cuando el viaje reemplaza el trabajo interior
Hay deformaciones
institucionales que no irrumpen con estruendo, sino que se instalan con
cortesía. Llegan vestidas de entusiasmo, de fraternidad visible, de agendas
nutridas y de aparente dinamismo. Nadie las nombra como problema porque
producen fotografías agradables, discursos optimistas y sensación de
movimiento. Sin embargo, no todo lo que se mueve avanza, ni todo lo que convoca
edifica, ni todo lo que brilla ilumina. En ciertos sectores de la masonería
contemporánea se ha vuelto frecuente confundir vitalidad con itinerancia,
compromiso con asistencia a eventos y crecimiento con presencia en circuitos
nacionales e internacionales. Se viaja de encuentro en encuentro mientras permanecen
intactos viejos defectos personales, conflictos logiales no resueltos, pobreza
doctrinal, vaciamiento ritual y debilidad en la obra concreta. El cuerpo cruza
fronteras; la conciencia continúa detenida.
La cuestión merece una
reflexión severa porque toca el corazón mismo de la vocación iniciática. La
masonería no fue concebida para administrar agendas, sino para despertar
hombres y mujeres capaces de gobernarse a sí mismos y servir con lucidez al
mundo. Su grandeza histórica no surgió de congresos permanentes, sino de la
formación del carácter, del cultivo del pensamiento libre, de la disciplina
simbólica y de la fraternidad operante. Cuando esos ejes son sustituidos por la
ansiedad del próximo evento, la Orden puede conservar su apariencia externa y perder,
silenciosamente, su centro de gravedad espiritual. Este Post no discute el
valor del encuentro entre hermanos ni la riqueza cultural del viaje; interroga
algo más profundo: el momento en que el desplazamiento deja de ser medio y se
convierte en refugio, ornamento o simulacro de progreso.
Toda tradición iniciática
conoce el símbolo del camino. Marchar, peregrinar, ascender, atravesar pruebas,
cruzar umbrales: tales imágenes expresan el proceso humano de transformación.
Pero la cultura contemporánea ha trivializado el viaje hasta convertirlo en
mercancía emocional. Hoy se vende la ilusión de que cambiar de escenario
equivale a cambiar de vida. Esa lógica penetra también los espacios masónicos.
Algunos hermanos terminan creyendo que la acumulación de visitas, credenciales,
invitaciones y fotografías constituye una prueba de madurez. Sin advertirlo,
reemplazan el arduo trabajo sobre sí mismos por la circulación constante. Así,
lo que en la tradición era metáfora del progreso interior se reduce a desplazamiento
físico. Se confunde la ruta con la meta.
La paradoja es antigua: el
ser humano suele preferir lo visible a lo verdadero. Resulta más sencillo
asistir a una ceremonia solemne que revisar los propios resentimientos; más
cómodo recibir aplausos que corregir hábitos; más agradable saludar dignatarios
que reconciliarse con un hermano distante; más estimulante planear el próximo
viaje que perseverar en la monotonía fecunda del estudio y la disciplina. El
ego ama los escenarios donde puede exhibirse. El espíritu, en cambio, madura
muchas veces en espacios discretos donde nadie observa. Por eso tantas
instituciones corren el riesgo de enamorarse de su fachada. También la
masonería puede padecer esa tentación cuando privilegia la visibilidad sobre la
profundidad y la circulación social sobre la construcción silenciosa del
carácter.
No se trata solamente de
una desviación individual. Cuando se normaliza la lógica del evento como centro
de la vida masónica, se reorganizan prioridades enteras. La energía que podría
invertirse en escuelas de instrucción, acompañamiento a logias frágiles,
producción intelectual, mentoría de nuevos miembros o proyectos sociales
sostenibles se consume en logística, recepciones, viajes, homenajes y
protocolos sucesivos. El calendario se vuelve voraz. Siempre hay algo que
preparar, anunciar o celebrar. Entonces lo urgente desplaza a lo importante. La
organización aparenta dinamismo mientras posterga sus tareas esenciales. El
activismo sustituye la obra.
Hay además un efecto más
sutil: la aparición de jerarquías basadas no en la excelencia moral o
intelectual, sino en la capacidad de estar presente donde se concentra la
atención. Quien viaja más, aparece más. Quien aparece más, parece pesar más.
Quien parece pesar más, influye más. De este modo, hermanos discretos,
estudiosos y profundamente fieles a la esencia del Arte Real pueden quedar
opacados por figuras de intensa exposición y escasa densidad. Se instala
entonces una pedagogía implícita peligrosa: vale más ser visible que ser valioso.
La Orden, sin declararlo, comienza a educar en criterios ajenos a su propia
doctrina.
El fenómeno produce
también una espiritualidad superficial. El iniciado busca símbolos para ser
trabajado por ellos; el turista espiritual busca símbolos para consumirlos. Uno
se deja cuestionar por el rito; el otro solo desea emocionarse con él. Uno
regresa herido, exigido y renovado; el otro regresa entretenido. Uno entiende
que la escuadra mide su conducta y el compás disciplina sus impulsos; el otro
solo aprecia la estética de los ornamentos. Cuando el contacto con lo sagrado
no transforma la vida, se convierte en decoración. Y toda decoración espiritual
termina fatigando el alma porque promete profundidad sin exigir conversión.
Los grandes maestros de la
tradición lo han señalado de distintas maneras. Wilmshurst recordaba que la
verdadera logia debe levantarse en el interior del hombre. Guénon advertía que
las formas pueden sobrevivir vacías de eficacia cuando se pierde su sentido.
Wirth insistía en que el símbolo no se contempla pasivamente, sino que se
trabaja. Estas enseñanzas convergen en una misma advertencia: ninguna
estructura externa sustituye la labor interior. Ningún reconocimiento compensa
la falta de dominio de sí. Ninguna agenda internacional reemplaza la pobreza de
pensamiento. Ninguna ceremonia brillante corrige por sí sola una conciencia
descuidada.
Sin embargo, sería un
error reaccionar con puritanismo o rechazo del encuentro fraterno. El viaje
puede ser fecundo. Visitar otros talleres ensancha perspectivas, conocer
culturas distintas corrige provincianismos, compartir experiencias
institucionales mejora prácticas y la hospitalidad entre hermanos recuerda la
vocación universal de la Orden. El problema nunca ha sido el viaje en sí mismo,
sino su uso como sustituto. Cuando el desplazamiento nace de una misión clara y
retorna convertido en servicio, se dignifica. Cuando nace de la vanidad y
vuelve convertido en anécdota, se vacía. Lo decisivo no es salir, sino regresar
distinto.
Conviene entonces
recuperar preguntas que incomodan. ¿Para qué voy? ¿Qué dejo provisionalmente
desatendido al ir? ¿Qué aprendizaje real traeré a mi logia? ¿Qué parte de mí
busca reconocimiento bajo el lenguaje del deber? ¿Estoy huyendo del trabajo
lento y silencioso que hoy me corresponde? ¿Mis viajes expresan vocación o
encubren carencias? Tales interrogantes son necesarios porque el autoengaño
suele vestir ropas honorables. Muchas fugas personales se presentan como
compromisos institucionales. Muchas hambres de prestigio hablan en nombre de la
fraternidad.
La masonería necesita
recordar que sus verdaderos trayectos son otros. Hay hermanos que nunca salen
de su ciudad y recorren distancias inmensas dentro de sí mismos. Hay quienes no
figuran en ninguna fotografía y sostienen columnas enteras con su prudencia,
constancia y generosidad. Hay quienes jamás presiden grandes actos y, sin
embargo, forman generaciones enteras por la seriedad de su ejemplo. También
existen viajeros nobles que convierten cada encuentro en ocasión de aprendizaje
y servicio. La diferencia no está en el boleto aéreo, sino en la intención, en
el fruto y en la coherencia posterior.
Conclusiones
técnico-operativas generalizadas
Toda institución masónica
madura debería revisar periódicamente si su calendario expresa misión o
dispersión. Menos eventos y mejores resultados suelen ser signo de inteligencia
organizacional. Conviene someter cada actividad a criterios simples: formación
generada, vínculos útiles creados, impacto social verificable, transferencia de
aprendizajes a las logias y fortalecimiento real de la vida interna. Lo que no
produce fruto estable merece ser replanteado, por vistoso que parezca.
Es igualmente necesario
reordenar los sistemas de reconocimiento. Debe honrarse más al hermano que
estudia, concilia, sirve, forma y persevera que al que simplemente circula. La
visibilidad no puede ser la moneda principal de una orden iniciática. Donde se
premia la apariencia, se debilita la vocación.
Cada hermano haría bien en
establecer una regla íntima: no aceptar ningún desplazamiento que sustituya un
deber esencial y no emprender ningún viaje del cual no pueda regresar con una
mejora concreta para sí mismo o para su taller. Si el camino no deja obra, fue
turismo. Si deja transformación, fue iniciación.
Porque cuando el viaje
reemplaza el trabajo interior, la masonería se convierte en escenario
ambulante. Pero cuando el trabajo interior orienta el viaje, incluso el
trayecto más breve puede abrir las puertas del templo verdadero.
Referencias bibliográficas completas
Bourdieu, Pierre. (2001). Poder, derecho y clases
sociales. Bilbao: Desclée de Brouwer.
Fromm, Erich. (1978). ¿Tener o ser? México: Fondo
de Cultura Económica.
Guénon, René. (2001). El reino de la cantidad y
los signos de los tiempos. Barcelona: Paidós.
Veblen, Thorstein. (2014). Teoría de la clase
ociosa. Madrid: Alianza Editorial.
Wilmshurst, Walter Leslie. (2008). El significado
de la masonería. Madrid: Editorial Masónica.
Wirth, Oswald. (1998). La francmasonería hecha
inteligible a sus adeptos. Aprendiz. Barcelona: Obelisco.
Wirth, Oswald. (1999). La francmasonería hecha
inteligible a sus adeptos. Compañero. Barcelona: Obelisco.
Wirth, Oswald. (2000). La francmasonería hecha
inteligible a sus adeptos. Maestro. Barcelona: Obelisco.







