Buscar este blog

jueves, 5 de marzo de 2026

EL OSCURANTISMO MASÓNICO: UNA REFLEXIÓN ONTOLÓGICA SOBRE LA PÉRDIDA DE LA LUZ EN EL TEMPLO

 

Imagen generada con I. A.

Que la luz del oriente disipe las sombras del alma y del taller.

 La masonería se ha proclamado desde sus albores como una escuela de la luz, un sendero de perfeccionamiento moral, intelectual y espiritual que busca conducir al hombre desde las tinieblas de la ignorancia hacia la claridad del conocimiento y la virtud. Sin embargo, en medio de esa aspiración luminosa, también puede surgir una sombra que empaña la pureza del ideal iniciático: el oscurantismo masónico. No se trata de una fuerza exterior que atente contra la orden, sino de una sombra interior que nace del descuido, de la soberbia o de la pereza espiritual.

El oscurantismo masónico aparece cuando la forma sustituye al espíritu, cuando el rito se convierte en rutina y el símbolo en adorno. Es la ceguera del que repite sin comprender, del que asiste sin vivenciar, del que se reviste de mandil, pero no trabaja sobre su piedra. W. L. Wilmshurst advirtió con lucidez que “el masón que se contenta con el ritual externo sin buscar su significado interior no ha sido verdaderamente iniciado, sino meramente admitido en una sociedad de símbolos” (El Significado de la Masonería, 1922). Esa afirmación desnuda la tragedia que subyace en muchas logias: la confusión entre el parecer y el ser, entre la apariencia de sabiduría y la auténtica iluminación del alma.

Ontológicamente, este fenómeno no es otra cosa que la negación del ser; el masón es, por esencia, un buscador de la verdad, un peregrino hacia la luz, pero cuando deja de buscar, cuando se acomoda en la inercia o se refugia en la autoridad, pierde contacto con el principio mismo de su existencia iniciática. Heidegger lo expresaba como el “olvido del Ser”: el momento en que el hombre vive dominado por el “uno”, por lo que todos piensan o dicen, sin escuchar la voz interior de su propio fundamento. En la masonería, ese olvido se traduce en una práctica vacía, donde los signos permanecen, pero el significado se ha desvanecido.

Platón, en su célebre alegoría de la caverna, enseña que el alma humana debe liberarse de las sombras para contemplar la verdad del sol. El masón, que se define como hijo de la luz, está llamado a ese mismo tránsito. Pero cuando teme salir de la caverna, cuando se aferra a los ecos y no busca la fuente, cae en el mismo oscurantismo que debía combatir. El ritual deja entonces de ser un acto sagrado para convertirse en una representación sin alma, y el templo en un recinto donde la luz se menciona, pero no se siente.

René Guénon advirtió que “toda iniciación degenerada en formalismo externo pierde su vínculo con el Principio y se convierte en una simple parodia del esoterismo” (Perspectivas sobre la Iniciación, 1924). Esa degeneración ocurre cuando el masón busca reconocimiento antes que sabiduría, poder antes que verdad; es el reinado del ego, disfrazado de virtud, y allí donde el ego reina, la luz se eclipsa.

El oscurantismo también se manifiesta en la falta de estudio, en el rechazo a la filosofía y en la censura del pensamiento libre. Oswald Wirth recordaba que “la masonería no impone dogmas, sino que enseña a pensar; el día en que deje de hacerlo, dejará de ser iniciática” (El libro del aprendiz, 1910). Cuando el templo se convierte en un espacio donde la reflexión crítica es sustituida por la obediencia ciega, el fuego sagrado del conocimiento se apaga. El verdadero masón no teme a la duda, porque sabe que dudar es abrir una puerta hacia la luz.

Jean-Paul Sartre, en El ser y la nada (1943), distingue entre el ser auténtico, que se construye desde la conciencia, y el ser inauténtico, que se define por la mirada ajena. El oscurantismo masónico es precisamente esa caída: el momento en que el hermano deja de ser “para sí” y se convierte en “para otros”, buscando títulos, grados o aplausos, olvidando que la verdadera iniciación es silenciosa y solitaria. Quien vive pendiente del reconocimiento externo no trabaja su piedra, sino su máscara.

Superar el oscurantismo exige un retorno a los principios más puros de la iniciación: en primer lugar, el conocimiento. No un conocimiento vanidoso, sino una sabiduría que une el estudio con la vivencia. El símbolo es una llave, pero solo abre si la mente y el corazón giran juntos. El estudio debe volver a ser una forma de meditación activa, un acto de reverencia ante el misterio del Gran Arquitecto del Universo. En segundo lugar, la humildad. Guénon enseñaba que “el verdadero iniciado se reconoce por su modestia, pues sabe que el misterio es inagotable”. La humildad permite que la luz entre donde el orgullo no puede penetrar. El masón humilde no pretende poseer la verdad, sino dejarse transformar por ella. Y, en tercer lugar, el silencio. No el silencio de la obediencia sumisa, sino el silencio interior del que escucha la voz del espíritu. En ese silencio, el masón se reencuentra con el principio y renueva su alianza con la verdad. Oswald Wirth decía que “la Luz solo se comunica a quien está dispuesto a recibirla”; y esa disposición nace del silencio del alma que se abre, que se limpia de prejuicios y se hace transparente ante el Verbo.

El oscurantismo masónico no es una amenaza externa: es el olvido interior del juramento de buscar la luz. Pero basta que un solo hermano despierte, que un solo corazón recuerde la esencia de su vocación iniciática, para que la sombra retroceda. La masonería no se salvará con discursos, sino con ejemplos vivos de hombres y mujeres que encarnen la sabiduría, la humildad y la verdad.

Wilmshurst escribió: “La verdadera iniciación no consiste en aprender algo nuevo, sino en recordar lo que el alma ya sabía y había olvidado”. Ese olvido del alma es el auténtico oscurantismo, y su recuerdo, la auténtica redención. Que cada uno de nosotros, obreros del espíritu, renueve en su interior la lámpara del ser para que la logia, y el mundo, vuelvan a ser templos de luz.

Desterrar el oscurantismo masónico de los grandes orientes no es tarea administrativa ni de reforma reglamentaria: es un deber ontológico, una exigencia de coherencia con el principio de la luz que da sentido a la orden. Ningún Oriente será verdaderamente grande mientras la ignorancia reine sobre la reflexión, mientras la obediencia ciega sustituya al discernimiento, y mientras los cargos valgan más que la conciencia.

El oscurantismo se disfraza de solemnidad, pero su esencia es la pereza espiritual; se reviste de tradición, pero su raíz es el miedo al pensamiento libre. Por eso, expulsarlo requiere valentía: la valentía de mirar hacia adentro y reconocer nuestras propias sombras, la de aceptar que la decadencia de una orden no proviene de sus enemigos externos, sino de su incapacidad de renovar su fuego interior.

Los Grandes Orientes deben volver a ser faros del pensamiento, custodios de la razón iluminada por el espíritu, escuelas de ética y no templos de poder. Deben restaurar la primacía del estudio, del debate fraterno, del trabajo silencioso y del amor a la verdad. Allí donde un oriente promueva la reflexión, el conocimiento y la virtud, la luz se multiplicará; donde reine el conformismo, la intriga o el formalismo, el Templo caerá en sombra.

La masonería no puede permitirse un oscurantismo interno, porque traicionaría su razón de ser. La luz que juramos buscar no puede ser un emblema retórico, sino una experiencia viva que transforme. Ser masón es ser un trabajador de la claridad, un combatiente contra las sombras del fanatismo, de la ignorancia y del ego.

Por eso, que esta reflexión resuene como un llamado: que los Grandes Orientes despierten de toda forma de letargo intelectual y espiritual, que vuelvan a encender el fuego del estudio, la virtud y la fraternidad, y que cada masón recuerde que su misión no es custodiar rituales vacíos, sino mantener viva la antorcha de la luz.

Solo así -cuando el conocimiento sustituya al dogma, la humildad al orgullo y el amor a la verdad al deseo de poder- la Masonería volverá a ser lo que prometió ser desde su origen: una orden iniciática de hombres y mujeres libres, constructores de la luz eterna en medio de la oscuridad del mundo.

 

Referencias bibliográficas

Guénon, René. Apercepciones sobre la Iniciación. París: Éditions Traditionnelles, 1924.

Heidegger, Martin. Ser y tiempo. Madrid: Trotta, 2009.

Platón. La República. Madrid: Gredos, 2011.

Sartre, Jean-Paul. El ser y la nada. Buenos Aires: Losada, 2004.

Wilmshurst, W. L. El significado de la Masonería. Londres: Rider & Co., 1922.

Wirth, Oswald. El libro del Aprendiz. Buenos Aires: Kier, 1910.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tus comentarios son importantes para mi, ¡ánimo lo estoy esperando!

EL OSCURANTISMO MASÓNICO: UNA REFLEXIÓN ONTOLÓGICA SOBRE LA PÉRDIDA DE LA LUZ EN EL TEMPLO

  Imagen generada con I. A. Que la luz del oriente disipe las sombras del alma y del taller.   La masonería se ha proclamado desde sus alb...