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lunes, 9 de marzo de 2026

MASONERÍA Y VIOLENCIA DE GÉNERO EN LA CONCIENCIA LATINOAMERICANA

El mallete  que calla y la espada que tiembla.

El mayor escándalo de nuestra masonería contemporánea no es la indiferencia ante la política, ni la falta de protagonismo público, ni la disminución de afiliados: es el silencio frente a la violencia que arrasa la vida de miles de mujeres en nuestra América Latina. Un silencio que no es neutralidad, sino complicidad moral. ¿Qué vale la palabra “Fraternidad” cuando tantas hermanas, esposas, hijas y ciudadanas mueren asesinadas diariamente en nuestras propias ciudades? ¿Puede un masón proclamarse constructor de humanidad mientras ignora la masacre cotidiana que sucede en su entorno más cercano?

Las cifras oficiales estremecen: según la CEPAL, al menos 3.897 mujeres fueron víctimas de feminicidio en América Latina y el Caribe en 2023 y 3.828 en 2024, lo que representa once mujeres asesinadas cada día en nuestra región. En los últimos cinco años, más de 19.254 mujeres han sido asesinadas por razones de género. Los datos confirman un patrón devastador: en la mayoría de los países, los asesinatos son cometidos por parejas o exparejas de las víctimas, en el espacio íntimo del hogar, allí donde la vida debería estar más protegida. La violencia no es un accidente: es una estructura cultural sostenida por la desigualdad, la impunidad y machismo cotidiano.

Esta realidad interpela directamente a la masonería, no como institución abstracta, sino como escuela moral que proclama trabajar por la dignidad humana. ¿Cómo puede haber logias que hablan de igualdad mientras toleran actitudes machistas entre sus filas? ¿Cómo podemos repetir solemnemente “¿hombres libres y de buenas costumbres” cuando algunos hermanos reproducen, protegen o minimizan la violencia simbólica y psicológica hacia las mujeres? ¿De qué sirve la luz del templo si afuera seguimos caminando como sombras?

La masonería latinoamericana enfrenta un conflicto ético profundo: entre lo que dice en sus discursos y lo que calla en su praxis interior. Como señala Rita Laura Segato, “lo siniestro es que estamos todos amenazados”, y sin embargo muchos masones actúan como si el feminicidio fuese un problema ajeno, una estadística para los periódicos, y no un grito que exige transformación interna. El juramento masónico es una promesa de acción moral, no de contemplación cómoda.

Las masonas que han trabajado históricamente por la equidad -como lo recoge Yolanda Alba en Masonas: Historia de la masonería femenina- muestran que la Orden puede ser un espacio de emancipación. Pero también denuncian que durante siglos hubo resistencia interna a admitir plenamente a la mujer como sujeto de dignidad y no como objeto de resguardo. Ese rezago histórico todavía respira en ciertos talleres, donde algunas mujeres aún deben demostrar dos veces su valor y los hombres aún cargan con masculinidades no revisadas, no transformadas, no conscientes de su papel en la violencia estructural.

Si la masonería ha sido capaz de enfrentarse a dictaduras, fanatismos, esclavitud y dogmatismos, ¿no debería ser aún más capaz de enfrentar el machismo y la violencia de género que destruye millones de vidas en nuestro continente? ¿O acaso la valentía masónica sólo opera cuando la amenaza es externa y no cuando el enemigo está dentro de nuestra propia cultura y, a veces, dentro de nuestras propias conductas?

El desafío es ineludible: un masón que no se declare públicamente y con hechos contra la violencia de género no está cumpliendo su juramento moral. No basta decir “respetamos la igualdad”. Hay que actuar: formarse en equidad, revisar las propias actitudes, escuchar las voces femeninas de la Orden, denunciar la violencia dentro y fuera del templo, y apoyar activamente a las víctimas. Una masonería que no genera conciencia ética es solo un club ritual elegante. Una masonería que enfrenta la violencia de género es un taller vivo, fiel a su esencia iniciática.

Aquí está la paradoja: muchos hermanos defienden con celo la tradición, pero olvidan que la tradición masónica siempre fue revolucionaria, siempre estuvo del lado de la dignidad humana, siempre se anticipó moralmente a su época. Hoy su desafío histórico no es el anticlericalismo ni la libertad política, sino la defensa radical de la integridad y la vida de las mujeres. El que no lo entienda así no ha comprendido la esencia del Arte Real.

Hay logias que practican ceremonias impecables mientras afuera se asesinan mujeres todos los días. Hay oradores que hablan de virtud mientras en su hogar reina la violencia psicológica o el desprecio. Hay hermanos que citan a Hiram Abiff mientras en su conducta cotidiana reproducen la idea de que la mujer es subordinada, emocionalmente débil o manipulable. Eso no es masonería: es contradicción, es hipocresía, es traición simbólica.

La masonería no puede transformarse en un museo de virtudes antiguas; debe ser taller de transformación interior y social. Si no se pronuncia con claridad frente a la violencia de género, pierde legitimidad moral. Y si los masones no se convierten en constructores de paz en el hogar, su trabajo en el templo será piedra muerta, sin espíritu, sin sentido.

Hoy el mallete y el cincel no pueden moldear solo la piedra bruta del individuo: deben tallar colectivamente una nueva conciencia masculina, una nueva ética relacional, una nueva forma de ser hermano. No habrá justicia si la masonería no asume abiertamente su responsabilidad histórica en la construcción de una cultura no violenta. No habrá luz si seguimos permitiendo sombras. No habrá fraternidad si no empieza por proteger a quienes más están siendo asesinadas.

La pregunta ya no es si debemos actuar; la pregunta es cuánto tiempo más soportaremos que la sangre femenina manche nuestras columnas sin que la masonería levante su voz con autoridad moral.

Que la Orden sea, por fin, no un refugio del silencio, sino una antorcha que denuncia, acompaña y transforma. Que volvamos a merecer el nombre de masones, no por nuestros rituales, sino por nuestra defensa radical de la vida.

 

Referencias Bibliográficas

 Estudios y datos sobre feminicidios en América Latina. CEPAL (2023–2024). Violencia contra las mujeres y feminicidio en América Latina y el Caribe.

CEPAL (2024). “Al menos 11 mujeres son víctimas de feminicidio cada día en América Latina y el Caribe”.

CEPAL (2024). “Más de 19.254 feminicidios en los últimos cinco años en América Latina y el Caribe”.

ONU Mujeres. Homicidio en América Latina: Panorama regional.

Segato, Rita Laura. Las estructuras elementales de la violencia.

Segato, Rita Laura. La guerra contra las mujeres.

Alba, Yolanda. Masonas: Historia de la masonería femenina.


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