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miércoles, 7 de enero de 2026

¿QUÉ SON LOS MASONES? Visión desde fuera de la logia y desde el interior del templo

 

Cuando se pronuncia la palabra masón, la imaginación colectiva parece encenderse con una fuerza que pocas instituciones generan; desde fuera de la logia, el masón es un personaje envuelto en un halo de misterio, reservado, tal vez influyente, quizá poderoso, acaso peligroso según ciertos discursos, pero, ¿qué son, realmente, los masones? ¿Qué se proyecta hacia afuera y qué se vive hacia adentro? Hoy pretendo explorar esa doble mirada, entrelazando la percepción externa con la realidad iniciática, para comprender cómo dos mundos se superponen sin coincidir plenamente.

La visión desde fuera de la logia ha sido moldeada por siglos de silencios prudentes, persecuciones históricas, especulaciones políticas, relatos religiosos y una fascinación cultural por lo oculto. En esa mirada externa, los masones se convierten en símbolos de lo incomprensible. Oswald Wirth advertía que “todo lo que se ve sin comprenderse, se carga de sospechas, y cuanto más noble es un símbolo, más peligrosas son sus interpretaciones profanas” (Wirth, El Libro del Aprendiz). La masonería, al trabajar con símbolos de alto contenido espiritual, no ha escapado a ese destino: la falta de comprensión externa se ha llenado con fantasías internas de la sociedad.

Así, desde la calle hacia el templo, la figura del masón aparece revestida de atributos imaginarios: conspirador, erudito, líder de élites, custodio de secretos milenarios. En algunos contextos, incluso se le atribuye la capacidad de orientar el devenir político o económico del mundo, como si la Orden fuera una sinfonía silenciosa tocada desde las sombras. Jules Boucher señala que “la imaginación profana proyecta en el masón aquello que teme o aquello que anhela” (Boucher, La simbólica masónica). Lo cierto es que esta proyección dice más del imaginario social que de la esencia iniciática.

Pero ¿qué encontramos cuando cruzamos la puerta del templo? ¿Qué revela la mirada desde dentro?

La vida masónica, observada sin mitos ni velos externos, es un camino profundamente humano, espiritual y ético. René Guénon insistía en que la masonería “no es un poder mundano, sino una disciplina interior que orienta al hombre hacia la percepción de lo esencial” (Guénon, Apercepciones sobre la Masonería). La realidad masónica está muy lejos de las conspiraciones y mucho más cerca de la meditación, del silencio, de la fraternidad y del trabajo íntimo sobre la propia alma.

Los masones no somos –ni pretendemos ser– dueños de verdades absolutas; somos buscadores, somos peregrinos en un sendero simbólico que nos confronta, nos pule y nos renueva. En la práctica, esto significa aceptar que el mito exterior del poder se disuelve frente a la humildad interior del trabajo con la piedra bruta. Como recuerda Wilmshurst, “la masonería es un método para que cada hombre se descubra a sí mismo como un templo en construcción” (Wilmshurst, El significado de la masonería). Esa verdad, tan sencilla y a la vez tan profunda, es desconocida por quienes solo observan desde fuera.

Desde afuera se mira al masón como miembro de una organización con influencias ocultas; desde adentro, el masón descubre que la única influencia que realmente importa es la que ejerce sobre su propio corazón. Desde afuera se sospecha de secretos inconfesables; desde adentro, se aprende que el secreto masónico es simplemente la experiencia personal de transformación, imposible de describir, pero evidente en la vida del iniciado. Desde afuera se juzga la hermeticidad; desde adentro, se comprende que el silencio es un pedagogo que nos enseña a escuchar al mundo y a escucharnos a nosotros mismos.

Aquí surge una cuestión esencial: la imagen pública del masón es, paradójicamente, una responsabilidad ética del propio masón. Si la sociedad nos imagina hombres de rectitud, debemos demostrarlo; si nos cree defensores de la justicia, debemos encarnarla; si nos ve como símbolos de sabiduría, debemos buscarla con honestidad. Wirth lo expresó con una claridad contundente al afirmar que “la dignidad del mandil se honra con obras, no con apariencias” (Wirth, El Libro del Compañero).

Este desafío ético invita a que el masón viva de tal modo que, aun sin revelar los misterios iniciáticos, revele la esencia de la Orden mediante su conducta, porque, la sociedad puede no entender los símbolos, pero sí comprende la bondad, la coherencia, la templanza y la fraternidad. Así, la verdadera respuesta a la pregunta “¿qué son los masones?” no se da en discursos públicos ni en debates filosóficos, sino en el testimonio vivo del comportamiento de cada hermano.

Sin embargo, conviene reconocer que el mundo contemporáneo -hiperconectado, ansioso por explicaciones rápidas y sediento de transparencia total- se encuentra especialmente predispuesto a desconfiar de aquello que no puede ver del todo. Esta cultura del escrutinio constante alimenta aún más los imaginarios que rodean al masón. Pero quizá justamente por ello, la existencia de hombres comprometidos con la reflexión, la sobriedad, la ética y el cultivo del espíritu se vuelve más necesaria que nunca. En un mundo saturado de ruido, el silencio iniciático del masón es un acto de resistencia espiritual; en una sociedad que teme lo simbólico, el masón recuerda que la verdad más profunda rara vez se expresa en palabras directas; en una época dominada por la superficialidad, la masonería ofrece un espacio donde aún es posible trabajar sobre el ser.

Así se entrelaza la visión de fuera con la verdad de dentro: el mundo observa al masón con curiosidad, sospecha o admiración; el masón trabaja para convertirse en una luz humilde, constante y discreta, y, esa dialéctica entre rumor y realidad, entre mito y método, entre apariencia y profundidad, constituye una de las riquezas más singulares de la Orden.

¿Y qué son, entonces, los masones? Desde fuera, una incógnita, desde dentro, una esperanza; desde fuera, un conjunto de símbolos imposibles de descifrar, desde dentro, un camino para descifrarse a sí mismo; desde fuera, una tradición envuelta en sombras. Desde dentro, una fraternidad que busca la luz.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Boucher, Jules. La simbólica masónica. París: Dervy, 1948.

Guénon, René. Apercepciones sobre la masonería y el compañerismo. París: Éditions Traditionnelles, 1946.

Wirth, Oswald. El libro del Aprendiz. Buenos Aires: Kier, 2004.

Wirth, Oswald. El libro del Compañero. Buenos Aires: Kier, 2005.

Wilmshurst, W. L. El significado de la masonería. Barcelona: Obelisco, 1990.


domingo, 4 de enero de 2026

INFILTRACIÓN DE INTERESES PERSONALES, ECONÓMICOS O IDEOLÓGICOS EN LA FRATERNIDAD MASÓNICA

 

La Masonería, desde sus orígenes operativos y su posterior configuración especulativa, se ha concebido a sí misma como una escuela iniciática de perfeccionamiento moral, intelectual y espiritual del ser humano. Este horizonte fundacional no puede comprenderse al margen de su vocación universalista, ni de su pretensión de formar conciencias libres, críticas y éticamente responsables, capaces de resistir las múltiples formas de alienación propias de cada época histórica. En tal sentido, la Masonería no surge como una estructura de poder alternativo ni como un proyecto ideológico encubierto, sino como un método simbólico de formación del ser humano integral, donde la transformación interior precede y fundamenta cualquier incidencia exterior en la vida social y política.

En América Latina, esta vocación iniciática se vio tempranamente tensionada por contextos de colonización, luchas de independencia, construcción de los Estados Nacionales y persistentes desigualdades estructurales. Numerosos masones latinoamericanos -desde próceres independentistas hasta pensadores contemporáneos- comprendieron la Orden como un espacio de resistencia ética frente al dogmatismo, el autoritarismo y la injusticia. Sin embargo, estos mismos contextos históricos abrieron la puerta a una ambigüedad permanente: la posibilidad de que la Masonería fuese leída no como escuela del espíritu, sino como instrumento de promoción personal, plataforma política o red de influencia económica. Este riesgo, lejos de ser anecdótico, constituye uno de los desafíos más serios para la autenticidad masónica en el presente. Su finalidad esencial no ha sido nunca el poder, la riqueza ni la conquista de hegemonías ideológicas, sino la edificación del hombre interior y, por irradiación ética, la mejora progresiva de la sociedad. Sin embargo, como toda institución humana que se desarrolla en contextos históricos concretos y está conformada por sujetos atravesados por tensiones sociales, políticas y económicas, la Masonería no ha sido inmune al riesgo de desviación de sus fines. Uno de los fenómenos más delicados y persistentes en su historia es la infiltración de intereses personales, económicos o ideológicos que, de manera explícita o encubierta, erosionan el sentido profundo de la fraternidad masónica.

Desde una perspectiva iniciática, la logia no es un espacio neutro ni un simple lugar de sociabilidad. Para el masón latinoamericano, esta afirmación adquiere un peso particular, pues la logia ha sido históricamente uno de los pocos ámbitos donde fue posible ejercer la libertad de conciencia en contextos marcados por autoritarismos políticos, clericalismos y exclusiones sociales. El chileno Luis Alberto Sánchez, masón y humanista, afirmaba que “la Logia es escuela de libertad interior antes que tribuna de reivindicación exterior” (Sánchez, Humanismo y Masonería). Cuando esta conciencia se debilita, el espacio iniciático se vuelve vulnerable a la instrumentalización personal o ideológica. Es un templo simbólico donde el trabajo ritual tiene por objeto la transformación del sujeto. Como recuerda Oswald Wirth, “la Masonería no promete ventajas exteriores; su obra es interior y su recompensa es de orden espiritual” (Wirth, El libro del Aprendiz). Cuando la pertenencia a la Orden es instrumentalizada como plataforma de ascenso social, red de favores, espacio de negocios o trinchera ideológica, se produce una inversión de medios y fines: el templo deja de ser taller de perfeccionamiento para convertirse en escenario de intereses profanos.

La infiltración de intereses personales suele manifestarse en la búsqueda de reconocimiento, prestigio o poder simbólico dentro de la estructura masónica. En América Latina, donde el capital simbólico suele suplir la falta de capital institucional, esta tentación se intensifica. El masón mexicano José María Mateos advertía ya en el siglo XIX que “la vanidad es el primer enemigo del iniciado, porque lo convence de que ha llegado cuando apenas ha comenzado” (Mateos, Discursos masónicos). El deseo legítimo de progresar iniciáticamente se transforma, en estos casos, en ambición de cargos, títulos y honores. René Guénon advertía con severidad que “toda organización tradicional degenera cuando el interés individual suplanta al principio espiritual que le da sentido” (Guénon, Apreciaciones sobre la Masonería y el Compañerismo). Esta degeneración no siempre es ruidosa; a menudo se presenta bajo formas sutiles: ritualismos vacíos, disputas administrativas, clericalización de la jerarquía masónica o sacralización del cargo antes que del trabajo interior.

En el plano económico, la infiltración se expresa cuando la fraternidad es utilizada como red de contactos para negocios, contratos o beneficios materiales. El pensador y masón brasileño José Castellani subrayó que “toda confusión entre fraternidad y utilitarismo destruye la ética iniciática y convierte al hermano en socio” (Castellani, Masonería: ética y sociedad). Si bien la Masonería no exige la negación del mundo ni la pobreza voluntaria, sí reclama una ética rigurosa que impida la confusión entre el vínculo iniciático y el intercambio utilitarista. Jules Boucher fue explícito al afirmar que “la Logia no es una bolsa de comercio ni una sociedad de ayuda mutua; quien entra buscando ventajas materiales no ha comprendido nada del Arte Real” (Boucher, La simbología masónica). Cuando el interés económico se normaliza, la confianza fraterna se degrada y el silencio iniciático es sustituido por la sospecha.

Más compleja aún es la infiltración ideológica, especialmente en contextos de alta polarización política, cultural o religiosa, fenómeno recurrente en la historia latinoamericana. El masón argentino Emilio Corbière señalaba que “la Masonería no puede ser neutral frente a la injusticia, pero tampoco puede convertirse en aparato doctrinario” (Corbière, Masonería y política en América Latina). Históricamente, la Masonería ha defendido principios como la libertad de conciencia, la tolerancia y la laicidad del método iniciático, sin que ello implique adhesión obligatoria a una ideología determinada. No obstante, estos principios no equivalen a la imposición de una ideología determinada. W.L. Wilmshurst advertía que “la Masonería no existe para propagar doctrinas políticas ni programas sociales, sino para formar hombres capaces de pensar y obrar con rectitud” (Wilmshurst, El significado de la Masonería). Cuando la logia se convierte en caja de resonancia de agendas partidistas o doctrinas cerradas, se rompe el equilibrio simbólico del taller y se traiciona la universalidad de la Orden.

Desde una lectura sociopolítica, la infiltración de intereses responde también a las transformaciones del mundo contemporáneo. La lógica neoliberal, la cultura del éxito rápido y la instrumentalización de las instituciones atraviesan incluso los espacios iniciáticos. En América Latina, este fenómeno se ve agravado por contextos de desigualdad estructural, fragilidad institucional y crisis de sentido. Autores latinoamericanos han señalado que la Masonería corre el riesgo de reproducir las mismas prácticas clientelares y caudillistas que dice combatir si no desarrolla una autocrítica profunda y constante (cf. Ferrer Benimeli, Masonería, Iglesia y política).

En el plano espiritual, la infiltración de intereses constituye una forma de profanación del símbolo. El rito, despojado de su densidad transformadora, se reduce a una formalidad; la palabra sagrada se banaliza; el silencio iniciático pierde su función pedagógica. Guénon hablaba, en este sentido, de la “pérdida del espíritu tradicional, fenómeno que se manifiesta cuando los símbolos dejan de ser vividos y se convierten en ornamentos culturales. La Masonería, entonces, corre el riesgo de convertirse en una asociación filantrópica más, respetable, pero espiritualmente inofensiva.

No obstante, reconocer este problema no implica negar la validez ni la vigencia de la Masonería. Por el contrario, la denuncia de la infiltración de intereses es un acto de fidelidad a la tradición iniciática. La Orden posee en su propio método los antídotos necesarios: el trabajo ritual constante, la educación simbólica, la selección rigurosa de los candidatos, la práctica de la humildad y la centralidad del silencio. Como señalaba Oswald Wirth, “la reforma de la Masonería comienza siempre por la reforma del masón” (Wirth, El libro del Compañero).

En conclusión, la infiltración de intereses personales, económicos o ideológicos en la fraternidad masónica no es un fenómeno accidental ni externo, sino una posibilidad permanente inherente a toda institución humana que actúa en el mundo histórico. En el caso de la Masonería, esta posibilidad adquiere una gravedad particular, pues afecta directamente su núcleo iniciático y desfigura su razón de ser. Allí donde el interés sustituye al trabajo interior, la ambición reemplaza a la humildad y la ideología suplanta al símbolo, la Logia corre el riesgo de convertirse en una estructura vacía de espíritu, aunque conserve intactas sus formas externas.

Autores masones latinoamericanos han advertido reiteradamente sobre este peligro. El chileno Juan José Oyarzún sostuvo que “la Masonería deja de ser iniciática cuando el masón olvida que su primera responsabilidad no es con la sociedad profana, sino con su propia transformación moral” (Oyarzún, Masonería y conciencia crítica). En una línea similar, el colombiano Fabio Gómez Quintero subrayó que “la corrupción del ideal masónico comienza cuando se normaliza el uso de la Logia como trampolín de prestigio o poder” (Gómez Quintero, Ética y Masonería). Estas advertencias no buscan deslegitimar la presencia social del masón, sino recordar que toda proyección exterior carece de sentido si no brota de una auténtica obra interior.

Desde una perspectiva regional, la Masonería latinoamericana enfrenta el desafío adicional de no reproducir las lógicas de clientelismo, caudillismo y polarización ideológica que han marcado históricamente a nuestras sociedades. El masón venezolano y latinoamericanista Manuel Caballero insistía en que la Orden debía ser “conciencia crítica de la nación y no reflejo acrítico de sus vicios estructurales” (Caballero, Masonería y modernidad en América Latina). Cuando la Logia se alinea acríticamente con proyectos de poder, pierde su capacidad de ser espacio de síntesis, diálogo y trascendencia.

Frente a este escenario, la respuesta masónica no puede ser la negación ingenua del problema ni el repliegue defensivo, sino una profundización consciente de su método tradicional. Ello implica recuperar la centralidad del símbolo, la seriedad del trabajo ritual, la exigencia ética en la selección y formación de los miembros, y una pedagogía iniciática que privilegie el silencio, la escucha y la autocrítica. Como afirmaba el masón argentino Ángel Jorge Clavero, “la Masonería se salva a sí misma cada vez que un masón elige ser discípulo del símbolo y no administrador del poder” (Clavero, Iniciación y compromiso masónico).

Solo desde esta fidelidad al espíritu iniciático la Masonería podrá resistir la infiltración de intereses y seguir siendo, en el contexto latinoamericano y global, una escuela de libertad interior, un taller de humanización y un espacio de construcción ética al servicio del ser humano y no de sus ambiciones. La vigilancia constante no es, pues, un acto de sospecha permanente hacia el otro, sino una disciplina interior que recuerda al masón que el enemigo más peligroso de la Orden no suele venir de fuera, sino que se gesta cuando el ego profano se sienta, sin ser invitado, en las columnas del templo. Su gravedad radica en que atenta directamente contra la esencia iniciática de la Orden. Frente a este riesgo, la Masonería está llamada a ejercer una vigilancia ética y espiritual permanente, recordando que su verdadera obra no se mide en influencia social ni en poder externo, sino en la calidad moral y espiritual de los hombres y mujeres que trabajan en el templo. Solo una Masonería fiel a su vocación interior podrá seguir siendo, en palabras de Wilmshurst, “un camino de regeneración del ser y no un instrumento más del mundo profano” (Wilmshurst, El significado de la Masonería).

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Boucher, Jules. La simbólica masónica. Buenos Aires: Kier, 2004.

Caballero, Manuel. Masonería y modernidad en América Latina. Caracas: Alfa, 1992.

Castellani, José. Masonería: ética y sociedad. São Paulo: Madras, 2008.

Clavero, Ángel Jorge. Iniciación y compromiso masónico. Buenos Aires: Editorial Masónica Argentina, 2010.

Corbière, Emilio J. Masonería y política en América Latina. Buenos Aires: Sudamericana, 2004.

Ferrer Benimeli, José Antonio. Masonería, Iglesia y política. Madrid: Fundación Universitaria Española, 1998.

Gómez Quintero, Fabio. Ética y Masonería. Bogotá: Ediciones Masónicas Colombianas, 2012.

Guénon, René. Apreciaciones sobre la Masonería y el Compañerazgo. Barcelona: Obelisco, 2001.

Mateos, José María. Discursos masónicos. Ciudad de México: Gran Logia Valle de México, 1985.

Oyarzún, Juan José. Masonería y conciencia crítica. Santiago de Chile: Ediciones del Taller, 2006.

Sánchez, Luis Alberto. Humanismo y Masonería. Lima: Fondo Editorial Universitario, 1974.

Wilmshurst, Walter Leslie. El significado de la Masonería. Barcelona: Obelisco, 2005.

Wirth, Oswald. El libro del Aprendiz. Buenos Aires: Kier, 2004.

Wirth, Oswald. El libro del Compañero. Buenos Aires: Kier, 2005.

viernes, 2 de enero de 2026

FRATERNIDAD PROCLAMADA Y FRATERNIDAD TRAICIONADA: EXAMEN CRÍTICO DE LA CONCIENCIA MASÓNICA CONTEMPORÁNEA

 


 

La fraternidad ocupa un lugar axial en el manifiesto moral de la Masonería, No es un valor secundario ni un mero enunciado retórico del discurso ritual, sino un principio constitutivo del proyecto iniciático: sin fraternidad no hay logia, sin fraternidad el símbolo se vacía, sin fraternidad la iniciación degenera en formalismo. Bajo la invocación del Gran Arquitecto Del Universo, la Masonería proclama la igualdad esencial de los hombres y mujeres como vocación universal de la humanidad reconciliada; sin embargo, esta proclamación, reiterada con solemnidad en los rituales, se ve frecuentemente desmentida por la práctica cotidiana de los talleres, allí emerge una fractura inquietante entre el ideal afirmado y la realidad vivida.

La fraternidad ideal pertenece al orden del símbolo normativo. René Guénon recordaba que el símbolo no describe lo que es, sino lo que debe ser: “el símbolo es una invitación permanente a la rectificación del ser” (Guénon, 2004, p. 112). Desde esta perspectiva, la fraternidad no puede reducirse a un sentimiento de camaradería ni a una cortesía institucional, sino que constituye una exigencia ontológica: el reconocimiento del otro como igual en dignidad y como compañero de destino iniciático. Oswald Wirth lo formuló sin ambigüedad cuando afirmó que “la Masonería no une a los hombres por intereses ni por opiniones, sino por su común aspiración hacia lo eterno” (Wirth, 1993, p. 56). Toda fraternidad que se funda en afinidades ideológicas, conveniencias administrativas o alianzas circunstanciales traiciona este principio.

No obstante, la realidad de muchas logias revela una fraternidad condicionada, selectiva y frágil. La igualdad proclamada bajo la bóveda celeste se diluye cuando intervienen el grado, el cargo, la antigüedad o la cercanía al poder simbólico. La fraternidad se invoca, pero no siempre se ejerce; se declama, pero no se encarna. Jules Boucher advertía que la fraternidad es una categoría espiritual y no una emoción pasajera (Boucher, 1988, p. 214), y precisamente por ello resulta incómoda: exige coherencia, renuncia al ego y una ética del cuidado que no todos están dispuestos a asumir.

Desde una perspectiva filosófica clásica, la fraternidad masónica se vincula con la philia aristotélica en su forma más elevada: la amistad por virtud, una forma de buscar el bien de los demás, promoviendo la cooperación y la buena convivencia. Aristóteles distinguía con claridad entre las relaciones fundadas en el placer, la utilidad y el bien moral (Aristóteles, 2007, p. 142). La fraternidad iniciática solo puede sostenerse en esta última, pues no busca lo que el otro me ofrece, sino lo que el otro es. Sin embargo, cuando la fraternidad se instrumentaliza -para ascender, para influir, para excluir- se degrada al nivel de la utilidad y pierde su carácter iniciático. En ese punto, la logia deja de ser taller de perfeccionamiento para convertirse en escenario de disputas profanas.

W. L. Wilmshurst fue particularmente severo al afirmar que la logia es un espejo del alma (Wilmshurst, 1993, p. 92). Allí no solo se revelan las virtudes, sino también las sombras. El conflicto fraterno no es un accidente externo, sino la manifestación de una lucha interior no resuelta. La fraternidad se quiebra cuando el trabajo simbólico no se traduce en transformación ética, cuando la piedra bruta permanece intacta bajo un barniz ritual; en este sentido, la crisis de la fraternidad no es institucional, sino espiritual.

Erich Fromm sostuvo que el amor fraternal es la forma más madura del amor humano porque no busca poseer ni dominar, sino unir en libertad (Fromm, 1994, p. 42). Esta afirmación interpela directamente a la Masonería contemporánea: ¿Qué tipo de vínculos estamos construyendo en nombre de la fraternidad? ¿Relaciones de libertad responsable o de control sutil? ¿Espacios de crecimiento mutuo o estructuras de poder encubierto? Cuando la fraternidad se subordina al ego, deja de ser camino de liberación y se convierte en una ficción ritual.

La incomodidad del otro es parte constitutiva de la experiencia fraterna. Jean-Paul Sartre lo expresó con crudeza al afirmar que “el infierno son los otros” (Sartre, 1996, p. 311). Leída superficialmente, esta frase parece negar la fraternidad; leída en profundidad, la sitúa en su verdadero terreno: el de la dificultad. El hermano, en su diferencia, me confronta, me desinstala, me obliga a trabajar mis límites. Allí donde se huye del conflicto en nombre de una falsa armonía, la fraternidad se vacía de contenido; sin fricción no hay pulido y sin alteridad no hay iniciación.

Paul Ricoeur comprendió el mito como una narración que abre posibilidades de sentido y acción (Ricoeur, 2001, p. 74). La fraternidad ideal es ese mito orientador que juzga permanentemente la práctica. No está para ser contemplado, sino para ser contrastado con la realidad. Cuando la distancia entre ambos se normaliza, la logia entra en un proceso de erosión ética. La fraternidad proclamada sin autocrítica se convierte en ideología; la fraternidad vivida sin ideal se reduce a rutina administrativa.

Leonardo Boff introduce una dimensión ineludible al afirmar que la fraternidad no es solo emoción, sino compromiso histórico: “ser hermanos significa comprometernos con el pan de cada día de todos” (Boff, 2000, p. 65). Este llamado confronta a una Masonería que, en ocasiones, se refugia en el simbolismo interno y olvida su responsabilidad social. No hay fraternidad auténtica mientras se tolere la exclusión, la indiferencia o la injusticia, dentro o fuera de la logia. El manifiesto moral masónico pierde credibilidad cuando la fraternidad no se traduce en prácticas concretas de solidaridad y justicia.

La confrontación entre la fraternidad ideal y la fraternidad real no es un problema a resolver, sino una tensión a habitar conscientemente. Allí se define la autenticidad del masón. El ideal sin práctica es una ilusión retórica; la práctica sin ideal es una administración sin alma. Solo quien se deja interpelar por esta contradicción comienza verdaderamente el trabajo iniciático. La fraternidad no se hereda con el grado ni se garantiza con el ritual: se construye cada día, en el silencio, en la renuncia al ego, en la fidelidad al otro.

A manera de conclusión podemos decir que la fraternidad masónica es una exigencia radical, no una consigna cómoda. Es el criterio último que juzga la verdad del camino iniciático, ya que la fraternidad ideal nos acusa y la fraternidad real nos desnuda; entre ambas se juega la honestidad del masón y la credibilidad de la logia. Allí donde la fraternidad se vive con coherencia, el símbolo se vuelve carne y la Masonería cumple su vocación humanizadora. Allí donde se la traiciona, el templo permanece en pie, pero el espíritu se ausenta.

La pregunta no es si proclamamos la fraternidad, sino si estamos dispuestos a pagar el precio de vivirla.

 

Referencias bibliográficas

Aristóteles. (2007). Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos.

Boff, L. (2000). El Padre Nuestro. La oración de la liberación integral. Santander: Sal Terrae.

Boucher, J. (1988). La simbólica masónica. Barcelona: Obelisco.

Fromm, E. (1994). El arte de amar. Barcelona: Paidós.

Guénon, R. (2004). Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Barcelona: Paidós.

Ricoeur, P. (2001). Finitud y culpabilidad. Madrid: Trotta.

Sartre, J.-P. (1996). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.

Wilmshurst, W. L. (1993). El significado de la Masonería. Buenos Aires: Kier.

Wirth, O. (1993). El libro del aprendiz. Buenos Aires: Kier.


sábado, 27 de diciembre de 2025

SAN JUAN EVANGELISTA, HORIZONTE DEL CAMINO MASÓNICO

 

San Juan Evangelista ha sido reconocido por la tradición masónica como patrono no por razones devocionales ni por una continuidad confesional acrítica, sino por la profunda afinidad simbólica, epistemológica e iniciática que su pensamiento representa respecto a los principios estructurales de la Masonería; Su figura es asumida como arquetipo del conocimiento interior, de la conciencia iluminada y de la fidelidad a la verdad más allá de las apariencias. En este sentido, la Masonería no se vincula a San Juan Evangelista como a un santo, sino como a un símbolo vivo de un modo de comprender el mundo, al ser humano y su proceso de perfeccionamiento.

Desde los primeros versículos de su evangelio se establece una clave que resulta central para la comprensión masónica de la realidad: “En el principio era el logos, y el logos estaba con Dios, y el logos era Dios” (Jn 1,1). Esta afirmación no debe ser leída exclusivamente en clave teológica confesional, sino como expresión de un principio universal de orden, sentido y racionalidad. El logos joánico coincide plenamente con la noción masónica del Gran Arquitecto Del Universo entendido como principio ordenador del cosmos, fundamento de la armonía, la proporción y la inteligibilidad del mundo. Para la Masonería, como para San Juan Evangelista, la realidad no es absurda ni caótica: es una obra estructurada que puede ser leída, interpretada y construida conscientemente.

El Evangelio de San Juan no narra simplemente hechos históricos; propone una arquitectura del sentido. Cuando afirma que “todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” (Jn 1,3), introduce una visión constructiva del universo que resuena profundamente con la simbología masónica del trabajo, la edificación y la responsabilidad humana. El masón, como obrero simbólico, participa de esta lógica del logos al trabajar sobre la piedra bruta de su propia naturaleza, ordenando el caos interior para contribuir a la armonía del templo universal.

La categoría de la luz constituye otro eje de convergencia fundamental. San Juan Evangelista afirma con claridad: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5). En clave masónica, esta luz no es información ni acumulación de saberes, sino despertar de la conciencia, clarificación del ser y transformación interior. El masón no recibe la luz como un objeto externo, sino que la reconoce progresivamente en la medida en que se dispone interiormente para ella. De ahí que San Juan Evangelista afirme también: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12), expresión que, leída simbólicamente, remite al seguimiento de un principio de vida consciente y no a la adhesión a una figura histórica concreta.

La afinidad entre San Juan Evangelista y la Masonería se hace aún más evidente en la comprensión joánica del conocimiento. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32) no es una consigna moral, sino una afirmación iniciática: el conocimiento auténtico libera porque transforma al sujeto. La Masonería comparte esta convicción al proponer un proceso de formación que no busca producir obediencia, sino libertad responsable. El masón trabaja para conocerse, y al conocerse se libera de la ignorancia, del fanatismo y de la servidumbre interior.

En el plano ético y antropológico, San Juan Evangelista aporta una comprensión del amor que trasciende toda moral superficial. “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios” (1 Jn 4,16). Este amor no es emoción pasajera ni norma impuesta, sino principio constitutivo del ser. La Masonería, al proclamar la fraternidad universal, encuentra en esta visión joánica un fundamento profundo: la fraternidad no se decreta, se vive como reconocimiento del otro como piedra viva del mismo templo, por ello, cuando San Juan afirma: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros” (Jn 13,35), puede leerse masónicamente como un llamado a una ética de la coherencia, donde la calidad del vínculo humano revela el grado de trabajo interior realizado.

San Juan Evangelista encarna también el arquetipo del iniciado maduro, del discípulo que permanece fiel incluso en el silencio y la oscuridad. Es el único que, según la tradición, permanece al pie de la cruz, no por heroísmo exterior, sino por comprensión profunda del sentido del proceso. Esta fidelidad silenciosa resuena con la ética masónica del trabajo constante y discreto, alejado de la ostentación. El masón joánico comprende que la verdadera obra no siempre es visible y que la transformación más profunda ocurre en el ámbito de la conciencia.

Incluso el lenguaje simbólico del apocalipsis, tradicionalmente atribuido a San Juan, adquiere una resonancia masónica cuando se lee en clave iniciática. “Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, preparada como una esposa” (Ap 21,2). No se trata del anuncio de una catástrofe, sino de la revelación de una humanidad transfigurada, de una ciudad interior construida con medida, proporción y justicia. Las constantes referencias a la medida, al templo y a la piedra refuerzan la afinidad con una institución que concibe la evolución humana como una obra de construcción progresiva y consciente.

Reconocer a San Juan Evangelista como patrono de la Masonería implica, por tanto, asumir criterios concretos de vida masónica. En primer lugar, la búsqueda permanente de la verdad como proceso interior, recordando que “el que practica la verdad viene a la luz” (Jn 3,21). En segundo lugar, la primacía de la conciencia sobre la norma, actuando desde la coherencia interior y no desde el temor o la conveniencia. En tercer lugar, la vivencia de la fraternidad como experiencia ontológica, sabiendo que “el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20), afirmación que, leída simbólicamente, interpela directamente a la autenticidad del compromiso masónico.

A ello se suma la centralidad del trabajo interior sobre la visibilidad externa, asumiendo que la luz no se exhibe, sino que se irradia naturalmente cuando ha sido verdaderamente integrada. Asimismo, la comprensión simbólica de la realidad se convierte en un criterio esencial, pues permite leer la propia vida como un texto iniciático en permanente revelación. Finalmente, el compromiso con la humanidad se impone como consecuencia ética de la luz recibida, ya que “vosotros sois la luz del mundo” (Jn 8,12), leído en clave simbólica universal, no implica privilegio, sino responsabilidad.

San Juan Evangelista, como patrono de la Masonería, no señala un objeto de veneración, sino un horizonte de sentido. Su legado invita al masón a convertirse en constructor consciente del templo interior y social, guardián de una Luz que no impone ni divide, sino que ilumina, libera y humaniza. En tiempos marcados por la superficialidad y la fragmentación, la voz joánica recuerda a la Masonería su vocación más profunda: ser escuela de conciencia, fraternidad y verdad vivida.

AUTOR: Villar Peñalver, Andy.  SAN JUAN EVANGELISTA, HORIZONTE DEL CAMINO MASÓNICO" en https://andyvillar.blogspot.com/2025/12/san-juan-evangelista-horizonte-del.html Blog: "SER APRENDIZ MASÓN" Año: 2025


miércoles, 24 de diciembre de 2025

CUANDO LA LUZ DECIDE NACER: MASONERÍA Y NAVIDAD COMO LENGUAJES INICIÁTICOS DE UNA MISMA REVELACIÓN

 



La navidad, despojada de su progresiva banalización cultural y de su reducción a evento sentimental o mercantil, puede ser leída como un símbolo iniciático mayor, portador de una estructura de sentido que trasciende lo confesional y se inscribe en una tradición universal de regeneración espiritual. Desde esta clave, la relación entre Masonería y Navidad no se explica por simple coexistencia histórica, sino por una coincidencia profunda de arquetipos, de pedagogías del despertar y de comprensiones del proceso humano de iluminación.

El nacimiento celebrado en navidad acontece simbólicamente en el momento de mayor densidad de la noche. No es un dato accesorio: el solsticio de invierno, asumido por múltiples culturas mistéricas, señala el punto en que la oscuridad alcanza su máxima expresión antes de comenzar su retirada. Mircea Eliade advierte que “el simbolismo del renacimiento cósmico expresa siempre la esperanza de una regeneración total del mundo y del ser humano” (Lo sagrado y lo profano). Esta lógica no es ajena a la Masonería, cuyo itinerario iniciático comienza precisamente en la oscuridad, en la privación de la luz, como condición necesaria para que su advenimiento tenga sentido.

La luz, tanto en la navidad como en la experiencia masónica, no irrumpe como imposición externa ni como triunfo inmediato. Nace frágil, silenciosa, vulnerable. Byung-Chul Han, desde una lectura contemporánea, señala que “la verdadera luz no enceguece ni domina; ilumina permitiendo que las cosas sean” (La sociedad de la transparencia). Esta afirmación dialoga profundamente con la pedagogía masónica, que no pretende producir adeptos ni repetir dogmas, sino formar conciencias capaces de sostener la ambigüedad, el trabajo lento y la responsabilidad ética de la claridad alcanzada.

El Niño que nace en la tradición navideña no representa el poder consolidado, sino la posibilidad; en términos iniciáticos, simboliza el estado germinal de la conciencia despierta, aquello que aún debe ser protegido, educado y cultivado. De manera análoga, el aprendiz masón no es portador de una verdad acabada, sino custodio de una promesa, como afirma Raimon Panikkar, “nacer espiritualmente no es adquirir algo nuevo, sino permitir que emerja lo que estaba oculto” (La experiencia filosófica de la India). La iniciación, entonces, no añade, sino revela.

Una coincidencia particularmente significativa entre Masonería y navidad se encuentra en la elección del lugar del nacimiento: la luz no surge en el centro del poder, sino en la periferia; no en el palacio, sino en el margen; esta lógica antihegemónica posee una profunda resonancia masónica. Zygmunt Bauman recuerda que “toda ética auténtica nace como resistencia frente a la indiferencia organizada” (Ética posmoderna). La Masonería liberal y adogmática, fiel a su vocación histórica, ha comprendido que la luz iniciática no legitima el orden injusto, sino que lo cuestiona desde una fraternidad crítica y activa.

La navidad, leída desde esta perspectiva, interpela al masón contemporáneo con una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Qué tipo de luz estamos encarnando en un mundo saturado de información, pero carente de sentido? Edgar Morin advierte que “el problema central de nuestro tiempo no es la falta de conocimiento, sino la incapacidad de integrar el conocimiento en una ética de la comprensión” (Los siete saberes necesarios para la educación del futuro). La luz masónica, como la luz navideña, pierde su verdad si no se traduce en praxis humanizante, en compromiso con la dignidad humana y en responsabilidad social.

Existe, además, una convergencia esencial en la comprensión del tiempo; la navidad no es solo una fecha que se repite, es un tiempo cualitativo, una irrupción que reordena el sentido de la historia. Paul Ricoeur afirma que “el acontecimiento simbólico reconfigura el tiempo al abrirlo a la esperanza” (Tiempo y narración). Del mismo modo, el tiempo masónico no es cronológico sino iniciático: cada retorno ritual es una nueva oportunidad de nacer, de corregir, de profundizar. No se avanza por acumulación, sino por interiorización.

Así, la relación entre Masonería y navidad se revela como una correspondencia de lenguajes que apuntan a una misma verdad antropológica: el ser humano no está terminado, está llamado a nacer continuamente. La luz no es un estado definitivo, sino un proceso exigente, siempre amenazado por la comodidad, el olvido y la inercia. Celebrar la navidad desde la conciencia masónica no es reproducir un rito cultural, sino aceptar una responsabilidad: cuidar la luz naciente, en uno mismo y en el mundo, aun cuando la noche parezca interminable.

En este sentido, la navidad no es ajena al templo, ni la Masonería indiferente al misterio del nacimiento; ambas nos recuerdan, desde registros distintos pero convergentes, que la verdadera iniciación comienza cuando la luz deja de ser un concepto y decide, finalmente, nacer en la vida concreta del iniciado.

A modo de conclusión, y no como simple cierre retórico, es necesario afirmar que la coincidencia simbólica entre Masonería y navidad solo alcanza su verdad cuando se traduce en una opción existencial consciente. De lo contrario, ambas corren el riesgo de convertirse en lenguajes vaciados de fuerza transformadora: la navidad reducida a ornamento cultural, y la Masonería degradada a ritualismo sin interioridad.

Vivir los valores navideños desde la experiencia masónica implica asumir que la luz no es un bien heredado ni un título adquirido, sino una tarea permanente. El masón que se reconoce iniciado no puede limitarse a celebrar el nacimiento simbólico de la Luz si no se compromete, día tras día, a protegerla de la trivialización, del ego inflado y de la indiferencia moral. La fragilidad del Niño, centro del misterio navideño, recuerda al iniciado que toda verdadera luz comienza siendo vulnerable y que solo sobrevive cuando es cuidada mediante el silencio, la disciplina interior y la coherencia ética.


Este compromiso es radicalmente subjetivo. Nadie puede nacer por otro, nadie puede ser iniciado en lugar de otro. La vivencia navideña, leída desde la conciencia masónica, exige un trabajo interior honesto, capaz de reconocer las propias sombras sin autoengaño y de aceptar que la noche no desaparece por decreto ritual, sino por el esfuerzo paciente de integración y superación. En este sentido, vivir la navidad masónicamente es aceptar que el templo no se edifica primero en el mundo, sino en la intimidad de la conciencia, allí donde se decide si la luz recibida será custodiada o traicionada.

Pero este camino interior no conduce al aislamiento, al contrario, compromete al masón con una forma concreta de estar en el mundo. Los valores navideños —fraternidad, humildad, hospitalidad, esperanza— no pueden permanecer en el plano del ideal abstracto; están llamados a encarnarse en la vida logial, en la relación con los QQHHy QQHnas, en la manera de ejercer la palabra, el poder, la autoridad y el desacuerdo. Una logia que no hace espacio al nacimiento permanente de la luz corre el riesgo de convertirse en estructura sin alma, en templo sin presencia.

Así, vivir la navidad en clave masónica supone optar por una ética de la presencia consciente: estar disponibles para el otro, resistir la dureza del cinismo, sostener la esperanza incluso cuando el contexto histórico parece negarla; significa comprender que cada tenida es, en el fondo, una nueva oportunidad de nacimiento, y que cada acto fraterno es un pesebre simbólico donde la luz puede volver a surgir.

En definitiva, la navidad interpela al masón no como espectador de un misterio ajeno, sino como custodio activo de una luz que pide ser encarnada. Allí donde un masón decide vivir con mayor coherencia, mayor compasión y mayor responsabilidad, la navidad deja de ser una fecha y se convierte en un modo de existir. Solo entonces la coincidencia entre Masonería y navidad deja de ser simbólica para volverse verdaderamente iniciática.

AUTOR: Villar Peñalver, Andy.  " CUANDO LA LUZ DECIDE NACER: MASONERÍA Y NAVIDAD COMO LENGUAJES INICIÁTICOS DE UNA MISMA REVELACIÓN" en https://andyvillar.blogspot.com/2025/12/cuando-la-luz-decide-nacer-masoneria-y.html Blog: "SER APRENDIZ MASÓN" Año: 2025

 Referencias bibliográficas

Bauman, Z. (1993). Ética posmoderna. Siglo XXI.

Eliade, M. (1998). Lo sagrado y lo profano. Paidós.

Han, B.-C. (2013). La sociedad de la transparencia. Herder.

Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO.

Panikkar, R. (1997). La experiencia filosófica de la India. Trotta.

Ricoeur, P. (2004). Tiempo y narración. Siglo XXI.

lunes, 15 de diciembre de 2025

LOS ENEMIGOS DE LA MASONERÍA: Un combate a la luz de la Libertad, La Igualdad y la Fraternidad

 


La Masonería, en su milenaria aspiración de tallar al ser humano hacia estados superiores de conciencia, virtud y lucidez, se enfrenta no solo a desafíos externos, sino a fuerzas internas que amenazan silenciosamente la coherencia espiritual del Taller. Entre esos peligros, tres se elevan como enemigos naturales de la Orden: la hipocresía, la ignorancia y la ambición desordenada. No se trata de adversarios abstractos ni lejanos; por el contrario, son sombras que pueden infiltrarse en la conciencia del iniciado, debilitando la autenticidad de su trabajo y comprometiendo el equilibrio de las logias.

Estos tres elementos se consideran enemigos porque corrompen directamente los tres pilares sagrados sobre los que se sostiene la Masonería. La hipocresía ataca la libertad al socavar la coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace; la ignorancia erosiona la igualdad al impedir que los hermanos se reconozcan desde una base común de conocimiento y dignidad; y la ambición desordenada destruye la fraternidad al anteponer los intereses personales por encima del bien común y del servicio al otro.

Oswald Wirth advertía que “la Masonería solo puede florecer donde hay transparencia de intención” (El libro del Aprendiz), y René Guénon recordaba que “toda iniciación supone una conquista interior contra las fuerzas que oscurecen el ser” (Apercepciones sobre la Masonería). Estas reflexiones iluminan por qué la Orden identifica estos comportamientos no como simples defectos morales, sino como obstáculos estructurales al camino iniciático.

Reconocerlos como enemigos permite al masón no solo denunciarlos, sino combatirlos, es decir, transformarlos por medio del trabajo interior, la disciplina ritual y el ejercicio constante de las virtudes. La presente plancha desarrolla, de manera profunda y crítica, cómo cada una de estas sombras afecta uno de los pilares fundamentales de la Orden, mostrando sus manifestaciones, sus efectos y las vías para transmutarlas. Así, el lector -sea iniciado experimentado o simplemente alguien curioso que se aproxima por primera vez a la reflexión masónica- podrá comprender por qué estas tres realidades amenazan el corazón mismo del arte real y por qué urge enfrentarlas con valentía, sabiduría y fraternidad.

1. La hipocresía: el enemigo que corroe la libertad: La Masonería siempre ha considerado que la libertad interior es el punto de partida de todo crecimiento iniciático; no se trata de la libertad exterior, política o social, sino de aquella que permite al ser humano ser auténtico, veraz y fiel a su propio ideal de perfección. Por eso, la hipocresía es un enemigo tan peligroso: no ataca la conducta externa del masón, sino su fundamento espiritual.

La hipocresía convierte la vida iniciática en una escenografía vacía. En palabras de Oswald Wirth, “nada es más funesto que aparentar lo que no se es, pues la iniciación exige una transparencia absoluta del alma” (El Libro del Aprendiz). Quien vive pendiente del juicio ajeno no es libre; quien ajusta su comportamiento para agradar más que para ser verdadero, pierde la capacidad de transformarse. El hipócrita no progresa porque no se permite ver su propia oscuridad.

W.L. Wilmshurst expresa esta idea con claridad admirable: “La iniciación no se otorga; se conquista mediante la sinceridad y la ruptura del yo ficticio” (El Significado de La Masonería). La hipocresía es justamente la victoria de ese yo ficticio. Al masón hipócrita no le interesa el trabajo interior, sino el reconocimiento exterior. Busca cargos, grados o prestigio, pero jamás se pregunta si la luz que proclama también brilla dentro de él.

René Guénon agrega una dimensión todavía más profunda: “La autenticidad es condición indispensable del esoterismo; nada puede edificarse sobre la falsedad interior” (Apercepciones sobre la Masonería y el Compañerismo). Sin autenticidad, la Libertad deja de ser virtud y se vuelve apariencia. El masón hipócrita no solo se traiciona a sí mismo; también traiciona a la logia, porque convierte la comunión fraterna en un teatro de sobreactuaciones.

Combatir este enemigo implica valentía moral: reconocer los propios errores, hablar con transparencia, dejar caer las máscaras, aceptar la corrección fraterna y trabajar para que la vida exterior corresponda al ideal interior. Solo quien es veraz consigo mismo puede ser realmente libre; solo quien camina sin disfraces puede caminar hacia la luz.

2. La ignorancia: el enemigo que niebla la igualdad: La ignorancia, en la perspectiva masónica, no es falta de instrucción académica: es ausencia de claridad interior, resistencia a aprender, incapacidad para cuestionarse y tendencia al dogmatismo. La Masonería nace como una escuela de la Luz; por eso, la ignorancia es una sombra que amenaza con apagar la llama del conocimiento.

Jules Boucher afirma que “la piedra bruta simboliza la ignorancia que el masón debe trabajar con perseverancia, pues solo el conocimiento abre las puertas de la verdadera libertad interior” (La Simbología Masónica). Pero este conocimiento no es acumulación de datos; es discernimiento, profundidad, capacidad de comprender el sentido espiritual de los símbolos.

Cuando la ignorancia permanece, la igualdad se desvanece. La Masonería enseña que todos los hermanos son iguales, no porque posean los mismos saberes, sino porque comparten el mismo derecho -y el mismo deber- de aprender unos de otros. Oswald Wirth lo expresa así: “La instrucción masónica no eleva a unos sobre otros; eleva a todos hacia un mismo ideal” (El Libro del Compañero). La ignorancia rompe esta igualdad cuando se convierte en arrogancia intelectual, desprecio por el estudio, superficialidad ritual o desinterés por la verdad.

Sociológicamente, una logia ignorante genera círculos de poder basados en la desinformación. Aparecen rumores, prejuicios, lecturas literales del ritual, malinterpretaciones simbólicas y decisiones desacertadas que afectan a todo el taller. Guénon advierte: “El desconocimiento de los principios conduce inevitablemente al extravío de la tradición (Apercepciones sobre la Masonería y el Compañerismo). Cuando la ignorancia se establece, la logia pierde su identidad iniciática y se convierte en un simple club social.

La igualdad florece cuando la luz del conocimiento circula libremente. Combatir la ignorancia exige estudio constante, lectura profunda, discusiones filosóficas, formación simbólica y apertura mental. El masón que estudia ilumina no solo su propio sendero, sino también el de sus hermanos. Allí donde la luz se comparte, la igualdad renace.

3. La ambición desordenada: el enemigo que destruye la fraternidad: La ambición, cuando es rectamente orientada, puede ser motor de crecimiento personal, el problema surge cuando se vuelve desordenada: cuando se transforma en deseo de poder, búsqueda de honores o necesidad de dominar a los demás. Esta ambición destruye la fraternidad porque introduce rivalidades, celos, competencias estériles y pugnas internas que enferman a la logia.

Wilmshurst advierte que “quien busca ascender sin transformarse interiormente no comprende el sentido de los grados” (El Significado de La Masonería). La ambición desordenada convierte los grados en escalones de vanidad y no en etapas de regeneración interior. Cuando esto ocurre, el masón deja de mirar hacia la luz y comienza a mirar hacia el pedestal.

Oswald Wirth señala que “la verdadera Fraternidad exige renunciar a todo espíritu de superioridad” (El Libro del Maestro). El hermano que ansía dominar no es fraterno, pues instrumentaliza a los demás para satisfacer su ego. La Fraternidad se funda en la igualdad de dignidad, no en la desigualdad del orgullo.

Desde el punto de vista de la tradición, Guénon es contundente: “Todo ascenso iniciático es interior; ningún título puede suplir la ausencia de trabajo espiritual” (Apercepciones sobre la Masonería y el Compañerismo). Cuando la ambición desordenada se instala, las logias se fragmentan, los grupos se enfrentan, las columnas se debilitan y el egregor colectivo se contamina.

La Fraternidad se nutre del servicio, la humildad y la generosidad. Combatir esta sombra implica valorar más el trabajo silencioso que el reconocimiento exterior, dar prioridad al bien común sobre las pretensiones personales, y cultivar la empatía como virtud fundamental. La logia crece cuando sus miembros desean el progreso ajeno tanto como el propio.

Conclusión: tres sombras y tres caminos de restauración: La hipocresía, la ignorancia y la ambición desordenada no son enemigos externos: nacen en el interior del ser humano y la única forma de vencerlos es activar en nosotros las tres fuerzas luminosas que la Masonería eleva como columnas eternas: la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. La hipocresía se combate mediante una libertad que obliga a la sinceridad, al despojo del ego y al cultivo de la verdad interior. La ignorancia se supera mediante una igualdad que abraza el aprendizaje, la humildad intelectual y la transmisión generosa del conocimiento. La ambición desordenada se transforma mediante una fraternidad que privilegia el servicio, la cooperación, el crecimiento mutuo y la armonía del templo.

Caminos para fortalecer la vida masónica en las logias: Practicar diálogos sinceros sin temor al juicio, promover círculos de formación continuada en simbología y filosofía, incorporar rituales de reconocimiento al servicio silencioso, rotar responsabilidades para impedir el arraigo del ego y cultivar espacios de silencio contemplativo que devuelvan al masón a su centro espiritual. Estas prácticas no solo restauran el equilibrio, sino que reavivan la llama del ideal iniciático. Quien combate con valentía estas tres sombras descubre que la Masonería no es un lugar para aparentar, sino para transformarse; no es un escenario, sino un taller; no es un refugio del ego, sino un laboratorio del alma. Allí donde la libertad, la igualdad y la fraternidad se viven con autenticidad, la Orden renace en cada hermano y cada hermano renace en la Orden.

 AUTOR: Villar Peñalver, Andy.  "LOS ENEMIGOS DE LA MASONERÍA: UN COMBATE A LA LUZ DE LA LIBERTAD, LA IGUALDAD Y LA FRATERNIDAD " en https://andyvillar.blogspot.com/2025/12/los-enemigos-de-la-masoneria-un-combate.html Blog: "SER APRENDIZ MASÓN" Año: 2025

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Boucher, Jules. La Symbolique Maçonnique. París: Dervy, 1948.

Guénon, René. Apercepciones sobre la Masonería y el Compañonazgo. París: Éditions Traditionnelles, 1946.

Wilmshurst, W.L. The Meaning of Masonry. Londres: Rider & Co., 1922.

Wirth, Oswald. El Libro del Aprendiz. Buenos Aires: Kier, 2004.

Wirth, Oswald. El Libro del Compañero. Buenos Aires: Kier, 2004.

Wirth, Oswald. El Libro del Maestro. Buenos Aires: Kier, 2005.




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