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martes, 11 de agosto de 2026

FRATERNIDAD ANTE LA TRAGEDIA «¿Cuál debe ser la actitud de la Masonería Colombiana frente a nuestros hermanos damnificados por el terremoto?»

 

Por Q.·. H.·. Andy D Villar Peñalver https://andyvillar.blogspot.com/

 

Hay momentos en la vida en los que las palabras parecen insuficientes. Momentos en los que una noticia deja de ser una noticia porque detrás de ella aparecen rostros, familias, hogares destruidos, incertidumbres, miedo y seres humanos intentando comprender cómo continuar después de que, en pocos minutos, aquello que parecía firme dejó de serlo. El terremoto que estremeció recientemente a Colombia no solamente hizo temblar la tierra; también nos coloca frente a una pregunta que ningún masón puede esquivar: ¿Qué significa realmente ser hermano cuando el hermano sufre? Esta pregunta no nace de la razón fría ni de una reflexión institucional. Nace del corazón. Nace cuando pensamos en nuestros hermanos y hermanas masones, en sus familias y, más allá de ellos, en tantos colombianos que hoy enfrentan el dolor y las consecuencias de una tragedia que nadie escogió vivir.

Pienso particularmente en aquel hermano que quizás en este momento mira su casa y ya no reconoce el lugar que durante años llamó hogar; en quien busca entre los escombros un objeto que para otros puede parecer insignificante, pero que para él contiene la memoria de una vida; en la familia que abraza a sus hijos tratando de transmitir tranquilidad mientras por dentro experimenta miedo; en quien quizá esta noche no tendrá certeza de dónde dormir ni cómo comenzar nuevamente. Y entonces comprendo que la fraternidad masónica adquiere su verdadero significado cuando el destino coloca al otro delante de nosotros no como una abstracción, sino como alguien que necesita nuestra mano. Hemos aprendido que el templo se construye piedra sobre piedra; pero una tragedia nos recuerda que también el ser humano puede quebrarse, y que nuestra tarea fraternal consiste en ayudarle a encontrar fuerzas para levantarse.

Por eso creo que la actitud de la Masonería Colombiana frente a esta tragedia debe superar la solidaridad declarativa, aunque necesariamente debe comenzar por ella. Debemos sentir. Debemos conmovernos. Debemos permitir que el dolor del otro nos afecte. Una fraternidad que no sabe conmoverse termina convirtiéndose en una estructura fría, administrativa y distante. Pero conmovernos tampoco es suficiente. El corazón masónico que se conmueve debe convertirse en voluntad; la compasión debe transformarse en responsabilidad, y la responsabilidad debe convertirse en acción. De poco serviría multiplicar mensajes de solidaridad si no somos capaces de preguntarnos qué necesita realmente el hermano, quién puede ayudarlo, qué recursos tenemos, cómo podemos movilizarlos y cómo garantizar que lleguen a quienes verdaderamente los necesitan. La fraternidad auténtica no consiste solamente en decir «cuenta conmigo»; consiste en hacer posible que el hermano efectivamente pueda contar con nosotros.

Y debemos comprender algo fundamental: el hermano damnificado no es objeto de nuestra caridad. Es nuestro igual, nuestro semejante, aquel con quien compartimos una dignidad que ninguna catástrofe puede destruir. Ayudarlo no significa colocarnos por encima de él, sino colocarnos a su lado. No ayudamos para sentirnos buenos; ayudamos porque reconocemos que la vulnerabilidad humana nos pertenece a todos. Hoy puede ser un hermano afectado por un terremoto; mañana podemos ser nosotros quienes necesitemos una mano. La fraternidad verdadera elimina la distancia entre quien ayuda y quien recibe, porque ambos comprenden que la vida es una construcción común y que ninguno posee garantías absolutas frente a la fragilidad de la existencia.

La Masonería Colombiana posee una fuerza extraordinaria: su tejido humano. Tenemos Logias, cuerpos masónicos, autoridades y hermanos con conocimientos, profesiones, recursos, relaciones y capacidades diferentes. Todo ello puede convertirse en una verdadera red de solidaridad. No deberíamos permitir que cada Logia actúe de manera aislada ni que la respuesta dependa únicamente de iniciativas individuales. Una tragedia de esta magnitud nos invita a pensar como institución, articulando esfuerzos y respetando las competencias de las autoridades civiles y de los organismos especializados. La Masonería no necesita improvisar aquello para lo cual no está preparada; necesita hacer aquello que sí puede hacer extraordinariamente bien: organizarse para servir.

Y servir significa comprender que las necesidades de una persona damnificada no terminan en el alimento, el agua, la ropa o un lugar donde pasar la noche. Una tragedia también deja miedo, duelo, incertidumbre, desarraigo y profundas heridas emocionales. Hay quienes pierden una vivienda, pero también documentos, recuerdos, fotografías, herramientas de trabajo, proyectos y la sensación elemental de seguridad. Por eso nuestra fraternidad debe mirar al ser humano integralmente. Puede ofrecer ayuda material, pero también acompañamiento, orientación profesional, colaboración para recuperar documentos y medios de subsistencia y, sobre todo, presencia. A veces el auxilio más profundo consiste sencillamente en que alguien llegue y diga: «No estás solo; aquí estamos tus hermanos».

Hay también una dimensión espiritual que no podemos olvidar. Cuando la tierra tiembla, el ser humano descubre crudamente que no controla todas las variables de su existencia. Nuestra referencia al Gran Arquitecto del Universo adquiere entonces una profundidad especial, no como explicación fácil del sufrimiento, sino como principio de orden, sentido y responsabilidad. No podemos impedir todos los terremotos, pero sí podemos decidir qué clase de seres humanos seremos después de ellos. No podemos devolver inmediatamente una casa destruida, pero podemos ayudar a reconstruir una vida. No podemos borrar el dolor de quien perdió a un ser querido, pero podemos acompañarlo para que no atraviese su duelo en soledad. Quizá allí se encuentre una de las expresiones más profundas de nuestra espiritualidad: convertir la conciencia de nuestra propia fragilidad en compromiso con la dignidad del otro.

Por eso esta respuesta no debería agotarse en los primeros días. La emergencia pasa, pero la necesidad permanece. Después del rescate viene la reconstrucción; después de la reconstrucción, la recuperación; y después de la recuperación, la reconstrucción de los proyectos de vida. La fraternidad masónica debe ser capaz de acompañar esos tiempos largos. Una ayuda inmediata puede aliviar una jornada; una acción sostenida puede contribuir a reconstruir una existencia.

Sería necesario, entonces, que la Masonería Colombiana establezca mecanismos transparentes para identificar a los hermanos y sus familias afectados, diagnosticar necesidades reales, coordinar esfuerzos entre las diferentes estructuras masónicas, canalizar recursos, articularse con instituciones humanitarias y mantener seguimiento durante la recuperación. Los aportes deben administrarse con transparencia y llegar a quienes realmente los necesitan. Los profesionales pueden aportar conocimientos; quienes tienen recursos pueden aportar recursos; quienes tienen tiempo pueden entregar su tiempo; quienes poseen capacidad logística pueden ponerla al servicio de los demás. No todos podemos dar lo mismo, pero todos podemos dar algo.

Y aquí aparece la pregunta verdaderamente iniciática: ¿seremos capaces de convertir nuestros principios en conducta cuando la realidad nos exige actuar? Es fácil hablar de fraternidad dentro del Templo, rodeados de símbolos y palabras solemnes. Mucho más difícil es practicarla cuando el hermano necesita nuestra ayuda concreta, cuando debemos sacrificar comodidad, tiempo o recursos, cuando tenemos que superar diferencias internas para comprender que frente al dolor humano ninguna disputa institucional puede tener prioridad.

La piedra bruta que trabajamos representa también nuestra propia condición humana. Pero una piedra trabajada no tiene sentido si no contribuye a la construcción. La luz recibida debe iluminar. El mandil debe recordarnos el trabajo. La escuadra debe preguntarnos por nuestra rectitud; el compás, por los límites de nuestro egoísmo; y el Templo, por aquello que estamos construyendo juntos para los demás. La iniciación no puede reducirse a aquello que experimentamos dentro del recinto masónico. Tiene que manifestarse cuando salimos de él y encontramos a un ser humano que necesita nuestra mano.

Por eso, frente a esta tragedia, la Masonería Colombiana debe responder con una fraternidad simultáneamente afectiva y organizada, espiritual y concreta, compasiva y eficaz: identificar a los hermanos afectados, articular una red de apoyo, movilizar recursos con transparencia, convocar capacidades profesionales, acompañar a las familias y mantener la solidaridad más allá de la emergencia inmediata.

Hoy la tierra nos ha recordado que nada material es absolutamente permanente. Pero también nos ha recordado algo mucho más poderoso: cuando las estructuras caen, puede levantarse la humanidad. Cuando una casa se derrumba, podemos ayudar a reconstruirla; cuando una familia pierde su seguridad, podemos ofrecerle compañía; cuando un hermano siente que todo está perdido, podemos recordarle que todavía tiene hermanos.

Tal vez ese sea uno de los sentidos más profundos de nuestra iniciación: aprender que la verdadera luz no consiste únicamente en contemplarla, sino en llevarla allí donde alguien permanece en la oscuridad.

Que la Masonería Colombiana no llegue tarde al dolor de sus hermanos. Que no se limite a lamentarlo. Que no convierta la solidaridad en ceremonia. Que sea presencia, auxilio, organización y esperanza. Y que cuando algún día miremos hacia atrás y recordemos esta tragedia, podamos decir con serenidad, sin necesidad de grandes discursos, que cuando la tierra tembló bajo nuestros pies, la fraternidad permaneció de pie.


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