“Allí donde se pretende imponer una única visión de la verdad, la masonería deja de ser un espacio de búsqueda para convertirse en una prisión del espíritu.”
— W.L. Wilmshurst, El Significado Esotérico de la
Masonería
La masonería se define, desde sus orígenes, como
una escuela de libertad interior y fraternidad universal; cada uno de sus
miembros jura trabajar por el perfeccionamiento del ser humano, edificando en
sí mismo el templo del Gran Arquitecto Del Universo, sin embargo, como toda
institución humana, la orden no está exenta de contradicciones; en su interior
pueden surgir actitudes que, lejos de reflejar la luz iniciática, reproducen
las sombras del mundo profano que se pretende trascender.
Entre
esas sombras contemporáneas emerge un fenómeno que podríamos denominar
“bullying masónico”: una serie de comportamientos de acoso, exclusión o
menosprecio entre hermanos, muchas veces disfrazados de corrección ritual,
defensa de la tradición o autoridad moral. Este fenómeno, aunque sutil, tiene
consecuencias devastadoras para la vida espiritual del taller y la salud del
egregor colectivo.
Más
que una simple falta de fraternidad, el bullying masónico es síntoma de algo
más profundo: el dogmatismo interno, la rigidez mental y espiritual que
paraliza la evolución iniciática y convierte los símbolos en dogmas, los grados
en jerarquías de poder, y la fraternidad en un mero discurso formal.
Este
post propone una lectura crítica y holística del fenómeno, integrando
perspectivas filosóficas, psicológicas, éticas, espirituales y sociológicas,
para comprender cómo y por qué la masonería, al cerrarse sobre sí misma, puede
incubar las mismas formas de opresión que juró erradicar.
El
dogmatismo es, en esencia, la negación del principio iniciático; la iniciación
masónica implica apertura, búsqueda, autoconocimiento y diálogo interior; el
dogmatismo, por el contrario, implica cierre, certeza absoluta, imposición y
obediencia ciega.
René
Guénon advertía que cuando la tradición pierde su sentido metafísico y se
convierte en una doctrina rígida, la iniciación se degrada en “mera
ceremonia vacía, privada de su virtud interior” (Apercepciones sobre la Iniciación,
1996). En ese proceso de degradación, algunos masones comienzan a confundir el
símbolo con la verdad, la jerarquía con la sabiduría, la experiencia ritual con
la autoridad espiritual.
Así,
el dogmatismo genera una cultura interna donde el pensamiento crítico es
percibido como amenaza, la diferencia como herejía y la humildad como
debilidad. En tal contexto, el bullying masónico aparece como un mecanismo de
defensa del statu quo, mediante el cual los portadores del poder simbólico
neutralizan toda voz que cuestiona, innova o piensa distinto.
El
bullying masónico no suele ser explícito. No se manifiesta en golpes o gritos,
sino en formas refinadas de violencia simbólica (Bourdieu, 1999). Puede
expresarse en la burla velada hacia un Querido Hermano, en el silencio impuesto
como castigo, en la manipulación emocional, en la negación del mérito ajeno, o
en el uso del ritual para humillar y no para edificar.
Algunas
de sus manifestaciones más frecuentes son:
·
El menosprecio intelectual: ridiculizar las interpretaciones o
planchas de un hermano por no coincidir con las “lecturas oficiales” del
símbolo.
·
El autoritarismo ritual: utilizar el rango o grado para imponer
opiniones, acallar el debate o deslegitimar aportes de los menos avanzados.
·
La exclusión silenciosa: marginar al hermano por motivos ideológicos,
espirituales, sociales o incluso personales, sin reconocerle el derecho a la
diferencia.
·
La manipulación jerárquica: convertir la autoridad en un instrumento
de dominio y no de guía, generando climas de miedo o sumisión.
Estas
actitudes erosionan el tejido fraternal y corrompen el sentido mismo del
trabajo en logia. Un taller donde un hermano teme hablar, proponer o disentir,
deja de ser un templo de libertad y se transforma en un espacio profano
revestido de liturgia.
El
juramento masónico no se reduce a fórmulas rituales: es un compromiso
ontológico con la dignidad del otro. Cada vez que un masón humilla, ironiza o
excluye a su hermano, profana el mismo altar en el que prometió honrarlo.
Oswald
Wirth advertía que “la fraternidad no consiste en la uniformidad de
pensamiento, sino en la armonía entre espíritus libres que vibran en una misma
aspiración” (El Libro del Aprendiz, 2008). El bullying masónico, en cambio,
nace de la incapacidad de tolerar la diferencia, de la falta de madurez
espiritual para convivir con la pluralidad de perspectivas.
Desde
una ética iniciática, el respeto fraternal es el primer pilar del templo. Sin
ese cimiento, ningún rito, palabra sagrada o signo de reconocimiento conserva
su poder. Lo que queda es pura forma vacía.
La
verdadera iniciación no se mide por el conocimiento de símbolos, sino por la
coherencia entre el discurso y la conducta, por la capacidad de vivir la
fraternidad en lo cotidiano, especialmente con aquel hermano que piensa
distinto.
El
bullying masónico tiene una raíz psicológica profunda: el ego no trascendido. Erich
Fromm, en El miedo a la libertad (2005), señala que el ser humano, incapaz de
soportar la incertidumbre, busca refugio en sistemas autoritarios que le den
seguridad. En la masonería, ese impulso puede adoptar la forma de adhesión
incondicional a la autoridad ritual, de vanidad por el grado, o de necesidad de
dominar al otro para no confrontar la propia inseguridad.
Cuando
el ego se adueña del templo, el trabajo iniciático se interrumpe, la búsqueda
de la luz se convierte en una competencia por quién brilla más. El dogmatismo,
entonces, no es sino una patología del ego, una defensa contra el dolor de
reconocer la propia ignorancia.
El
bullying masónico es, desde esta perspectiva, un síntoma de inmadurez
emocional: una forma de proyectar en el otro lo que no se puede aceptar en uno
mismo.
En
el plano ritual, cada ofensa a un Querido Hermano es una profanación simbólica.
El templo masónico es un espacio consagrado al equilibrio de las fuerzas, y
todo acto de desprecio o imposición rompe esa armonía vibratoria.
En
el rito escocés antiguo y aceptado, el maestro está llamado a gobernar sus
pasiones y dominar su orgullo. No hacerlo equivale a reproducir, en el
microcosmos de la logia, las mismas luchas de poder del mundo exterior.
Cada
gesto de burla, cada mirada de superioridad, cada palabra mordaz pronunciada
bajo el mandil es un golpe al corazón del egregor. Porque el ritual no tiene
eficacia mágica si no hay coherencia interior: no basta con trazar signos, hay
que vivir su significado.
Una
logia que proclama libertad, igualdad y fraternidad, pero tolera el acoso
interno o la imposición dogmática, pierde autoridad moral ante la sociedad. Se
convierte en una luz encerrada, incapaz de iluminar más allá de sus muros.
Jules
Boucher recordaba que “la masonería no se mide por los grados que
distribuye, sino por los hombres que transforma” (La simbólica masónica,
1992). Cuando un taller se convierte en un espacio de vanidades o exclusiones,
deja de transformar y comienza a deformar. La masonería debe ser ejemplo de
diálogo, pluralidad y ética humanista. Su función social se disuelve cuando
reproduce las mismas dinámicas de poder, clasismo o discriminación que imperan
en el mundo profano.
Superar
el bullying masónico no requiere nuevos reglamentos, sino una revolución
interior: pasar del poder sobre el otro al poder con el otro; recordemos que el
verdadero maestro no humilla, inspira; no impone, acompaña; no se erige en
juez, sino en espejo donde cualquier Querido Hermano pueda descubrir su propia
luz.
Es
preciso recuperar el sentido pedagógico del silencio: no como castigo, sino como
pausa sagrada que enseña a escuchar como el recordar que el aprendizaje no es
monopolio del grado, sino patrimonio de todo buscador sincero.
Carl
Rogers afirmaba que “el verdadero educador es aquel que confía en la
tendencia humana hacia la autorrealización” (El camino del ser, 1986). En
el contexto masónico, esto implica creer que todo hermano, por imperfecto que
sea, porta una chispa del Gran Arquitecto que merece respeto y cultivo.
El
bullying masónico es una sombra que sólo puede disiparse con la luz de la
autocrítica, reconocer su existencia no implica debilitar a la orden, sino
fortalecer su autenticidad.
Cada
hermano está llamado a ser guardián del respeto y no del dogma. Cada logia debe
preguntarse si sus columnas sostienen la libertad o la opresión. Y cada Maestro
debe recordar que el poder sólo es legítimo cuando se ejerce con amor y
servicio. “La masonería no necesita guardianes del dogma, sino sembradores
de libertad interior.” Frater
Anónimo del Oriente Eterno
El
templo de la humanidad se reconstruye cada vez que un hermano decide escuchar
en lugar de juzgar, dialogar en lugar de imponer, y amar en lugar de temer.
Sólo entonces la masonería podrá volver a ser lo que siempre prometió ser: una
escuela de luz para el alma humana. Por eso, el respeto al querido hermano que
piensa diferente, especialmente cuando su pensamiento se sustenta en una sólida
formación filosófica, teológica o simbólica, no es una cortesía: es un deber
iniciático. Negar ese respeto equivale a profanar el altar donde juramos.
Bourdieu, Pierre. La dominación masculina. Madrid: Anagrama, 1999.
Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Humanitas, 1992.
Fromm, Erich. El miedo a la libertad. México: Fondo de Cultura Económica, 2005.
Guénon, René. Apercepciones sobre la Iniciación. Madrid: Paidós, 1996.
Rogers, Carl. El camino del ser. Buenos Aires: Paidós, 1986.
Wilmshurst, W.L. El Significado Esotérico de la Masonería. Buenos Aires: Kier, 2004.



