“Todavía sigo buscando la
luz” no
es una confesión de insuficiencia, sino una declaración de lucidez. Solo quien
ha comenzado a ver advierte la densidad de la sombra que aún lo habita. En el
horizonte masónico, donde la metáfora de la luz ha sido reiterada hasta el
riesgo de vaciarse de sentido, esta expresión reclama ser rescatada como un
gesto radical de honestidad iniciática. No se trata de una consigna ritual ni
de un eco heredado; es la irrupción de una conciencia que ha comprendido que la
iniciación no clausura la búsqueda, sino que la inaugura. Decir que aún se
busca la luz implica reconocer que la condición humana, incluso en el seno de
la Orden, permanece atravesada por la opacidad, la contradicción y la tentación
de la autojustificación. La luz, entonces, deja de ser un objeto poseído y se
convierte en una tensión permanente entre lo que se es y lo que se está llamado
a ser.
Desde una perspectiva
crítico-iniciática, esta afirmación desestabiliza toda pretensión de plenitud
institucional. La masonería no puede ser concebida como un sistema cerrado que
otorga iluminación por acumulación de grados o por repetición de símbolos. Tal
como advierte René Guénon, la iniciación auténtica no es un acto formal sino
una transformación efectiva del ser, y esta transformación exige un trabajo
interior constante que ninguna estructura externa puede garantizar por sí
misma. En este sentido, afirmar que se sigue buscando la luz es también una
crítica implícita a las logias que han sustituido el proceso iniciático por la
administración de rituales. La luz no se transmite como un contenido; se
conquista como una experiencia de desvelamiento que compromete la totalidad de
la existencia.
Esta búsqueda, sin
embargo, no puede reducirse a una introspección solipsista. La luz masónica, en
tanto símbolo del conocimiento y de la rectitud, posee una dimensión ética y
sociopolítica ineludible. Como sugiere Leonardo Boff, toda experiencia
espiritual auténtica debe traducirse en una praxis liberadora que confronte las
estructuras de injusticia. En este sentido, seguir buscando la luz implica
reconocer que no basta con trabajar la piedra bruta en el espacio protegido de
la logia; es necesario confrontar las sombras que estructuran la realidad
social. La luz que no se proyecta en la transformación del mundo se convierte
en un simulacro, en una estética de la iluminación que tranquiliza la conciencia,
pero no la compromete. Por ello, la búsqueda de la luz debe ser entendida como
un proceso dialéctico entre interioridad y exterioridad, entre contemplación y
acción, entre silencio ritual y palabra pública.
Desde la hermenéutica
simbólica, la luz no es unívoca. No toda luz ilumina; algunas enceguecen. La
tradición masónica ha insistido en la necesidad de discernimiento, pero este
discernimiento no siempre se ejerce con la radicalidad que exige el tiempo
presente. Oswald Wirth recordaba que los símbolos no enseñan por sí mismos;
requieren de una conciencia despierta que los interprete y los encarne. En este
contexto, afirmar que se sigue buscando la luz es reconocer también la
posibilidad del error, de la falsa claridad, de la ilusión de saber. Es admitir
que la ignorancia no desaparece con la iniciación, sino que adopta formas más
sutiles. La verdadera luz no confirma nuestras certezas; las pone en cuestión.
No nos instala en la seguridad; nos expone a la intemperie del pensamiento
crítico.
Esta intemperie se vuelve
particularmente significativa en el contexto latinoamericano, donde la
masonería ha sido históricamente atravesada por tensiones entre su vocación
emancipadora y su inserción en estructuras de poder. Jules Boucher advertía que
los símbolos pueden ser instrumentalizados cuando se desligan de su dimensión
ética. En América Latina, esta advertencia adquiere una resonancia particular:
la luz no puede ser un privilegio de élites ilustradas, sino una fuerza que
contribuya a la construcción de sociedades más justas. Seguir buscando la luz
implica, en este contexto, interrogar las complicidades, desmontar los
discursos complacientes y asumir una postura crítica frente a las propias
prácticas institucionales. La luz se convierte así en un criterio de juicio:
ilumina tanto el camino personal como las estructuras colectivas.
Desde una clave
existencial, la expresión “todavía sigo buscando la luz” puede
ser leída como una afirmación de la incompletud constitutiva del ser humano.
Jean-Paul Sartre sostuvo que el hombre está condenado a ser libre, es decir, a
construirse sin garantías. En el ámbito masónico, esta condena se traduce en la
imposibilidad de delegar el propio proceso iniciático. Nadie puede buscar la
luz por otro. La logia puede ofrecer herramientas, símbolos, acompañamiento;
pero el trabajo es intransferible. Reconocer que se sigue buscando la luz es, en
última instancia, asumir la responsabilidad radical de la propia formación. Es
renunciar a la comodidad de las certezas heredadas y aceptar el riesgo de
pensar por sí mismo.
En esta línea, la búsqueda
de la luz se revela como un proceso ético antes que intelectual. No se trata de
acumular conocimientos, sino de transformar la vida. W. L. Wilmshurst insistía
en que la masonería es un sistema de ética velado en alegorías y simbolizado
por imágenes. Si esto es así, entonces la luz no puede ser reducida a una categoría
cognitiva; es, ante todo, una exigencia de coherencia. Buscar la luz implica
confrontar las propias incoherencias, reconocer las zonas de sombra que
persisten en la conducta cotidiana, en las relaciones con los demás, en el
ejercicio del poder. Es un llamado permanente a la vigilancia interior, a la
rectificación, a la humildad.
La afirmación que da
título a este trabajo no es, por tanto, un signo de debilidad, sino de madurez
iniciática. Solo quien ha superado la ilusión de la iluminación definitiva
puede sostener la tensión de la búsqueda sin caer en la desesperación o en el
conformismo. En este sentido, la búsqueda de la luz se convierte en un camino
sin término, en una ascesis que no promete recompensas finales, pero que
dignifica el tránsito. No se trata de llegar a la luz, sino de caminar en su
dirección, de dejarse transformar por su exigencia, de permitir que ilumine no
solo lo que se quiere ver, sino también aquello que se preferiría ocultar.
Así entendida, la
masonería recupera su carácter de tradición viva. No es un refugio frente a la
incertidumbre, sino un espacio donde esta se asume con radicalidad. Seguir
buscando la luz es, en última instancia, mantenerse fiel al espíritu de la
iniciación: un proceso inacabado, exigente, que interpela constantemente la
relación entre el símbolo y la vida. La luz no es un patrimonio; es una tarea.
Y en esa tarea se juega no solo la autenticidad del masón, sino la relevancia
misma de la masonería en el mundo contemporáneo.
Seguir buscando la luz
implica asumir una ética de la incompletud. No se trata de instalarse en la
carencia, sino de reconocer que toda conquista interior es provisional y exige
ser verificada en la práctica. La primera tarea propositiva es, por tanto,
reinstaurar la vigilancia sobre sí mismo como disciplina cotidiana: examinar
las propias motivaciones, depurar las intenciones, confrontar las incoherencias
sin excusas. Sin este ejercicio, la luz se convierte en discurso vacío.
En segundo lugar, es
necesario reconfigurar la experiencia ritual como espacio de verdad y no de
simulación. El taller debe dejar de ser un escenario donde se representa la luz
para convertirse en un laboratorio donde se la busca efectivamente. Esto
implica rigor en la vivencia simbólica, profundidad en la reflexión y, sobre
todo, coherencia entre lo que se proclama y lo que se vive. El símbolo no puede
seguir siendo un ornamento; debe recuperar su carácter de instrumento
transformador.
En tercer lugar, la
búsqueda de la luz exige una proyección social concreta. No hay iniciación
auténtica que no tenga consecuencias en el mundo profano. La luz que no se
traduce en justicia, en compromiso con la dignidad humana y en transformación
de las estructuras que generan exclusión, es una luz estéril. El masón está
llamado a ser un agente de lucidez en su contexto histórico, no un espectador
ilustrado.
Finalmente, es
imprescindible cultivar una espiritualidad que no se reduzca a fórmulas ni a
repeticiones rituales. La referencia al Gran Arquitecto del Universo debe ser
vivida como un principio de exigencia interior, como una llamada permanente al
orden, al sentido y a la responsabilidad. Buscar la luz es, en última
instancia, dejarse juzgar por esa presencia, permitir que ilumine no solo
nuestras virtudes, sino también nuestras sombras más resistentes.
Decir “todavía sigo
buscando la luz” es aceptar que el camino no termina, que la obra está
siempre inacabada y que la fidelidad al ideal masónico se mide no por lo
alcanzado, sino por la honestidad con la que se continúa buscando. En esa
perseverancia se juega la autenticidad del iniciado y la vigencia de la
masonería como fuerza transformadora. Porque la luz, cuando es verdadera, no se
posee: se sirve.
Referencias bibliográficas
Boff, Leonardo. El cuidado esencial: ética de lo
humano, compasión por la Tierra. Madrid: Trotta, 2002.
Boucher, Jules. La simbólica masónica. Barcelona:
Ediciones Obelisco, 2007.
Guénon, René. Apercepciones sobre la iniciación.
Madrid: Ediciones Paidós, 2000.
Sartre, Jean-Paul. El ser y la nada. Buenos Aires:
Losada, 2006.
Wilmshurst, W. L. El significado de la masonería.
Barcelona: Editorial Kier, 1997.
Wirth, Oswald. El simbolismo hermético en sus
relaciones con la alquimia y la masonería. Barcelona: Editorial Humanitas,
2001.

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