La Masonería, desde sus orígenes operativos y su
posterior configuración especulativa, se ha concebido a sí misma como una
escuela iniciática de perfeccionamiento moral, intelectual y espiritual del ser
humano. Este horizonte fundacional no puede comprenderse al margen de su
vocación universalista, ni de su pretensión de formar conciencias libres,
críticas y éticamente responsables, capaces de resistir las múltiples formas de
alienación propias de cada época histórica. En tal sentido, la Masonería no
surge como una estructura de poder alternativo ni como un proyecto ideológico
encubierto, sino como un método simbólico de formación del ser humano integral,
donde la transformación interior precede y fundamenta cualquier incidencia
exterior en la vida social y política.
En América Latina, esta vocación iniciática se vio
tempranamente tensionada por contextos de colonización, luchas de
independencia, construcción de los Estados Nacionales y persistentes
desigualdades estructurales. Numerosos masones latinoamericanos -desde próceres
independentistas hasta pensadores contemporáneos- comprendieron la Orden como
un espacio de resistencia ética frente al dogmatismo, el autoritarismo y la
injusticia. Sin embargo, estos mismos contextos históricos abrieron la puerta a
una ambigüedad permanente: la posibilidad de que la Masonería fuese leída no
como escuela del espíritu, sino como instrumento de promoción personal,
plataforma política o red de influencia económica. Este riesgo, lejos de ser
anecdótico, constituye uno de los desafíos más serios para la autenticidad
masónica en el presente. Su finalidad esencial no ha sido nunca el poder, la
riqueza ni la conquista de hegemonías ideológicas, sino la edificación del
hombre interior y, por irradiación ética, la mejora progresiva de la sociedad.
Sin embargo, como toda institución humana que se desarrolla en contextos
históricos concretos y está conformada por sujetos atravesados por tensiones
sociales, políticas y económicas, la Masonería no ha sido inmune al riesgo de
desviación de sus fines. Uno de los fenómenos más delicados y persistentes en
su historia es la infiltración de intereses personales, económicos o ideológicos
que, de manera explícita o encubierta, erosionan el sentido profundo de la
fraternidad masónica.
Desde una perspectiva iniciática, la logia no es
un espacio neutro ni un simple lugar de sociabilidad. Para el masón
latinoamericano, esta afirmación adquiere un peso particular, pues la logia ha
sido históricamente uno de los pocos ámbitos donde fue posible ejercer la
libertad de conciencia en contextos marcados por autoritarismos políticos,
clericalismos y exclusiones sociales. El chileno Luis Alberto Sánchez, masón y
humanista, afirmaba que “la Logia es escuela de libertad interior antes que
tribuna de reivindicación exterior” (Sánchez, Humanismo y Masonería).
Cuando esta conciencia se debilita, el espacio iniciático se vuelve vulnerable
a la instrumentalización personal o ideológica. Es un templo simbólico donde el
trabajo ritual tiene por objeto la transformación del sujeto. Como recuerda
Oswald Wirth, “la Masonería no promete ventajas exteriores; su obra es
interior y su recompensa es de orden espiritual” (Wirth, El libro del
Aprendiz). Cuando la pertenencia a la Orden es instrumentalizada como
plataforma de ascenso social, red de favores, espacio de negocios o trinchera
ideológica, se produce una inversión de medios y fines: el templo deja de ser
taller de perfeccionamiento para convertirse en escenario de intereses
profanos.
La infiltración de intereses personales suele
manifestarse en la búsqueda de reconocimiento, prestigio o poder simbólico
dentro de la estructura masónica. En América Latina, donde el capital simbólico
suele suplir la falta de capital institucional, esta tentación se intensifica.
El masón mexicano José María Mateos advertía ya en el siglo XIX que “la
vanidad es el primer enemigo del iniciado, porque lo convence de que ha llegado
cuando apenas ha comenzado” (Mateos, Discursos masónicos). El deseo
legítimo de progresar iniciáticamente se transforma, en estos casos, en
ambición de cargos, títulos y honores. René Guénon advertía con severidad que “toda
organización tradicional degenera cuando el interés individual suplanta al
principio espiritual que le da sentido” (Guénon, Apreciaciones sobre la
Masonería y el Compañerismo). Esta degeneración no siempre es ruidosa; a menudo
se presenta bajo formas sutiles: ritualismos vacíos, disputas administrativas,
clericalización de la jerarquía masónica o sacralización del cargo antes que
del trabajo interior.
En el plano económico, la infiltración se expresa
cuando la fraternidad es utilizada como red de contactos para negocios,
contratos o beneficios materiales. El pensador y masón brasileño José
Castellani subrayó que “toda confusión entre fraternidad y utilitarismo
destruye la ética iniciática y convierte al hermano en socio” (Castellani,
Masonería: ética y sociedad). Si bien la Masonería no exige la negación del
mundo ni la pobreza voluntaria, sí reclama una ética rigurosa que impida la
confusión entre el vínculo iniciático y el intercambio utilitarista. Jules
Boucher fue explícito al afirmar que “la Logia no es una bolsa de comercio
ni una sociedad de ayuda mutua; quien entra buscando ventajas materiales no ha
comprendido nada del Arte Real” (Boucher, La simbología masónica). Cuando
el interés económico se normaliza, la confianza fraterna se degrada y el
silencio iniciático es sustituido por la sospecha.
Más compleja aún es la infiltración ideológica,
especialmente en contextos de alta polarización política, cultural o religiosa,
fenómeno recurrente en la historia latinoamericana. El masón argentino Emilio
Corbière señalaba que “la Masonería no puede ser neutral frente a la
injusticia, pero tampoco puede convertirse en aparato doctrinario”
(Corbière, Masonería y política en América Latina). Históricamente, la
Masonería ha defendido principios como la libertad de conciencia, la tolerancia
y la laicidad del método iniciático, sin que ello implique adhesión obligatoria
a una ideología determinada. No obstante, estos principios no equivalen a la imposición
de una ideología determinada. W.L. Wilmshurst advertía que “la Masonería no
existe para propagar doctrinas políticas ni programas sociales, sino para
formar hombres capaces de pensar y obrar con rectitud” (Wilmshurst, El significado
de la Masonería). Cuando la logia se convierte en caja de resonancia de agendas
partidistas o doctrinas cerradas, se rompe el equilibrio simbólico del taller y
se traiciona la universalidad de la Orden.
Desde una lectura sociopolítica, la infiltración
de intereses responde también a las transformaciones del mundo contemporáneo.
La lógica neoliberal, la cultura del éxito rápido y la instrumentalización de
las instituciones atraviesan incluso los espacios iniciáticos. En América
Latina, este fenómeno se ve agravado por contextos de desigualdad estructural,
fragilidad institucional y crisis de sentido. Autores latinoamericanos han
señalado que la Masonería corre el riesgo de reproducir las mismas prácticas
clientelares y caudillistas que dice combatir si no desarrolla una autocrítica
profunda y constante (cf. Ferrer Benimeli, Masonería, Iglesia y política).
En el plano espiritual, la infiltración de
intereses constituye una forma de profanación del símbolo. El rito, despojado
de su densidad transformadora, se reduce a una formalidad; la palabra sagrada
se banaliza; el silencio iniciático pierde su función pedagógica. Guénon
hablaba, en este sentido, de la “pérdida del espíritu tradicional”,
fenómeno que se manifiesta cuando los símbolos dejan de ser vividos y se
convierten en ornamentos culturales. La Masonería, entonces, corre el riesgo de
convertirse en una asociación filantrópica más, respetable, pero espiritualmente
inofensiva.
No obstante, reconocer este problema no implica
negar la validez ni la vigencia de la Masonería. Por el contrario, la denuncia
de la infiltración de intereses es un acto de fidelidad a la tradición
iniciática. La Orden posee en su propio método los antídotos necesarios: el
trabajo ritual constante, la educación simbólica, la selección rigurosa de los
candidatos, la práctica de la humildad y la centralidad del silencio. Como
señalaba Oswald Wirth, “la reforma de la Masonería comienza siempre por la
reforma del masón” (Wirth, El libro del Compañero).
En conclusión, la infiltración de intereses
personales, económicos o ideológicos en la fraternidad masónica no es un
fenómeno accidental ni externo, sino una posibilidad permanente inherente a
toda institución humana que actúa en el mundo histórico. En el caso de la
Masonería, esta posibilidad adquiere una gravedad particular, pues afecta
directamente su núcleo iniciático y desfigura su razón de ser. Allí donde el
interés sustituye al trabajo interior, la ambición reemplaza a la humildad y la
ideología suplanta al símbolo, la Logia corre el riesgo de convertirse en una
estructura vacía de espíritu, aunque conserve intactas sus formas externas.
Autores masones latinoamericanos han advertido
reiteradamente sobre este peligro. El chileno Juan José Oyarzún sostuvo que “la
Masonería deja de ser iniciática cuando el masón olvida que su primera
responsabilidad no es con la sociedad profana, sino con su propia transformación
moral” (Oyarzún, Masonería y conciencia crítica). En una línea similar, el
colombiano Fabio Gómez Quintero subrayó que “la corrupción del ideal
masónico comienza cuando se normaliza el uso de la Logia como trampolín de
prestigio o poder” (Gómez Quintero, Ética y Masonería). Estas advertencias
no buscan deslegitimar la presencia social del masón, sino recordar que toda
proyección exterior carece de sentido si no brota de una auténtica obra
interior.
Desde una perspectiva regional, la Masonería
latinoamericana enfrenta el desafío adicional de no reproducir las lógicas de
clientelismo, caudillismo y polarización ideológica que han marcado
históricamente a nuestras sociedades. El masón venezolano y latinoamericanista
Manuel Caballero insistía en que la Orden debía ser “conciencia crítica de
la nación y no reflejo acrítico de sus vicios estructurales” (Caballero,
Masonería y modernidad en América Latina). Cuando la Logia se alinea
acríticamente con proyectos de poder, pierde su capacidad de ser espacio de
síntesis, diálogo y trascendencia.
Frente a este escenario, la respuesta masónica no
puede ser la negación ingenua del problema ni el repliegue defensivo, sino una
profundización consciente de su método tradicional. Ello implica recuperar la
centralidad del símbolo, la seriedad del trabajo ritual, la exigencia ética en
la selección y formación de los miembros, y una pedagogía iniciática que
privilegie el silencio, la escucha y la autocrítica. Como afirmaba el masón
argentino Ángel Jorge Clavero, “la Masonería se salva a sí misma cada vez
que un masón elige ser discípulo del símbolo y no administrador del poder”
(Clavero, Iniciación y compromiso masónico).
Solo desde esta fidelidad al espíritu iniciático
la Masonería podrá resistir la infiltración de intereses y seguir siendo, en el
contexto latinoamericano y global, una escuela de libertad interior, un taller
de humanización y un espacio de construcción ética al servicio del ser humano y
no de sus ambiciones. La vigilancia constante no es, pues, un acto de sospecha permanente
hacia el otro, sino una disciplina interior que recuerda al masón que el
enemigo más peligroso de la Orden no suele venir de fuera, sino que se gesta
cuando el ego profano se sienta, sin ser invitado, en las columnas del templo.
Su gravedad radica en que atenta directamente contra la esencia iniciática de
la Orden. Frente a este riesgo, la Masonería está llamada a ejercer una
vigilancia ética y espiritual permanente, recordando que su verdadera obra no
se mide en influencia social ni en poder externo, sino en la calidad moral y
espiritual de los hombres y mujeres que trabajan en el templo. Solo una
Masonería fiel a su vocación interior podrá seguir siendo, en palabras de
Wilmshurst, “un camino de regeneración del ser y no un instrumento más del
mundo profano” (Wilmshurst, El significado de la Masonería).
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
Boucher,
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Caballero,
Manuel. Masonería y modernidad en América Latina. Caracas: Alfa, 1992.
Castellani,
José. Masonería: ética y sociedad. São Paulo: Madras, 2008.
Clavero,
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Corbière,
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2004.
Ferrer
Benimeli, José Antonio. Masonería, Iglesia y política. Madrid: Fundación
Universitaria Española, 1998.
Gómez
Quintero, Fabio. Ética y Masonería. Bogotá: Ediciones Masónicas Colombianas,
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Guénon,
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Oyarzún,
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Luis Alberto. Humanismo y Masonería. Lima: Fondo Editorial Universitario, 1974.
Wilmshurst,
Walter Leslie. El significado de la Masonería. Barcelona: Obelisco, 2005.
Wirth,
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Wirth,
Oswald. El libro del Compañero. Buenos Aires: Kier, 2005.