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lunes, 26 de octubre de 2026

LA MASONERÍA “LIGHT”

 

Escribo estas líneas desde una inquietud que no es meramente doctrinal ni institucional, sino profundamente existencial. La masonería que heredamos no es solo una arquitectura simbólica admirable; es, ante todo, una exigencia de transformación interior y responsabilidad histórica. Cuando percibo que en ciertos espacios iniciáticos comienza a instalarse una versión “ligera” de nuestra tradición -una masonería cómoda, superficial, desprovista de tensión ética y de radicalidad espiritual- siento la necesidad de interpelar fraternalmente a quienes, como yo, han jurado no administrar la herencia sino vivificarla. Esta entrada no pretende acusar personas ni condenar logias, sino abrir una reflexión incómoda pero necesaria sobre los riesgos de trivializar la experiencia iniciática en tiempos de consumo rápido, reconocimiento fácil y espiritualidades de baja intensidad.

La llamada “masonería light” no es simplemente una desviación anecdótica o una moda pasajera; constituye un síntoma cultural profundo que revela cómo la lógica contemporánea de la inmediatez y la espectacularización penetra incluso en instituciones que se fundaron para resistir precisamente esas tendencias. Vivimos en una época donde todo se vuelve “experiencia”, pero pocas experiencias se convierten en compromiso. La iniciación masónica corre el peligro de transformarse en un evento socialmente prestigioso, pero espiritualmente inocuo, una credencial simbólica que otorga pertenencia sin exigir conversión interior. Zygmunt Bauman advertía que en la modernidad líquida las estructuras sólidas se diluyen y las identidades se vuelven transitorias; cuando esta lógica invade la masonería, el ritual deja de ser proceso de construcción del ser para convertirse en escenografía identitaria.

La masonería light se manifiesta, en primer lugar, en la reducción del símbolo a ornamento. Se portan mandiles y se pronuncian palabras sagradas, pero el símbolo deja de interpelar la vida concreta. Como señalaba Oswald Wirth, el simbolismo masónico no es un lenguaje decorativo sino una pedagogía del espíritu. Cuando el símbolo pierde su capacidad de incomodar, de revelar incoherencias, de exigir trabajo interior, se convierte en pieza museográfica. Se estudia el compás como concepto, pero no se aprende a delimitar los propios excesos; se habla de la escuadra como emblema moral, pero no se examinan las injusticias cotidianas que se toleran o reproducen. La masonería light es, por tanto, una masonería donde el símbolo se contempla, pero no se encarna.

Esta ligereza iniciática también se expresa en la ritualidad vivida como formalismo vacío. René Guénon advertía que cuando el rito se desconecta de su contenido metafísico se convierte en simple gestualidad tradicionalista. No es que el ritual pierda su belleza; pierde su eficacia transformadora. Se ejecutan ceremonias con precisión coreográfica, pero sin densidad interior. El silencio ritual ya no es espacio de escucha del ser, sino pausa protocolaria. La palabra sagrada ya no convoca responsabilidad ontológica, sino cumplimiento litúrgico. Así, el templo deja de ser laboratorio de conciencia para transformarse en escenario de sociabilidad respetable.

Otro rasgo característico de esta masonería light es la sustitución del trabajo iniciático por la gestión institucional como fin en sí mismo. La administración es necesaria, pero cuando se absolutiza desplaza el sentido originario de la Orden. Se confunde liderazgo con protagonismo, servicio con visibilidad, reconocimiento con autoridad moral. Byung-Chul Han ha señalado que la sociedad del rendimiento produce sujetos que se explotan a sí mismos buscando validación permanente; en ciertos espacios masónicos esto se traduce en carreras internas, acumulación de cargos y búsqueda de prestigio simbólico. El grado se convierte en logro administrativo más que en estado de conciencia. Se asciende en la escala jerárquica sin haber descendido al propio abismo interior.

La masonería light también se nutre de una espiritualidad difusa que evita el conflicto ético. Se invoca al Gran Arquitecto del Universo como fórmula de consenso, pero se elude su dimensión de exigencia moral. Leonardo Boff recordaba que toda auténtica espiritualidad tiene consecuencias públicas; cuando la masonería se refugia en una trascendencia abstracta que no cuestiona las injusticias sociales ni interpela la propia complicidad con estructuras de exclusión, traiciona su vocación humanista. La iniciación no puede ser refugio narcisista frente al mundo, sino escuela de responsabilidad histórica. Una masonería que no incomoda al poder, que no forma conciencia crítica, que no promueve prácticas de justicia concreta, corre el riesgo de convertirse en club ilustrado sin incidencia transformadora.

Desde la perspectiva pedagógica, la masonería light se caracteriza por la banalización del estudio. Se privilegian discursos motivacionales sobre análisis rigurosos; se multiplican las conferencias brillantes pero efímeras mientras disminuye la investigación simbólica profunda. W. L. Wilmshurst insistía en que la Orden es una escuela de autoconocimiento estructurada mediante símbolos y grados; cuando el estudio se vuelve superficial, el proceso iniciático se detiene. La formación del masón no puede reducirse a la repetición de conceptos heredados ni a la acumulación de lecturas sin digestión hermenéutica. Requiere disciplina intelectual, meditación simbólica y praxis ética coherente.

Existe además una dimensión psicológica en este fenómeno. La masonería light ofrece seguridad identitaria sin exigir transformación dolorosa. Carl Rogers planteaba que el crecimiento personal implica atravesar zonas de vulnerabilidad; la iniciación auténtica también demanda confrontar sombras, desmontar autoengaños y revisar estructuras internas de poder. La versión ligera de la Orden evita esa travesía incómoda. Prefiere el consenso rápido a la verdad incómoda, la fraternidad entendida como cordialidad permanente antes que como compromiso de mutua corrección. Se teme al conflicto creativo porque se confunde unidad con uniformidad.

No menos problemática es la relación de esta tendencia con el contexto sociopolítico. En sociedades atravesadas por desigualdades profundas, la masonería light puede convertirse en espacio de reproducción simbólica de privilegios. Se habla de igualdad en el templo mientras se normalizan prácticas excluyentes fuera de él. Paulo Freire advertía que toda educación que no problematiza la realidad termina legitimando la opresión. Una masonería que no forma conciencia crítica sobre los procesos históricos y las estructuras de dominación corre el riesgo de neutralizar su propio potencial emancipador. El humanismo masónico no puede ser retórica ceremonial; debe traducirse en acción transformadora.

Sin embargo, sería simplista atribuir este fenómeno únicamente a debilidades individuales o desviaciones institucionales. La masonería light es también el resultado de presiones culturales más amplias. La aceleración del tiempo social, la fragmentación de las comunidades, la mercantilización de la espiritualidad y la saturación informativa dificultan procesos iniciáticos profundos que requieren silencio, perseverancia y continuidad. El desafío no consiste en nostalgias reaccionarias ni en condenas moralistas, sino en repensar creativamente cómo vivir hoy la radicalidad simbólica de la tradición. La crítica iniciática no busca destruir, sino depurar; no pretende deslegitimar la Orden, sino salvar su sentido.

En este horizonte, la superación de la masonería light exige recuperar la dimensión ascética del trabajo masónico. Ascética no en sentido de negación del mundo, sino de disciplina interior orientada a la coherencia. Implica restituir al símbolo su carácter performativo: no solo comprenderlo, sino permitir que configure decisiones concretas. Significa revitalizar el ritual como experiencia de presencia y no como rutina protocolaria. Supone asumir los grados como etapas de responsabilidad creciente y no como insignias honoríficas. Demanda, asimismo, integrar el estudio con la acción social, la contemplación con la intervención histórica.

 Conclusiones propositivas

La crítica a la masonería light no puede culminar en lamentación estéril; debe traducirse en propuestas operativas. En primer lugar, se requiere fortalecer procesos formativos rigurosos que articulen simbolismo, filosofía contemporánea y análisis sociopolítico, evitando tanto el tradicionalismo acrítico como el progresismo superficial. En segundo lugar, es necesario promover prácticas de evaluación iniciática que privilegien la coherencia ética y el servicio fraternal sobre la mera antigüedad o visibilidad institucional. En tercer lugar, conviene fomentar espacios de silencio, meditación y trabajo interior que restituyan densidad espiritual a la vida de logia.

Asimismo, la Orden debe replantear su relación con la sociedad, impulsando proyectos educativos, culturales y comunitarios que encarnen concretamente los valores proclamados en el templo. La fraternidad debe traducirse en redes de solidaridad efectiva; la libertad en pensamiento crítico; la igualdad en prácticas inclusivas reales. Finalmente, cada masón está llamado a asumir la iniciación como proceso permanente de autoconstrucción. No basta denunciar la ligereza colectiva si no se combate la superficialidad personal.

La masonería no está destinada a ser light ni pesada por naturaleza; será lo que sus miembros decidan vivir. Si optamos por la comodidad simbólica, la tradición se vaciará lentamente hasta convertirse en patrimonio decorativo. Si asumimos la exigencia iniciática como vocación vital, la Orden seguirá siendo, como soñaron sus constructores, un taller de humanidad en permanente edificación. La pregunta decisiva no es qué masonería tenemos, sino qué masonería estamos dispuestos a encarnar.

Referencias bibliográficas

Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2003.

Boff, Leonardo. Espiritualidad: un camino de transformación. Santander: Sal Terrae, 2002.

Freire, Paulo. Pedagogía de la autonomía. México: Siglo XXI Editores, 1997.

Guénon, René. Apercepciones sobre la iniciación. Madrid: Obelisco, 2000.

Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder, 2012.

Rogers, Carl. El proceso de convertirse en persona. Buenos Aires: Paidós, 1980.

Wilmshurst, Walter Leslie. El significado de la masonería. Madrid: Kier / Editorial Humanitas, varias ediciones.

Wirth, Oswald. El simbolismo masónico. Barcelona: Editorial Obelisco, varias ediciones.

Fromm, Erich. El arte de amar. Barcelona: Paidós, 1956.

Morin, Edgar. La cabeza bien puesta: repensar la reforma, reformar el pensamiento. Buenos Aires: Nueva Visión, 1999.

Touraine, Alain. ¿Podremos vivir juntos? Iguales y diferentes. Madrid: PPC, 1997.

Habermas, Jürgen. Conciencia moral y acción comunicativa. Barcelona: Península, 1985.

Aristóteles. Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos, varias ediciones.

Platón. La República. Madrid: Gredos, varias ediciones.

Sartre, Jean-Paul. El ser y la nada. Buenos Aires: Losada, varias ediciones.

 

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