Placer constante para no enfrentar la propia verdad.
Desde una lectura
psicoanalítica y posmoderna, esta dinámica encuentra un eco preciso en la
noción de goce desarrollada por Jacques Lacan, quien distingue entre el placer
regulado y el goce que excede, que insiste más allá del principio de realidad.
El sujeto contemporáneo no solo busca placer, sino que se aferra a una repetición
compulsiva de estímulos que lo mantienen ocupado, distraído, saturado. El masón
anestesiado no es ajeno a esta lógica; más bien, la incorpora dentro del
espacio iniciático. Participa, asiste, se involucra, pero todo ello ocurre en
un registro donde la experiencia no lo hiere, no lo transforma, no lo obliga a
reconfigurarse. El rito, en lugar de abrir una grieta, se convierte en un
circuito cerrado de satisfacción simbólica.
Esta lógica del placer
constante ha sido analizada con agudeza por Byung-Chul Han, quien describe una
sociedad que ha eliminado la negatividad en favor de una positividad excesiva
(Han, 2010). En este contexto, el dolor, el conflicto y la contradicción son
percibidos como fallas que deben ser corregidas, no como condiciones necesarias
del crecimiento. El masón anestesiado internaliza esta lógica y la traslada a
su proceso iniciático: evita todo aquello que lo incomoda, que lo confronta,
que lo obliga a cuestionarse. Prefiere una masonería amable, estética,
armónica, antes que una masonería exigente, incómoda, transformadora. Pero esta
elección no es neutra: implica una renuncia a la verdad en favor de la
estabilidad.
La tradición masónica, sin
embargo, no ha sido concebida como un espacio de confort. Autores como Oswald
Wirth insistieron en que el trabajo masónico es esencialmente un trabajo sobre
uno mismo, una disciplina interior que exige rigor, honestidad y confrontación
(Wirth, 1920). El símbolo no está diseñado para tranquilizar, sino para
inquietar. La escuadra no adorna, corrige. El compás no embellece, delimita. La
luz no consuela, revela. Cuando estos elementos son reinterpretados desde una
lógica de placer, se produce una inversión de su sentido: lo que debía
incomodar se vuelve decorativo; lo que debía transformar se vuelve entretenido.
En este punto, la crítica
de Jean Baudrillard resulta particularmente pertinente. En la era del
simulacro, los signos no solo sustituyen la realidad, sino que generan una
hiperrealidad donde la distinción entre lo auténtico y lo representado se
diluye (Baudrillard, 1981). El masón anestesiado habita esta hiperrealidad
iniciática: vive una experiencia que parece profunda, que está cargada de
símbolos, de palabras, de gestos, pero que carece de efecto real sobre su
existencia. Se trata de una iniciación sin iniciación, de un tránsito sin
transformación. El placer constante actúa aquí como un anestésico que impide
percibir esta vaciedad.
Desde una perspectiva
psicológica, esta dinámica puede ser entendida como una forma de evitación
experiencial. El sujeto evita entrar en contacto con pensamientos, emociones o
recuerdos que le resultan incómodos, y para ello recurre a actividades que le
proporcionan alivio inmediato. En términos de Viktor Frankl, esta evitación
está vinculada a un vacío existencial que el individuo intenta llenar mediante
sustitutos (Frankl, 1946). El masón anestesiado no enfrenta su falta de
sentido; la recubre con actividad ritual, con discurso simbólico, con
pertenencia institucional. Pero estos elementos, por sí solos, no generan
sentido si no están acompañados de una vivencia interior auténtica.
La cuestión se vuelve aún
más compleja si se considera la dimensión ética de la iniciación. La referencia
al Gran Arquitecto del Universo implica una exigencia de coherencia entre el orden
simbólico y la vida concreta. No se trata de una creencia abstracta, sino de un
principio operativo que interpela al sujeto en su totalidad. El masón
anestesiado, al privilegiar el placer sobre la verdad, rompe esta coherencia.
Vive en una disonancia que, aunque pueda ser tolerada durante un tiempo,
termina erosionando la integridad del proceso iniciático. Como señalaría Slavoj
Žižek, el problema no es la ignorancia, sino la capacidad de sostener una
contradicción sin intentar resolverla (Žižek, 1989). El masón sabe, pero no
actúa; reconoce, pero no transforma.
En clave iniciática, esta
situación exige una ruptura. No una ruptura externa, institucional, sino una
ruptura interior: un acto de lucidez que interrumpa la cadena de placer y
permita el acceso a la verdad. Esta interrupción no es cómoda ni inmediata;
implica renunciar a ciertas formas de gratificación, aceptar la incomodidad,
exponerse al conflicto. Pero es precisamente en ese punto donde la iniciación
recupera su sentido. La verdad no se ofrece como recompensa, sino como
exigencia.
El masón anestesiado vive
en una continuidad sin fisuras, en una experiencia que no lo obliga a detenerse
ni a cuestionarse. Despertar implica introducir una discontinuidad, una pausa,
un silencio en el que la pregunta pueda emerger: ¿qué estoy evitando? ¿Qué
verdad no quiero ver? Estas preguntas no tienen respuestas rápidas ni
definitivas, pero su sola formulación ya constituye un acto iniciático.
No hay transformación sin
renuncia, ni luz sin sombra, ni verdad sin incomodidad. El placer constante,
cuando se convierte en estrategia de evitación, no es un signo de bienestar,
sino de fuga. Y la fuga, por más sofisticada que sea, no conduce a la libertad,
sino a una forma sutil de esclavitud. El masón anestesiado no está dormido;
está ocupado en no despertar. La iniciación, si es auténtica, no puede permitir
esta ocupación indefinida. La interrumpe, la cuestiona, la desestabiliza.
La decisión, en última
instancia, es personal e intransferible. Permanecer en el circuito del placer o
asumir el riesgo de la verdad. Ningún rito puede tomar esa decisión por el
sujeto. Ninguna palabra puede sustituir ese acto. La masonería ofrece el
lenguaje, los símbolos, el método. Pero el despertar -o su negación- pertenece
exclusivamente a quien se atreve, o no, a habitar su propia verdad.
Frankl, V. (1946). El hombre en busca de sentido.
Viena: Beacon Press.
Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio.
Berlín: Matthes & Seitz.
Lacan, J. (1966). Escritos. París: Éditions du
Seuil.
Wirth, O. (1920). El simbolismo masónico. París:
Librairie du Symbolisme.
Žižek, S. (1989). El sublime objeto de la
ideología. Londres: Verso.

QH, excelente articulo, para crear sensibilidad y conciencia en le proceso de iniciación. Sin embargo sería importante pensar en un proceso que permita medir el avance significativo del iniciado. el proceso de formación debe ser con una pedagogía activa que fomente el fortalecimiento de las estructuras mentales y el aprendizaje significativo, con pensamiento critico, que permita la construcción de nuevo conocimiento en dicho proceso iniciático. Gracias por su grandes aportes.
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