia con una verdad interiorizada.

Sin embargo, esta identidad parcial se ve inmediatamente tensionada por divergencias de fondo que no pueden ser subsumidas sin pérdida. Jesús no solo propone una ética elevada; introduce una ruptura con las estructuras religiosas de su tiempo, denunciando su hipocresía y su incapacidad de encarnar la justicia. Su praxis no se limita a la transformación individual, sino que se proyecta hacia una crítica de las relaciones de poder y hacia la construcción de una comunidad alternativa basada en la inclusión radical. Leonardo Boff ha insistido en que el mensaje de Jesús posee una dimensión liberadora que interpela las estructuras sociales y económicas, no solo las conciencias individuales (Boff, 1981). La masonería, por su parte, aunque proclama ideales de libertad, igualdad y fraternidad, corre el riesgo -cuando se institucionaliza sin crítica- de replegarse en un espacio autorreferencial donde el trabajo simbólico no se traduce en transformación social efectiva.

Otra divergencia fundamental radica en la mediación del proceso iniciático. La masonería se estructura como un sistema de grados que guían progresivamente al iniciado, utilizando símbolos, rituales y enseñanzas codificadas. Jesús, en cambio, no establece un itinerario formal de este tipo; su enseñanza se despliega en encuentros concretos, en parábolas abiertas, en gestos que rompen las expectativas. René Guénon advierte que toda vía iniciática auténtica implica una transmisión regular dentro de una tradición definida (Guénon, 1946); desde esta perspectiva, la experiencia de Jesús no puede ser encuadrada sin más en un sistema iniciático como el masónico, pues su autoridad no se legitima por una cadena de transmisión institucional, sino por la radicalidad de su experiencia y su coherencia existencial.

A pesar de estas divergencias, existe un punto de contacto decisivo que no puede ser soslayado: la centralidad de la coherencia entre lo que se proclama y lo que se vive. Jesús denuncia con fuerza a quienes “dicen y no hacen”, poniendo en evidencia la fractura entre discurso y praxis. Esta denuncia resuena con particular intensidad en el ámbito masónico, donde el riesgo de convertir el simbolismo en un ejercicio estético o intelectual sin consecuencias éticas es siempre latente. W. L. Wilmshurst concibe la masonería como una disciplina de regeneración interior orientada a la construcción de un “templo vivo” (Wilmshurst, 1922); si esta construcción no se traduce en una vida transformada, el proceso iniciático queda reducido a una simulación.

La relación entre Jesús y la masonería, entonces, no puede ser pensada en términos de continuidad histórica ni de identidad institucional, sino como una dialéctica entre afinidad y diferencia que exige una lectura crítica. Jesús puede ser comprendido como un arquetipo de realización humana y espiritual que ilumina el horizonte de la iniciación, pero también como un cuestionamiento permanente a toda forma de institucionalización que olvide su finalidad transformadora. La masonería, por su parte, ofrece un camino estructurado que puede favorecer esa transformación, pero solo si evita absolutizar sus formas y permanece abierta a la autocrítica.

De esta reflexión se derivan conclusiones de carácter técnico-operativo que interpelan directamente la praxis masónica contemporánea. En primer lugar, se impone una depuración conceptual que distinga claramente entre historia, símbolo y teología, evitando afirmaciones que, aunque seductoras, carecen de fundamento. En segundo lugar, es necesario fortalecer la dimensión ética del trabajo iniciático, de modo que los símbolos no sean solo comprendidos, sino encarnados en la vida cotidiana. En tercer lugar, se requiere integrar de manera efectiva la dimensión social de la fraternidad, superando la tendencia a reducirla a un vínculo interno y proyectándola hacia la transformación de las condiciones de injusticia. En cuarto lugar, se propone asumir la figura de Jesús no como un referente identitario que legitime la masonería, sino como un criterio crítico que permita evaluar su autenticidad: allí donde la masonería no genera sujetos capaces de amar, de actuar con justicia y de sostener la verdad incluso a costa de sí mismos, ha perdido su sentido iniciático. Finalmente, se plantea la necesidad de una vigilancia permanente sobre la coherencia entre discurso y praxis, entendiendo que la verdadera iniciación no se mide por los grados alcanzados, sino por la calidad de la vida vivida.

 

Referencias bibliográficas

Boff, Leonardo (1981). Jesucristo liberador. Santander: Sal Terrae.

Guénon, René (2006). Apreciaciones sobre la iniciación. Barcelona: Paidós.

Vermes, Géza (2012). Jesús el judío. Barcelona: Crítica.

Wilmshurst, Walter Leslie (s.f.). El significado de la masonería. (Ediciones en español disponibles en diversas editoriales; frecuentemente en formato digital o ediciones masónicas internas).

Wirth, Oswald (1998). La francmasonería hecha inteligible a sus adeptos. Barcelona: Editorial Humanitas.

JESÚS DE NAZARETH Y LA MASONERÍA

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