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martes, 21 de abril de 2026

EL MASÓN ANESTESIADO

 

Placer constante para no enfrentar la propia verdad.

 No estamos ante una simple desviación ética ni ante una fragilidad individual aislada, sino frente a una estructura existencial que se ha normalizado en la vivencia contemporánea de lo iniciático. El placer, entendido no como goce profundo sino como estímulo reiterado, se convierte en un mecanismo de evitación: una economía psíquica que sustituye la confrontación por la satisfacción inmediata. El masón anestesiado no huye del dolor mediante el silencio o la ignorancia, sino mediante la saturación de experiencias agradables que le impiden detenerse ante sí mismo. Así, la logia, que debería ser espacio de ruptura interior, puede convertirse en un escenario más de gratificación simbólica: reconocimiento, pertenencia, estatus, estética ritual. Todo ello configura una superficie suficientemente estimulante como para evitar el descenso hacia la propia verdad.

Desde una lectura psicoanalítica y posmoderna, esta dinámica encuentra un eco preciso en la noción de goce desarrollada por Jacques Lacan, quien distingue entre el placer regulado y el goce que excede, que insiste más allá del principio de realidad. El sujeto contemporáneo no solo busca placer, sino que se aferra a una repetición compulsiva de estímulos que lo mantienen ocupado, distraído, saturado. El masón anestesiado no es ajeno a esta lógica; más bien, la incorpora dentro del espacio iniciático. Participa, asiste, se involucra, pero todo ello ocurre en un registro donde la experiencia no lo hiere, no lo transforma, no lo obliga a reconfigurarse. El rito, en lugar de abrir una grieta, se convierte en un circuito cerrado de satisfacción simbólica.

Esta lógica del placer constante ha sido analizada con agudeza por Byung-Chul Han, quien describe una sociedad que ha eliminado la negatividad en favor de una positividad excesiva (Han, 2010). En este contexto, el dolor, el conflicto y la contradicción son percibidos como fallas que deben ser corregidas, no como condiciones necesarias del crecimiento. El masón anestesiado internaliza esta lógica y la traslada a su proceso iniciático: evita todo aquello que lo incomoda, que lo confronta, que lo obliga a cuestionarse. Prefiere una masonería amable, estética, armónica, antes que una masonería exigente, incómoda, transformadora. Pero esta elección no es neutra: implica una renuncia a la verdad en favor de la estabilidad.

La tradición masónica, sin embargo, no ha sido concebida como un espacio de confort. Autores como Oswald Wirth insistieron en que el trabajo masónico es esencialmente un trabajo sobre uno mismo, una disciplina interior que exige rigor, honestidad y confrontación (Wirth, 1920). El símbolo no está diseñado para tranquilizar, sino para inquietar. La escuadra no adorna, corrige. El compás no embellece, delimita. La luz no consuela, revela. Cuando estos elementos son reinterpretados desde una lógica de placer, se produce una inversión de su sentido: lo que debía incomodar se vuelve decorativo; lo que debía transformar se vuelve entretenido.

En este punto, la crítica de Jean Baudrillard resulta particularmente pertinente. En la era del simulacro, los signos no solo sustituyen la realidad, sino que generan una hiperrealidad donde la distinción entre lo auténtico y lo representado se diluye (Baudrillard, 1981). El masón anestesiado habita esta hiperrealidad iniciática: vive una experiencia que parece profunda, que está cargada de símbolos, de palabras, de gestos, pero que carece de efecto real sobre su existencia. Se trata de una iniciación sin iniciación, de un tránsito sin transformación. El placer constante actúa aquí como un anestésico que impide percibir esta vaciedad.

Desde una perspectiva psicológica, esta dinámica puede ser entendida como una forma de evitación experiencial. El sujeto evita entrar en contacto con pensamientos, emociones o recuerdos que le resultan incómodos, y para ello recurre a actividades que le proporcionan alivio inmediato. En términos de Viktor Frankl, esta evitación está vinculada a un vacío existencial que el individuo intenta llenar mediante sustitutos (Frankl, 1946). El masón anestesiado no enfrenta su falta de sentido; la recubre con actividad ritual, con discurso simbólico, con pertenencia institucional. Pero estos elementos, por sí solos, no generan sentido si no están acompañados de una vivencia interior auténtica.

La cuestión se vuelve aún más compleja si se considera la dimensión ética de la iniciación. La referencia al Gran Arquitecto del Universo implica una exigencia de coherencia entre el orden simbólico y la vida concreta. No se trata de una creencia abstracta, sino de un principio operativo que interpela al sujeto en su totalidad. El masón anestesiado, al privilegiar el placer sobre la verdad, rompe esta coherencia. Vive en una disonancia que, aunque pueda ser tolerada durante un tiempo, termina erosionando la integridad del proceso iniciático. Como señalaría Slavoj Žižek, el problema no es la ignorancia, sino la capacidad de sostener una contradicción sin intentar resolverla (Žižek, 1989). El masón sabe, pero no actúa; reconoce, pero no transforma.

En clave iniciática, esta situación exige una ruptura. No una ruptura externa, institucional, sino una ruptura interior: un acto de lucidez que interrumpa la cadena de placer y permita el acceso a la verdad. Esta interrupción no es cómoda ni inmediata; implica renunciar a ciertas formas de gratificación, aceptar la incomodidad, exponerse al conflicto. Pero es precisamente en ese punto donde la iniciación recupera su sentido. La verdad no se ofrece como recompensa, sino como exigencia.

El masón anestesiado vive en una continuidad sin fisuras, en una experiencia que no lo obliga a detenerse ni a cuestionarse. Despertar implica introducir una discontinuidad, una pausa, un silencio en el que la pregunta pueda emerger: ¿qué estoy evitando? ¿Qué verdad no quiero ver? Estas preguntas no tienen respuestas rápidas ni definitivas, pero su sola formulación ya constituye un acto iniciático.

No hay transformación sin renuncia, ni luz sin sombra, ni verdad sin incomodidad. El placer constante, cuando se convierte en estrategia de evitación, no es un signo de bienestar, sino de fuga. Y la fuga, por más sofisticada que sea, no conduce a la libertad, sino a una forma sutil de esclavitud. El masón anestesiado no está dormido; está ocupado en no despertar. La iniciación, si es auténtica, no puede permitir esta ocupación indefinida. La interrumpe, la cuestiona, la desestabiliza.

La decisión, en última instancia, es personal e intransferible. Permanecer en el circuito del placer o asumir el riesgo de la verdad. Ningún rito puede tomar esa decisión por el sujeto. Ninguna palabra puede sustituir ese acto. La masonería ofrece el lenguaje, los símbolos, el método. Pero el despertar -o su negación- pertenece exclusivamente a quien se atreve, o no, a habitar su propia verdad.

 

 Referencias bibliográficas

 Baudrillard, J. (1981). Simulacros y simulación. París: Éditions Galilée.

Frankl, V. (1946). El hombre en busca de sentido. Viena: Beacon Press.

Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio. Berlín: Matthes & Seitz.

Lacan, J. (1966). Escritos. París: Éditions du Seuil.

Wirth, O. (1920). El simbolismo masónico. París: Librairie du Symbolisme.

Žižek, S. (1989). El sublime objeto de la ideología. Londres: Verso.


1 comentario:

  1. QH, excelente articulo, para crear sensibilidad y conciencia en le proceso de iniciación. Sin embargo sería importante pensar en un proceso que permita medir el avance significativo del iniciado. el proceso de formación debe ser con una pedagogía activa que fomente el fortalecimiento de las estructuras mentales y el aprendizaje significativo, con pensamiento critico, que permita la construcción de nuevo conocimiento en dicho proceso iniciático. Gracias por su grandes aportes.

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