Cuando se pronuncia la palabra masón, la
imaginación colectiva parece encenderse con una fuerza que pocas instituciones
generan; desde fuera de la logia, el masón es un personaje envuelto en un halo
de misterio, reservado, tal vez influyente, quizá poderoso, acaso peligroso
según ciertos discursos, pero, ¿qué son, realmente, los masones? ¿Qué se
proyecta hacia afuera y qué se vive hacia adentro? Hoy pretendo explorar esa doble
mirada, entrelazando la percepción externa con la realidad iniciática, para
comprender cómo dos mundos se superponen sin coincidir plenamente.
La visión desde fuera de la logia ha sido moldeada
por siglos de silencios prudentes, persecuciones históricas, especulaciones
políticas, relatos religiosos y una fascinación cultural por lo oculto. En esa
mirada externa, los masones se convierten en símbolos de lo incomprensible.
Oswald Wirth advertía que “todo lo que se ve sin comprenderse, se carga de
sospechas, y cuanto más noble es un símbolo, más peligrosas son sus
interpretaciones profanas” (Wirth, El Libro del Aprendiz). La masonería, al
trabajar con símbolos de alto contenido espiritual, no ha escapado a ese
destino: la falta de comprensión externa se ha llenado con fantasías internas
de la sociedad.
Así, desde la calle hacia el templo, la figura del
masón aparece revestida de atributos imaginarios: conspirador, erudito, líder
de élites, custodio de secretos milenarios. En algunos contextos, incluso se le
atribuye la capacidad de orientar el devenir político o económico del mundo,
como si la Orden fuera una sinfonía silenciosa tocada desde las sombras. Jules
Boucher señala que “la imaginación profana proyecta en el masón aquello que
teme o aquello que anhela” (Boucher, La simbólica masónica). Lo cierto es
que esta proyección dice más del imaginario social que de la esencia
iniciática.
Pero ¿qué encontramos cuando cruzamos la puerta
del templo? ¿Qué revela la mirada desde dentro?
La vida masónica, observada sin mitos ni velos
externos, es un camino profundamente humano, espiritual y ético. René Guénon
insistía en que la masonería “no es un poder mundano, sino una disciplina
interior que orienta al hombre hacia la percepción de lo esencial” (Guénon,
Apercepciones sobre la Masonería). La realidad masónica está muy lejos de las
conspiraciones y mucho más cerca de la meditación, del silencio, de la
fraternidad y del trabajo íntimo sobre la propia alma.
Los masones no somos –ni pretendemos ser– dueños
de verdades absolutas; somos buscadores, somos peregrinos en un sendero
simbólico que nos confronta, nos pule y nos renueva. En la práctica, esto
significa aceptar que el mito exterior del poder se disuelve frente a la
humildad interior del trabajo con la piedra bruta. Como recuerda Wilmshurst, “la
masonería es un método para que cada hombre se descubra a sí mismo como un
templo en construcción” (Wilmshurst, El significado de la masonería). Esa
verdad, tan sencilla y a la vez tan profunda, es desconocida por quienes solo
observan desde fuera.
Desde afuera se mira al masón como miembro de una
organización con influencias ocultas; desde adentro, el masón descubre que la
única influencia que realmente importa es la que ejerce sobre su propio
corazón. Desde afuera se sospecha de secretos inconfesables; desde adentro, se
aprende que el secreto masónico es simplemente la experiencia personal de
transformación, imposible de describir, pero evidente en la vida del iniciado.
Desde afuera se juzga la hermeticidad; desde adentro, se comprende que el
silencio es un pedagogo que nos enseña a escuchar al mundo y a escucharnos a
nosotros mismos.
Aquí surge una cuestión esencial: la imagen
pública del masón es, paradójicamente, una responsabilidad ética del propio
masón. Si la sociedad nos imagina hombres de rectitud, debemos demostrarlo; si
nos cree defensores de la justicia, debemos encarnarla; si nos ve como símbolos
de sabiduría, debemos buscarla con honestidad. Wirth lo expresó con una
claridad contundente al afirmar que “la dignidad del mandil se honra con
obras, no con apariencias” (Wirth, El Libro del Compañero).
Este desafío ético invita a que el masón viva de
tal modo que, aun sin revelar los misterios iniciáticos, revele la esencia de
la Orden mediante su conducta, porque, la sociedad puede no entender los
símbolos, pero sí comprende la bondad, la coherencia, la templanza y la
fraternidad. Así, la verdadera respuesta a la pregunta “¿qué son los
masones?” no se da en discursos públicos ni en debates filosóficos, sino en
el testimonio vivo del comportamiento de cada hermano.
Sin embargo, conviene reconocer que el mundo
contemporáneo -hiperconectado, ansioso por explicaciones rápidas y sediento de
transparencia total- se encuentra especialmente predispuesto a desconfiar de
aquello que no puede ver del todo. Esta cultura del escrutinio constante
alimenta aún más los imaginarios que rodean al masón. Pero quizá justamente por
ello, la existencia de hombres comprometidos con la reflexión, la sobriedad, la
ética y el cultivo del espíritu se vuelve más necesaria que nunca. En un mundo
saturado de ruido, el silencio iniciático del masón es un acto de resistencia
espiritual; en una sociedad que teme lo simbólico, el masón recuerda que la
verdad más profunda rara vez se expresa en palabras directas; en una época
dominada por la superficialidad, la masonería ofrece un espacio donde aún es
posible trabajar sobre el ser.
Así se entrelaza la visión de fuera con la verdad
de dentro: el mundo observa al masón con curiosidad, sospecha o admiración; el
masón trabaja para convertirse en una luz humilde, constante y discreta, y, esa
dialéctica entre rumor y realidad, entre mito y método, entre apariencia y
profundidad, constituye una de las riquezas más singulares de la Orden.
¿Y qué son, entonces, los masones? Desde fuera,
una incógnita, desde dentro, una esperanza; desde fuera, un conjunto de
símbolos imposibles de descifrar, desde dentro, un camino para descifrarse a sí
mismo; desde fuera, una tradición envuelta en sombras. Desde dentro, una fraternidad
que busca la luz.
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
Boucher,
Jules. La simbólica masónica. París: Dervy, 1948.
Guénon,
René. Apercepciones sobre la masonería y el compañerismo. París: Éditions
Traditionnelles, 1946.
Wirth,
Oswald. El libro del Aprendiz. Buenos Aires: Kier, 2004.
Wirth,
Oswald. El libro del Compañero. Buenos Aires: Kier, 2005.
Wilmshurst,
W. L. El significado de la masonería. Barcelona: Obelisco, 1990.
