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domingo, 4 de enero de 2026

INFILTRACIÓN DE INTERESES PERSONALES, ECONÓMICOS O IDEOLÓGICOS EN LA FRATERNIDAD MASÓNICA

 

Imagen generada con I. A.

La Masonería, desde sus orígenes operativos y su posterior configuración especulativa, se ha concebido a sí misma como una escuela iniciática de perfeccionamiento moral, intelectual y espiritual del ser humano. Este horizonte fundacional no puede comprenderse al margen de su vocación universalista, ni de su pretensión de formar conciencias libres, críticas y éticamente responsables, capaces de resistir las múltiples formas de alienación propias de cada época histórica. En tal sentido, la Masonería no surge como una estructura de poder alternativo ni como un proyecto ideológico encubierto, sino como un método simbólico de formación del ser humano integral, donde la transformación interior precede y fundamenta cualquier incidencia exterior en la vida social y política.

En América Latina, esta vocación iniciática se vio tempranamente tensionada por contextos de colonización, luchas de independencia, construcción de los Estados Nacionales y persistentes desigualdades estructurales. Numerosos masones latinoamericanos -desde próceres independentistas hasta pensadores contemporáneos- comprendieron la Orden como un espacio de resistencia ética frente al dogmatismo, el autoritarismo y la injusticia. Sin embargo, estos mismos contextos históricos abrieron la puerta a una ambigüedad permanente: la posibilidad de que la Masonería fuese leída no como escuela del espíritu, sino como instrumento de promoción personal, plataforma política o red de influencia económica. Este riesgo, lejos de ser anecdótico, constituye uno de los desafíos más serios para la autenticidad masónica en el presente. Su finalidad esencial no ha sido nunca el poder, la riqueza ni la conquista de hegemonías ideológicas, sino la edificación del hombre interior y, por irradiación ética, la mejora progresiva de la sociedad. Sin embargo, como toda institución humana que se desarrolla en contextos históricos concretos y está conformada por sujetos atravesados por tensiones sociales, políticas y económicas, la Masonería no ha sido inmune al riesgo de desviación de sus fines. Uno de los fenómenos más delicados y persistentes en su historia es la infiltración de intereses personales, económicos o ideológicos que, de manera explícita o encubierta, erosionan el sentido profundo de la fraternidad masónica.

Desde una perspectiva iniciática, la logia no es un espacio neutro ni un simple lugar de sociabilidad. Para el masón latinoamericano, esta afirmación adquiere un peso particular, pues la logia ha sido históricamente uno de los pocos ámbitos donde fue posible ejercer la libertad de conciencia en contextos marcados por autoritarismos políticos, clericalismos y exclusiones sociales. El chileno Luis Alberto Sánchez, masón y humanista, afirmaba que “la Logia es escuela de libertad interior antes que tribuna de reivindicación exterior” (Sánchez, Humanismo y Masonería). Cuando esta conciencia se debilita, el espacio iniciático se vuelve vulnerable a la instrumentalización personal o ideológica. Es un templo simbólico donde el trabajo ritual tiene por objeto la transformación del sujeto. Como recuerda Oswald Wirth, “la Masonería no promete ventajas exteriores; su obra es interior y su recompensa es de orden espiritual” (Wirth, El libro del Aprendiz). Cuando la pertenencia a la Orden es instrumentalizada como plataforma de ascenso social, red de favores, espacio de negocios o trinchera ideológica, se produce una inversión de medios y fines: el templo deja de ser taller de perfeccionamiento para convertirse en escenario de intereses profanos.

La infiltración de intereses personales suele manifestarse en la búsqueda de reconocimiento, prestigio o poder simbólico dentro de la estructura masónica. En América Latina, donde el capital simbólico suele suplir la falta de capital institucional, esta tentación se intensifica. El masón mexicano José María Mateos advertía ya en el siglo XIX que “la vanidad es el primer enemigo del iniciado, porque lo convence de que ha llegado cuando apenas ha comenzado” (Mateos, Discursos masónicos). El deseo legítimo de progresar iniciáticamente se transforma, en estos casos, en ambición de cargos, títulos y honores. René Guénon advertía con severidad que “toda organización tradicional degenera cuando el interés individual suplanta al principio espiritual que le da sentido” (Guénon, Apreciaciones sobre la Masonería y el Compañerismo). Esta degeneración no siempre es ruidosa; a menudo se presenta bajo formas sutiles: ritualismos vacíos, disputas administrativas, clericalización de la jerarquía masónica o sacralización del cargo antes que del trabajo interior.

En el plano económico, la infiltración se expresa cuando la fraternidad es utilizada como red de contactos para negocios, contratos o beneficios materiales. El pensador y masón brasileño José Castellani subrayó que “toda confusión entre fraternidad y utilitarismo destruye la ética iniciática y convierte al hermano en socio” (Castellani, Masonería: ética y sociedad). Si bien la Masonería no exige la negación del mundo ni la pobreza voluntaria, sí reclama una ética rigurosa que impida la confusión entre el vínculo iniciático y el intercambio utilitarista. Jules Boucher fue explícito al afirmar que “la Logia no es una bolsa de comercio ni una sociedad de ayuda mutua; quien entra buscando ventajas materiales no ha comprendido nada del Arte Real” (Boucher, La simbología masónica). Cuando el interés económico se normaliza, la confianza fraterna se degrada y el silencio iniciático es sustituido por la sospecha.

Más compleja aún es la infiltración ideológica, especialmente en contextos de alta polarización política, cultural o religiosa, fenómeno recurrente en la historia latinoamericana. El masón argentino Emilio Corbière señalaba que “la Masonería no puede ser neutral frente a la injusticia, pero tampoco puede convertirse en aparato doctrinario” (Corbière, Masonería y política en América Latina). Históricamente, la Masonería ha defendido principios como la libertad de conciencia, la tolerancia y la laicidad del método iniciático, sin que ello implique adhesión obligatoria a una ideología determinada. No obstante, estos principios no equivalen a la imposición de una ideología determinada. W.L. Wilmshurst advertía que “la Masonería no existe para propagar doctrinas políticas ni programas sociales, sino para formar hombres capaces de pensar y obrar con rectitud” (Wilmshurst, El significado de la Masonería). Cuando la logia se convierte en caja de resonancia de agendas partidistas o doctrinas cerradas, se rompe el equilibrio simbólico del taller y se traiciona la universalidad de la Orden.

Desde una lectura sociopolítica, la infiltración de intereses responde también a las transformaciones del mundo contemporáneo. La lógica neoliberal, la cultura del éxito rápido y la instrumentalización de las instituciones atraviesan incluso los espacios iniciáticos. En América Latina, este fenómeno se ve agravado por contextos de desigualdad estructural, fragilidad institucional y crisis de sentido. Autores latinoamericanos han señalado que la Masonería corre el riesgo de reproducir las mismas prácticas clientelares y caudillistas que dice combatir si no desarrolla una autocrítica profunda y constante (cf. Ferrer Benimeli, Masonería, Iglesia y política).

En el plano espiritual, la infiltración de intereses constituye una forma de profanación del símbolo. El rito, despojado de su densidad transformadora, se reduce a una formalidad; la palabra sagrada se banaliza; el silencio iniciático pierde su función pedagógica. Guénon hablaba, en este sentido, de la “pérdida del espíritu tradicional, fenómeno que se manifiesta cuando los símbolos dejan de ser vividos y se convierten en ornamentos culturales. La Masonería, entonces, corre el riesgo de convertirse en una asociación filantrópica más, respetable, pero espiritualmente inofensiva.

No obstante, reconocer este problema no implica negar la validez ni la vigencia de la Masonería. Por el contrario, la denuncia de la infiltración de intereses es un acto de fidelidad a la tradición iniciática. La Orden posee en su propio método los antídotos necesarios: el trabajo ritual constante, la educación simbólica, la selección rigurosa de los candidatos, la práctica de la humildad y la centralidad del silencio. Como señalaba Oswald Wirth, “la reforma de la Masonería comienza siempre por la reforma del masón” (Wirth, El libro del Compañero).

En conclusión, la infiltración de intereses personales, económicos o ideológicos en la fraternidad masónica no es un fenómeno accidental ni externo, sino una posibilidad permanente inherente a toda institución humana que actúa en el mundo histórico. En el caso de la Masonería, esta posibilidad adquiere una gravedad particular, pues afecta directamente su núcleo iniciático y desfigura su razón de ser. Allí donde el interés sustituye al trabajo interior, la ambición reemplaza a la humildad y la ideología suplanta al símbolo, la Logia corre el riesgo de convertirse en una estructura vacía de espíritu, aunque conserve intactas sus formas externas.

Autores masones latinoamericanos han advertido reiteradamente sobre este peligro. El chileno Juan José Oyarzún sostuvo que “la Masonería deja de ser iniciática cuando el masón olvida que su primera responsabilidad no es con la sociedad profana, sino con su propia transformación moral” (Oyarzún, Masonería y conciencia crítica). En una línea similar, el colombiano Fabio Gómez Quintero subrayó que “la corrupción del ideal masónico comienza cuando se normaliza el uso de la Logia como trampolín de prestigio o poder” (Gómez Quintero, Ética y Masonería). Estas advertencias no buscan deslegitimar la presencia social del masón, sino recordar que toda proyección exterior carece de sentido si no brota de una auténtica obra interior.

Desde una perspectiva regional, la Masonería latinoamericana enfrenta el desafío adicional de no reproducir las lógicas de clientelismo, caudillismo y polarización ideológica que han marcado históricamente a nuestras sociedades. El masón venezolano y latinoamericanista Manuel Caballero insistía en que la Orden debía ser “conciencia crítica de la nación y no reflejo acrítico de sus vicios estructurales” (Caballero, Masonería y modernidad en América Latina). Cuando la Logia se alinea acríticamente con proyectos de poder, pierde su capacidad de ser espacio de síntesis, diálogo y trascendencia.

Frente a este escenario, la respuesta masónica no puede ser la negación ingenua del problema ni el repliegue defensivo, sino una profundización consciente de su método tradicional. Ello implica recuperar la centralidad del símbolo, la seriedad del trabajo ritual, la exigencia ética en la selección y formación de los miembros, y una pedagogía iniciática que privilegie el silencio, la escucha y la autocrítica. Como afirmaba el masón argentino Ángel Jorge Clavero, “la Masonería se salva a sí misma cada vez que un masón elige ser discípulo del símbolo y no administrador del poder” (Clavero, Iniciación y compromiso masónico).

Solo desde esta fidelidad al espíritu iniciático la Masonería podrá resistir la infiltración de intereses y seguir siendo, en el contexto latinoamericano y global, una escuela de libertad interior, un taller de humanización y un espacio de construcción ética al servicio del ser humano y no de sus ambiciones. La vigilancia constante no es, pues, un acto de sospecha permanente hacia el otro, sino una disciplina interior que recuerda al masón que el enemigo más peligroso de la Orden no suele venir de fuera, sino que se gesta cuando el ego profano se sienta, sin ser invitado, en las columnas del templo. Su gravedad radica en que atenta directamente contra la esencia iniciática de la Orden. Frente a este riesgo, la Masonería está llamada a ejercer una vigilancia ética y espiritual permanente, recordando que su verdadera obra no se mide en influencia social ni en poder externo, sino en la calidad moral y espiritual de los hombres y mujeres que trabajan en el templo. Solo una Masonería fiel a su vocación interior podrá seguir siendo, en palabras de Wilmshurst, “un camino de regeneración del ser y no un instrumento más del mundo profano” (Wilmshurst, El significado de la Masonería).

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier, 2004.

Caballero, Manuel. Masonería y modernidad en América Latina. Caracas: Alfa, 1992.

Castellani, José. Masonería: ética y sociedad. São Paulo: Madras, 2008.

Clavero, Ángel Jorge. Iniciación y compromiso masónico. Buenos Aires: Editorial Masónica Argentina, 2010.

Corbière, Emilio J. Masonería y política en América Latina. Buenos Aires: Sudamericana, 2004.

Ferrer Benimeli, José Antonio. Masonería, Iglesia y política. Madrid: Fundación Universitaria Española, 1998.

Gómez Quintero, Fabio. Ética y Masonería. Bogotá: Ediciones Masónicas Colombianas, 2012.

Guénon, René. Apreciaciones sobre la Masonería y el Compañerazgo. Barcelona: Obelisco, 2001.

Mateos, José María. Discursos masónicos. Ciudad de México: Gran Logia Valle de México, 1985.

Oyarzún, Juan José. Masonería y conciencia crítica. Santiago de Chile: Ediciones del Taller, 2006.

Sánchez, Luis Alberto. Humanismo y Masonería. Lima: Fondo Editorial Universitario, 1974.

Wilmshurst, Walter Leslie. El significado de la Masonería. Barcelona: Obelisco, 2005.

Wirth, Oswald. El libro del Aprendiz. Buenos Aires: Kier, 2004.

Wirth, Oswald. El libro del Compañero. Buenos Aires: Kier, 2005.

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