Que la luz del oriente disipe las sombras del alma y del taller.
El
oscurantismo masónico aparece cuando la forma sustituye al espíritu, cuando el
rito se convierte en rutina y el símbolo en adorno. Es la ceguera del que
repite sin comprender, del que asiste sin vivenciar, del que se reviste de mandil,
pero no trabaja sobre su piedra. W. L. Wilmshurst advirtió con lucidez que “el
masón que se contenta con el ritual externo sin buscar su significado interior
no ha sido verdaderamente iniciado, sino meramente admitido en una sociedad de
símbolos” (El Significado de la Masonería, 1922). Esa afirmación desnuda la
tragedia que subyace en muchas logias: la confusión entre el parecer y el ser,
entre la apariencia de sabiduría y la auténtica iluminación del alma.
Ontológicamente,
este fenómeno no es otra cosa que la negación del ser; el masón es, por
esencia, un buscador de la verdad, un peregrino hacia la luz, pero cuando deja
de buscar, cuando se acomoda en la inercia o se refugia en la autoridad, pierde
contacto con el principio mismo de su existencia iniciática. Heidegger lo
expresaba como el “olvido del Ser”: el momento en que el hombre vive
dominado por el “uno”, por lo que todos piensan o dicen, sin escuchar la voz
interior de su propio fundamento. En la masonería, ese olvido se traduce en una
práctica vacía, donde los signos permanecen, pero el significado se ha
desvanecido.
Platón,
en su célebre alegoría de la caverna, enseña que el alma humana debe liberarse
de las sombras para contemplar la verdad del sol. El masón, que se define como
hijo de la luz, está llamado a ese mismo tránsito. Pero cuando teme salir de la
caverna, cuando se aferra a los ecos y no busca la fuente, cae en el mismo
oscurantismo que debía combatir. El ritual deja entonces de ser un acto sagrado
para convertirse en una representación sin alma, y el templo en un recinto
donde la luz se menciona, pero no se siente.
René
Guénon advirtió que “toda iniciación degenerada en formalismo externo pierde
su vínculo con el Principio y se convierte en una simple parodia del
esoterismo” (Perspectivas sobre la Iniciación, 1924). Esa degeneración
ocurre cuando el masón busca reconocimiento antes que sabiduría, poder antes
que verdad; es el reinado del ego, disfrazado de virtud, y allí donde el ego
reina, la luz se eclipsa.
El
oscurantismo también se manifiesta en la falta de estudio, en el rechazo a la
filosofía y en la censura del pensamiento libre. Oswald Wirth recordaba que “la
masonería no impone dogmas, sino que enseña a pensar; el día en que deje de
hacerlo, dejará de ser iniciática” (El libro del aprendiz, 1910). Cuando el
templo se convierte en un espacio donde la reflexión crítica es sustituida por
la obediencia ciega, el fuego sagrado del conocimiento se apaga. El verdadero
masón no teme a la duda, porque sabe que dudar es abrir una puerta hacia la luz.
Jean-Paul
Sartre, en El ser y la nada (1943), distingue entre el ser auténtico, que se
construye desde la conciencia, y el ser inauténtico, que se define por la
mirada ajena. El oscurantismo masónico es precisamente esa caída: el momento en
que el hermano deja de ser “para sí” y se convierte en “para otros”, buscando
títulos, grados o aplausos, olvidando que la verdadera iniciación es silenciosa
y solitaria. Quien vive pendiente del reconocimiento externo no trabaja su
piedra, sino su máscara.
Superar
el oscurantismo exige un retorno a los principios más puros de la iniciación: en
primer lugar, el conocimiento. No un conocimiento vanidoso, sino una
sabiduría que une el estudio con la vivencia. El símbolo es una llave, pero
solo abre si la mente y el corazón giran juntos. El estudio debe volver a ser
una forma de meditación activa, un acto de reverencia ante el misterio del Gran
Arquitecto del Universo. En segundo lugar, la humildad. Guénon enseñaba
que “el verdadero iniciado se reconoce por su modestia, pues sabe que el
misterio es inagotable”. La humildad permite que la luz entre donde el
orgullo no puede penetrar. El masón humilde no pretende poseer la verdad, sino
dejarse transformar por ella. Y, en tercer lugar, el silencio. No el
silencio de la obediencia sumisa, sino el silencio interior del que escucha la
voz del espíritu. En ese silencio, el masón se reencuentra con el principio y
renueva su alianza con la verdad. Oswald Wirth decía que “la Luz solo se
comunica a quien está dispuesto a recibirla”; y esa disposición nace del
silencio del alma que se abre, que se limpia de prejuicios y se hace
transparente ante el Verbo.
El
oscurantismo masónico no es una amenaza externa: es el olvido interior del
juramento de buscar la luz. Pero basta que un solo hermano despierte, que un
solo corazón recuerde la esencia de su vocación iniciática, para que la sombra
retroceda. La masonería no se salvará con discursos, sino con ejemplos vivos de
hombres y mujeres que encarnen la sabiduría, la humildad y la verdad.
Wilmshurst
escribió: “La verdadera iniciación no consiste en aprender algo nuevo, sino
en recordar lo que el alma ya sabía y había olvidado”. Ese olvido del alma
es el auténtico oscurantismo, y su recuerdo, la auténtica redención. Que cada
uno de nosotros, obreros del espíritu, renueve en su interior la lámpara del
ser para que la logia, y el mundo, vuelvan a ser templos de luz.
Desterrar
el oscurantismo masónico de los grandes orientes no es tarea administrativa ni
de reforma reglamentaria: es un deber ontológico, una exigencia de coherencia
con el principio de la luz que da sentido a la orden. Ningún Oriente será
verdaderamente grande mientras la ignorancia reine sobre la reflexión, mientras
la obediencia ciega sustituya al discernimiento, y mientras los cargos valgan
más que la conciencia.
El
oscurantismo se disfraza de solemnidad, pero su esencia es la pereza
espiritual; se reviste de tradición, pero su raíz es el miedo al pensamiento
libre. Por eso, expulsarlo requiere valentía: la valentía de mirar hacia
adentro y reconocer nuestras propias sombras, la de aceptar que la decadencia
de una orden no proviene de sus enemigos externos, sino de su incapacidad de
renovar su fuego interior.
Los Grandes Orientes deben volver a ser faros del pensamiento, custodios de la
razón iluminada por el espíritu, escuelas de ética y no templos de poder. Deben
restaurar la primacía del estudio, del debate fraterno, del trabajo silencioso
y del amor a la verdad. Allí donde un oriente promueva la reflexión, el
conocimiento y la virtud, la luz se multiplicará; donde reine el conformismo,
la intriga o el formalismo, el Templo caerá en sombra.
La
masonería no puede permitirse un oscurantismo interno, porque traicionaría su razón
de ser. La luz que juramos buscar no puede ser un emblema retórico, sino una
experiencia viva que transforme. Ser masón es ser un trabajador de la claridad,
un combatiente contra las sombras del fanatismo, de la ignorancia y del ego.
Por
eso, que esta reflexión resuene como un llamado: que los Grandes Orientes
despierten de toda forma de letargo intelectual y espiritual, que vuelvan a
encender el fuego del estudio, la virtud y la fraternidad, y que cada masón
recuerde que su misión no es custodiar rituales vacíos, sino mantener viva la
antorcha de la luz.
Solo
así -cuando el conocimiento sustituya al dogma, la humildad al orgullo y el
amor a la verdad al deseo de poder- la Masonería volverá a ser lo que prometió
ser desde su origen: una orden iniciática de hombres y mujeres libres,
constructores de la luz eterna en medio de la oscuridad del mundo.
Referencias
bibliográficas
Guénon,
René. Apercepciones sobre la Iniciación. París: Éditions Traditionnelles, 1924.
Heidegger,
Martin. Ser y tiempo. Madrid: Trotta, 2009.
Platón. La
República. Madrid: Gredos, 2011.
Sartre,
Jean-Paul. El ser y la nada. Buenos Aires: Losada, 2004.
Wilmshurst,
W. L. El significado de la Masonería. Londres: Rider & Co., 1922.
Wirth,
Oswald. El libro del Aprendiz. Buenos Aires: Kier, 1910.

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