Hay una pregunta
incómoda que toda masonería honesta debería atreverse a formularse: ¿estamos
formando conciencias o simplemente administrando rituales?
La respuesta no se encuentra en los estatutos, ni en los reglamentos, ni
siquiera en la correcta ejecución litúrgica. Se encuentra -o se pierde- en la
manera como la Orden comprende su propia pedagogía. Porque la masonería, antes
que una institución iniciática, es un dispositivo formativo del ser humano; y
toda formación que renuncia a pensarse a sí misma termina degenerando en
repetición vacía, en dogma ritualizado o en poder simbólico sin conciencia.
Hablar de pedagogía
masónica no es importar modelos educativos profanos al interior del taller; es
reconocer que la Orden posee, desde su estructura más profunda, una lógica
formativa propia, radicalmente distinta a la instrucción escolar y frontalmente
opuesta a toda forma de adoctrinamiento. La masonería no enseña
contenidos cerrados ni transmite verdades acabadas; propone experiencias
simbólicas destinadas a provocar un aprendizaje interior que nadie puede hacer
en lugar del iniciado. En palabras de W. L. Wilmshurst, “la masonería no fue
concebida para enseñar doctrinas, sino para despertar facultades latentes en el
hombre”. Esta afirmación es decisiva: la pedagogía masónica no añade algo
desde fuera, sino que activa algo desde dentro.
El qué de la pedagogía
masónica no es un cuerpo doctrinal, sino una transformación de la conciencia; no
se trata de saber más, sino de ser de otro modo. El objeto de esta pedagogía es
el propio sujeto, confrontado consigo mismo a través del símbolo. Por eso el
símbolo no cumple una función ilustrativa ni ornamental; es el verdadero agente
pedagógico. Oswald Wirth lo expresa con claridad cuando afirma que “el
símbolo no se explica, se medita; y en esa meditación el iniciado se explica a
sí mismo”. Aquí aparece el núcleo de la autoenseñanza simbólica: el símbolo
no necesita maestro exterior porque obliga al iniciado a convertirse en su
propio pedagogo.
El cómo de esta
pedagogía no es lineal ni acumulativo, no sigue la lógica del progreso
cuantitativo, sino la de la profundización cualitativa. El rito no enseña
porque sea comprendido intelectualmente, sino porque es reiterado, encarnado y
resistido. Cada repetición ritual no añade información, sino que reabre la
herida iniciática. René Guénon advierte que “todo símbolo auténtico conserva
siempre una parte de oscuridad, sin la cual dejaría de ser operativo”. Esa
oscuridad no es un defecto pedagógico, sino su condición de posibilidad. Donde
todo está claro, nada transforma.
La autoenseñanza
simbólica no es un “dejen hacer, dejen pasar” interpretativo ni una
subjetividad caprichosa. Es una disciplina interior exigente que demanda
silencio, trabajo personal, contraste vital y responsabilidad ética. Jules
Boucher lo señala con precisión: “el símbolo masónico no se entrega a quien
lo reclama, sino a quien se muestra digno de él por su esfuerzo”. El
aprendizaje simbólico no ocurre en el momento de la explicación ritual, sino en
la tensión entre lo que el símbolo muestra y lo que el iniciado todavía no es
capaz de vivir.
El dónde de esta
pedagogía tampoco se reduce al espacio físico de la logia. El templo es
condición necesaria, pero no suficiente. La pedagogía masónica ocurre en el
taller, sí, pero se verifica en la vida profana. Allí se revela si el
símbolo ha sido realmente aprendido o solo interpretado. Víctor Manuel Guerra,
desde una perspectiva latinoamericana comprometida, afirma que “toda
iniciación que no produce consecuencias éticas en la vida social es una
iniciación fallida”. Esta afirmación es crucial: la autoenseñanza simbólica
culmina fuera del templo, en la manera como el masón habla, decide, trabaja y
se posiciona frente a la injusticia.
Cuando la pedagogía
masónica es sustituida por explicaciones autoritarias, catecismos simbólicos o
jerarquías interpretativas, el símbolo deja de enseñar y comienza a domesticar.
Allí surge el dogmatismo, que no es otra cosa que el miedo institucional a la
libertad interior del iniciado. Guénon fue categórico al respecto: “cuando
una interpretación simbólica se impone como definitiva, el símbolo muere”.
La pluralidad interpretativa no es un problema que deba ser corregido; es una
condición iniciática que debe ser protegida.
La autoenseñanza
simbólica exige, por tanto, una ética de la humildad. Nadie posee el símbolo;
todos son poseídos por él en la medida de su apertura. El masón que cree haber
comprendido definitivamente un símbolo ya ha dejado de aprender de él. En este
sentido, la pedagogía masónica es una pedagogía de la herida permanente: el
símbolo hiere porque desinstala, incomoda y exige coherencia. Jorge Adoum lo
expresó con crudeza iniciática: “el símbolo que no duele es decoración
espiritual”.
Desde esta perspectiva,
la pedagogía masónica y la autoenseñanza simbólica no son dos procesos
separados, sino dos dimensiones de un mismo acto formativo. La Orden crea el
marco, el rito abre la experiencia, el símbolo interpela, y el iniciado
responde -o no- con su vida. No hay evaluación externa posible; la única medida
es la coherencia ética.
Las conclusiones que se
imponen no son teóricas, sino masónico-pragmáticas. Primera: toda logia que
privilegia la explicación sobre la experiencia está formando oyentes, no
iniciados. Segunda: todo masón que exige interpretaciones uniformes está
negando la pedagogía que dice defender. Tercera: toda iniciación que no
transforma la conducta cotidiana es una ficción ritual. Y cuarta: la
masonería del siglo XXI solo será fiel a sí misma si recupera el valor
pedagógico del símbolo como espacio de autoenseñanza, libertad interior y
responsabilidad pública.
El símbolo no vino a
tranquilizarnos, vino a despertarnos. Y toda pedagogía masónica que olvide esto
habrá perdido su razón de ser.
Referencias bibliográficas
Adoum, Jorge (Mago Jefa). La masonería y la
búsqueda interior. Quito: Ediciones Esotéricas.
Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos
Aires: Editorial Kier.
Guénon, René. Símbolos fundamentales de la ciencia
sagrada. Barcelona: Paidós.
Wilmshurst, W. L. El significado de la masonería.
Buenos Aires: Editorial Kier.
Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Barcelona:
Humanitas.
Guerra, Víctor Manuel. Masonería, ética y
compromiso social. México: Editorial latinoamericana de Estudios Masónicos.

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