El mallete que calla y la espada que tiembla.
El mayor escándalo de nuestra
masonería contemporánea no es la indiferencia ante la política, ni la falta de
protagonismo público, ni la disminución de afiliados: es el silencio frente a
la violencia que arrasa la vida de miles de mujeres en nuestra América Latina.
Un silencio que no es neutralidad, sino complicidad moral. ¿Qué vale la palabra
“Fraternidad” cuando tantas hermanas, esposas, hijas y ciudadanas mueren
asesinadas diariamente en nuestras propias ciudades? ¿Puede un masón
proclamarse constructor de humanidad mientras ignora la masacre cotidiana que
sucede en su entorno más cercano?
Las cifras oficiales estremecen: según la CEPAL, al menos 3.897 mujeres fueron víctimas de feminicidio en América Latina y el Caribe en 2023 y 3.828 en 2024, lo que representa once mujeres asesinadas cada día en nuestra región. En los últimos cinco años, más de 19.254 mujeres han sido asesinadas por razones de género. Los datos confirman un patrón devastador: en la mayoría de los países, los asesinatos son cometidos por parejas o exparejas de las víctimas, en el espacio íntimo del hogar, allí donde la vida debería estar más protegida. La violencia no es un accidente: es una estructura cultural sostenida por la desigualdad, la impunidad y machismo cotidiano.
Esta realidad interpela directamente a
la masonería, no como institución abstracta, sino como escuela moral que
proclama trabajar por la dignidad humana. ¿Cómo puede haber logias que
hablan de igualdad mientras toleran actitudes machistas entre sus filas?
¿Cómo podemos repetir solemnemente “¿hombres libres y de buenas costumbres”
cuando algunos hermanos reproducen, protegen o minimizan la violencia simbólica
y psicológica hacia las mujeres? ¿De qué sirve la luz del templo si afuera
seguimos caminando como sombras?
La masonería latinoamericana enfrenta
un conflicto ético profundo: entre lo que dice en sus discursos y lo que calla
en su praxis interior. Como señala Rita Laura Segato, “lo
siniestro es que estamos todos amenazados”, y sin embargo muchos masones
actúan como si el feminicidio fuese un problema ajeno, una estadística para los
periódicos, y no un grito que exige transformación interna. El juramento
masónico es una promesa de acción moral, no de contemplación cómoda.
Las masonas que han trabajado
históricamente por la equidad -como lo recoge Yolanda Alba en Masonas: Historia
de la masonería femenina- muestran que la Orden puede ser un espacio de emancipación.
Pero también denuncian que durante siglos hubo resistencia interna a admitir
plenamente a la mujer como sujeto de dignidad y no como objeto de resguardo.
Ese rezago histórico todavía respira en ciertos talleres, donde algunas mujeres
aún deben demostrar dos veces su valor y los hombres aún cargan con
masculinidades no revisadas, no transformadas, no conscientes de su papel en la
violencia estructural.
Si la masonería ha sido capaz de
enfrentarse a dictaduras, fanatismos, esclavitud y dogmatismos, ¿no debería ser
aún más capaz de enfrentar el machismo y la violencia de género que destruye
millones de vidas en nuestro continente? ¿O acaso la
valentía masónica sólo opera cuando la amenaza es externa y no cuando el
enemigo está dentro de nuestra propia cultura y, a veces, dentro de nuestras
propias conductas?
El desafío es ineludible: un masón
que no se declare públicamente y con hechos contra la violencia de género no
está cumpliendo su juramento moral. No basta decir “respetamos la
igualdad”. Hay que actuar: formarse en equidad, revisar las propias
actitudes, escuchar las voces femeninas de la Orden, denunciar la violencia
dentro y fuera del templo, y apoyar activamente a las víctimas. Una masonería
que no genera conciencia ética es solo un club ritual elegante. Una masonería
que enfrenta la violencia de género es un taller vivo, fiel a su esencia
iniciática.
Aquí está la paradoja: muchos
hermanos defienden con celo la tradición, pero olvidan que la tradición
masónica siempre fue revolucionaria, siempre estuvo del lado de la dignidad
humana, siempre se anticipó moralmente a su época. Hoy su desafío histórico
no es el anticlericalismo ni la libertad política, sino la defensa radical de
la integridad y la vida de las mujeres. El que no lo entienda así no ha
comprendido la esencia del Arte Real.
Hay logias que practican ceremonias
impecables mientras afuera se asesinan mujeres todos los días.
Hay oradores que hablan de virtud mientras en su hogar reina la violencia
psicológica o el desprecio. Hay hermanos que citan a Hiram Abiff mientras en su
conducta cotidiana reproducen la idea de que la mujer es subordinada,
emocionalmente débil o manipulable. Eso no es masonería: es contradicción, es
hipocresía, es traición simbólica.
La masonería no puede transformarse en
un museo de virtudes antiguas; debe ser taller de transformación interior y
social. Si no se pronuncia con claridad frente a la violencia de género, pierde
legitimidad moral. Y si los masones no se convierten en constructores de paz en
el hogar, su trabajo en el templo será piedra muerta, sin espíritu, sin
sentido.
Hoy el mallete y el cincel no pueden
moldear solo la piedra bruta del individuo: deben tallar colectivamente una
nueva conciencia masculina, una nueva ética relacional, una nueva forma de ser
hermano. No habrá justicia si la masonería no asume abiertamente su
responsabilidad histórica en la construcción de una cultura no violenta. No
habrá luz si seguimos permitiendo sombras. No habrá fraternidad si no empieza
por proteger a quienes más están siendo asesinadas.
La pregunta ya no es si debemos
actuar; la pregunta es cuánto tiempo más soportaremos que la sangre femenina
manche nuestras columnas sin que la masonería levante su voz con autoridad
moral.
Que la Orden sea, por fin, no un
refugio del silencio, sino una antorcha que denuncia, acompaña y transforma.
Que volvamos a merecer el nombre de masones, no por nuestros rituales, sino por
nuestra defensa radical de la vida.
Referencias Bibliográficas
Estudios y datos sobre feminicidios en América Latina. CEPAL (2023–2024). Violencia contra las mujeres y feminicidio en América Latina y el Caribe.
CEPAL (2024). “Al menos 11 mujeres son víctimas de feminicidio
cada día en América Latina y el Caribe”.
CEPAL (2024). “Más de 19.254 feminicidios en los últimos cinco
años en América Latina y el Caribe”.
ONU Mujeres. Homicidio en América Latina: Panorama regional.
Segato, Rita Laura. Las estructuras elementales de la violencia.
Segato, Rita Laura. La guerra contra las mujeres.
Alba, Yolanda. Masonas: Historia de la masonería femenina.
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