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lunes, 2 de febrero de 2026

EL BULLYING MASÓNICO COMO EXPRESIÓN DEL DOGMATISMO AL INTERIOR DE LA ORDEN

 

Imagen generada con IA

“Allí donde se pretende imponer una única visión de la verdad, la masonería deja de ser un espacio de búsqueda para convertirse en una prisión del espíritu.”

W.L. Wilmshurst, El Significado Esotérico de la Masonería

La masonería se define, desde sus orígenes, como una escuela de libertad interior y fraternidad universal; cada uno de sus miembros jura trabajar por el perfeccionamiento del ser humano, edificando en sí mismo el templo del Gran Arquitecto Del Universo, sin embargo, como toda institución humana, la orden no está exenta de contradicciones; en su interior pueden surgir actitudes que, lejos de reflejar la luz iniciática, reproducen las sombras del mundo profano que se pretende trascender.

Entre esas sombras contemporáneas emerge un fenómeno que podríamos denominar “bullying masónico”: una serie de comportamientos de acoso, exclusión o menosprecio entre hermanos, muchas veces disfrazados de corrección ritual, defensa de la tradición o autoridad moral. Este fenómeno, aunque sutil, tiene consecuencias devastadoras para la vida espiritual del taller y la salud del egregor colectivo.

Más que una simple falta de fraternidad, el bullying masónico es síntoma de algo más profundo: el dogmatismo interno, la rigidez mental y espiritual que paraliza la evolución iniciática y convierte los símbolos en dogmas, los grados en jerarquías de poder, y la fraternidad en un mero discurso formal.

Este post propone una lectura crítica y holística del fenómeno, integrando perspectivas filosóficas, psicológicas, éticas, espirituales y sociológicas, para comprender cómo y por qué la masonería, al cerrarse sobre sí misma, puede incubar las mismas formas de opresión que juró erradicar.

El dogmatismo es, en esencia, la negación del principio iniciático; la iniciación masónica implica apertura, búsqueda, autoconocimiento y diálogo interior; el dogmatismo, por el contrario, implica cierre, certeza absoluta, imposición y obediencia ciega.

René Guénon advertía que cuando la tradición pierde su sentido metafísico y se convierte en una doctrina rígida, la iniciación se degrada en “mera ceremonia vacía, privada de su virtud interior” (Apercepciones sobre la Iniciación, 1996). En ese proceso de degradación, algunos masones comienzan a confundir el símbolo con la verdad, la jerarquía con la sabiduría, la experiencia ritual con la autoridad espiritual.

Así, el dogmatismo genera una cultura interna donde el pensamiento crítico es percibido como amenaza, la diferencia como herejía y la humildad como debilidad. En tal contexto, el bullying masónico aparece como un mecanismo de defensa del statu quo, mediante el cual los portadores del poder simbólico neutralizan toda voz que cuestiona, innova o piensa distinto.

El bullying masónico no suele ser explícito. No se manifiesta en golpes o gritos, sino en formas refinadas de violencia simbólica (Bourdieu, 1999). Puede expresarse en la burla velada hacia un Querido Hermano, en el silencio impuesto como castigo, en la manipulación emocional, en la negación del mérito ajeno, o en el uso del ritual para humillar y no para edificar.

Algunas de sus manifestaciones más frecuentes son:

·        El menosprecio intelectual: ridiculizar las interpretaciones o planchas de un hermano por no coincidir con las “lecturas oficiales” del símbolo.

·        El autoritarismo ritual: utilizar el rango o grado para imponer opiniones, acallar el debate o deslegitimar aportes de los menos avanzados.

·        La exclusión silenciosa: marginar al hermano por motivos ideológicos, espirituales, sociales o incluso personales, sin reconocerle el derecho a la diferencia.

·        La manipulación jerárquica: convertir la autoridad en un instrumento de dominio y no de guía, generando climas de miedo o sumisión.

Estas actitudes erosionan el tejido fraternal y corrompen el sentido mismo del trabajo en logia. Un taller donde un hermano teme hablar, proponer o disentir, deja de ser un templo de libertad y se transforma en un espacio profano revestido de liturgia.

El juramento masónico no se reduce a fórmulas rituales: es un compromiso ontológico con la dignidad del otro. Cada vez que un masón humilla, ironiza o excluye a su hermano, profana el mismo altar en el que prometió honrarlo.

Oswald Wirth advertía que “la fraternidad no consiste en la uniformidad de pensamiento, sino en la armonía entre espíritus libres que vibran en una misma aspiración” (El Libro del Aprendiz, 2008). El bullying masónico, en cambio, nace de la incapacidad de tolerar la diferencia, de la falta de madurez espiritual para convivir con la pluralidad de perspectivas.

Desde una ética iniciática, el respeto fraternal es el primer pilar del templo. Sin ese cimiento, ningún rito, palabra sagrada o signo de reconocimiento conserva su poder. Lo que queda es pura forma vacía.

La verdadera iniciación no se mide por el conocimiento de símbolos, sino por la coherencia entre el discurso y la conducta, por la capacidad de vivir la fraternidad en lo cotidiano, especialmente con aquel hermano que piensa distinto.

El bullying masónico tiene una raíz psicológica profunda: el ego no trascendido. Erich Fromm, en El miedo a la libertad (2005), señala que el ser humano, incapaz de soportar la incertidumbre, busca refugio en sistemas autoritarios que le den seguridad. En la masonería, ese impulso puede adoptar la forma de adhesión incondicional a la autoridad ritual, de vanidad por el grado, o de necesidad de dominar al otro para no confrontar la propia inseguridad.

Cuando el ego se adueña del templo, el trabajo iniciático se interrumpe, la búsqueda de la luz se convierte en una competencia por quién brilla más. El dogmatismo, entonces, no es sino una patología del ego, una defensa contra el dolor de reconocer la propia ignorancia.

El bullying masónico es, desde esta perspectiva, un síntoma de inmadurez emocional: una forma de proyectar en el otro lo que no se puede aceptar en uno mismo.

En el plano ritual, cada ofensa a un Querido Hermano es una profanación simbólica. El templo masónico es un espacio consagrado al equilibrio de las fuerzas, y todo acto de desprecio o imposición rompe esa armonía vibratoria.

En el rito escocés antiguo y aceptado, el maestro está llamado a gobernar sus pasiones y dominar su orgullo. No hacerlo equivale a reproducir, en el microcosmos de la logia, las mismas luchas de poder del mundo exterior.

Cada gesto de burla, cada mirada de superioridad, cada palabra mordaz pronunciada bajo el mandil es un golpe al corazón del egregor. Porque el ritual no tiene eficacia mágica si no hay coherencia interior: no basta con trazar signos, hay que vivir su significado.

Una logia que proclama libertad, igualdad y fraternidad, pero tolera el acoso interno o la imposición dogmática, pierde autoridad moral ante la sociedad. Se convierte en una luz encerrada, incapaz de iluminar más allá de sus muros.

Jules Boucher recordaba que “la masonería no se mide por los grados que distribuye, sino por los hombres que transforma” (La simbólica masónica, 1992). Cuando un taller se convierte en un espacio de vanidades o exclusiones, deja de transformar y comienza a deformar. La masonería debe ser ejemplo de diálogo, pluralidad y ética humanista. Su función social se disuelve cuando reproduce las mismas dinámicas de poder, clasismo o discriminación que imperan en el mundo profano.

Superar el bullying masónico no requiere nuevos reglamentos, sino una revolución interior: pasar del poder sobre el otro al poder con el otro; recordemos que el verdadero maestro no humilla, inspira; no impone, acompaña; no se erige en juez, sino en espejo donde cualquier Querido Hermano pueda descubrir su propia luz.

Es preciso recuperar el sentido pedagógico del silencio: no como castigo, sino como pausa sagrada que enseña a escuchar como el recordar que el aprendizaje no es monopolio del grado, sino patrimonio de todo buscador sincero.

Carl Rogers afirmaba que “el verdadero educador es aquel que confía en la tendencia humana hacia la autorrealización” (El camino del ser, 1986). En el contexto masónico, esto implica creer que todo hermano, por imperfecto que sea, porta una chispa del Gran Arquitecto que merece respeto y cultivo.

El bullying masónico es una sombra que sólo puede disiparse con la luz de la autocrítica, reconocer su existencia no implica debilitar a la orden, sino fortalecer su autenticidad.

Cada hermano está llamado a ser guardián del respeto y no del dogma. Cada logia debe preguntarse si sus columnas sostienen la libertad o la opresión. Y cada Maestro debe recordar que el poder sólo es legítimo cuando se ejerce con amor y servicio. “La masonería no necesita guardianes del dogma, sino sembradores de libertad interior.” Frater Anónimo del Oriente Eterno

El templo de la humanidad se reconstruye cada vez que un hermano decide escuchar en lugar de juzgar, dialogar en lugar de imponer, y amar en lugar de temer. Sólo entonces la masonería podrá volver a ser lo que siempre prometió ser: una escuela de luz para el alma humana. Por eso, el respeto al querido hermano que piensa diferente, especialmente cuando su pensamiento se sustenta en una sólida formación filosófica, teológica o simbólica, no es una cortesía: es un deber iniciático. Negar ese respeto equivale a profanar el altar donde juramos.

 AUTOR: Villar Peñalver, Andy.  “EL BULLYING MASÓNICO COMO EXPRESIÓN DEL DOGMATISMO AL INTERIOR DE LA ORDEN" en https://andyvillar.blogspot.com/2026/02/el-bullying-masonico-como-expresion-del.html  Blog: "SER APRENDIZ MASÓN" Año: 2026.

 

Referencias Bibliográficas
Bourdieu, Pierre. La dominación masculina. Madrid: Anagrama, 1999.
Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Humanitas, 1992.
Fromm, Erich. El miedo a la libertad. México: Fondo de Cultura Económica, 2005.
Guénon, René. Apercepciones sobre la Iniciación. Madrid: Paidós, 1996.
Rogers, Carl. El camino del ser. Buenos Aires: Paidós, 1986.
Wilmshurst, W.L. El Significado Esotérico de la Masonería. Buenos Aires: Kier, 2004. 
Wirth, Oswald. El Libro del Aprendiz. Barcelona: Ediciones Obelisco, 2008.

domingo, 25 de enero de 2026

EDUCACIÓN EN RUINAS Y SILENCIO MASÓNICO Hacia la recuperación de la vocación pedagógica de la Orden en América Latina

 

Imagen generada con IA

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Escribo este trabajo desde una subjetividad consciente y deliberada, que no pretende ocultarse tras una falsa neutralidad académica. Hablo como educador de trayectoria prolongada en el campo de las ciencias de la educación, la pedagogía, el currículo, la evaluación y la gestión directiva; y hablo también como masón, formado en la lógica iniciática, en la disciplina simbólica y en la responsabilidad institucional. Esta doble pertenencia no es circunstancial: constituye el lugar epistemológico desde el cual pienso, interpreto y juzgo la realidad educativa latinoamericana y el rol histórico -hoy debilitado- de la Masonería. No se trata de una reflexión externa, sino de una autointerpelación ética.

La crisis educativa que atraviesa América Latina no puede comprenderse como un fenómeno aislado, ni como un simple déficit de políticas públicas, es expresión localizada de una crisis global del sentido de la educación. A escala planetaria, los sistemas educativos han sido progresivamente capturados por una racionalidad instrumental que reduce la educación a entrenamiento para la productividad, la gestión de competencias y el control de resultados. Paulo Freire lo advirtió con lucidez: “la educación nunca es neutra: o es práctica de la libertad o es práctica de la dominación”. Hoy, en demasiados contextos, se educa para la adaptación pasiva y no para la transformación crítica.

Esta racionalidad global se impone con particular violencia simbólica en América Latina, región marcada por profundas desigualdades históricas, coloniales y estructurales. Las reformas educativas importadas, los modelos de estandarización internacional y la obsesión por indicadores cuantitativos han vaciado a la pedagogía de su sentido humanista. La escuela, en muchos casos, ha dejado de ser espacio de formación integral para convertirse en dispositivo de contención social. Martha Nussbaum lo expresa con crudeza: “una educación que margina las humanidades produce sociedades técnicamente competentes, pero moralmente frágiles. En nuestros países, esta fragilidad se traduce en exclusión, violencia y despolitización de la ciudadanía.

Desde mi experiencia en desarrollo curricular y evaluación educativa, constato que la pregunta fundamental ha sido desplazada: ya no se discute qué tipo de ser humano queremos formar, sino qué tipo de trabajador requiere el mercado; esta omisión no es inocente. Enrique Dussel ha señalado que “la dominación más eficaz es aquella que logra que los dominados no se piensen como tales”. La ignorancia contemporánea no es ausencia de información, sino incapacidad inducida para pensar críticamente la realidad histórica, para leer las estructuras de poder y para asumirse como sujeto transformador.

En este escenario, la educación se convierte en un campo de disputa ética y política. Edgar Morin lo resume con contundencia: “educar es enseñar a vivir”. Pero ¿Qué significa enseñar a vivir en sociedades atravesadas por la desigualdad, la precariedad y la pérdida de sentido? Significa formar conciencia, no solo transmitir contenidos; significa articular razón, ética y responsabilidad social. Toda educación que renuncia a esta tarea se convierte, aunque no lo declare, en pedagogía de la resignación.

Es precisamente aquí donde la Masonería queda interpelada de manera directa y profunda. Históricamente, la Orden comprendió la educación como proceso iniciático colectivo. En América Latina, los masones no fueron meros observadores del devenir educativo: fueron constructores de sistemas escolares, defensores de la educación pública y laica, promotores de la formación ciudadana y republicana. Para ellos, educar era iluminar la conciencia social. “Sin educación no hay ciudadanía, y sin ciudadanía no hay república”. Esta convicción no era retórica simbólica, sino praxis histórica.

Hoy, sin embargo, emerge una pregunta incómoda que no puede seguir siendo postergada: ¿Dónde está ese impulso masónico? ¿En qué momento la Orden pasó de ser sujeto educativo activo a espectadora prudente -cuando no silenciosa- de la degradación pedagógica? Resulta profundamente contradictorio proclamar la búsqueda de la luz mientras se acepta la mercantilización del conocimiento y la banalización del saber. Iván Illich advertía que “la escuela puede convertirse en un ritual que legitima la desigualdad”. Guardar silencio frente a esta realidad no es neutralidad: es renuncia ética.

Desde una comprensión iniciática profunda, la luz no es un ornamento ritual ni un capital simbólico acumulable, es responsabilidad histórica. “La luz que no se proyecta en la historia se apaga en el ritual”. La Masonería, si desea ser fiel a su vocación humanista, debe asumir nuevamente su dimensión pedagógica. La iniciación no es un fin en sí mismo, sino un proceso formativo que compromete al iniciado con la transformación personal y social. Como masón y educador afirmo: no hay coherencia iniciática sin compromiso educativo.

Recuperar el liderazgo educativo exige pasar del diagnóstico a la acción. En primer lugar, la Masonería debe reconocer la educación como eje estratégico de su acción social en América Latina; las logias pueden y deben convertirse en espacios vivos de formación ciudadana, pensamiento crítico y diálogo interdisciplinar abiertos a la comunidad. Círculos de lectura, escuelas populares de formación ética, espacios de reflexión política y pedagógica son acciones coherentes con la tradición masónica. Freire lo recordaba: “nadie educa a nadie, nadie se educa solo; nos educamos en comunión”. La fraternidad masónica ofrece un terreno fértil para esta praxis.

En segundo lugar, la formación docente debe ser una prioridad, no hay transformación educativa sin educadores críticos, conscientes de su papel histórico. Desde la Masonería -que cuenta con docentes, investigadores y directivos- pueden impulsarse procesos de formación de formadores basados en pedagogías liberadoras, investigación-acción educativa y ética profesional. Philippe Meirieu ha insistido en que “enseñar es siempre un acto ético antes que técnico. Olvidar esta premisa ha conducido a la deshumanización del oficio docente.

En tercer lugar, es imprescindible repensar el currículo como proyecto político-pedagógico. Desde mi experiencia en planeamiento y desarrollo curricular, sostengo que el currículo nunca es neutro: expresa una visión de sociedad y de ser humano. Recuperar la educación como proceso liberador implica diseñar currículos que formen pensamiento crítico, conciencia histórica, sensibilidad ética y compromiso social. Edgar Morin advierte que “la fragmentación del saber impide comprender la complejidad del mundo”. La Masonería, con su tradición simbólica integradora, puede aportar a una pedagogía de la complejidad y del sentido.

En cuarto lugar, la Orden debe recuperar su voz pública en el debate educativo, el silencio institucional frente a políticas educativas deshumanizantes no es prudencia estratégica: es complicidad pasiva. Desde una masonería liberal y progresista, es posible y necesario intervenir críticamente en defensa de la educación pública, inclusiva y emancipadora. Freire fue categórico: “lavarse las manos frente al conflicto entre el poderoso y el oprimido es ponerse del lado del poderoso”. Esta afirmación interpela directamente a nuestras prácticas institucionales.

Finalmente, la educación debe ser asumida como proceso iniciático de la sociedad en su conjunto. Así como el masón recorre un camino progresivo de perfeccionamiento, las sociedades latinoamericanas necesitan procesos educativos que acompañen su desarrollo histórico, fortalezcan su identidad y promuevan justicia social. La iniciación, leída en clave pedagógica, no es privilegio de élites ilustradas, sino derecho de los pueblos a acceder a la luz del conocimiento crítico y de la conciencia ética.

Concluyo reafirmando una convicción que integra de manera inseparable mi perfil académico y mi perfil masónico: la crisis educativa global, vivida con especial crudeza en América Latina, constituye una prueba histórica para la Masonería. O la Orden recupera su vocación pedagógica y su compromiso con la educación como proceso liberador e iniciático, o corre el riesgo de convertirse en una institución simbólicamente respetable pero históricamente irrelevante.La ignorancia no se combate con discursos, sino con educación crítica”, insistía Freire. Educar, hoy, vuelve a ser un acto subversivo, ético e iniciático. Asumirlo es, quizás, una de las formas más auténticas de vivir la Masonería en nuestro tiempo.

 

Referencias bibliográficas

Dussel, E. (1998). Ética de la liberación en la edad de la globalización y la exclusión. Madrid: Trotta.

Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía. México: Siglo XXI.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Buenos Aires: Siglo XXI.

Illich, I. (1971). La sociedad desescolarizada. México: Joaquín Mortiz.

Meirieu, P. (2001). Aprender, sí. Pero ¿cómo? Barcelona: Octaedro.

Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. París: UNESCO.

Nussbaum, M. (2010). Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Buenos Aires: Katz.

Wirth, O. (1995). El simbolismo masónico. Barcelona: Edicomunicación.

Wilmshurst, W. L. (2009). El significado de la masonería. Barcelona: Obelisco.

Villar Peñalver, A. Escritos sobre desarrollo curricular, investigación-acción educativa, formación de formadores, gestión directiva y pedagogía crítica. Publicaciones académicas y digitales.


jueves, 22 de enero de 2026

SAN FRANCISCO DE ASÍS Y EL MASÓN: REGULA FRATERNITATIS

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En la historia espiritual de la humanidad, hay hombres que, sin haber sido iniciados en logias visibles, vivieron la plenitud del espíritu masónico. Entre ellos se alza, con humildad resplandeciente, la figura de San Francisco de Asís, el “hermano universal”; su vida, reflejada en la regla de los hermanos menores, revela un itinerario interior que guarda profundas correspondencias con el sendero del masón que busca elevar su templo interior bajo la guía del Gran Arquitecto del Universo.

Francisco renuncia al oro, a los bienes y a las vanidades del mundo, no por desprecio a la materia, sino para liberarla de la esclavitud del ego; ese gesto inicial, que abre su regla con la invitación a “vivir según la forma del santo evangelio”, es el eco espiritual del despojarse de los metales que realiza el aprendiz masón antes de ingresar al templo. Ambos ritos marcan el comienzo del mismo viaje: abandonar lo profano para penetrar en el misterio del ser, donde el alma desnuda se encuentra consigo misma y con Dios.

La fraternidad que Francisco instituye no se funda en jerarquías ni riquezas, sino en la igualdad esencial de todos los hermanos; en su regla se lee: “Y ninguno se llame prior, sino todos se llamen hermanos menores, y laven los pies unos a otros”. El masón, al dirigirse a su hermano sin distinción de grado o fortuna, revive esa misma verdad: que toda superioridad es ilusoria si no está fundada en la humildad y el servicio. La logia, como la fraternidad franciscana, es una escuela de igualdad, donde los hombres aprenden a ser pequeños para que el espíritu se haga grande.

Francisco llama hermano al lobo, al sol y hermana a la luna; ve en cada elemento de la creación el reflejo del Creador. En esa visión cósmica resplandece el mismo principio que la Masonería enseña al reconocer el Gran Arquitecto del Universo como fuente de orden, armonía y belleza. El masón, al contemplar el simbolismo del templo y sus proporciones sagradas, aprende que toda la naturaleza es una logia abierta, donde cada piedra, cada estrella y cada vida expresan la geometría divina del amor.

La regla franciscana no impone doctrinas, sino caminos; invita a vivir “en obediencia, sin propio y en castidad”, lo que espiritualmente significa vivir en armonía con la voluntad divina, desapegado del yo y fiel al espíritu de pureza interior. Así mismo, el masón que trabaja sobre su piedra bruta busca dominar sus pasiones, purificar su mente y elevar su conciencia, hasta que la luz interior se refleje sin sombras. En ambos casos, la disciplina no es servidumbre, sino libertad.

En su testamento espiritual, Francisco pide a sus hermanos que “amen y observen la santa pobreza”, no como negación de la vida, sino como comunión con la verdad del ser. Ese desprendimiento radical simboliza la piedra cúbica del alma purificada, el equilibrio perfecto entre el cielo y la tierra. En el mismo sentido, la masonería enseña que la verdadera riqueza del hombre está en la virtud, y que todo oro del mundo es polvo frente a la luz del espíritu que habita en el corazón del iniciado.

La vida de Francisco culmina con los estigmas, signo visible de su unión con el Cristo interior. Esa herida sagrada, lejos de ser un dolor físico solamente, representa el sello del amor absoluto que ha trascendido toda dualidad. En el camino masónico, el maestro que alcanza la plenitud del conocimiento experimenta algo similar: una marca invisible en el alma, testimonio de su unión con el Principio Creador. Ambas sendas desembocan en la misma cima del Monte Tabor, donde la materia y el espíritu se reconcilian.

Si la regla franciscana enseña a los hermanos menores a ser “alegres en la tribulación y humildes en la prosperidad”, la masonería exhorta a sus adeptos a mantener el equilibrio, la serenidad y la fe en medio de las tempestades de la existencia. El masón y el hermano menor saben que el verdadero trabajo no es externo, sino interior: construir el Reino de Dios o el templo del Gran Arquitecto en el corazón de los hombres.

San Francisco no conoció los signos, toques ni palabras secretas; pero conoció el lenguaje universal de la fraternidad. No asistió a logias, pero su vida entera fue un rito de iniciación perpetua. Su pobreza fue su mandil; su oración, su compás; su fraternidad, su logia viva. Como el masón verdadero, fue constructor de sí mismo y servidor de todos.

Por eso, cuando el masón entra en silencio al templo y alza su mirada hacia la luz, bien puede escuchar el eco del poverello de Asís que susurra: “Comencemos, hermanos, a servir al Gran Arquitecto, porque hasta ahora hemos hecho poco o nada”. Esa frase resume toda la esencia del trabajo masónico: la humildad de quien, aun sabiendo mucho, reconoce que la obra nunca termina y que el verdadero templo se levanta día a día, piedra sobre piedra, virtud sobre virtud.

Así, San Francisco de Asís y el masón convergen en un mismo ideal: el del hombre nuevo, constructor de armonía y sembrador de paz, capaz de ver en cada ser humano un reflejo del principio creador. La regla de los hermanos menores y la regla del masón operativo del espíritu son, en esencia, una sola: vivir en fraternidad, servir con alegría y construir con amor el reino de la luz.

 

Referencias bibliográficas

Francisco de Asís. Regla de los Hermanos Menores. Edición crítica de José Antonio Merino. Madrid: BAC, 2013.

Wirth, Oswald. El libro del aprendiz. Buenos Aires: Kier, 1992.

Wilmshurst, W. L. El significado de la Masonería. Madrid: Obelisco, 2005.

Boucher, Jules. La simbología masónica. México: Editorial Porrúa, 2002.

Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Buenos Aires: Eudeba, 2006.

Celano, Tomás de. Vida primera de San Francisco de Asís. Madrid: BAC, 2007.


domingo, 18 de enero de 2026

MASONERÍA, PODER Y CONFLICTO GEOPOLÍTICO EN AMÉRICA LATINA EL CASO ESTADOS UNIDOS–VENEZUELA Y LOS LÍMITES ÉTICOS DE LA ORDEN

 

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El conflicto geopolítico entre Estados Unidos y Venezuela constituye una expresión particularmente nítida de las tensiones estructurales que han atravesado históricamente a América Latina: hegemonía y dependencia, soberanía y control externo, discursos de libertad enfrentados a prácticas sistemáticas de dominación. Se trata de un conflicto que no puede ser reducido a una disputa ideológica ni a una confrontación moral entre “buenos” y “malos”, sino que debe ser comprendido como una relación de fuerzas profundamente asimétrica, en la cual convergen intereses económicos, energéticos, estratégicos y simbólicos. En este escenario, interrogar el papel de la Masonería exige abandonar cualquier tentación idealizante y asumir con rigor sus límites reales como institución iniciática inserta en el mundo profano.

La Masonería latinoamericana nació, en buena medida, vinculada a los procesos de emancipación del siglo XIX. Sin embargo, aquella masonería insurgente operaba en un contexto histórico específico, donde las logias funcionaban como espacios de sociabilidad política clandestina y donde la frontera entre iniciación y militancia era porosa. Pretender trasladar mecánicamente ese rol al siglo XXI constituye un anacronismo. Como advierte Aníbal Quijano, “las formas del poder cambian, pero la colonialidad permanece reorganizada bajo nuevos lenguajes” (Quijano, 2000). El poder contemporáneo no se deja interpelar por exhortaciones morales ni por fraternidades simbólicas; se reproduce mediante dispositivos financieros, jurídicos, mediáticos y militares que exceden por completo la capacidad de incidencia de cualquier orden iniciática.

Desde esta constatación, resulta necesario afirmar con claridad que la Masonería no es, ni puede ser, un principio ético regulador de la conducta de una superpotencia como Estados Unidos, ni un contrapeso moral frente a regímenes autoritarios que han convertido la retórica antiimperial en mecanismo de legitimación interna. Franz Hinkelammert lo expresa con crudeza: “el poder no se corrige éticamente a sí mismo; solo se administra en función de su propia reproducción” (Hinkelammert, 1998). En consecuencia, cualquier expectativa de que la Orden pueda “iluminar” o “corregir” el comportamiento geopolítico de los Estados conduce inevitablemente a la frustración o al autoengaño.

El conflicto Estados Unidos–Venezuela se rige por lógicas cerradas al discurso ético. Por un lado, la política exterior estadounidense responde a una racionalidad imperial clásica, donde la democracia y los derechos humanos operan con frecuencia como justificación simbólica de intereses estratégicos. Por otro, el poder venezolano ha consolidado una forma de autoritarismo que instrumentaliza el discurso de la soberanía y del antiimperialismo para blindar estructuras internas de dominación. Ambos polos utilizan el lenguaje moral de manera funcional. Como señala Eduardo Galeano, “en el mundo al revés, los valores se proclaman mientras se hace exactamente lo contrario” (Galeano, 1998).

Desde este punto de vista, la pregunta sobre lo que la Masonería “ha dejado de hacer” debe ser reformulada. La Orden no ha dejado de intervenir eficazmente en la geopolítica, porque nunca tuvo esa capacidad real. Lo que sí ha dejado de hacer es un ejercicio honesto de autocomprensión crítica. Ha sostenido, explícita o implícitamente, una autoimagen de superioridad ética que no resiste el análisis histórico ni sociológico. La Masonería, como toda institución humana, está atravesada por contradicciones, intereses, silencios estratégicos y acomodamientos al poder. Pablo González Casanova advierte que “las élites ilustradas suelen confundir su discurso crítico con una práctica realmente emancipadora” (González Casanova, 2004). Esta advertencia interpela directamente a la Orden.

Uno de los principales déficits de la Masonería contemporánea es haber desplazado la ética hacia el plano exclusivamente individual, desligándola de las estructuras históricas que producen sufrimiento. Se ha insistido en el perfeccionamiento moral del iniciado, pero se ha evitado examinar críticamente los sistemas de poder en los que ese iniciado actúa como ciudadano, profesional o dirigente. Ignacio Ellacuría recordaba que “la ética comienza cuando se hace cargo de la realidad, no cuando se refugia en principios abstractos” (Ellacuría, 1990). La desconexión entre trabajo simbólico y realidad histórica ha vaciado de densidad crítica a muchas prácticas masónicas.

Asimismo, la Masonería ha tendido a tratar los conflictos geopolíticos como asuntos externos, ajenos al trabajo iniciático, cuando en realidad constituyen el escenario concreto donde se ponen a prueba los valores proclamados. El conflicto entre Estados Unidos y Venezuela no es solo un tema de política internacional; es un laboratorio donde se evidencian los límites del discurso sobre libertad, soberanía, democracia y dignidad humana. Rodolfo Kusch afirmaba que “en América Latina no pensamos desde la pureza de las ideas, sino desde la intemperie de la historia” (Kusch, 1976). Ignorar esa intemperie es renunciar a toda pretensión de lucidez ética.

Ahora bien, asumir una perspectiva desidealizada no implica condenar a la irrelevancia a la Masonería. Implica, más bien, redefinir su campo de acción de manera realista. La Orden no puede cambiar el curso de la geopolítica, pero sí puede evitar convertirse en legitimadora simbólica del poder. Su primera responsabilidad ética es negativa antes que positiva: no contribuir al mal, no bendecir la dominación, no reproducir discursos justificatorios de sanciones que castigan a los pueblos ni de autoritarismos que reprimen en nombre de la soberanía. Como señala Boaventura de Sousa Santos, “callar frente a la injusticia no es neutralidad, es una forma de alineamiento” (Santos, 2010).

La contribución más viable de la Masonería reside en el ámbito formativo y reflexivo. No se trata de producir militancia política, sino de formar conciencia crítica capaz de desenmascarar el uso instrumental de la ética en los conflictos contemporáneos. Paulo Freire insistía en que “la función de la educación crítica no es adaptar al oprimido al mundo, sino ayudarle a leerlo” (Freire, 1970). Una Masonería que no ayuda a leer críticamente la realidad histórica de América Latina traiciona su vocación ilustrada.

En este sentido, el silencio institucional puede ser, en determinados contextos, una decisión ética consciente. No todo silencio es cobardía; existe un silencio lúcido que se niega a ser cooptado por la propaganda de uno u otro bando. El problema surge cuando ese silencio no está acompañado de un trabajo interno serio, riguroso y crítico. El silencio vacío es complicidad; el silencio reflexivo puede ser resistencia.

Finalmente, la Masonería está llamada a abandonar una ética de la pureza para asumir una ética de la responsabilidad. Max Weber distinguía entre ambas, y aunque no es un autor latinoamericano, su planteamiento dialoga con la experiencia regional. En América Latina, la ética no se ejerce desde la perfección, sino desde la conciencia del límite. José Carlos Mariátegui lo expresó con claridad: “no queremos calcos ni copias, sino creación heroica” (Mariátegui, 1928). Para la Masonería, esa creación heroica comienza por reconocer que no es faro del mundo, sino, en el mejor de los casos, un espacio de lucidez crítica en medio de relaciones de poder brutalmente desiguales.

En conclusión, frente al conflicto Estados Unidos–Venezuela, la Masonería no está llamada a mediar, corregir o redimir. Está llamada a no mentirse a sí misma, a no idealizar su papel y a no traicionar sus principios mediante el silencio complaciente o la retórica vacía. Su valor no reside en su capacidad de transformar la geopolítica, sino en su honestidad para habitar la contradicción histórica sin maquillarla. En tiempos donde la ética es usada como arma discursiva del poder, quizá el acto más radical de la Masonería sea preservar un espacio de pensamiento crítico que se niegue a ser instrumentalizado.

 AUTOR: Villar Peñalver, Andy.  "MASONERÍA, PODER Y CONFLICTO GEOPOLÍTICO EN AMÉRICA LATINA EL CASO ESTADOS UNIDOS–VENEZUELA Y LOS LÍMITES ÉTICOS DE LA ORDEN." en https://andyvillar.blogspot.com/2026/01/masoneria-poder-y-conflicto-geopolitico.html   log: "SER APRENDIZ MASÓN" Año: 2025

Referencias bibliográficas

Ellacuría, I. (1990). Filosofía de la realidad histórica. Madrid: Trotta.

Fals Borda, O. (1987). Conocimiento y poder popular. Bogotá: Siglo del Hombre.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva.

Galeano, E. (1998). Patas arriba: la escuela del mundo al revés. Montevideo: Catálogos.

González Casanova, P. (2004). La sociología crítica latinoamericana. México: UNAM.

Hinkelammert, F. (1998). El grito del sujeto. San José: DEI.

Kusch, R. (1976). Geocultura del hombre americano. Buenos Aires: Fernando García Cambeiro.

Mariátegui, J. C. (1928). Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima: Amauta.

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Buenos Aires: CLACSO.

Santos, B. de Sousa (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Montevideo: Trilce.


jueves, 15 de enero de 2026

¿POR QUÉ VOY A LA LOGIA?


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Voy a Logia porque hay lugares donde el alma respira, y el templo es uno de ellos. En un mundo dominado por la velocidad, la utilidad inmediata y la fragmentación del sentido, el espacio masónico se ofrece como una ruptura consciente con la lógica profana. Cruzar el umbral del templo no es un gesto social ni una costumbre heredada: es un acto ontológico; es el retorno al centro del ser, aquello que la tradición denomina axis mundi, el punto donde el hombre vuelve a reconocerse como totalidad.

En la logia, el tiempo deja de ser cronológico para convertirse en tiempo cualitativo, no es el tiempo que se consume, sino el tiempo que se habita; como señala Martin Heidegger, el ser humano no es simplemente un ente entre otros, sino el lugar donde el ser acontece. En el rito masónico esta intuición se hace experiencia: el hombre no domina el sentido, lo custodia; la Logia es, así, un espacio de resguardo del sentido frente a la banalización de la existencia.

La fraternidad vivida en el templo no es una idea moral abstracta, sino una experiencia concreta de alteridad. En un mundo atravesado por el individualismo y la competencia, la logia propone una pedagogía del encuentro, como escribió Martin Buber: “El Yo se constituye en el Tú”. El hermano no es instrumento ni espejo complaciente; es límite, llamado y revelación, por eso la fraternidad masónica no es horizontalidad ingenua, sino comunión exigente.

Voy a logia porque el trabajo simbólico me trabaja. Tallar la piedra bruta no es un gesto retórico, sino una disciplina interior. Cada imperfección reconocida es una verdad conquistada. Como afirma W. L. Wilmshurst: “La Masonería no se ocupa de edificios de piedra, sino de la reconstrucción del hombre interior”. El símbolo no informa, transforma; no explica, despierta. Por eso la Logia no es una escuela de doctrinas, sino un laboratorio del ser.

El símbolo, como enseñó René Guénon, es un puente entre lo visible y lo invisible; en la logia ese puente no se contempla desde fuera: se transita. El mallete, la escuadra, el compás no son objetos decorativos, sino mediaciones pedagógicas que reordenan la conciencia. El rito, así entendido, es una verdadera ascesis laica, una disciplina del alma que orienta pensamiento, palabra y acci0ón.

Pensar en el templo es distinto a pensar fuera de él, aquí la razón no se absolutiza, se armoniza; el intelecto no se impone, se ilumina. Cada plancha es un ejercicio de humildad cognitiva, como afirmaba Aristóteles en su Metafísica: “La filosofía comienza con el asombro”. El rito preserva ese asombro originario, recordándole al masón que pensar no es dominar la verdad, sino disponerse a ella.

La logia también reconfigura la vivencia de la libertad. En el mundo profano, la libertad suele experimentarse como carga o condena; en el taller, la libertad se redime en el compromiso, como señaló Jean-Paul Sartre, “el hombre está condenado a ser libre”; pero el masón aprende que esa libertad sólo se humaniza cuando se orienta hacia el bien común. La logia no niega la angustia existencial: la acompaña y la transforma en responsabilidad compartida.

Hay en el templo una espiritualidad sin dogmatismo y una fe sin imposición. El Gran Arquitecto del Universo no se define, se intuye, no se impone como concepto, se revela como Presencia. En el silencio ritual se experimenta lo que Leonardo Boff expresa con claridad: “Dios no es soledad, es comunión”. La Tenida se convierte así en una experiencia de comunión ética y espiritual, donde lo divino se manifiesta en la fraternidad vivida.

Los escritores masones han sido insistentes en este punto. Oswald Wirth afirmaba que “el símbolo no se explica: se vive”, mientras que Jules Boucher advertía que “una Masonería sin trabajo interior degenera en simple sociabilidad”. Estos testimonios confirman que la logia no es refugio identitario, sino exigencia permanente de coherencia.

La memoria simbólica que se activa en cada ceremonia no es nostalgia del pasado, sino actualización de una vocación ancestral: construirse para servir. Ser masón no es portar un título ni ocupar un rango, sino asumir una actitud vital; es vivir de modo tal que la vida profana se convierta en extensión del rito.

Cuando salgo del templo, el mundo ya no es el mismo: las calles se prolongan como atrio, los hombres se revelan como espejos del mismo misterio y la vida cotidiana se comprende como espacio de trabajo iniciático. El templo exterior se reconoce entonces como reflejo del templo interior, aquel que se edifica lentamente con pensamientos justos, palabras verdaderas y obras buenas.

Por eso voy a Logia: porque allí aprendo que el verdadero trabajo no es levantar muros, sino abrir conciencias; no es pulir la piedra exterior, sino el corazón; no es huir del mundo, sino volver a él transformado.

Comprendo, finalmente, que estar vivo no basta, hay que estar despierto y es en la logia donde el alma despierta.

 

Referencias Bibliográficas

 Aristóteles. Metafísica. Madrid: Gredos, 1998.

Boff, Leonardo. El Padre Nuestro: la oración de la liberación integral. Madrid: Trotta, 2003.

Buber, Martin. Yo y Tú. Buenos Aires: Nueva Visión, 2006.

Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Buenos Aires: Kier, 1962.

Heidegger, Martin. Ser y tiempo. Madrid: Trotta, 2009.

Sartre, Jean-Paul. El ser y la nada. Buenos Aires: Losada, 2003.

Wilmshurst, W. L. el Significado de La Masonería. Londres: Rider, 1922.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Barcelona: Obelisco, 1995.

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier, 1967.

 

 

 


 

 

 



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